Capítulo 2 #2
David dio un paso hacia ellos, tenso al ver la escena. No era exactamente miedo, pero sí una incomodidad absoluta, mezcla de incredulidad y urgencia.
—Eh, eh, espera… Espera —dijo David.
Se agachó junto a ella y, con cuidado, pero sin dudar, agarró al gato por la piel suelta de la nuca. Con la otra mano, fue liberando poco a poco las garras de los brazos de Ruth, separándolas de su piel con firmeza, pero sin brusquedad.
—Ya está… Ya está… —murmuró él, para calmar tanto al gato como a Ruth.
Colocó al gato sobre el sillón y apoyó la mano encima, sujetándolo lo suficiente como para que no pudiera volver a escaparse, pero sin hacerle daño. El cambio fue casi inmediato. El animal, que segundos antes parecía enfurecido, se quedó quieto, no del todo relajado, pero sí contenido.
Ruth se apartó un poco, sacudiendo el brazo con una mueca de dolor, observando las marcas finas que empezaban a enrojecer su piel, pero David ni siquiera la miró, ya que toda su atención estaba puesta en el gato.
—Ya… Ya… Tranquilo, pequeño… —murmuró, bajando un poco la voz, con un tono distinto, más bajo, más cercano—. No pasa nada.
Sus dedos se movieron con suavidad sobre el lomo del animal, apenas rozándolo al principio, como probando. El gato parpadeó, el cuerpo dejó de estar tan rígido y, poco a poco, ese hilo de tensión que lo atravesaba empezó a aflojarse.
Ruth, todavía con el brazo pegado al cuerpo, lo observó en silencio.
Había algo en esa escena que no encajaba con la imagen que tenía de él, algo que no esperaba.
David seguía tranquilizando al gato con movimientos lentos, constantes, como si entendiera perfectamente dónde tocar, cómo hacerlo y cuánto espacio dejar.
Y allí, con David acariciando al gato y el animal entregándose poco a poco al contacto, con un ronroneo torpe y reciente que parecía haber aprendido sobre la marcha, Ruth sintió que algo dentro de ella se deshacía.
Fue sin aviso, sin control. Con el brazo aún ardiéndole por los arañazos, la frente palpitando por el golpe, el aire todavía agitado en los pulmones y la imagen del jarrón roto esparcida por el suelo como una prueba más de que todo lo que tocaba acababa mal, de repente se le llenaron los ojos de lágrimas que no pudo contener.
Se llevó la mano a la boca, como si pudiera detener el sonido, pero no lo consiguió, y el primer sollozo salió ahogado, pequeño.
David levantó la vista de golpe. No estaba preparado para eso, para las lágrimas, para la fragilidad, para alguien rompiéndose delante de él sin previo aviso.
Se puso en pie casi de inmediato, aún con el gato entre los brazos, que permanecía hecho un ovillo, sorprendentemente tranquilo, como si también él hubiera decidido detenerse.
—Eh… Eh, Ruth… —dijo, torpe al principio, acercándose un paso—. Tranquila… ¿Qué pasa? ¿Te duele?
Ella negó con la cabeza, pero el gesto no convencía a nadie. Bajó la mirada, avergonzada, y un pequeño hipo escapó de su pecho, traicionándola.
—Lo siento… —murmuró entre lágrimas—. De verdad… Lo siento…
David frunció el ceño, no con enfado, sino con una especie de desconcierto incómodo.
—Ruth —dijo entonces, más firme, intentando sostener la situación de alguna manera—, ya lo has dicho. Sé que lo sientes. Pero no has sido tú quien se ha tirado al jarrón, ¿vale?
Ella soltó una pequeña risa rota entre el llanto, negando de nuevo, sin atreverse a mirarlo.
—Ya… Pero… Es que… Todo…
No terminó la frase, porque no sabía cómo explicarlo sin que sonara absurdo. El gato se removió ligeramente entre los brazos de David, acomodándose, y él, casi por inercia, siguió acariciándolo, aunque ahora su atención estaba completamente en ella.
—Oye… —añadió, bajando un poco la voz—. No pasa nada.
No era una frase especialmente elaborada, ni siquiera especialmente útil, pero era lo único que le salió. Ruth se limpió las lágrimas con la palma de la mano, intentando recomponerse, aunque su respiración seguía entrecortada.
—No suelo… —empezó a hablar, pero su voz se cortaba—. No suelo hacer esto.
—¿Entrar en casas ajenas y romper cosas con tu gato? —preguntó él, intentando que ella se relajara.
Ella lo miró entonces y soltó una risa real, breve y aún llena de lágrimas.
—No… —respondió, negando—. Bueno… Eso tampoco.
—Anda, ven —dijo David, señalando el sillón—. Siéntate.
No era una orden, tampoco una petición, pero sí una forma de decir quédate sin decirlo del todo.
—Bueno… Menos mal —murmuró David, con una media sonrisa mientras veía cómo ella se sentaba—, porque, si no, pensaría que mi vecina es una psicópata.
Ruth volvió a reír, aún con los ojos algo brillantes, pero sintiendo que ese hombre que no quería ni verla la estaba tratando con un afecto que jamás habría imaginado.
—Voy a llevarlo al baño —añadió él, mirando al gato que seguía hecho un ovillo entre sus brazos—. Lo dejaré allí. Tú tienes que desinfectarte eso.
Señaló su brazo. Las marcas eran finas, pero profundas en algunos puntos, y la piel empezaba a enrojecerse alrededor de los arañazos.
—David, no… —negó ella enseguida, casi por reflejo—. Dámelo. No quiero seguir molestándote. Ya lo hago yo en casa.
Él la miró con ese gesto serio que le aparecía cuando algo dejaba de parecerle negociable.
—Ruth, ya me has molestado y no tiene solución —dijo, sin dureza, pero sin dejar espacio a réplica—. Ahora deja ya de disculparte, me pones muy nervioso cuando lo haces y, por favor, espérame aquí.