Más allá del ruido (Fuera de foco nº 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

—No sé, Ruth. Yo no termino de verlo.

Lars estaba de pie junto al ventanal de su ático en Zúrich, con la mirada perdida en el lago. Desde allí, la ciudad mostraba una calma que contrastaba con la tensión que empezaba a crecer dentro del salón.

Ruth permanecía sentada en uno de los sofás, con la carpeta de Eternity sobre las rodillas. Había llegado allí convencida de su decisión, o al menos intentando parecerlo.

—Sabes que mi relación con él es nula —continuó Lars, girándose hacia ella—. Y, sinceramente, lo último que me apetece es tener a David dentro de este proyecto.

Ruth respiró hondo.

Había imaginado esa resistencia. La había previsto durante todo el trayecto desde Safien a Zúrich, mientras David conducía en silencio por carreteras aún cubiertas de nieve en los márgenes, con una mano en el volante y la otra buscando la suya de vez en cuando.

Habían salido temprano de la cabaña. Él la había dejado frente al edificio de Lars antes de marcharse a una reunión con su mánager y con sus compañeros.

Tenían que terminar de organizar su regreso, cerrar detalles del primer concierto en Zúrich y atender varias entrevistas programadas para ese mismo día en la radio.

David no se lo había dicho, pero Ruth sabía que estaba nervioso y ella también lo estaba.

Faltaban solo diez días para que el equipo de producción se trasladara a Amberes.

Actores, equipo de fotografía, sonido, vestuario, maquillaje, ayudantes de dirección, producción, maquinistas, localizadores y todo ese pequeño ejército invisible sin el cual una película no existía.

Durante varias semanas trabajarían entre el centro histórico de la ciudad y una antigua nave portuaria rehabilitada junto al río Escalda, un espacio inmenso de ladrillo rojo y cristaleras altas que Ruth había elegido para las escenas más importantes de Eternity.

Allí quería rodar el corazón de la película.

Allí, entre la belleza húmeda de Amberes y aquella arquitectura industrial cargada de memoria, Áurea y Hans vivirían los momentos que harían su amor eterno.

Y ahora Ruth necesitaba que la música también formara parte de esos momentos.

—Lars, por favor, escúchame —dijo, intentando mantener la calma—. Sé que entre vosotros existe una relación complicada. No voy a fingir que no lo sé. Pero David es importante para mí.

Lars se giró hacia ella, intentando mantener también la calma que empezaba a notar que se le escapaba.

—Precisamente por eso me preocupa, Ruth.

Ella bajó la vista. No era solo una conversación profesional. Ese era el problema. Si se tratara únicamente de defender una decisión artística, habría sabido cómo hacerlo, podía argumentarlo durante horas si hacía falta, pero David convertía aquella decisión en algo más delicado.

—No te estoy pidiendo que trabajes con él todos los días —dijo ella—. El apartado musical va posterior al rodaje. No tendrá que estar en el set con él y después podemos organizarlo para que apenas coincidáis.

Lars soltó una risa breve y seca.

—Ese no es el único problema.

—Lo sé.

—No, Ruth, no sé si lo sabes. Además, David no es compositor de bandas sonoras.

—Sé que nunca lo ha hecho.

—Entonces no entiendo por qué quieres arriesgarte ahora. Con la cantidad de profesionales fantásticos con los que puedes contar. Compositores que viven de esto, gente que entiende los tiempos del montaje, los silencios, los temas, la estructura dramática… No entiendo por qué tiene que ser él.

Ruth apretó los dedos alrededor de la carpeta.

Necesitaba la aprobación de Lars, aunque aquella película fuera suya.

Desde que Diego había salido del proyecto, había sido Lars quien había confiado en ella no solo como directora, sino como creadora.

Se había involucrado de verdad. Había asumido parte del riesgo, había puesto el dinero que faltaba para sostener la producción y se había convertido en productor junto a ella para que este proyecto pudiera salir adelante.

Ruth no podía olvidarlo. Pero tampoco podía traicionar aquello que había sentido en la cabaña, cuando escuchó aquella melodía por primera vez.

—Porque Eternity necesita su música, Lars —dijo al fin—. Y también su voz.

Él la miró en silencio.

—Ruth…

—Sé que es arriesgado. Sé que no tiene experiencia componiendo para cine. Pero también sé lo que escuché. Y sé lo que hizo con una escena que llevaba días atascada.

—Una banda sonora no puede depender de una intuición romántica —dijo, más seco de lo que le habría gustado.

Ruth levantó la mirada. Aquello le dolió más de lo que esperaba.

—No es una intuición romántica.

Lars sostuvo sus ojos. Pareció querer decir algo más, pero logró tragárselo antes de que saliera. Se pasó una mano por la mandíbula y caminó hasta el otro extremo del salón.

Ruth lo observó moverse con una inquietud que iba mucho más allá de la conversación que estaban manteniendo sobre una banda sonora y, en el fondo, ella entendía que desconfiara, porque el propio David se lo había contado.

Había sido una noche en Safien, tres días después de que ella le propusiera que hiciera la banda sonora de Eternity.

Acababan de hacer el amor y seguían tumbados en la cama, envueltos en silencio.

David tenía entrelazada su mano con la suya, sobre las sábanas, mientras miraba al techo como si estuviera peleándose con algo que no sabía cómo decir.

—Ruth —murmuró al fin—, llevo todo el día pensando en lo de la banda sonora.

Ella giró la cabeza hacia él.

—¿No quieres hacerlo? —preguntó Ruth, al percibir su duda.

—No es eso —respondió David, sin mirarla—. Es que no va a funcionar. No con Lars como productor de tu película. Él jamás lo aceptará. Nos odiamos.

Ruth levantó la cabeza. Sabía que entre ellos había una historia difícil, pero la palabra odio le pareció desproporcionada. Demasiado grande.

—David, no creo que eso sea así.

—No lo entiendes, Ruth —dijo él, girando la cara hacia el otro lado, enfadado consigo mismo.

Ella se incorporó un poco y, con cuidado, le giró suavemente el rostro hacia ella, pidiéndole con aquel gesto que no se escondiera.

—Entonces ayúdame a entenderlo. Puedes contármelo.

David la miró sabiendo que necesitaba contárselo todo, que era lo mínimo después de la confianza que ella mostraba hacia él. Cuando empezó a hablar, su voz era tranquila, pero debajo de esa calma había algo viejo y enquistado.

—Lars entró en la vida de mi hermana cuando yo peor estaba —dijo finalmente—, cuando Mara no era solo mi hermana mayor, sino la persona que me sostenía a diario desde que mi madre murió.

Ruth permaneció en silencio, sintiendo que algo se le cerraba en el pecho.

—Mi padre ni siquiera tuvo la decencia de volver de Estados Unidos —continuó David, con la mandíbula tensa y un rencor que se le filtraba en cada palabra—.

Vivía allí con otra mujer, con otra familia, dedicado a su carrera de pintor bohemio, como si ser libre consistiera en no hacerse cargo de nadie.

Mi madre se murió y él no volvió. Ni por Mara, ni por mí, ni por ella.

Y yo adoraba a mi madre, Ruth. La adoraba —dijo, girando la cara hacia ella, mirándola con las lágrimas peleando por no escaparse de sus ojos—.

Por eso nunca pude perdonarle aquella traición, aquel abandono en la peor época de nuestras vidas, cuando más lo necesitábamos —añadió, y el dolor de su mirada se cerró de golpe, dejando otra vez el rencor en su lugar.

Ella apretó un poco su mano.

—¿Has vuelto a hablar con él?

—No —respondió David sin dudar, como si aquella distancia no fuera una decisión, sino una consecuencia inevitable—. Ni pienso hacerlo jamás.

Ruth lo miró en silencio.

—Nos dejó atrás —siguió él—. A mí, convertido en un adolescente de dieciséis años enfadado con el mundo y roto por dentro, bajo la tutela de unos albaceas que gestionaban la fortuna que mi madre me había dejado. Una fortuna que todo el mundo imaginaba inmensa, intacta, imposible de agotar.

Hizo una pausa amarga antes de continuar.

—Pero después de los tratamientos contra el cáncer, ya no era tan sólida como parecía. El dinero líquido escaseaba, aunque eso jamás se habló ante la prensa. Nadie podía imaginar que la gran actriz suiza Jana Vogel pudiera verse cerca de la ruina en uno de los países más ricos del mundo.

Ruth lo escuchó sin interrumpir, imaginando el peso del duelo de los dos hermanos, envueltos en un apellido y una imagen pública que no dejaba espacio para la verdad.

—¿Y Mara? —se atrevió a preguntar Ruth, con cuidado.

—Mara —continuó David, negando con la cabeza, como si le costara reconocer la parte que ahora necesitaba contar—.

Tenía apenas veinte años, Ruth. Mi hermana estaba empezando a abrirse paso como actriz, siguiendo los pasos de mi madre, y de pronto tuvo que hacerse cargo de una casa que se le venía encima y de un hermano al que adoraba, pero no sabía cómo controlar.

Yo era imposible, Ruth —dijo al fin, cerrando los ojos con dolor.

Ella siguió allí, apretando fuerte su mano, que permanecía unida a la suya.

—Y entonces llegó Lars —dijo en voz baja Ruth.

—Sí —respondió David, sin mirarla—. Entonces llegó Lars.

El nombre sonó como otra herida.