Capítulo 11. #2
Él la miró con una vulnerabilidad extraña en el rostro, como si acabara de mostrarle una parte de sí mismo que no solía dejar al alcance de nadie.
Ruth se acercó un poco más. Primero cogió la guitarra con cuidado y después cogió una de sus manos y tiró suavemente de él, obligándolo a levantarse.
—Ven.
David frunció el ceño, desconcertado.
—¿Dónde?
—Ven, por favor.
No le explicó nada. Tiró de él fuera de la habitación y lo llevó hacia el salón. David la siguió sin entender qué quería y con una expresión entre la duda y la curiosidad. Ruth dejó la guitarra a los pies de la mesa y empezó a buscar entre páginas desordenadas.
—¿Qué haces? —preguntó él.
—Buscar una escena.
—¿Ahora?
—Sí, ahora.
Encontró el bloque de páginas que buscaba, lo apartó del resto y volvió a coger la guitarra para tendérsela.
—Tócala otra vez, David. Por favor.
Él la miró, todavía desconcertado, pero lo hizo. Se sentó en el sillón, acomodó la guitarra sobre el muslo y empezó a pulsar las cuerdas más despacio, retomando la melodía desde el principio.
Ruth pasó las páginas con urgencia hasta llegar a una secuencia marcada con varias anotaciones. Se sentó en el suelo y empezó a leer mientras la música volvía a llenar la cabaña.
Había algo en aquella canción que encajaba con una escena que llevaba días resistiéndosele.
No era solo la tristeza, tampoco la belleza.
Era la manera en que la letra parecía traer consigo la sensación de estar lejos incluso en medio de un lugar hermoso; como si cada verso abriera una distancia invisible entre el cuerpo y un paisaje capaz de rodearte sin alcanzarte del todo.
Como si una parte de uno mismo se hubiera quedado en otra parte, atada a una voz, a un tiempo, a un lugar al que es imposible regresar.
Y en cada nota, en cada matiz de la voz de David, aquella belleza cargaba con una nostalgia suave y persistente que la volvía irrepetible.
Ruth cogió un lápiz y empezó a tachar. Luego escribió, después volvió a tachar.
David la observaba entre acorde y acorde, fascinado por aquella transformación. Había visto a Ruth reír, llorar, enfadarse, ruborizarse. Pero nunca la había visto así: arrebatada por una idea, inclinada sobre el papel como si acabara de encontrar una puerta.
Inspiración.
La reconoció enseguida porque él también la sentía en los dedos.
—Aquí —murmuró ella, anotando algo—. Eso es.
David dejó que las últimas notas se perdieran entre las paredes del salón y se inclinó hacia sus papeles.
—¿Qué es?
Ruth levantó la vista hacia él.
—Una de las escenas de Áurea y Hans. La más importante de Eternity.
David sonrió. Sabía lo que significaba esa película para ella.
Sabía que el rodaje empezaba en menos de dos semanas y que, después de todo lo ocurrido con Diego y su salida definitiva del proyecto, Ruth había atravesado una crisis de miedo, bloqueo y falta de confianza que no había querido admitir del todo.
—Ruth…
—No, escúchame —lo interrumpió ella, mirándolo con una convicción absoluta. Llevo días atascada con esta escena. Creía que le faltaba algo al diálogo, que le faltaba ritmo o que quizá lo estaba rompiendo por intentar explicar demasiado. Pero no era eso. Le faltaba música.
David apartó la guitarra y se sentó con ella en el suelo. La miró todavía sorprendido por aquel brillo que le había encendido los ojos y por la forma en que el ámbar de su mirada parecía más vivo bajo la luz de la cabaña.
—Solo le he puesto unos acordes sencillos a un poema, Ruth.
—No —dijo Ruth, sin dudar—. Es tu voz, David. Tu música. Tu forma de contarlo, de hacer que se sienta.
Él bajó la mirada, conmovido y a la vez incapaz de sostener del todo lo que ella le estaba diciendo.
—Ruth, solo son acordes. No sé ni qué estaba haciendo.
—Yo sí —dijo ella, firme.
La seguridad de su voz le hizo volver a levantar la mirada. Sintió las manos de Ruth sobre las suyas, que hasta entonces habían permanecido apretadas contra sus rodillas, como si él mismo hubiera estado intentando contener la emoción que ella acababa de despertar.
—Quiero que hagas la banda sonora.
David se quedó completamente quieto.
—¿Qué?
—Quiero que hagas la banda sonora de mi película.
Él la miró como si acabara de pedirle algo imposible.
—Yo no compongo para cine, Ruth —dijo, con una sonrisa pequeña que no logró esconder el vértigo.
—Eres músico y eres cantante.
—No es lo mismo.
—Lo sé. Por eso quiero que lo hagas tú, porque no quiero lo mismo. Quiero esto. Te quiero a ti dentro de ella.
David negó despacio y le acarició las mejillas con dulzura, enmarcándole la cara entre las manos.
—Estás emocionada.
—Sí.
—Y eso puede estar afectando a tu criterio —dijo él, dejando escapar una respiración lenta—. Ruth, una banda sonora no es cantar dos versos de Keats en una cabaña mientras nieva.
—No —admitió ella—. Pero puede empezar así.
David la miró, y Ruth apoyó la cara en sus manos antes de seguir hablando.
—No quiero que llenes la película de canciones. Quiero que la sientas conmigo. Que entiendas sus silencios. Que crees con tu música aquello que no necesita ser explicado con palabras.
David se quedó mirando su rostro entre sus manos.
Aquello le llegó mucho más profundo de lo que esperaba. Quizá porque no sonaba a halago. Sonaba a confianza. A una confianza demasiado grande para alguien que todavía no sabía si era capaz de merecerla.
—No sé si puedo —admitió.
Ruth alzó la mirada. Sus rostros quedaron a milímetros de distancia y ella entrelazó los dedos con los suyos.
—Yo tampoco sé si puedo hacer esta película sin romperme por el camino.
Pero voy a hacerla, David. Porque no soy la misma Ruth que empezó a imaginarla ni a crearla.
Pero cada cosa buena y mala que me ha traído hasta aquí también me ha hecho ser quien soy hoy.
Y es esta Ruth la que voy a defender, la que voy a querer y la que hoy te elige a ti —le dijo, apretando sus manos con más fuerza, sin apartar la mirada—.
Porque es ahora, es hoy, y ojalá este hoy sea tan eterno, como el amor de los protagonistas de mi película.
David sintió cómo aquellas palabras lo atravesaban.
No solo por lo que Ruth decía, sino por todo aquello que él seguía resistiéndose a aceptar.
El cáncer no solo le había cambiado el cuerpo; le había cambiado la vida.
Y, aun más de dos años después, todavía había días en los que no sabía reconocerse del todo en ella.
Pero Ruth hablaba del hoy como si bastara.
Como si ese presente, tan frágil y tan suyo, pudiera ser también un lugar desde el que confiar, luchar, apostar por algo y elegirse.
La besó con la necesidad de quien no encontraba otra forma de responder.
Cuando se separó, siguió con la frente cerca de la suya.
—De acuerdo. Lo haremos juntos —le dijo David, con la voz baja, todavía tomada por la emoción.
Ruth sonrió, y esa sonrisa terminó de romper algo en él.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, David sintió que alguien no le estaba pidiendo que volviera a ser quien había sido antes.
Lo estaba mirando allí, en ese presente exacto, y le estaba dando la oportunidad de llenarlo de nuevos principios.
La nieve seguía cayendo al otro lado del cristal y aquella mañana, en esa cabaña desordenada, con la nieve cubriendo Safien, los guiones abiertos sobre la alfombra y una guitarra clásica entre los dos, algo cambió en el corazón de ambos.