Capítulo 9
Llevaban una semana viviendo dentro de una burbuja, y los dos lo sabían.
Ninguno se había atrevido a ponerle nombre a lo que estaba ocurriendo.
Pero la realidad era que la distancia entre las dos cabañas había empezado a desdibujarse.
Las noches se alargaban sin que ninguno quisiera detenerlas y los días parecían construidos con una facilidad peligrosa, hecha de cuerpos que se buscaban, risas inesperadas y silencios que ya no necesitaban explicación.
Pero las burbujas son frágiles y pueden romperse en cualquier momento. La suya se rompió la mañana del sábado, durante el desayuno, cuando Ruth le contó, con esa naturalidad tan suya, que Lars iría con Lena, la pequeña Anna y sus hijos mayores a pasar un par de días con ella.
Lo dijo con alegría, porque estaba deseando verlos, abrazarlos y compartir con ellos aquel lugar que Lars y Lena le habían ofrecido como refugio.
Además, aprovecharían la visita para terminar de planificar el nuevo proyecto cinematográfico de Ruth, en el que Lars no solo sería el protagonista, sino también coproductor junto a ella, y cuyo rodaje comenzaría en Amberes en apenas unas semanas.
Pero la alegría desapareció pronto de su rostro al ver la reacción inmediata de David.
Él dejó la taza sobre la mesa con una calma que no engañaba a nadie.
—Perfecto —dijo—. Entonces volveré a Zúrich.
La frase cayó sobre Ruth como un jarro de agua fría.
—David, solo son dos días. No tienes ensayo hasta el martes. Podrías quedarte.
—No —la cortó él de inmediato, con un tono que a Ruth no le gustó nada.
—Lars es el padre de tus sobrinos, David. Y ellos también vendrán.
—A mis sobrinos los veo cuando están con mi hermana, no con él. Y lo que espero es que no habléis de mí con ellos.
Ruth se sintió herida por la rapidez con la que él había levantado aquella distancia y, sobre todo, por la advertencia que traían implícita sus palabras.
—Puedes estar tranquilo —dijo, levantándose.
Se giró para que él no notara el daño que le había hecho, pero David lo vio de todos modos. Soltó una respiración breve, tensa, y se acercó a ella.
—Ruth, mírame —pidió, poniendo una mano sobre su hombro para que se girara—. No quiero convertir esto en otra cosa, ni que nadie opine sobre nosotros. Esto es solo nuestro.
—Por supuesto —contestó ella, mirándolo con una calma demasiado perfecta.
Y aunque no había reproche en sus palabras, David sintió una distancia repentina, como si algo en ella se hubiera apartado de él.
Se despidieron con normalidad. Se dieron un beso, se abrazaron y fingieron que todo estaba bien. Pero los dos sabían que algo se había quebrado entre ellos.
David regresó a su cabaña para recoger algunas cosas antes de marcharse a Zúrich. Apenas había entrado cuando el móvil empezó a sonar.
Miró la pantalla.
Elisabeth.
—Hola, Eli —contestó.
—Hola, guapo. Quedamos sobre la una en el Dolder Grand. El Baur au Lac está imposible, hay una convención europea sobre medio ambiente y está lleno de prensa. Mejor vamos al Dolder, estaremos más tranquilos. Ya lo he reservado.
David respondió de forma automática, casi sin escucharla.
—Sí, claro. Perfecto. Estaré allí en dos horas.
—Estupendo. Ahora nos vemos, David.
Su nombre, incluso a través del teléfono, le sonó distinto en boca de Elisabeth. Distinto a como lo había pronunciado Ruth solo unos minutos antes, cuando se habían despedido. Y entonces todo su cuerpo se tensó.
—Eli —dijo despacio—, ¿cómo sabías que hoy iría a Zúrich?
—Lena me dijo ayer, en la consulta, que iban a pasar el fin de semana a Safien —continuó Eli—.
Así que imaginé que tú volverías. No ibas a quedarte allí con Lars, ¿no?
Además, mejor que vuelvas. Ya sabes cómo es él y, con el espectáculo que montasteis Luz y tú hace unos días con la prensa, seguro que no tarda en sacar el tema.
A David se le revolvió algo por dentro. Una punzada oscura, incómoda, al comprender que Elisabeth hablaba de Ruth y de él como si diera por hecho que lo suyo no era más que otra de sus excentricidades.
Como si todos tuvieran derecho a cuestionarlo, aunque en realidad no tuvieran ni idea de lo que había entre ellos.
—A Lars le importa una mierda lo que yo haga o deje de hacer con mi vida. Y se llama Ruth —dijo, irritado.
A Elisabeth le sorprendió su reacción y comprendió que aquella chica estaba removiendo algo que llevaba demasiado tiempo dormido en David. Por eso intervino, intentando que la entendiera.
—Vale, David. No te enfades. Yo solo digo que, con tu vida, puede que sí, pero…
Ruth es su amiga y es lógico que se preocupe por ella.
Solo estoy diciendo eso, nada más. Anda, venga —añadió ella, suavizando la voz—.
Vente ya. He oído que hay previsión de nieve a media mañana y es mejor que no te pille por la carretera.
De todas formas, si quieres quedarte, tampoco pasa nada.
Podemos vernos el martes, cuando vengas al ensayo. No hay problema, lo que prefieras.
David se quedó sin saber exactamente qué estaba sintiendo, pero finalmente dijo:
—No, nos vemos ahora. Voy para allá.
Poco después, David estaba terminando de meter una pequeña mochila en el coche cuando el Range Rover de Lars irrumpió en la entrada que compartían las dos cabañas.
Se quedó quieto.
Del coche bajaron como un torbellino Jonas y Emil, los hijos de Mara y Lars, que nada más verlo echaron a correr hacia él.
—¡Tío David! —gritaron los dos casi al mismo tiempo.
David no pudo evitar sonreír al verlos. Los quería como si fueran sus hijos y habría hecho cualquier cosa por ellos.
Otra cosa distinta era tener que verlos cuando estaban con su padre.
Entonces prefería mantenerse al margen, levantar distancia y no mezclarse con una historia que todavía le raspaba por dentro.
Los niños chocaron contra sus piernas y él los rodeó con los brazos antes de levantarlos a ambos, uno a cada lado, entre protestas y risas.
—¿Qué pasa, delincuentes? —les dijo, con una ternura que no intentó esconder.
—Tío David —dijo Emil, el más pequeño, agarrándose a su cuello—, ¿tú también vas a estar con nosotros? Papá ha dicho que podremos esquiar.
David sintió cómo la pregunta se le quedaba atravesada, pero antes de responder, Lena se acercó con la pequeña Anna en brazos.
—Hola, David —lo saludó con una sonrisa tranquila—. Me alegro de verte.
Él la miró aún con sus sobrinos en brazos.
Lena había estado ahí cuando todo se torció.
Como oncóloga y presidenta de la Fundación Matthias Schneider, había sido ella quien lo puso en contacto con Elisabeth, psiquiatra de la fundación, y quien lo derivó al hospital donde lo trataron los mejores especialistas.
Lena, que habría tenido motivos de sobra para odiar a Mara y también a él después del infierno de divorcio que su hermana y Lars habían protagonizado, no había dudado en ayudarlos a ambos.
—Hola, Lena. Yo también me alegro —dijo, acercándose para darle un beso en la mejilla.
Después acarició con suavidad la cabeza de la pequeña Anna.
—Está preciosa.
—Muchas gracias —dijo Lena, mirando con dulzura a su hija.
En ese momento, la puerta de la cabaña de Ruth se abrió.
Lars, que estaba sacando del maletero la silla de Anna y algunas maletas sin mostrar la menor intención de acercarse a David, se giró al verla. Dejó todo en el suelo y caminó hacia ella con una naturalidad que a David le resultó irritante.
Ruth sonrió al verlo y Lars la abrazó.
Y aquel abrazo, sencillo para cualquiera que lo mirara desde fuera, a David le pareció demasiado fácil y lleno de una complicidad que le molestó sin poder evitarlo.
A Lena no le pasó desapercibida la forma en que David miraba a Ruth y Lars.
Sabía lo del escándalo de unos días antes, aunque también sabía que David era capaz de provocar ese tipo de titulares casi sin proponérselo. Sin embargo, lo que vio en los ojos de David le dijo otra cosa, como si allí hubiera quizá algo más que un simple beso robado por la prensa.
Ruth y Lars se acercaron a ellos poco después.
David vio cómo Ruth sonreía a Lena antes de fundirse con ella en un abrazo, y también alcanzó a ver la mirada que le dedicó a él.
Duró apenas un segundo, porque ella apartó los ojos de inmediato.
Pero él sintió que Ruth lo había mirado como si no se conocieran, como si unas horas antes no hubieran estado enredados entre las sábanas.
Luego Ruth se giró hacia los niños con dulzura.
—Hola, chicos. Qué bien que estéis aquí. Os he hecho una tarta de queso. Espero que os guste.
—¡Nos encanta! —dijo Emil—. Y a mi tío también —añadió el niño, señalando a David con la naturalidad luminosa propia de la infancia—. Él es mi tío.
—Vaya, qué bien —respondió Ruth, sonriéndole al pequeño.
Pero no miró a David. Habló como si él no estuviera allí, como si su presencia hubiera quedado reducida a algo incómodo que todos fingían no notar.
—Emil, Jonas, venga —intervino Lars—. Ayudad a llevar vuestras cosas dentro y dejad ya a vuestro tío, que seguro que tiene prisa.
David se tensó al oírlo.
—¿No te quedas, tío David? —preguntó Jonas, esta vez con una decepción tan clara que a David se le partió algo por dentro.
Estuvo a punto de cambiar sus planes. El hecho de marcharse a Zúrich, que le había parecido una salida necesaria, se le antojó de pronto cobarde y ridícula.
Pero Lars se adelantó antes de que pudiera contestar.
—No puede, Jonas. Además, seguramente Elisabeth lo esté esperando, y vais a hacer que llegue tarde.
El calor le subió a David a la cara con una violencia inesperada, como si en lugar de estar rodeados de nieve lo hubieran puesto frente al fuego.
Vio la satisfacción apenas disimulada en el rostro de Lars al pronunciar aquellas palabras. Y vio también cómo la luz se apagaba en los ojos de Ruth, quedando cubierta por una capa de decepción que David reconoció y que sabía que le había causado él.
De pronto, la llamada de Elisabeth dando por hecho que él iría a Zúrich, unida a aquella satisfacción apenas escondida en el rostro de Lars, le resultó profundamente desagradable. Como si los dos hubieran sabido antes que él lo que iba a hacer.
Y aquello le molestó tanto que pensó en cambiar de opinión. Decir que se quedaba. Ya tenía la frase formándose en la boca cuando Ruth intervino de una manera que él no había previsto.
—Bueno —dijo ella, con una serenidad que sonó demasiado medida—, os ayudo a bajar las cosas y mejor pasamos dentro, que aquí hace mucho frío.
Después, sin apenas mirarlo, añadió:
—Adiós, David.
Y se giró antes de que él pudiera responder. Lars la siguió y llamó a sus hijos.
—Vamos, chicos, despedíos ya de vuestro tío. La semana que viene lo veis más tiempo cuando estéis con mamá.
Jonas y Emil le abrazaron de nuevo y él les correspondió, estrechándolos con fuerza, aunque en realidad toda su atención seguía puesta en Ruth, que ya le había dado la espalda y caminaba hacia la cabaña como si marcharse de su lado no le costara nada.
Los niños se alejaron después, corriendo junto a su padre, y Lena, que aún permanecía junto a él con Anna en brazos, le dedicó una sonrisa serena.
—Ten cuidado en la carretera, David —le dijo con suavidad—. Me alegro de haberte visto.
—Yo también, Lena.
Intentó sonreír, intentó calmar las malas sensaciones que empezaban a invadirlo, pero no consiguió quitárselas de encima, porque le latían dentro, frías y persistentes.