Más allá del ruido (Fuera de foco nº 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

Aquella frase lo cambió todo. Sus labios se encontraron primero en un roce suave.

David se quedó quieto, sintiendo el contacto, la respiración de Ruth contra su boca y el modo en que ella no retrocedía.

Profundizó el beso y Ruth respondió enredando las manos en su pelo, dejándose llevar por el juego lento y profundo de sus lenguas.

No era como besarla frente a los periodistas.

Aquello había sido impulso, una forma de protegerla y desafiar al mundo.

Pero ahora no había nadie mirando, ni cámaras, ni excusas.

Solo Ruth, su boca, sus manos acercándose a él, sus dedos rozándole la nuca con una suavidad que hizo que David cerrara los ojos y soltara el aire contra sus labios.

Ruth llevó las manos a su pecho. David sintió el calor de sus dedos, su respiración agitada, sus ojos clavados en los suyos y su boca descendiendo por su cuello. Cerró los ojos, sintiendo su cuerpo reaccionar a ella y a cada roce en cada centímetro de su piel que Ruth iba descubriendo.

Desde que el cáncer había entrado en su vida, la inseguridad también lo había hecho, aunque a David le jodiera reconocerlo incluso para sí mismo.

Se le había metido en el cuerpo, en la forma de mirarse, en esa tensión absurda que le aparecía frente a cualquiera y en cualquier momento.

Tan solo con Elisabeth había sido distinto.

Porque ella ya lo sabía todo, porque Elisabeth conocía su peor versión.

Pero Ruth no.

Ruth estaba allí, besándole el pecho y recorriéndolo con sus manos como si no hubiera nada que pensar, ni aceptar, ni cuidar, tan solo desear.

Porque en Ruth había un deseo caliente y real que prendió la sangre de David de una manera que creía olvidada.

La sujetó por la cintura, la atrajo hacia él con más fuerza y volvió a buscar su boca con hambre.

Ruth respondió y sus dedos subieron hasta su cuello, se enredaron en su nuca y tiraron de él con una necesidad que hizo que David sintiera una corriente atravesándolo por completo.

La sostuvo por la cintura y la acercó más, sintiendo el cuerpo de Ruth contra el suyo, el calor de sus piernas, la presión de sus manos, el pequeño sonido que se le escapó cuando él profundizó el contacto.

Bajó la boca a su mandíbula, desplazándose hasta atrapar el lóbulo de su oreja, haciendo que Ruth se estremeciera entre sus brazos.

Ella inclinó el cuello sin darse cuenta, ofreciéndole más espacio, más piel, más confianza, moviéndose sobre el sofá, subiendo sobre sus piernas, buscando su boca otra vez, y de pronto todo se volvió más difícil de controlar.

Sus manos empezaron a recorrerse con urgencia y cuidado.

David acarició su espalda, retiró su jersey, bajó hasta su cintura, la atrajo hacia él y Ruth se aferró a sus hombros.

David la tumbó con cuidado sobre el sofá y se quedó sobre ella, apoyado en un brazo, mirándola como si todavía no pudiera creer que ambos estuviesen allí.

—Dime que pare —murmuró, mirándola.

Ruth llevó una mano a su nuca y lo acercó a su boca.

—No quiero que pares.

Él acercó de nuevo sus labios a los de ella y ya no hubo forma de volver atrás.

El deseo terminó de arrastrarlos hasta que sus cuerpos se unieron por completo, arrancándoles un jadeo compartido.

Después, todo fue calor, respiraciones entrecortadas y ese ritmo íntimo que los empujó hasta que ambos quedaron temblando en silencio, rendidos al placer que todavía les recorría la piel.

Después, cuando lograron calmar los latidos de sus corazones, David la atrajo hacia su pecho con una necesidad que no intentó disimular.

Ruth se dejó abrazar, rodeándolo con los brazos y pegándose a él como si aquel contacto pudiera decir lo que ninguno de los dos era capaz de poner en palabras.

Se quedaron en silencio, todavía envueltos en el calor de sus cuerpos, mientras la nieve seguía reflejando la luz de la luna al otro lado del cristal.

—Gracias, David… —susurró Ruth finalmente, sin soltarlo.

—¿Por qué? —preguntó él, sin dejar de acariciarle la espalda.

Ella se movió apenas, lo justo para besarle el pecho antes de murmurar, con los labios aún rozándole la piel:

—Por estar aquí. Por estar conmigo. Por protegerme, por no permitir que me rompiera delante de la prensa y por devolverme a mí misma.

David sintió aquellas palabras como un golpe suave en el pecho. La abrazó con más fuerza y luego se apartó apenas, solo lo necesario para encontrar sus ojos.

—Eres increíble, Ruth —murmuró—. Soy yo el que aún no puede creer que estés aquí conmigo.

Lo dijo sin pensarlo demasiado, con una sinceridad tan limpia que ni siquiera intentó disimularla.

Ruth levantó la vista y sonrió, pero no pudo sostenerle la mirada demasiado tiempo. Escondió el rostro en su cuello con una pequeña risa nerviosa.

—Anda ya… Seguro que has estado con mil mujeres mejores que yo. Te he visto.

David se quedó quieto.

—¿Por qué dices eso? —preguntó él, sin entender a qué se refería.

Ruth intentó sonreír, pero esta vez la sonrisa le salió más pequeña.

—Bueno… Ya te dije que me gusta mucho tu música. Y, en fin, tengo que reconocer que soy bastante fan tuya y un poco cotilla también. Leo la prensa, David.

Él la miró, desconcertado de verdad.

Ruth bajó la mirada hacia su pecho, donde sus dedos dibujaban círculos pequeños sin darse cuenta.

—De hecho, cuando supe que estabas en la cabaña de al lado, me puse nerviosa. Pero también quise conocerte. Por eso fui a presentarme. Aunque cuando te vi aquella mañana, con toda esa rabia dentro, pensé que lo último que te apetecería era tener a una fan pesada rondando cerca.

Respiró hondo antes de continuar.

—Tu música me ha acompañado muchas veces. Pero yo no quería acercarme a David Vogel, el cantante famoso.

—¿Por qué? —preguntó David, levantándole suavemente el rostro.

—Porque a mí tampoco me gustaría que alguien se acercara queriendo conocer a Luz Ragar, la directora de cine, la exmujer de… —hizo una mueca leve—. Me gustaría que quisieran conocerme a mí. A Ruth. Y yo quería conocerte a ti. Aunque, la verdad, al principio se me quitaron un poco las ganas.

Lo dijo quitándole importancia, pero con una sonrisa traviesa.

—Fuiste un borde, David. Hasta que conociste al señor Darcy, eso sí hay que reconocerlo.

David la observó, sin saber qué hacer con todo lo que sus palabras habían despertado en él. Porque nadie lo había separado así de su nombre, del cantante, de la enfermedad, de los titulares, de todo lo que llevaba pegado a la piel como una condena.

Y, sin embargo, eso era exactamente lo que Ruth acababa de hacer.

Lo había dejado solo en David.

Entonces sonrió con una sonrisa lenta, limpia y verdadera.

—Vaya, vaya. Así que, además de vecina molesta, eres fan pesada —murmuró.

Ruth soltó una risa suave contra su piel.

—Muy fan y muy pesada.

—Eso lo cambia todo.

—¿A peor? —preguntó ella, divertida.

David la miró, y en sus ojos volvió a aparecer ese brillo que Ruth empezaba a reconocer.

—A peligroso. Podría gustarme demasiado y resultarme adictivo.

Lo dijo mirándola de una forma que la atravesó entera.

Ruth acercó su boca poco a poco y le susurró a milímetros de los labios:

—Eso sería muy peligroso. Igual deberíamos tener cuidado.

—Probablemente.

Ninguno de los dos se movió.

Ruth bajó la mirada a su boca.

David también.

Y la precaución duró exactamente, el segundo que tardaron en volver a besarse.