Capítulo 6
Al salir del piso de David, bajaron juntos en el ascensor sin hablar.
Los dos seguían tensos, y la conversación anterior todavía pesaba de una forma extraña entre ellos, como si hubiera dejado algo abierto que ninguno sabía muy bien cómo manejar.
Pero todo eso perdió importancia en cuanto llegaron a la entrada y vieron que los metros que los separaban del coche de David estaban otra vez colapsados por una nube de periodistas que, seguramente tras haberlos visto juntos en el hotel, ahora estaban deseosos de conseguir noticias frescas sobre aquella supuesta relación.
Ruth sintió que el cuerpo se le tensaba de inmediato.
—No puede ser… Otra vez —murmuró.
David miró hacia la calle, serio. A él nunca le había importado demasiado la exposición mediática; de hecho, en más de una ocasión había alimentado historias jugosas, la mayoría falsas, para una prensa ávida de carnaza, y se había beneficiado tanto a nivel económico como mediático de esa exposición porque, en el fondo, le daba exactamente igual.
Pero ahora, allí, con Ruth a su lado, pálida, rígida y con esa expresión de quien se prepara para soportar algo que le hace daño, todo su cuerpo se tensó también.
—No los mires y vamos rápido —le dijo.
Y, sin pensarlo demasiado, la rodeó con un brazo por los hombros y la atrajo hacia él. Ruth se sorprendió al principio por el contacto, pero no se apartó.
—Vamos —murmuró David.
Abrió la puerta del portal y el ruido entró de golpe. Los flashes estallaron frente a ellos, las voces se mezclaron unas con otras y todos empezaron a gritar sus nombres, buscando la fotografía perfecta, la frase mínima, el gesto que pudiera llenar titulares durante horas.
—¡Luz! ¡David, aquí, aquí!
—¿Cuánto tiempo lleváis juntos?
—¡David! ¿Es cierto que vuelves al escenario?
—Sigue —le dijo él, manteniéndola pegada a su costado mientras avanzaban hacia el coche.
Ruth intentaba mirar al suelo, concentrarse en caminar, no responder, no dejar que ninguna pregunta le atravesara más de lo necesario, pero los periodistas estaban demasiado cerca y cada paso parecía exigirle un esfuerzo enorme.
—¡Luz! ¿Has hablado ya con Diego?
Ella no contestó y siguió caminando.
—¿Te ha dicho ya que Elena está embarazada?
Ruth se quedó helada.
David notó cómo se le endurecía el cuerpo bajo su brazo, cómo se detenía contra él, cómo el aire se le cortaba en el pecho y cómo la mano se le cerraba con fuerza alrededor de la correa del bolso.
—Sigue —le dijo en voz baja.
Ella asintió apenas, pero no consiguió moverse y los flashes siguieron estallando.
Hasta entonces había intentado avanzar sin responder, sin darles nada, pero aquella pregunta cambió algo.
Ruth estaba inmóvil a su lado, mirando hacia ninguna parte, con la respiración contenida, y David apretó la mandíbula antes de inclinarse hacia ella, acercándose a su oído mientras la sujetaba con más firmeza contra él.
—Ruth, escúchame —le dijo, en voz baja, recuperando ese tono suyo, seco y peligroso—. ¿Quieres que jodamos a tu ex?
Ruth no entendió su pregunta, pero entonces vio algo en los ojos de David, fijos en ella pese al caos de fuera.
Algo decidido, lleno de un enfado que no iba contra ella, sino por ella, y Ruth sintió un valor inesperado.
Por primera vez en todo el día, frente a aquellos periodistas que invadían su vida y hurgaban en heridas profundas sin tener ni idea de cuánto dolían, sintió que no quería seguir siendo la parte rota de una historia que otros contaban a su antojo.
Así que respiró hondo y sonrió antes de responder:
—Muchísimo.
—Perfecto —dijo él, y, sin soltarla, la atrajo más hacia él y la besó allí, delante de todos.
Ruth se quedó completamente inmóvil al principio, porque de todas las cosas que había esperado que David pudiera hacer, aquella ni siquiera se le había pasado por la cabeza.
Sintió primero el calor de su mano en la espalda, la firmeza con la que la mantenía cerca, y después sus labios, seguros, tan inesperados que el ruido de la calle pareció quedarse lejos, como si todo lo que los rodeaba hubiera perdido cualquier valor.
Ya no oyó las preguntas, ni los gritos, ni el chasquido frenético de las cámaras.
Solo sintió el contacto cálido de David, que contrastaba con el frío que los envolvía, la presión exacta de una boca que no pedía permiso para besarla porque aquello no era ternura, sino un golpe de efecto improvisado, una forma absurda y brillante de devolverle el control de una historia que le habían arrancado de las manos.
El beso fue breve, pero suficiente para detenerlo todo a su alrededor, suficiente para que las preguntas se rompieran, para que el ruido cambiara y para que los flashes se multiplicaran como si acabaran de darles justo aquello que habían venido a buscar.
Cuando David se separó, seguía demasiado cerca. Ruth lo miró, todavía con el pulso desordenado, y entonces vio esa mirada canalla en sus ojos, esa chispa de peligro y descaro que parecía decirle que, si el mundo quería espectáculo, podían darle uno mejor.
—Tranquila —murmuró junto a su oído—. Ahora el que está jodido es él.
Ruth escuchó sus palabras y, por alguna razón, en ese momento todo dejó de importarle: Diego, Elena, el embarazo y la humillación de haber sido la última en enterarse.
Se apartó lo justo para dejar espacio a una sonrisa que apareció primero pequeña, casi incrédula, y después más clara, más viva, como si algo dentro de ella acabara de recordar que todavía podía jugar sus propias cartas.
Avanzaron los metros que les quedaban unidos de la mano. David abrió la puerta del coche y la dejó entrar primero.
—Vamos.
Ruth subió sin dejar de sentir el pulso en los labios.
Cuando David entró en el asiento del conductor y cerró la puerta, el ruido quedó fuera, amortiguado por los cristales.
Los periodistas seguían rodeándolos, disparando fotografías y gritando preguntas que ya ninguno de los dos respondió.
Durante unos segundos, David no arrancó.
Ruth se quedó quieta en el asiento, con los ojos muy abiertos y la respiración todavía acelerada.
—Oh, madre mía…
David la miró. La seguridad de antes se le borró un poco del rostro, sustituida por una intranquilidad inesperada.
—¿Te ha molestado? —preguntó, dudoso.
Ella giró la cabeza hacia él y, de pronto, sonrió. No una sonrisa educada, ni nerviosa, sino una sonrisa natural imposible de contener.
—No —dijo, negando con la cabeza sin dejar de mirarlo—. Ha sido… espectacular.
Y antes de que David pudiera responder, Ruth se inclinó hacia él y lo abrazó muy fuerte.
Fue un gesto tan espontáneo y repentino que al principio él se quedó rígido, con las manos suspendidas sin saber muy bien dónde ponerlas, como si aquel contacto lo hubiera afectado mucho más que el beso que acababa de darle delante de medio Zúrich.
Pero Ruth no se apartó, y algo en esa forma de aferrarse a él, todavía temblando un poco, terminó por vencerlo. Cerró los brazos alrededor de ella despacio, con una cuidadosa torpeza, y la sostuvo contra su pecho durante unos segundos que se hicieron extrañamente largos dentro del coche.
Cuando Ruth se separó, seguía sonriendo y en sus ojos brillaba la emoción.
—Jamás había hecho algo así —dijo ella, casi sin aliento.
David la miró, y esta vez no pudo evitar sonreír. Había ternura en su gesto, pero también una diversión nueva, una especie de asombro suave al verla así, todavía alterada y feliz en medio del desastre que acababan de provocar.
—Eres una chica buena, ¿eh, Ruth?
Ella lo miró, aún con esa sonrisa enorme que parecía haberle cambiado la cara entera, y el rubor subió a sus mejillas sin poder evitarlo.
—No tanto, David. No tanto.
David soltó una risa baja, real, de esas que no le salían desde hacía demasiado tiempo, y negó con la cabeza antes de arrancar el coche.
—Mucho mejor —dijo, sin poder esconder la alegría que le había provocado la actitud de ella.
Metió la marcha y, mientras los periodistas seguían gritando al otro lado de los cristales tintados, salió despacio de la calle, con Ruth todavía sonriendo a su lado y una sensación absurda, peligrosa y absolutamente viva instalada en su pecho.