Capítulo 3
Poco después, David regresó con la mochila en la mano. La dejó sobre la mesa, la abrió evitando pensar en todo lo que contenía y sacó unas gasas.
—Dame el brazo.
Ruth dudó, no por desconfianza, sino por esa incomodidad leve que produce dejarse cuidar por alguien a quien apenas conoces.
—No hace falta, de verdad…
—Ruth —repitió él, más serio, alzando la vista—. Dame el brazo.
Esta vez no había ironía, solo una firmeza tranquila que hizo que ella cediera y extendiera el brazo, aun con cierta rigidez.
David empapó una gasa con agua oxigenada y se detuvo, observando los arañazos.
—Va a escocer —advirtió, sin mirarla.
—Perfecto —murmuró ella—. Es lo único que me faltaba hoy.
Él casi sonrió, luego apoyó la gasa sobre la piel y el efecto fue inmediato. La espuma blanca apareció enseguida, extendiéndose sobre las heridas con un leve siseo, como si la piel reaccionara al contacto.
Ruth hizo una mueca.
—Joder…
—Lo siento —dijo él, aunque no apartó la mano.
Suavizó el gesto. Sus dedos se movieron con cuidado, limpiando sin presionar más de la cuenta, con una delicadeza inesperada.
Ruth lo observó en silencio. Había algo contradictorio en aquella imagen, en sus manos, en su forma de concentrarse, en la manera en que evitaba mirarla directamente pero aun así parecía completamente concentrado en ella.
Cuando terminó, dejó la gasa a un lado.
—Ya está.
Ruth bajó la mirada hacia su brazo.
—Gracias —dijo, sin saber muy bien qué más añadir.
David asintió, recogiendo las cosas con movimientos mecánicos.
—¿Es tu primer gato? —preguntó, sin mirarla, como si necesitara llenar el espacio con algo sencillo.
—Sí —respondió ella—. Me lo regaló ayer la señora Keller. Su gata ha tenido siete y no puede criarlos a todos. Es una mujer muy amable, siempre voy a su tienda a comprar el pan. ¿Tú la conoces?
—No —la cortó él, más brusco de lo que había pretendido—. No suelo ir al pueblo.
Ruth no quiso insistir ni preguntarle más sobre gente a la que seguramente, al igual que le pasaba con ella, David no tenía ni la más mínima intención de tratar.
Entonces, el sonido del móvil de Ruth irrumpió en el salón. Ella se tensó al oírlo, y David lo notó. Ruth miró la pantalla y colgó sin decir nada.
—¿No contestas? —preguntó él.
—No.
Su tono fue firme, y David, que no había podido evitar ver el nombre de su exmarido en la pantalla, pudo intuir el efecto que aún producía en ella.
El teléfono volvió a sonar enseguida, insistente, obstinado, produciendo una incomodidad que ninguno de los dos pudo fingir que no existía. Ruth cerró los ojos, agotada, cogió el móvil y lo apagó directamente.
—Oh, madre mía… Así no vuelve a molestar.
Dejó el móvil boca abajo, pero David ya había visto suficiente.
—Eh —dijo, con suavidad—. ¿Estás bien?
Ruth bajó la mirada, se abrazó suavemente el brazo y, aunque tardó un poco en contestar, finalmente dijo:
—No.
El silencio que siguió fue breve, pero pesado. Ruth pasó los dedos por el borde de una de las pequeñas marcas que los arañazos habían dejado sobre su piel, como si necesitara hacer algo con las manos antes de atreverse a seguir.
—Odio que Diego siga llamándome todos los días —añadió al fin—. Fue él quien destrozó nuestro matrimonio, y ahora no para de insistir en que sigamos rodando juntos, como si nada hubiera pasado. Pero yo no quiero ni verlo.
David no dijo nada, y precisamente eso, que él no intentara llenar el silencio con una frase de consuelo, fue lo que hizo que Ruth continuara.
—Era mi mentor, mi director —dijo, más bajo—. Yo empecé trabajando con él, aprendiendo de él, admirándolo de una manera que ahora me parece casi vergonzosa.
Sonrió sin humor, con la vista fija en algún punto de la mesa.
—Me enamoré como una idiota.
David la observó. Le habría sido fácil soltarle un comentario seco, o una broma cruel para marcar la distancia y que ella dejara de contarle algo sin duda demasiado íntimo, demasiado personal, algo que no tenía demasiado sentido entre dos personas que apenas se conocían.
Pero había algo en la voz de Ruth, en esa vergüenza dolorosa con la que estaba hablando de sí misma, que le impidió hacerlo.
La escuchó, atento, y sintió una rabia extraña que no iba dirigida contra ella, sino contra un hombre al que no conocía y que, solo por el efecto que causaba en Ruth, encendía en él un rechazo absoluto.
—Le aguanté todo —siguió ella—. Su crisis de los cuarenta, su ego de artista, sus cambios, sus ausencias, esa manera suya de hacerme sentir que siempre tenía que estar a la altura de algo que nunca terminaba de saber qué era.
Incluso dejé de plantearme ser madre porque él quería disfrutar más de la vida.
De su boca salió una pequeña risa amarga, casi automática, y la expresión que le cruzó la cara fue una mezcla de cansancio y rabia.
—Disfrutar más de la vida —repitió, como si la frase todavía le pareciera absurda—. He hecho todo por él, ¿sabes? Todo. Y al final parece que lo fácil aburre.
Levantó la vista, aunque no lo miró a él, y negó con la cabeza mientras una sonrisa triste le temblaba apenas en la boca.
—Se ha liado con una actriz de su nueva serie. Tiene veinticinco años y he sido la última en enterarme.
David entendió la humillación detrás de sus palabras, el desgaste, el enfado escondido debajo de aquella calma, y también esa herida tan precisa de quien se siente traicionada por la falta de lealtad de alguien por quien había apostado y renunciado a demasiado.
Ruth pareció darse cuenta entonces de cuánto había hablado, de lo íntimo que había dejado caer sobre la mesa sin pedir permiso. Se tensó y apartó la mirada, incómoda consigo misma.
—Lo siento —dijo, completamente avergonzada—. He invadido tu casa, mi gato te ha roto cosas y ahora me pongo a soltarte todo esto y ni siquiera te conozco. Perdona, de verdad, parezco una loca.
David apoyó una mano suavemente sobre las de ella, que en ese momento se aferraban a la tela de sus pantalones como si intentaran calmar su propio movimiento, y se inclinó ligeramente hacia Ruth.
—No —dijo, firme.
Ruth levantó la mirada al sentir la suya.
—Al contrario —añadió él, sosteniéndosela sin esa dureza con la que solía protegerse de todo—. No pareces una loca. Pareces alguien que está pasando una mala época, nada más. Pero te aseguro una cosa: tú podrás ser muchas cosas, pero aburrida no eres, Ruth.
Lo dijo sonriéndole, con ese modo suyo de pronunciar su nombre, torpe y casi tierno sin proponérselo. Y aquella sencillez la relajó, porque no sonó a consuelo ni a cumplido. Sonó a verdad. Y por primera vez desde que había llegado a aquella casa, Ruth respiró más tranquila.
—Bueno… —dijo Ruth, poniéndose de pie con cierta torpeza, intentando controlar todas las emociones que sentía en ese momento—. De verdad, David, ya no te molesto más. Voy a por mi pequeño demonio y te aseguro que pondré algo en el patio para que esto no vuelva a pasar.
Él asintió, levantándose con ella, pero sin dejar de mirarla.
—Vale, espera —añadió entonces—. Te lo traigo.
Desapareció de nuevo por el pasillo y Ruth se quedó quieta en mitad del salón, mirando aquel pequeño caos que había generado irrumpiendo en una casa que parecía ser el refugio de ese hombre que la había curado y tranquilizado a pesar de no querer ni verla.
—Aquí tienes —dijo, acercándose poco después con el gato entre sus brazos, hecho una pequeña bola que ronroneaba feliz.
Ruth extendió los brazos con cuidado. La mano de David permaneció sobre la de ella. Ruth sintió el contacto cálido y firme de sus dedos y, al mismo tiempo, la suavidad del pelaje del gato, que, poco a poco, parecía haber entendido que no había peligro.
La tensión se disipó. El animal se acomodó, y Ruth soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Vaya… —dijo, mirándolo—. Eres todo un adiestrador de pequeñas fieras.
David esbozó una sonrisa leve.
—Solo es un gato.
Ella rio, suave, ya sin rastro de nervios.
—Gracias, David.
Y entonces, sin pensarlo demasiado, se puso ligeramente de puntillas y dejó un beso rápido en su mejilla.
Él no lo vio venir ni tuvo tiempo de reaccionar. El contacto fue breve, pero la sensación tibia de sus labios se quedó grabada en su piel.
—Intenta no odiarnos demasiado, por favor —añadió ella con dulzura, ya separándose, con una sonrisa sincera—. Al señor Darcy y a mí nos gusta tenerte de vecino.
David se quedó quieto. No dijo nada. Sintió el lugar exacto donde sus labios habían tocado su piel, como si el frío de fuera y el calor de ese gesto se hubieran quedado atrapados en el mismo punto.
Algo se movió dentro. Algo pequeño, pero real.
Ruth se giró y salió de la casa con el gato entre los brazos, cerrando la puerta tras de sí con cuidado.
El silencio volvió, pero ya no era el mismo.
David se llevó la mano a la mejilla, casi sin darse cuenta, y por primera vez en mucho tiempo no pensó en la enfermedad, ni en Elisabeth, ni en las canciones que no componía.
Porque en ese momento todo su ser solo podía pensar en ella.