Más allá del ruido (Fuera de foco nº 2) Capítulo 11.
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Capítulo 11.

Desde aquella noche, algo cambió entre ellos.

No porque el pasado se hubiera vuelto menos incómodo ni porque David y ella supieran exactamente qué estaban construyendo, sino porque él había vuelto.

Había elegido quedarse con ella. Y, para Ruth, aquel gesto abrió un hueco en su corazón que David fue ocupando cada día un poco más.

Los días se hicieron más sencillos, y esa sencillez les devolvió no solo la calma, sino también algo que ambos creían perdido: la inspiración.

Esa palabra capaz de ser una bendición y, al mismo tiempo, un lastre para cualquier artista.

Ese impulso caprichoso que a veces salva y otras condena; que puede desaparecer durante meses y regresar de pronto, sin pedir permiso, en un día cualquiera.

Baudelaire decía que la inspiración era hermana del trabajo diario y, cuando llega, hay que saber aprovecharla para sacar el máximo provecho de ese momento glorioso del trabajo; por eso, Ruth no lo dudó al sentirla.

La mañana del miércoles, Ruth se despertó con la presión ligera de un cuerpo pequeño y peludo a su lado y el sonido constante del ronroneo de Darcy.

Lo cogió en brazos y le dio un montón de besos, que el gato recibió con la indiferencia propia de su especie.

Después bajó con él las escaleras, dirigiéndose a la cocina.

Al llegar, Ruth vio a David preparando café, como cada mañana desde que, días atrás, ella le había confesado que no había nada que le gustara más que levantarse y encontrarlo ya hecho. No tuvo que repetírselo dos veces. Desde entonces, él se había levantado siempre antes que ella para preparárselo.

Ruth dejó a Darcy en el suelo, se acercó a David por detrás y lo abrazó, depositando un beso suave en su cuello.

—Buenos días —le dijo ella, aún con la voz ronca por el sueño y el cabello rizado, revuelto e indomable, suelto sobre los hombros.

David sonrió, todavía de espaldas, sintiendo sus besos en la piel. Dejó el vaso en la encimera y se giró para abrazarla, rodeándole la cintura y atrayéndola hacia él con esa naturalidad que habían empezado a construir sin darse cuenta.

—Buenos días, preciosa —murmuró, antes de besarla.

Ruth sonrió contra su boca, todavía medio dormida, y se dejó abrazar un poco más, apoyando la frente en su pecho mientras él le acariciaba la espalda por encima del jersey enorme que se había puesto al levantarse y que, por supuesto, era de David.

—Me gusta esta parte del día —dijo ella, cerrando los ojos.

—¿El café?

—Tú haciéndome café.

David soltó una risa baja.

—Interesante. Me quieres por mis habilidades domésticas.

—Entre otras muchas cosas.

Él arqueó una ceja, divertido.

—¿Muchas?

Ruth levantó la cabeza y lo miró con una sonrisa lenta, de esas que a David todavía le sorprendían, aunque llevaran días compartiendo cama, desayunos, duchas demasiado largas, cristales empañados y noches en las que cualquier problema del mundo parecía haberse quedado fuera de la cabaña.

—Muchísimas.

David la besó otra vez, esta vez más despacio, con una mano en su cintura y la otra subiendo hasta su nuca, enredándose en su pelo. Ruth se rio contra sus labios cuando él tiró suavemente de uno de sus rizos y lo soltó con una sonrisa divertida, como si fuera un muelle.

—No te rías de mi pelo.

—Es imposible. Está igual de desordenado que tú.

Ruth abrió la boca, ofendida, y le dio un golpe suave en el pecho.

Sus miradas se encontraron y ninguno de los dos dijo nada.

Solo quedó el sonido bajo de la cafetera, el rumor de la nieve al otro lado de las ventanas y ese calor que empezaba a crecer entre los dos cada vez que se quedaban demasiado cerca.

David se separó lo justo para alcanzar la taza que había dejado preparada sobre la encimera.

Se la ofreció sin decir nada, todavía con una sonrisa pequeña en los labios.

Ruth la tomó entre las manos, agradeciendo el calor de la cerámica contra los dedos, y dio un primer sorbo lento.

Cerró los ojos al saborearlo, dejando que el café le despejara un poco el sueño y le llenara la boca de ese sabor cálido, amargo y familiar.

—Perfecto —murmuró, mirándolo por encima del borde de la taza.

David acarició suavemente su cuello y apoyó sus labios en él, dejándole un beso que hizo que a Ruth se le erizara toda la piel.

—Vas a malacostumbrarme —murmuró.

David sonrió contra su piel.

—Esa es la idea.

Ella se apartó lo justo para buscar su boca y besarlo de nuevo, despacio al principio, como si todavía quisieran fingir que podían controlarlo.

Pero nunca les duraba demasiado.

David la rodeó por la cintura y Ruth enredó los dedos en su pelo. El beso se volvió más profundo, y ambos fueron retrocediendo hacia el sillón, sin despegarse del todo, con esa impaciencia que parecía empujarlos siempre el uno contra el otro.

David cayó primero sobre los cojines y tiró de ella con suavidad hasta hacerla sentarse sobre él. Ruth soltó una risa breve, todavía contra su boca, pero la risa se le apagó cuando él volvió a besarla con una intensidad que le desordenó del todo la respiración mientras el calor prendía su cuerpo.

David la besó como si quisiera aprenderse cada reacción suya, cada suspiro, cada manera en que ella se acercaba un poco más cuando él la tocaba. Ruth se aferró a él buscándolo sin miedo, dejando que el deseo se mezclara con la sensación serena de entregarse a sus caricias.

Se quisieron allí, sobre el sillón, rodeados del aroma a café y la luz pálida de la mañana.

Después quedaron abrazados, con las piernas entrelazadas y la respiración volviendo a la calma.

Ruth tenía la cabeza apoyada en el pecho de David, y él le acariciaba los muslos con una serenidad distraída.

Ruth cerró los ojos, respiró hondo y dejó que la mañana se quedara suspendida un poco más, con el café enfriándose en la encimera y la nieve cayendo al otro lado del cristal.

A media mañana, Ruth estaba sentada en el suelo del salón, rodeada de bocetos de storyboard y páginas llenas de tachones.

Tenía el portátil abierto sobre la mesa baja, una taza de chocolate a su lado y un lápiz entre los dedos, que mordisqueaba sin darse cuenta cada vez que una escena no le cuadraba.

Había extendido varias secuencias sobre la alfombra, marcadas con colores distintos.

Estaba intentando mirar la película entera desde fuera, ordenar sus silencios, sus giros, las escenas que necesitaban respirar más y aquellas en las que la imagen debía decir lo que el diálogo todavía explicaba demasiado.

Sabía lo que quería contar. Lo veía, casi podía tocarlo, pero había una parte de Eternity que aún no terminaba de encuadrar en su mente.

David, mientras tanto, estaba en la habitación.

Desde hacía un rato ensayaba algunos fragmentos de su nuevo álbum, intentando volver poco a poco a ese lugar de sí mismo que había evitado durante demasiado tiempo.

En dos días tenía de nuevo ensayo con la banda, el primer ensayo completo desde que todo se había detenido, y, aunque no lo había dicho en voz alta, Ruth sabía que eso le pesaba.

No por falta de ganas, sino por todo lo que significaba regresar: al estudio durante horas, a los escenarios y a exponerse otra vez delante del público sin esconderse detrás del silencio.

Durante aquella semana ella lo había escuchado ensayar varias veces. Ya conocía algunos acordes, algunas entradas, la forma en que su voz se volvía más grave cuando buscaba el tono exacto, el modo en que repetía una frase hasta que dejaba de sonar solo bonita y empezaba a sonar con alma.

Por eso levantó la cabeza cuando escuchó aquella melodía. No era una de las canciones del álbum. Era algo completamente distinto.

Ruth dejó el lápiz sobre el guion y se quedó quieta, escuchando. Las notas llegaron desde la habitación con una delicadeza desnuda. David no estaba tocando su guitarra, estaba tocando la de ella.

La guitarra clásica llenó la cabaña despacio, con un sonido cálido. Había en aquella melodía una nostalgia contenida y un aire español que la traspasó por completo.

Ruth se levantó sin hacer ruido. Cruzó el salón despacio, casi conteniendo la respiración, y se acercó a la puerta entreabierta de la habitación. Allí lo vio de espaldas, sentado en una silla junto a la ventana, con la guitarra apoyada sobre el muslo y la mirada perdida en el blanco del paisaje.

Entonces escuchó un verso salir de sus labios.

—“…Through the sad heart of Ruth, when, sick for home,She stood in tears amid the alien corn.”

Ruth se quedó inmóvil.

La voz de David no llenó la habitación como lo hacía sobre un escenario. No buscaba imponerse, ni brillar. Era una voz más desgarrada, más íntima, casi desprotegida. Una voz hecha de emoción y nacida de un lugar profundo del alma.

David tocó unos compases más, con la mirada baja, concentrado en los dedos. La melodía siguió flotando entre los dos, suave y grave a la vez, hasta que su voz se perdió con la última nota.

Ruth lo observó en silencio mientras se acercaba despacio.

David había sentido su presencia. Levantó la vista y la encontró allí, quieta a su lado, con la emoción asomándole al rostro.

—Ode to a Nightingale —dijo ella en voz baja.

Él sonrió apenas, medio avergonzado.

—Es un poema de Keats que siempre me ha gustado. Y desde que te conozco no puedo quitármelo de la cabeza.

Ruth sintió que algo se le apretaba suavemente en el pecho.

Conocía el poema. Conocía esa imagen de Ruth lejos de casa, de pie entre campos que no eran los suyos, atravesada por una nostalgia que no necesitaba explicarse.

Pero allí, en aquella cabaña de los Alpes, con la nieve cubriéndolo todo al otro lado del cristal, el poema parecía también hablar de ella.

David había cantado el poema dejándolo caer entre los dos con delicadeza y lo había vuelto íntimo al envolverlo en aquella música que parecía hecha de deseo contenido y una forma profunda de reconocimiento.

Ruth bajó la mirada a la guitarra y tardó en hablar.

—David…