Capítulo 5
Un cuarto de hora más tarde, Ruth estaba en casa de David, con un café caliente entre las manos.
Había ido a Zúrich en tren, convencida de que podría resolver con Diego los temas laborales que aún tenían pendientes tras la firma de su divorcio hacía más de tres meses y que por fin la desligarían por completo de él.
Aquello haría que pudiera comenzar a rodar su película sin mantener ya ninguna relación laboral con Diego y, después, volver a Safien sin más complicaciones.
Ella misma le había exigido, firme, en la última llamada que habían mantenido por teléfono, que esa reunión se realizara en Zúrich.
Era lo mínimo que él le debía, teniendo en cuenta su traición y sabiendo que en España la prensa se les echaría encima.
Pero lo que no había previsto era que también ocurriría allí, a más de mil seiscientos kilómetros de Madrid, como si ni siquiera la distancia fuera suficiente para dejar atrás el escándalo.
Había pensado ingenuamente que en Suiza la prensa no se preocuparía por ellos, pero se había equivocado.
Porque desde que Diego había dejado Madrid, los periodistas parecían seguir cada uno de sus movimientos y finalmente todo había estallado.
David había sido testigo de ello y se había negado a dejarla marcharse sola con la prensa pendiente de ella.
Le había dicho que irían primero a su piso, tomarían un café rápido, cogería algunas cosas que necesitaba de su casa y después la llevaría a Safien, ya que también él pensaba regresar al valle.
Ruth se había negado al principio. No quería molestar ni interrumpir su día, pero David no le había dado demasiada opción.
Su forma de hablar seguía siendo seca, casi brusca, y, aun así, Ruth empezaba a reconocer algo detrás de aquella aspereza.
Porque, a pesar de todo, desde que se conocían siempre acababa ayudándola.
Elisabeth se había despedido nada más dejarlos en la puerta del edificio.
Lo había hecho de forma correcta, pero Ruth solo necesitó ver más allá de sus palabras y fijarse en las miradas que ella y David se cruzaron para entender que la situación no le había hecho ninguna gracia.
No habría sabido ponerle nombre a la relación que había entre ellos, aunque sí tuvo claro que su aparición había incomodado a Elisabeth.
Por eso le dio las gracias antes de bajar del coche, sin saber muy bien qué más añadir.
Subieron a su piso en silencio. David abrió la puerta y se apartó un poco para dejarla pasar, sin demasiada ceremonia. Ruth entró despacio, todavía con los nervios en el cuerpo, y nada más cruzar la puerta fue incapaz de evitar que la sorpresa se le instalara en la cara.
El piso, situado en Seefeld, era amplio, luminoso, con ventanales enormes que dejaban ver el lago en calma a los pies de la ciudad.
Tenía una decoración elegante, moderna y sobria, pero no fue eso lo que la dejó sin palabras, sino las paredes llenas de fotografías enmarcadas, algunas en blanco y negro, otras tomadas en escenarios enormes, con luces de colores, humo y miles de brazos levantados frente a él.
Había discos de oro y de platino, premios colocados en vitrinas discretas, portadas de revistas internacionales, pases de gira, carteles firmados y recuerdos de una vida entera, porque en algunas fotografías David apenas era un adolescente.
—Vaya… Es increíble —dijo Ruth, avanzando unos pasos más, con la mirada detenida en todos esos recuerdos que se abrían ante ella—. Tienes…
—¿Qué? —respondió David, más brusco de lo que pretendía.
Se arrepintió casi al instante. La pregunta había salido de su boca con un filo que no iba dirigido a ella, aunque Ruth no tenía por qué saberlo.
Pero es que David sintió una incomodidad extraña al verla allí, en medio de su casa, observándolo todo.
No sabía interpretar lo que ella estaba pensando, y eso, por alguna razón absurda, lo hizo sentirse expuesto.
Como si no fuera un hombre adulto en su propio salón, sino alguien que acababa de mostrar una parte de sí mismo en la que ahora ya no se reconocía.
Ruth se giró hacia él, sorprendida por el tono, con esa expresión suya tan limpia, tan incapaz de esconder lo que sentía.
—Pues… muchos recuerdos increíbles.
Las palabras quedaron suspendidas entre los dos, suaves, inocentes, pero David no las recibió así.
No pudo. Su mirada recorrió la estancia despacio.
Las fotos, los premios, las portadas de revistas, las sonrisas congeladas en momentos que en otro tiempo le habían parecido importantes.
Todo aquello que antes había tenido peso, brillo, sentido, ahora le resultaba casi absurdo. Ridículo. Vacío.
—¿Recuerdos? —repitió, dejando escapar una sonrisa amarga. Negó suavemente con la cabeza, pero ni siquiera tuvo fuerzas para sostener la ironía—. Sí, supongo que sí.
Ruth lo observó en silencio, y entonces percibió algo que no esperaba.
Frente a ella no vio a un hombre feliz, ni orgulloso, ni cómodo dentro de aquel salón lleno de aplausos antiguos.
No vio al artista que millones de personas habían coreado, ni al chico de las entrevistas, ni al icono que aparecía en aquellas portadas con una sonrisa perfecta.
Vio dolor. Un dolor que él intentaba disimular manteniéndose serio, frío, entero. Y, sin poder evitarlo, a Ruth le dolió.
Porque de pronto entendió que quizá David no veía allí una vida llena de éxitos, sino el recuerdo de alguien que ya no se sentía capaz de ser.
Un David que había existido bajo los focos, entre gritos, canciones y aplausos, y que ahora debía de parecerle un desconocido.
Alguien a quien todos seguían recordando, mientras él había dejado de reconocerse.
Ruth se acercó a él despacio, sin invadirlo, pero sosteniéndole la mirada.
—A mí me encanta tu música y me parece increíble estar aquí —le dijo, con una sinceridad que no parecía ensayada—. Es increíble todo lo que has conseguido.
David abrió mucho los ojos. De todas las respuestas posibles, jamás habría imaginado aquella.
—¿Te gusta mi música? —preguntó, sorprendido, como si no acabara de entender las palabras.
Ruth sonrió, y fue una sonrisa amplia, luminosa, que a David le pareció simplemente preciosa, sin poder evitarlo.
—¿Y a quién no? —respondió ella, casi riéndose—. Eres David Vogel. El vocalista de Wintervale. He cantado tus canciones a pleno pulmón mil veces. Y también he llorado con alguna, la verdad —añadió, bajando un poco la voz, como si esa confesión le diera un pudor inesperado.
La sorpresa de David fue en aumento, pero no supo qué hacer con ella.
No supo qué hacer con aquella chica en su salón, con sus ojos brillantes, con su voz sincera, con esa forma tan directa de decirle cosas que él llevaba demasiado tiempo intentando no escuchar.
Así que hizo lo único que sabía hacer cuando algo se acercaba demasiado.
Apartarse.
—Ruth, lo que pasa es que te he rescatado de los periodistas y te sientes agradecida —murmuró, esquivando su mirada—. Anda, vamos a la cocina, que te pongo el café.
Lo dijo con intención de cortar la conversación.
Se giró y echó a andar por el pasillo. Ruth lo siguió, pero no quiso dejar el tema.
No entendía por qué él era incapaz de creer que, a ella, igual que a medio planeta, le gustara su música.
Era como si hubiera olvidado quién era. O, peor, como si pensara que el mundo entero lo había olvidado también.
—Pero ¿qué dices? —le soltó, caminando detrás de él—. ¿Te acuerdas de tu concierto en el estadio Metropolitano de Madrid, hace tres años?
David se detuvo y la miró.
—Yo estaba allí —insistió ella, sonriéndole—. Fila cuatro, sector 106. Fui con un montón de compañeros, estábamos rodando la serie Agua de Mayo y esa noche fuimos todos, actores, cámaras, técnicos… Todos. Fue una locura.
David recordó aquel día y volvió allí. Su memoria le llevó de nuevo a ese estadio inmenso, abierto bajo el cielo de Madrid, las gradas llenas hasta arriba, las luces moviéndose sobre la gente, miles de móviles encendidos, el escenario vibrando bajo sus pies y el sonido de la multitud golpeándole el pecho antes incluso de empezar a cantar.
Recordó el calor de aquella noche, el rugido del público, la sensación de tener a todo un estadio cantando con él como si cada canción también fuera suya.
Recordó una época de su vida en la que se sentía invencible y había creído de verdad que nada malo podía alcanzarlo.
Algo en su pecho volvió a latir como hacía tiempo que no lo hacía.
Fue breve. Demasiado breve. Porque enseguida otros recuerdos mucho más cercanos, y que pesaban demasiado en su cuerpo y en su mente, llegaron de nuevo.
No. Él ya no era ese. Ya no era el hombre que había llenado aquel estadio, ni el que salía en las fotos, ni el que podía levantar una mano y provocar un grito colectivo.
Y si Ruth lo admiraba por eso, tarde o temprano descubriría la verdad.
Que ya no quedaba casi nada de él. Que todo aquello era solo la prueba de alguien que había brillado como una estrella, sí, pero una estrella que se había apagado hacía más de dos años entre sesiones de quimio, vómitos, fatiga y un miedo constante a morirse que le atenazaba el pecho cada noche.
Cuando nadie lo veía, cuando no había focos ni aplausos ni canciones, cuando solo era David, asustado, en una habitación, rodeado de oscuridad.
David no contestó. Se dio la vuelta y siguió hasta la cocina, ocupándose de la cafetera con una concentración exagerada.
Ruth permaneció cerca de la entrada, observándolo, y por primera vez desde que lo conocía tuvo la sensación de que el silencio de David no era soberbia, ni frialdad, ni mal carácter. Era otra cosa. Algo más profundo que él llevaba dentro desde hacía tiempo y que Ruth todavía no sabía identificar.
El café empezó a caer con un sonido suave. David esperó a que la taza se llenara, la cogió con cuidado, notando el calor contra los dedos, y solo entonces se giró hacia ella.
—Toma —dijo, ofreciéndosela.
Ruth la aceptó sin apartar los ojos de él, rodeando la taza con las dos manos e intentando ordenar en silencio todo lo que había pasado en menos de una hora entre ellos.
—Está muy bueno —dijo, después de probarlo, intentando relajar el ambiente.
David clavó sus ojos verdes en ella.
—Es café normal.
Lo dijo otra vez a la defensiva, como si hasta un cumplido tan simple pudiera incomodarle.
Ruth lo observó. No supo si fue por los nervios acumulados, por el mal rato que acababa de vivir al volver a ver a Diego, por el jaleo con los periodistas o por lo absurdo de estar allí, en la cocina de David Vogel tomando café, como si aquello fuera lo más normal del mundo, pero de pronto se le escapó una risa.
Fue una risa nerviosa, fuera de lugar, una de esas que aparecen cuando el cuerpo ya no sabe qué hacer con tanta tensión.
David la miró de inmediato, con el gesto desconfiado de quien se prepara para recibir una burla.
—¿Qué pasa? —preguntó, tensándose—. ¿De qué te ríes?
—Lo siento —dijo Ruth, intentando contenerse—. Lo siento, es solo que…
—¿Qué? —insistió él.
Ella respiró hondo, todavía con una sonrisa que no terminaba de marcharse.
—Estaba pensando en lo mucho que te molesta todo lo que digo, en las pocas ganas que tienes siempre de verme y en que, al final, siempre termino en tu casa por algo.
David no cambió el gesto.
—¿Y?
Ruth lo miró, más serena.
—Que no me encaja nada, David. No sé… Esa forma que tienes de comportarte conmigo, siempre a la defensiva, con lo que luego haces realmente. No lo entiendo.
David no esperaba aquellas palabras y quizá por eso se cerró todavía más.
—¿Qué no entiendes, Ruth? —preguntó, serio—.
Tú ya sabes quién soy, ¿no? Un cantante famoso que, además de hacer canciones, tiene mal carácter.
Seguro que, si conoces mi música y eres tan fan como dices, también conoces mis escándalos.
Y no dudo que tu buen amigo Lars ya te habrá informado bien sobre mí.
La sonrisa de Ruth se apagó poco a poco.
Sus ojos ámbar, cálidos y profundos, se quedaron fijos en él con una intensidad tranquila, como si quisieran atravesar todas esas capas de desconfianza que David levantaba cada vez que ella se acercaba un poco más de la cuenta, y entonces pareció entender algo.
—Lars no me ha dicho nada de ti, David —le dijo tranquila, mirándolo más seria ahora.
Él giró un poco la cabeza, soltando una risa breve, irónica.
—Oh, venga ya. El bueno de Lars.
—¿Es por eso?
David frunció el ceño.
—¿Por eso qué? —replicó, sin entenderla.
—¿Es porque soy amiga de Lars por lo que siempre estás a la defensiva conmigo?
David se quedó sin saber qué responder.
—No —dijo al fin, demasiado rápido—. Es porque no te conozco.
—Yo tampoco te conozco a ti —dijo Ruth, sin reproche.
Él no contestó.
Ruth sostuvo la taza entre las manos, aún caliente, y bajó la mirada. Cuando volvió a hablar, lo hizo con más calma.
—Pero sé lo que he visto.
David la miró serio, pero con una atención difícil de disimular, como si una parte de él necesitara escuchar lo que ella pensaba de él.
—¿Y qué has visto?
—Que estás aquí, ofreciéndome un café que no tenías ninguna obligación de ofrecerme —dijo ella, sosteniéndole la mirada—.
Que antes te bajaste de un coche para sacarme de una situación horrible y que, aunque te empeñes en parecer alguien a quien no le importa nada ni nadie, conmigo no te has comportado así.
David se quedó quieto, y sus miradas se quedaron atrapadas la una en la otra. Ruth tragó saliva, consciente de que quizá estaba diciendo demasiado, pero ya no supo detenerse.
—No sé qué dicen de ti, David. Tampoco es que me importe demasiado, sobre todo porque yo también sé lo que es que la gente crea conocerte porque ha leído cuatro titulares sobre ti, pero yo prefiero quedarme con lo que veo y con lo que siento yo —añadió, más bajo.
Él no respondió, aunque su forma de mirarla cambió. La dureza de sus ojos se quebró y dio paso a algo más vulnerable e intenso, algo que atravesó a Ruth sin pedir permiso.
Fue él quien rompió el silencio. Dejó la taza en la encimera con cuidado.
—Voy a por mis cosas y nos vamos —dijo, con la voz algo más baja, intentando recuperar la distancia que acababa de perder.
—Vale —respondió Ruth, viéndolo perderse por el pasillo mientras su corazón, sin poder evitarlo, latía demasiado rápido.