Capítulo 7 #2
—Porque supongo que nadie puede obligar a otra persona a ser algo que no está dispuesta a ser —dijo, bajando un poco la voz—.
Elisabeth y yo hemos traspasado límites que ni siquiera son éticamente correctos.
Me ha visto en mis peores momentos, ha estado ahí continuamente, me ha ayudado siempre, y yo estoy harto de estar enfermo, harto de que me trate como un caso clínico.
Yo solo quiero que me mire como a un hombre normal, pero para ella siempre seré su paciente, aunque a veces compartamos una tarde de sexo.
Ruth no dijo nada y el hecho de que no lo dijera, que no se escandalizara, que no apartara la mirada ni intentara hacer como que lo entendía, fue lo que hizo que David soltara algo que llevaba demasiado tiempo dentro.
—Y yo, si soy sincero, ya no sé si la quiero, si la necesito o si simplemente es lo único real que tengo fuera del escenario.
Pero, en fin, da igual. Es una relación imposible.
Ella me lo ha dejado claro mil veces, y más ahora que voy a volver con el grupo.
Elisabeth no soportaría que la relacionasen conmigo, ni podría aguantar una vida mediática al lado de un cantante famoso y problemático —dijo, cerrando el puño sobre el mantel, con un tono lleno de frustración que no pudo disimular.
Ruth vio el gesto, y percibió también el cansancio y la presión detrás de sus palabras. Sin pensarlo demasiado, puso su mano sobre la suya.
David sintió el contacto y bajó la mirada hacia esa mano que cubría la suya con firmeza.
—Tú eres mucho más que los focos, el escenario, la prensa y también que el cáncer, David —dijo entonces Ruth, sorprendiéndolo.
Él levantó la vista hacia ella.
A Ruth le costó sostener esa mirada, porque sus ojos verdes parecían poder traspasarla, y de repente el calor le subió desde la mano a través de todo su cuerpo.
La retiró despacio y agarró el cuenco que tenía al lado, empezando a servirse fresas para hacer algo, para romper aquella intimidad que se había instalado entre ellos sin que ninguno de los dos la buscara.
—Además, yo no te veo complicado. Mi vecina de Madrid era mucho más complicada —dijo ella, sonriendo, queriendo quitarle peso a la conversación, pero también dejarle claro que no lo veía como él se veía a sí mismo, mientras centraba toda su atención en servir las fresas.
David sonrió sin poder evitarlo. Ruth tenía esa capacidad rara de soltar de pronto una frase absurda y quitarle peso a todo aquello que a él parecía robarle el aire.
—Vaya —dijo—. Debía de ser terrible, entonces.
—Lo era —aseguró Ruth, muy seria—. ¿Te puedes creer que siempre se quejaba cuando poníamos música? Y lo peor es que a lo que más manía le tenía era a mi guitarra.
David levantó un poco la mirada.
—¿Tocas la guitarra?
—Sí —dijo ella, sonriendo—. Me encanta. Pero no lo hago como tú, claro.
—Quiero oírte tocar.
—¿Qué? No, no. Qué vergüenza. No puedo tocar delante de ti.
—Entonces seré un amigo complicado y no me comeré estas fresas.
Ella rio, pero la palabra amigo se instaló en su pecho de una forma inesperada.
—¿Somos amigos? —preguntó.
David hizo un gesto, restándole importancia, aunque la miró de una manera que no consiguió ser tan despreocupada como pretendía.
—No te confíes, Ruth. Aún puedo cambiarte la etiqueta a la de vecina molesta.
Ella soltó una carcajada.
—Come —dijo, empujando el cuenco hacia él—. Estás flaco y necesitas más postres en tu vida.
David se tensó de repente.
Era cierto que estaba muy delgado. Su cuerpo ya no tenía nada que ver con el que había sido antes, con el de los conciertos, las giras y las fotografías en las que parecía invencible.
Iba a contestarle mal, a levantar otra vez esa barrera que se le activaba cada vez que alguien rozaba sin querer una parte sensible de su vida, pero Ruth volvió a hablar antes de darle oportunidad.
—Mañana te haré rosquillas. Seguro que no las has probado. Y pasado te haré mi tarta de zanahoria. Bueno, no sé si te gusta la zanahoria. ¿Te gusta?
David la miró y, sin poder evitarlo, volvió a reír.
Porque esa chica era un caos, sí. Un caos de fresas con leche, gatos con nombre de lord inglés, recetas españolas, papeles desordenados, talento único tras una cámara y preguntas que aparecían sin avisar.
Pero ese caos no lo trataba como a una estrella ni como a un enfermo con el que debía medir las palabras porque podía romperse en cualquier momento, y eso le gustó mucho más de lo que él mismo había previsto.
David terminó la última fresa, dejó la cuchara dentro del cuenco y la miró de nuevo con esa sonrisa canalla que Ruth le había visto frente a los periodistas y que le encantaba.
—Estaban buenísimas —dijo él—, pero ahora yo he cumplido. Te toca. Trae tu guitarra.
Ruth se llevó las manos a la cara, tapándosela con ellas.
—De verdad, David, no me hagas esto. No puedo tocar delante de mi ídolo musical.
Aquella frase, que ella pensara eso de él, que lo dijera así, sin ironía, con esa mezcla de vergüenza y admiración tan limpia, llenó el pecho de David de un orgullo que hacía mucho tiempo que no sentía. Por eso intentó disimularlo.
—Piensa que soy tu vecina molesta de Madrid y aporrea esa guitarra, Ruth.
Ella se echó a reír, todavía roja, y negó con la cabeza mientras se levantaba.
—Te vas a arrepentir, no digas que no te avisé.
Ruth fue hasta el mueble que había debajo de la televisión y sacó una funda negra. La dejó sobre el sofá, abrió la cremallera con cuidado y sacó una guitarra de madera clara de abeto, sencilla, algo gastada en los bordes, con ese aspecto de las cosas que no son nuevas, pero sí importantes.
David la miró con interés.
—Vaya. Es una guitarra clásica.
—Claro, es con la que casi todos empezamos a aprender en las escuelas de música en España —dijo Ruth, como si aquello lo explicara todo.
—Entonces venga —dijo él, apoyándose en el respaldo de la silla—. Quiero ver ese aire español.
Ella lo miró con los ojos entrecerrados.
—No sé qué esperas exactamente, pero te aseguro que no va a salir una bailaora de flamenco de debajo del sofá.
David se encogió de hombros, mirando alrededor, divertido.
—Bueno, viendo esta casa, nunca se sabe.
Ruth volvió a reír y se colocó la guitarra sobre las piernas con una vergüenza evidente. Se sentó en el borde del sofá, se apartó el pelo de la cara y probó un acorde muy bajito, casi como si esperara que no se oyera demasiado.
—Me la regaló mi abuela cuando me llevó a España —dijo, mirando las cuerdas—. Me apuntó a clases nada más llegar, ella siempre ha pensado que la música es capaz de sacar lo mejor de nosotros.
David la observó con una atención que a Ruth le hizo bajar un poco más la mirada.
—Es verdad, leí en una entrevista que te hicieron para la revista Plano Abierto que tú naciste aquí, ¿no?
—Sí, en Zúrich. Mi madre era suiza; mi padre la conoció aquí porque ambos trabajaban en la misma empresa de ingeniería.
Pero, cuando mis padres murieron, mi abuela paterna, que es de Madrid, me llevó con ella.
Mis abuelos por parte de madre habían fallecido antes de que yo naciera y aquí yo no tenía más familia.
Así que, bueno, regresé al país de mi padre y mi abuela se convirtió en todo para mí, hasta que murió también hace poco más de cuatro años.
David se quedó en silencio observándola.
Le impresionó la serenidad con la que Ruth lo había contado, como si aquellas pérdidas pertenecieran a un lugar muy antiguo dentro de ella.
Pero, precisamente por eso, la imaginó más sola de lo que sus palabras dejaban ver.
Sola al perder a sus padres, sola al llegar a un país nuevo para ella, sola cuando su abuela murió también.
Entonces recordó lo que ella le había contado sobre Diego.
Por lo que había visto en la prensa, Ruth y él se habían casado hacía aproximadamente tres años, y aquella coincidencia le hizo entender de otro modo lo que ella había dicho sobre haberse aferrado tanto a él.
Quizá Diego no había sido solo un amor, sino una tabla de salvación contra la soledad que, con el tiempo, también había terminado hundiéndose.
—¿Qué edad tenías cuando murieron tus padres? —preguntó él entonces.
Ruth tocó una cuerda sin querer, apenas un sonido pequeño que se apagó enseguida.
—Cinco años. Fue un accidente de tráfico, pero no lo recuerdo mucho, la verdad. Hay cosas sueltas, imágenes, la sensación de que todo el mundo hablaba bajito a mi alrededor…, pero poco más.
David bajó la mirada hacia sus manos.
—Yo tenía dieciséis cuando murió la mía —dijo entonces—. Llevaba años enferma. Tenía el mismo cáncer que yo.
Ruth sintió un vuelco en el corazón. No supo qué decir, porque cualquier frase le pareció pequeña ante aquello.
De pronto entendió un poco mejor el miedo y la presión que David debía de sentir, no solo a enfermar, sino a repetir una historia que ya había visto acabar mal cuando todavía era demasiado joven para aceptarla.
Ninguno habló.
Ruth miró la guitarra que tenía sobre las piernas, luego lo miró a él y se la puso entre los brazos.
—Por favor, David —dijo en voz baja—. Haz música solo para nosotros hoy.
Él se quedó muy quieto, con la guitarra apoyada contra el pecho, como si aquel gesto lo hubiera pillado sin defensa. Pasó los dedos por la madera clara, por las marcas pequeñas del borde, por las cuerdas, y tragó saliva antes de hablar.
—Hacía años que no tocaba una guitarra clásica —dijo, casi para sí—. Creo que desde que mi profesor me dejó una… Tendría menos de doce.
Ruth se acercó más a él. David sintió el calor de su cuerpo al lado del suyo, colocó mejor la guitarra sobre sus piernas y probó un acorde.
El sonido salió suave, distinto al de una eléctrica, más desnudo, más cercano.
Frunció apenas el ceño, como si sus manos necesitaran recordar un idioma antiguo, y probó otro y después otro.
Al principio no fue una canción, solo notas sueltas, pequeños intentos, hasta que sus dedos encontraron algo y la melodía empezó a tomar forma.
Ruth se quedó completamente quieta. Escuchando.
David ni siquiera parecía recordar que ella lo estaba mirando.
Tenía la vista baja y sus dedos se movían con naturalidad, como si sus manos pudieran hablar a través de esas notas sin necesidad de palabras.
Y allí, sentado en una cabaña desordenada, con la guitarra de Ruth entre las manos y la nieve cayendo al otro lado de la ventana, David volvió a ser alguien que creía que había perdido para siempre y volvió a sentirse completamente vivo.
La melodía fue suave, sencilla, con alguna nota que dejó suspendida un poco más de la cuenta, como si también necesitara respirar.
Ruth dejó de mirar la guitarra y empezó a mirarlo a él.
A su mandíbula menos tensa, a sus dedos acariciando las cuerdas con un cuidado que le apretó algo en el pecho y a sus pestañas bajas que enmarcaban el verde musgo de sus ojos, en los que en ese momento solo quería perderse para quedarse en ellos.
Cuando David terminó, dejó que las últimas notas se apagaran solas.
Ruth tardó en hablar.
—Tocas increíble.
David bajó ligeramente la cabeza, acarició la madera de la guitarra con los dedos y la dejó a un lado con cuidado.
Podía sentir la respiración de Ruth a escasos centímetros, el calor tranquilo de su cuerpo, el olor dulce de su piel mezclado con el de la madera, las fresas y la nieve que seguía cayendo al otro lado de la ventana.
Los ojos de Ruth, de un ambar cálido, profundo, casi dorado con la luz baja de la cabaña, lo miraban con calma, pero David vio algo más: deseo.
Un deseo que encendió en él una sensación inesperada.
Sintió que aquella mirada le entraba en el pecho despacio, sin pedir permiso, y le sacudía algo que llevaba demasiado tiempo quieto.
Ruth lo miraba como si no estuviera viendo al cantante, ni al hombre enfermo, ni al escándalo, ni al cuerpo que él ya no reconocía del todo.
Sus labios estaban entreabiertos, muy cerca, y David sintió una atracción lenta y peligrosa, como si el mundo entero se hubiera reducido a aquella boca, a aquella respiración.
Apartó con suavidad un rizo que le caía sobre la mejilla y sus dedos se quedaron allí, rozando su piel, sintiendo el calor que subía bajo la yema de sus dedos.
Ruth cerró los ojos y apoyó la cara contra su mano, y ese gesto, tan sencillo y tan confiado, lo llenó de calma.
Se inclinó un poco más hacia ella y volvió a sujetarle el rostro con suavidad, obligándola a mirarlo de nuevo.
Ruth alzó los ojos, y en ellos seguía estando aquella mirada serena que lo descolocaba por dentro.
—¿Qué estamos haciendo, Ruth? —murmuró él, saboreando su nombre mientras le acariciaba los labios con el pulgar, sin apartar la mirada.
Ella no se apartó. Ni siquiera pareció dudar.
—No lo sé —susurró—. Pero sí sé que quiero seguir haciéndolo.