Más allá del ruido (Fuera de foco nº 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

Los ciento cincuenta kilómetros que separaban Zúrich de Safien fueron completamente diferentes a lo que cualquiera de los dos habría imaginado al salir aquella mañana de sus respectivas casas.

Y la llegada también, porque esta vez fue Ruth quien insistió en que tenía que cenar con ella, diciéndole que, por muy molesta que le resultara su vecina, esa noche no se libraba de ella ni de su gato, ya que, después de todo lo que él había hecho por ella, no pensaba permitir que se fuera a su casa sin probar una de sus recetas españolas, porque, según ella, la comida suiza estaba muy bien, pero no se podía comparar.

Con aquella conversación absurda habían recorrido medio camino hablando de recetas, ingredientes y platos que David apenas conocía, mientras él descubría que, a Ruth, después de dirigir una película, lo que más le gustaba era cocinar.

Y, siendo sincero, ella tampoco había tenido que insistir demasiado, porque David había aceptado sin mucho esfuerzo.

No porque tuviera hambre, ni porque le importara tanto probar una receta española, sino porque, aunque no pensaba reconocerlo en voz alta, lo que más le apetecía era seguir descubriéndola a ella.

Al entrar en la cabaña, la pequeña bola de fuego que días antes había invadido su casa recibió a David enroscándose en sus piernas nada más verlo, como si lo conociera de toda la vida.

David se quedó quieto, sorprendido por aquella confianza, y se agachó para cogerlo en brazos.

El gato se acomodó contra él sin ninguna duda, cerrando los ojos mientras empezaba a ronronear, agradecido por sus caricias.

David se fijó entonces en la casa y vio un caos lleno de cosas que parecían no tener relación entre sí, que no se parecía en nada a lo que había esperado.

Sobre el sofá y la mesa baja del salón se acumulaban una libreta abierta, bolígrafos de colores, una taza vacía y una tableta de chocolate empezada, así como notas adhesivas pegadas sin demasiado orden, algunas con frases sueltas, nombres de personajes y pequeñas ideas escritas deprisa junto a fotografías impresas de lo que debían de ser diferentes localizaciones.

David miró alrededor con el gato todavía en brazos.

—Tú ordenada, lo que se dice ordenada, no eres.

Ruth, que ya había ido directa a la cocina, abrió la nevera y se giró hacia él con total naturalidad.

—Soy creativa.

—Claro.

—El orden limita mucho.

David bajó la vista hacia una pila de papeles que descansaba sobre una silla de la cocina.

—¿Y eso también es creatividad?

Ruth siguió su mirada y se encogió de hombros, como si no viera el problema.

—Eso es trabajo.

David no pudo evitar una sonrisa pequeña y sintió que Ruth tenía una forma rara de ocupar el espacio. Como si dejara pedacitos de sí misma por todas partes sin darse cuenta.

Ruth miró dentro de la nevera.

—¿Huevos fritos con patatas al montón?

David frunció el ceño.

—¿Con patatas… cómo?

Ella soltó una risa.

—No tengo ni idea de cómo se dice aquí. Pero si te gustan las patatas, estas te van a encantar.

Sacó una bolsa y se la tendió.

—Toma. Ayúdame a pelarlas.

David la miró, dejó al gato en el suelo con cuidado, se lavó las manos y se apoyó en la encimera para empezar a ayudarla.

Había algo en ella. Algo que hacía que todo pareciera más sencillo de lo que era.

No la conocía de nada y, sin embargo, se sentía mejor allí que con mucha gente que llevaba años en su vida.

Ruth pelaba deprisa, concentrada, con movimientos ágiles. De vez en cuando levantaba la vista, le sonreía sin pensarlo y volvía a lo suyo, como si cocinar con David después de aquel día extraño fuera lo más normal del mundo.

Cuando terminó, echó todas las patatas en la sartén llena de aceite, sin aparente orden alguno.

David se inclinó ligeramente para mirar.

—¿Estás segura de que esto se hace así?

Ruth ni siquiera dudó.

—Claro —se giró hacia él, señalando la mesa—. Anda, pon la mesa y espera a probarlas.

Ella sonreía y él, sin saber muy bien por qué, sonrió también e hizo lo que le pedía.

Cuando se sentaron a comer, el olor ya llenaba la cocina. El señor Darcy se había colocado cerca de la mesa, muy digno, como si también esperara su parte, y Ruth tuvo que apartarlo con el pie un par de veces mientras David intentaba no reírse.

Ruth lo observó con atención mientras él probaba el primer bocado.

David masticó y alzó ligeramente las cejas.

—Me gustan.

Ruth sonrió, satisfecha.

—Ya lo sabía. A todo el mundo le gustan.

Él dejó escapar una pequeña sonrisa también y continuó disfrutando de aquella calma que no exigía nada y de todas las historias sobre Eternity, el nuevo proyecto cinematográfico de Ruth, que estaba compartiendo con él completamente ilusionada, hasta que el teléfono de David vibró sobre la mesa, interrumpiéndolos.

Ruth bajó la mirada casi sin querer y pudo ver claramente la palabra Elisabeth parpadeando en la pantalla. David también la vio. No hizo nada, solo se quedó mirando el móvil, con la mandíbula algo tensa y una duda evidente en los ojos sobre si contestar o no aquella llamada.

Ruth lo notó y se levantó con calma.

—Contesta —le dijo, intentando sonar natural—. Yo voy preparando el postre.

David levantó la vista hacia ella, asintió y cogió el teléfono.

Ruth se metió en la cocina y empezó a abrir armarios sin saber muy bien qué estaba buscando. No quería escuchar, pero la cabaña estaba en silencio y tan solo la voz de David le llegaba desde el salón, cortada por silencios largos que decían casi tanto como sus palabras.

—No tenía ni idea y lo sabes… —lo oyó decir.

Ruth se quedó quieta con la mano apoyada en la encimera.

Después llegó otra frase, más tensa.

—No es verdad, Eli.

Hubo un silencio.

Ruth tragó saliva y abrió la nevera, solo para hacer algo con las manos.

Aquellas frases, aunque no tenían un contexto claro, hicieron que algo dentro de Ruth se tensara.

Intentó convencerse de que no tenía nada que ver con ella, de que no sabía quién era Eli, ni qué tipo de relación tenían, ni qué estaban discutiendo exactamente.

Pero era imposible no atar cabos después de aquel día, de las fotos, del beso, de los periodistas y de todo lo que seguramente ya estaría circulando sin control en redes sociales.

—Está bien, no te preocupes —escuchó entonces, con un cansancio que a Ruth le resultó demasiado íntimo.

Se quedó mirando el interior de la nevera abierta sin ver realmente nada, mientras su mente no paraba de especular con que probablemente esa mujer y David estaban discutiendo por su culpa.

Y la idea le cayó encima con una incomodidad difícil de ignorar, porque hacía apenas unos minutos estaba riéndose con él, cenando con él, sintiéndose extrañamente tranquila en aquella calma que se habían permitido después del desastre, y de pronto la realidad volvía, recordándole que David no era una persona cualquiera, que su vida era tan complicada como la de ella y que había alguien al otro lado del teléfono pronunciando su nombre con una historia detrás que a ella no le pertenecía.

Ruth cerró la nevera despacio. El hambre, la risa y aquella sensación ligera y cálida que había empezado a sentir al estar a su lado desaparecieron, como si alguien hubiera bajado la temperatura de la cabaña de golpe.

Cuando comprobó que la llamada se había cortado, regresó al salón e intentó mantener la calma mientras dejaba con cuidado un cuenco de fresas con leche sobre la mesa.

—¿Todo bien? —preguntó, sin poder evitarlo.

—Perfecto —dijo él, seco.

Ruth notó enseguida el cambio. La cara de David había vuelto a ser esa muralla infranqueable que ella había creído ver caer. Se sintió mal, incómoda y sobre todo culpable. Finalmente, bajó la mirada hacia el cuenco y se atrevió a decirlo.

—David, siento muchísimo si por mi culpa tienes problemas con tu novia.

David frunció el ceño al oírla.

—¿Mi novia? —repitió, y soltó una risa seca—. Elisabeth no es mi novia.

—Perdona —dijo Ruth enseguida, sintiéndose aún peor—. Pensé que… Bueno, no sé. Lo siento, no es asunto mío.

David la miró en silencio. No sabía si era la forma en que lo miraba, sin exigencias, o esa manera que tenía de decir lo que pensaba, aunque luego se arrepintiera enseguida, pero, fuera lo que fuera, no quería que Ruth se llevara una idea equivocada de Elisabeth. Ni de él.

—Sabes que tuve cáncer, ¿no? —soltó de repente.

Ruth se quedó quieta, con las manos aún cerca del cuenco.

—Sí, lo he leído en varios artículos sobre ti —respondió con cuidado.

David apartó la mirada, aceptando que su vida era de dominio público y, por tanto, su enfermedad también.

—Elisabeth fue la psiquiatra que me ayudó a aceptarlo y a enfrentarme al tratamiento —dijo David, con la voz más baja—. Sin ella yo no estaría aquí ahora.

Ruth sostuvo su mirada y comprendió, sin necesidad de que él explicara mucho más, lo importante que era esa mujer en su vida. No era una novia, ni una ex, ni alguien a quien pudiera colocar en una categoría sencilla, sino alguien que había estado allí cuando todo se había venido abajo.

—No lo sabía —dijo ella, todavía algo incómoda—. Aun así, siento si os he molestado esta mañana.

—No te preocupes. Elisabeth y yo últimamente tenemos una relación complicada —dijo David, apartando la mirada hacia la ventana—. Y es por mi culpa, no tiene nada que ver contigo, Ruth.

Ella siguió mirándolo con atención. No sabía si tenía derecho a preguntar, ni si él querría responder, pero aun así lo hizo.

—¿Por qué? —preguntó finalmente.

David volvió a mirarla y no encontró en sus ojos morbo ni ganas de meterse donde no debía, sino una atención limpia, sincera, como si de verdad quisiera entenderlo.