Capítulo 10
Dos horas después, David estaba en una suite del Dolder Grand, comiendo con Elisabeth, o, al menos, intentándolo. Llevaba varios minutos dando vueltas a la comida con el tenedor, sin el menor síntoma de hambre. Elisabeth lo observó en silencio hasta que dejó la copa sobre la mesa.
—¿Qué te pasa, David?
—Nada.
—Venga, que nos conocemos.
—No es nada, Eli.
—Si es por Ruth, tranquilo. Lo entiendo. Además, nosotros tampoco es que tengamos nada serio, lo sabes.
David levantó la vista. En sus ojos no vio maldad ni ganas de hacerle daño. Solo honestidad. Porque era verdad: ambos se conocían y la realidad era que entre ellos nunca habían puesto nombre a lo que tenían. Pero también era verdad que él ya no estaba nada seguro de querer seguir así.
—¿Por qué no te molesta?
—¿El qué?
—Ruth. Que haya pasado algo. Te da exactamente igual si me he acostado con ella.
—¿Lo has hecho? —preguntó ella, sosteniéndole la mirada con tranquilidad.
—¿Cambiaría algo?
—No. No si tú no quieres que cambie, David.
Aquella respuesta le resultó casi peor que una escena de celos. Apartó el plato con un gesto brusco y se pasó una mano por la cara.
—¿Por qué te acuestas conmigo, Eli? ¿Por qué seguimos con esto?
—David, para. No todas las relaciones necesitan un anillo, una casa y niños revoloteando alrededor.
Y la nuestra sabes perfectamente que no es de esas.
Me gustas —continuó ella—. Eres mi amigo y me encanta el sexo contigo.
Pero también sé que ni tú ni yo queremos más realmente.
El único que parece no haberlo entendido hasta ahora eres tú.
David apartó la mirada hacia la ventana. Elisabeth apoyó con suavidad una mano sobre su brazo.
—David, el primer día que nos conocimos entraste en mi consulta lleno de rabia y de miedo. No querías aceptar el cáncer ni todo lo que venía con él. Quizá ahora te esté pasando algo muy parecido. No con la enfermedad, sino con lo que intuyes que Ruth puede llegar a ser en tu vida.
David volvió a mirarla, como si necesitara entender si Elisabeth hablaba como amiga, como amante o como la mujer que había sabido leerlo demasiado bien desde el principio.
—Entonces te dije que, si no te tratabas, morirías —añadió ella, sin dureza, pero sin apartarse de la verdad—. Ahora te digo algo parecido. Porque hay muchas formas de morir, David. Y vivir una vida que no te llena, solo por miedo, también es una de ellas.
David sostuvo su mirada en silencio. Aquellas palabras se le quedaron dentro, abriéndose paso despacio, como una verdad incómoda.
—Nunca dejarás de ser mi psiquiatra, ¿verdad, Eli?
—Tu psiquiatra no sé, pero lo que no querría es dejar jamás de ser tu amiga.
—Voy a volver a Safien —dijo, sintiendo una necesidad absoluta de regresar junto a Ruth.
—Yo también creo que es lo mejor —le respondió Elisabeth con serenidad.
Se levantaron de la mesa sin añadir nada más.
David se acercó a ella y Elisabeth lo abrazó con un afecto que no necesitó explicaciones.
Quizá su relación no fuera fácil de entender.
Quizá muchos la habrían juzgado, reducido a algo incómodo o imposible de nombrar.
Pero era suya. Lo había sido durante más de dos años y, precisamente por eso, no necesitaban defenderla ante nadie, porque les pertenecía solo a ellos.
Ruth estaba terminando de recoger la cocina con Lars mientras Jonas y Emil veían una película tranquilos en el salón y Lena había subido a dormir a Anna hacía un rato cuando, al levantar la vista, vio los faros de un coche acercándose a la cabaña.
Se asomó a la ventana, sorprendida, y vio a David bajar del vehículo.
—¿Quién es? —preguntó Lars, acercándose por detrás.
Ruth no respondió de inmediato. No entendía qué hacía David allí. Apenas eran las ocho de la tarde y, en teoría, no pensaba regresar de Zúrich hasta el domingo.
Lo vio avanzar hacia la puerta y el nerviosismo le recorrió el cuerpo entero.
—Lars, voy a ver qué necesita.
—¿Pero no había dicho que iba a Zúrich?
Ruth lo dejó con la palabra en la boca. Caminó deprisa hasta la entrada y abrió la puerta antes de que David llegara a llamar al timbre.
—¿Qué haces aquí, David? ¿Ha pasado algo?
Él se quedó sin palabras. Desde que salió del Dolder Grand había conducido sin permitirse pensar demasiado.
Solo había sentido una necesidad cada vez más urgente de volver, de estar con ella y de borrar aquella sombra amarga que había visto en su rostro por la mañana y que a él se le había quedado clavada durante todo el camino.
Por eso, al tenerla delante, ninguna palabra le pareció estar a la altura. Se acercó a ella y la besó.
Fue un beso urgente, sin detenerse a pensar en ninguna consecuencia. Ruth se quedó rígida al principio. Llevaba todo el día intentando sacárselo de la cabeza, tratando de distraerse con Lena y Lars, cocinando con los niños, aferrándose a cualquier conversación que no la llevara de vuelta a él.
Pero la realidad era que el aire parecía haberse ido con David cuando se marchó, y una sensación de asfixia la había perseguido durante horas, hasta entonces.
Al recibir aquel beso fue como si también recibiera de golpe todo el aire que le había faltado.
Entonces el cuerpo se le aflojó y se dejó envolver entre sus brazos.
Cuando se separaron, Ruth pareció recordar de pronto dónde estaban: en la puerta de la cabaña y con toda la familia Müller dentro.
—David… Estás loco. Van a vernos.
Él apoyó la frente contra la de ella y buscó sus ojos, encontrando en su mirada esa mezcla de ilusión, nerviosismo y vergüenza tan propia de ella.
—Me da igual, Ruth. Necesitaba estar aquí.
Enterró el rostro en su cuello, con la necesidad de sentirla cerca. Después levantó la cabeza y clavó sus ojos en ella.
—Necesitaba que tú supieras que quiero estar aquí.
Y esa vez fue ella quien lo besó. Un beso profundo con el que quería acallar la tormenta que ambos llevaban dentro antes de que terminara por desbordarlos.
—Yo también lo necesitaba —dijo, sonriendo al separarse.
Ambos seguían todavía perdidos en aquel beso cuando una voz, a sus espaldas, los interrumpió.
—Pensé que tenías muchas cosas que hacer en Zúrich.
Los dos se giraron al oír la voz de Lars.
—No había nada más importante que estar aquí hoy —respondió David, sin apartar la vista de él.
Lars guardó silencio, fijándose en el rubor del rostro de Ruth y en aquella cercanía que, aunque ella había intentado disimular nada más oírlo, seguía siendo más que evidente.
—Ya veo.
Y después se giró sin decir una palabra.