Más allá del ruido (Fuera de foco nº 2) Capítulo 4
19%

Capítulo 4

David salió de la Prime Tower, el impresionante rascacielos de cristal que se levantaba sobre Zürich-West, con una carpeta bajo el brazo, los hombros tensos y unas ganas tremendas de mandarlo todo a la mierda.

La reunión había ido bien, eso era lo peor.

Liam Baumann, su mánager desde hacía más de siete años, estaba satisfecho, la discográfica tenía calendario, el single ya tenía fecha de lanzamiento y las canciones, por mucho que le costara admitirlo, habían quedado perfectas.

Matteo Frei había hecho un trabajo impecable con las guitarras, ajustando cada arreglo con esa precisión tranquila que siempre había tenido, y Levi Gerber había terminado de cerrar las bases, las estructuras, los puentes, todo aquello que antes David habría discutido durante horas, hasta encontrar el punto exacto entre lo correcto y lo vivo.

Esta vez no había discutido nada, porque simplemente no había estado.

Esa era la parte que nadie decía en voz alta, porque todos habían sido cuidadosos, generosos, respetuosos al máximo con sus tiempos. Le habían quitado peso para que pudiera recuperarse, le habían repetido que su voz seguía ahí y que eso era lo importante.

David sabía que lo habían hecho por él, sabía que no había mala intención en ninguno de ellos y, aun así, al escuchar su propia voz en el nuevo single en aquella sala de reuniones, con Liam sonriendo al otro lado de la mesa y alguien de la discográfica hablando de estrategia, playlists, entrevistas y expectativas, lo único que había sentido era una vergüenza espesa, difícil de tragar.

Porque no había nada suyo allí. O casi nada.

Solo su voz, grabada con precisión, y unas notas de guitarra tocadas por él con técnica, pero no con sentimiento.

No con esa necesidad antigua que antes le subía desde algún lugar incómodo del pecho y lo obligaba a cantar y tocar con emoción y con verdad.

Quería sentirse de otra manera. Quería contagiarse de la felicidad de su equipo, pero lo único que sentía era que todos habían conseguido devolver a David Vogel al mundo mientras él solo era capaz de notar un vacío profundo y la sensación insoportable de sentirse un fraude.

Elisabeth lo esperaba frente a la entrada lateral de la Prime Tower, dentro de su Volvo XC40 gris perla, discreto y elegante.

David la vio antes de que ella bajara la ventanilla.

Se acercó, abrió la puerta del copiloto y se dejó caer en el asiento con más cansancio del que habría querido mostrar.

Cerró los ojos, apoyó la cabeza contra el respaldo y respiró hondo.

Elisabeth no arrancó enseguida. Lo miró de perfil, con esa expresión suya que David conocía demasiado bien, una mezcla de atención, calma y distancia clínica que siempre le hacía sentir que no necesitaba hablar para que ella supiera exactamente qué estaba ocurriendo dentro de él.

Después sonrió de esa forma suave, casi indulgente, que antes lo tranquilizaba y que últimamente solo conseguía irritarlo.

—¿Ha ido bien? —preguntó ella.

David abrió los ojos y giró un poco la cabeza hacia la ventanilla.

—Eso dicen.

Elisabeth apoyó las manos en el volante, sin dejar de mirarlo.

—David…

—No empieces, Eli.

—No he empezado nada.

—Me miras como si estuvieras esperando que me derrumbe.

Elisabeth tardó en responder, y eso bastó para que él sintiera que había acertado.

—Te miro porque me importas.

David apretó la mandíbula y volvió la vista al frente. No tenía fuerzas ni ganas de discutir con ella.

—Lo sé, lo siento —dijo al final, sin terminar de mirarla—. Perdona.

Elisabeth arrancó el coche y se incorporó al tráfico de Zúrich con suavidad. Durante unos minutos, ninguno de los dos dijo nada. El Volvo avanzó entre edificios de cristal, tranvías, pasos de peatones y bicicletas, mientras David miraba por la ventanilla sin prestar atención a nada.

—Estás muy lejos de aquí, David —dijo Elisabeth.

—Estoy aquí.

—No del todo.

Él giró la cabeza hacia ella, cansado de aquella serenidad con la que siempre parecía saber algo de él antes incluso de que él mismo se atreviera a pensarlo.

—No me psicoanalices.

—No lo estoy haciendo.

—Lo haces, Eli. Siempre lo haces —le dijo, volviendo a girar la cabeza hacia la ventanilla.

Elisabeth no respondió. Se limitó a seguir conduciendo, con los ojos puestos en la calle y una serenidad natural en ella.

Esa era una de las cosas que más lo había atraído de ella al principio, aquella calma, aquella forma de ordenar el caos que habitaba en él sin levantar la voz, pero ahora le parecía otra pared más, otra manera de mantenerlo a distancia, otra prueba de que Elisabeth siempre sabía dónde colocar los límites antes incluso de que él intentara cruzarlos.

Llegaron al Baur au Lac unos veinte minutos después, pero aquella vez algo no encajaba.

David lo notó antes de que el coche terminara de acercarse a la entrada principal.

Había demasiada gente en la acera, demasiadas cámaras y objetivos levantados, esperando a alguien.

Un par de fotógrafos se giraron al ver el coche entrar en la zona de acceso y uno de ellos levantó la cámara casi por reflejo.

Elisabeth frenó de golpe.

—¿Qué es esto? —preguntó, perdiendo por primera vez en todo el trayecto aquella calma impecable.

David frunció el ceño, mirando hacia el exterior.

—No lo sé.

—Joder, David —dijo ella, girándose hacia él—. Si ya has empezado con la promoción, podrías haberme avisado.

Él la miró, incrédulo.

—¿Qué?

—No pienso bajarme aquí con cámaras en la puerta.

—Eli, esto no tiene nada que ver conmigo.

—Ya, claro.

Las palabras salieron más secas de lo habitual, y David sintió que algo dentro de él se tensaba de inmediato.

—Te estoy diciendo que no tengo ni idea de qué es esto.

—David, por favor. Acabas de salir de una reunión con la discográfica, vas a lanzar un nuevo álbum, llevamos semanas hablando de cómo gestionar tu regreso y, de repente, hay prensa en la puerta del hotel donde hemos quedado. No me tomes por idiota.

Él soltó una risa sin humor, negando con la cabeza.

—No lo hago. Pero tú acabas de decidir que miento antes de escucharme.

Elisabeth respiró hondo, apretando los dedos sobre el volante.

—Yo aquí no me bajo.

—Joder, Eli, ya lo sé.

Lo dijo con una mezcla de cansancio e impotencia, porque claro que lo sabía.

Sabía que ella nunca se bajaba donde alguien pudiera verlos, que nunca cruzaba con él una puerta si al otro lado existía la posibilidad de una cámara, una mirada o una pregunta.

Estaba a punto de decir algo más, algo que llevaba demasiado tiempo acumulado y que probablemente no habría sabido retirar después, cuando la vio.

Ruth.

Estaba al otro lado de la entrada del hotel, con un abrigo oscuro, el bolso colgado al hombro y el rostro tenso, intentando mantener la compostura delante de demasiados desconocidos.

Un fotógrafo le bloqueaba el paso, otro caminaba hacia atrás mientras le lanzaba preguntas que David no alcanzaba a oír desde dentro del coche, y Ruth intentaba avanzar sin responder, con la mirada fija en algún punto que no fuera ninguna cámara.

David se quedó inmóvil. No tenía sentido verla allí, en Zúrich, en medio de aquel enjambre de periodistas.

Elisabeth siguió su mirada.

—¿Qué pasa? ¿Esa es Luz Ragar, no? ¿Tu vecina?

David no apartó la vista de Ruth. La vio dar un paso hacia la puerta, pero uno de los fotógrafos se le adelantó, demasiado cerca, invadiendo ese espacio mínimo que cualquiera habría entendido como una frontera.

Ella retrocedió apenas, lo justo para chocar con otra persona, y aquella pequeña pérdida de equilibrio encendió algo en él con una violencia inesperada.

—Es Ruth —respondió, sin mirarla, mientras abría ya la puerta del coche—. Espérame aquí.

Elisabeth lo miró como si no hubiera entendido.

—¿Qué?

—Que esperes aquí.

—¿Dónde vas? —preguntó Elisabeth, inclinándose hacia él para cogerlo del brazo—. David, no la líes.

Pero él no la escuchó, o quizá sí, pero en ese momento le daba igual.

Cerró la puerta del coche y cruzó la distancia hasta la entrada del hotel con la mandíbula tensa, avanzando directo hacia Ruth.

Al principio nadie reparó en él; todos seguían pendientes de ella hasta que uno de los fotógrafos lo reconoció.

—¡David Vogel!

Varias cabezas se giraron.

Ruth también.

Sus ojos se abrieron al verlo, con una sorpresa imposible de fingir, y, en medio del ruido, pareció que ninguno de los dos entendiera qué hacía el otro allí.

David llegó hasta ella sin detenerse.

—Ruth —dijo, colocándose a su lado—. Ven conmigo.

Ella parpadeó, todavía desorientada.

—David, ¿qué haces aquí?

—Sacarte de aquí.

Un periodista lanzó una pregunta sobre Diego, otro dijo su nombre, alguien mencionó a Elena Guzmán, la actriz de la serie con la que Diego mantenía ahora una nueva relación, y algo en el rostro de Ruth se quebró apenas.

David lo vio, y eso bastó. Se colocó entre ella y las cámaras, casi por instinto, abriéndole paso con el cuerpo.

—Vamos —dijo.

Ruth no discutió. Quizá porque no podía, quizá porque se había quedado sin fuerzas o quizá porque, en ese momento, la voz de David, firme y cercana, era lo único que no sonaba a amenaza. Él le puso una mano firme en la espalda para guiarla y empezó a caminar con ella hacia el coche.

—¡Luz, qué tal tu encuentro con Diego!

—¿Continúa Diego en la producción de Eternity?

—¡David, Luz, aquí, aquí, una foto!

—¿Sois pareja, David?

La última pregunta le hizo apretar más la mandíbula. No respondió. Siguió avanzando, sin mirar a los lados, sintiendo a Ruth demasiado rígida junto a él, como si cada flash le golpeara.

Cuando llegaron al coche, Elisabeth seguía dentro, inmóvil al volante, con una expresión tan sorprendida que por primera vez en mucho tiempo no parecía capaz de ocultarla. Sus ojos fueron de uno a otro, intentando encajar una escena para la que nadie le había dado contexto.

David abrió la puerta trasera.

—Entra.

Ruth dudó al ver a Elisabeth en el asiento del conductor.

—No quiero molestar…

—Ruth —dijo él, sin brusquedad, pero sin espacio para la discusión—. Entra.

Ella cedió. Se metió en el asiento trasero con el abrigo aún cerrado hasta el cuello y las manos temblándole sobre el bolso. David cerró la puerta tras ella y volvió al asiento del copiloto bajo una ráfaga de flashes que ya los perseguía a los tres.

Al sentarse, notó la mirada de Elisabeth clavada en él.

—Arranca —dijo David.

Elisabeth no se movió.

—David…

Él giró la cabeza hacia ella.

—Arranca, Elisabeth.

Su voz no fue alta, pero sí lo bastante firme como para que algo en el rostro de Elisabeth cambiara. Apretó los labios, puso el coche en marcha y salió de la entrada del hotel con una brusquedad poco habitual en ella.

Durante unos segundos, solo se oyó el motor y la respiración contenida de Ruth en el asiento trasero.

David miró por el retrovisor. Ella estaba pálida, con los ojos todavía demasiado abiertos y la mirada perdida en la calle que dejaban atrás. Cuando se dio cuenta de que él la estaba mirando, intentó sonreír, pero no le salió del todo.

—Gracias —dijo en voz baja.

—No hay problema, tranquila.

Elisabeth soltó una exhalación incrédula, casi inaudible, pero David la oyó, igual que también notó la tensión en sus manos sobre el volante, la rigidez de sus hombros y las preguntas que bullían por salir de su boca, pero que no formuló, porque Ruth estaba detrás y porque Elisabeth, incluso enfadada, seguía sabiendo comportarse perfecta siempre.

Ruth bajó la mirada a sus manos.

—Lamento haberos metido en esto —dijo, con la voz aún tomada por el susto.

—No te disculpes —la cortó David, girándose hacia ella—. No has hecho nada y no nos has molestado.

Elisabeth lo miró de reojo. David sintió esa mirada como una acusación silenciosa y, por primera vez, no le importó.

Porque Ruth seguía temblando en el asiento trasero, porque hacía apenas unos días había llorado en su salón por un gato y una vida que le dolía, porque, aunque no supiera qué significaba exactamente, verla allí, acorralada entre cámaras, le había importado más de lo que estaba dispuesto a admitir, y porque, en ese momento, de lo único que tenía ganas era de abrazarla.