Más allá del ruido (Fuera de foco nº 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

—Cógelo y márchate —dijo, seco, señalando con la barbilla hacia el fondo y cerrando la puerta con un golpe detrás de ella.

Ruth avanzó unos pasos, mirando lo justo para no parecer curiosa, aunque no pudo evitar fijarse en los pequeños detalles que revelaban quién era: una guitarra eléctrica a los pies del sillón, un libro de partituras tirado en la alfombra, una jarra de café medio vacía sobre la mesa baja del salón.

—¿Por aquí? —preguntó, volviéndose hacia él.

David asintió y ella siguió adelante, cruzando la cocina hasta la puerta trasera.

Al abrirla, el aire frío entró de golpe.

El patio era amplio, cubierto de nieve, con una pared baja de piedra delimitando el terreno y, allí, junto a una esquina, como una pequeña mancha naranja sobre el blanco, estaba el gato.

Ruth lo vio y su expresión cambió. Se agachó despacio, con cuidado, como si cualquier movimiento brusco pudiera asustarlo.

—Mini, mini, mini… —susurró, con una dulzura que a David le pareció casi absurda—. Señor Darcy… Ven, pequeño… Ven aquí.

David, apoyado en el marco de la puerta, alzó ligeramente las cejas.

¿Señor Darcy? Miró al animal, que no era más que un bicho diminuto, con ojos demasiado grandes para su cara, y luego volvió a mirarla a ella, como si intentara entender en qué momento aquel gato había adquirido nombre de caballero inglés.

Ruth extendió una mano, sin acercarse del todo.

—Vamos… Ven… No pasa nada…

El gato la observaba inmóvil, con esa mezcla de curiosidad y desconfianza propia de los animales demasiado pequeños en un mundo demasiado grande, pero no se movió. Ruth avanzó un poco más, todavía agachada, dejando que sus botas se hundieran en la nieve.

—Venga… Por favor… —murmuró—. No me hagas esto ahora.

El gato dio un paso atrás y ella sonrió dulcemente, como si aquello formara parte de una negociación delicadísima.

—Vale… Vale… Despacito…

Se inclinó un poco más, calculando la distancia, mientras David la observaba en silencio, con los brazos cruzados y sin intención ninguna de intervenir.

—Venga… Ven aquí… —insistió ella, acercándose otro poco.

Dio un paso, luego otro, y entonces, creyendo tenerlo lo bastante cerca, hizo un movimiento más rápido y extendió el brazo para atraparlo, pero no lo consiguió.

El gato reaccionó, soltó un maullido agudo, indignado, casi teatral, y se escabulló como una centella antes de que Ruth tuviera tiempo de corregir el impulso.

Su pie derecho resbaló en la nieve, perdió el equilibrio y su cuerpo avanzó más de la cuenta.

Todo ocurrió demasiado deprisa, sin tiempo siquiera para protegerse, hasta que el golpe seco de su frente contra la pared hizo que David fuera hacia ella de inmediato.

—Mierda… —se le escapó a Ruth en español, mientras se llevaba la mano a la frente dolorida.

El gato, ajeno al desastre que acababa de provocar, pasó disparado entre ellos, rozó las piernas de Ruth, esquivó las de David y se coló dentro de la casa como si hubiera encontrado la salida de un laberinto.

—Genial —murmuró él, sin poder evitarlo.

Ruth cerró los ojos, pero, cuando apartó la mano, había un hilo fino de sangre.

—Joder… —dijo David, al verlo.

Ella inspiró hondo, todavía un poco aturdida, y miró hacia la puerta como si acabara de recordar lo único que importaba.

—El gato… —murmuró, antes de volver a mirarlo a él—. Oh, Dios mío… Lo siento. De verdad, lo siento muchísimo. Yo no quería…

David negó con la cabeza, a medio camino entre el fastidio y la preocupación.

—No pasa nada —dijo, intentando parecer más tranquilo de lo que realmente estaba—. Ahora lo cogeremos.

Hizo un gesto hacia el interior.

—Pasa. Tienes que curarte eso.

Ruth negó enseguida, como si la idea le pareciera desproporcionada.

—No, no… De verdad, no es nada.

Pero la sangre seguía ahí, bajando hacia la ceja, y David no podía ignorarla.

—Bueno —dijo él, apartándose hacia un lado—. Aun así, pasa y lo vemos.

Y por primera vez desde que ella había llamado a su puerta, su voz no sonó fría ni cortante, solo serena.

Entraron y Ruth apenas se detuvo en la cocina antes de avanzar hacia el salón, con la mirada inquieta recorriendo cada rincón, cada hueco donde un gato diminuto pudiera haberse escondido.

—¿Dónde estará…? —murmuró, ya agachándose para mirar debajo de la mesa.

David se quedó en la puerta observándola. Había algo casi caótico en su forma de moverse ahora, muy distinto a la calma cuidadosa con la que había entrado antes, como si toda su serenidad se hubiera quedado fuera, enterrada en la nieve.

—No lo sé —respondió—. Se habrá escondido.

Ruth apartó ligeramente una silla y volvió a inclinarse.

—Señor Darcy… —llamó en voz baja—. Vamos… Ven, pequeño…

No hubo respuesta. David se separó de la puerta y señaló una de las sillas de la mesa.

—Ruth, déjalo. Siéntate ahí. Te traeré el botiquín.

Pronunció su nombre desde la garganta, con un sonido parecido a un ligero gorgoteo, torpe y suave.

Ruth levantó la vista al oírlo. Era la primera vez que David pronunciaba su nombre, y aquella imperfección inesperada la devolvió de golpe al lugar exacto donde se encontraba: a kilómetros de su casa, en la cabaña de un cantante famoso, sangrando por la frente después de haber hecho el idiota intentando atrapar a un gato al que ni siquiera sabía si sabría cuidar.

La sensación de ridículo la invadió entera. Se incorporó despacio, llevándose de nuevo la mano a la herida casi sin darse cuenta, y lo miró con una expresión que mezclaba vergüenza y apuro.

—Lo siento —dijo—. Lo siento mucho, David. Yo no quería que nada de esto pasara y ahora…

—Ya, ya —la interrumpió él, antes de que pudiera seguir.

David había reconocido ese tono, ese punto exacto en el que alguien empieza a disculparse más de la cuenta, como si pudiera deshacer lo ocurrido a base de repetirlo, así que se giró hacia la cocina, cortando la conversación.

—No pasa nada.

Abrió uno de los muebles y sacó una mochila oscura, gastada en las esquinas.

La dejó sobre la mesa con un sonido seco y la abrió sin pensarlo demasiado.

Dentro, ordenados con una precisión casi obsesiva, había varios blísteres de pastillas, analgésicos, protectores gástricos, medicación para la ansiedad, sobres de suplementos y un pastillero semanal marcado con pequeñas notas escritas a mano.

Nada especialmente llamativo por separado, pero todo junto tenía el peso incómodo de un proceso que aún seguía arrastrándose.

Ruth, que acababa de sentarse, no pudo evitar mirar la mochila con sorpresa y, quizá, con una comprensión que David no estaba preparado para recibir.

Él lo notó al levantar la vista, y su reacción fue inmediata, como si alguien hubiera encendido una luz demasiado intensa sobre una habitación que él mantenía a oscuras.

Por un momento, ninguno de los dos habló, y entonces, de golpe, todo aquello, la mesa, la mochila abierta, los nombres impresos en las cajas, la evidencia muda de un cuerpo que aún necesitaba demasiados cuidados para seguir funcionando, se volvió insoportablemente visible, demasiado íntimo, demasiado suyo.

Cerró la cremallera con brusquedad y el sonido partió el silencio.

—Toma —dijo, cogiendo el bote de agua oxigenada y dándoselo sin mirarla.

Ruth lo recibió con cuidado.

—Gracias.

No añadió nada más, se limitó a mojar un trozo de algodón y acercarlo a su frente.

Hizo una pequeña mueca al contacto, pero no se quejó, mientras David permanecía de pie al otro lado de la mesa, con las manos apoyadas en la superficie, mirando cualquier punto que no fuera ella.

El silencio volvió, pero ya no era el mismo; había algo distinto ahora, más incómodo, como si Ruth hubiera entrado a buscar un gato y, sin querer, hubiera encontrado una puerta abierta hacia algo que David no enseñaba a nadie.

—De verdad —dijo con suavidad—. Lo siento.

David exhaló por la nariz, todavía sin mirarla.

—Ya lo has dicho.

No fue especialmente amable, pero tampoco tan duro como antes. Ruth asintió, aceptándolo, y, por un momento, ninguno de los dos supo muy bien qué decir hasta que el ruido de un jarrón estrellándose contra el suelo los sacó de golpe de aquel silencio incómodo.

—Oh, no… Madre mía —exclamó Ruth, levantándose de golpe.

David giró la cabeza justo a tiempo para ver al gato encaramarse a la repisa de la chimenea, como una pequeña llamarada naranja en movimiento, torpe y veloz al mismo tiempo.

En su recorrido, fue arrasando con todo lo que encontraba: la figura de una matrioska que su hermana había comprado en Budapest cayó primero, luego un jarrón con unas flores secas se hizo añicos en el suelo y después un marco con una foto de sus sobrinos golpeó la madera antes de deslizarse al suelo.

—Joder…

El animal no se detuvo. Saltó hacia la librería con una agilidad sorprendente para algo tan pequeño, desestabilizó un par de libros que cayeron al suelo y desde allí desapareció de un salto detrás del sillón.

David observó cómo en Ruth ya no quedaba rastro de la calma con la que había entrado.

—¡Señor Darcy! —llamó, acercándose casi corriendo, con el nerviosismo evidente en cada movimiento.

Se agachó sin dudar, metiendo medio cuerpo entre la pared y el respaldo del sillón.

—Venga… Venga… Ven aquí… —murmuró, aunque su voz había perdido la dulzura y suavidad de antes.

Hubo un breve silencio y luego lo atrapó. El gato reaccionó al instante, protestando con un maullido chillón, desesperado y desproporcionado para su tamaño, como si realmente lo estuvieran matando. Ruth lo sujetó con torpeza, atrapándolo como pudo entre la pared y el sillón.

—Ya está, ya está… Tranquilo… —intentó decir, aunque ella misma no lo estaba.

El animal se revolvió con una energía frenética. Sus garras, diminutas pero afiladas como agujas, encontraron la piel de Ruth sin esfuerzo, y ella soltó un grito breve, contenido, al sentir el arañazo, pero no lo soltó.