Más allá del ruido (Fuera de foco nº 2) Capítulo 1
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Más allá del ruido (Fuera de foco nº 2)

Más allá del ruido (Fuera de foco nº 2)

Por Sara Claiton

© inepub.com

Capítulo 1

David intentaba calmar el mal humor que llevaba horas latiendo dentro de él.

Cada vez que le tocaba volver a Zúrich para la revisión trimestral con el equipo de oncología, no podía evitar que una ansiedad espesa le atenazara el pecho, aunque los resultados, una vez más, hubieran sido buenos y, una vez más, se suponía que debía sentirse feliz por seguir vivo.

Pero no era eso lo que sentía, y lo peor era que había vuelto a discutir con Elisabeth.

Otra vez. Y otra vez había sido culpa suya, por pedirle más de lo que ella estaba dispuesta a darle, por empeñarse en convertir en algo real una relación que ella parecía decidida a mantener suspendida en un terreno indefinible.

Llevaban casi dos años atrapados en una relación que ni él mismo sabría nombrar sin sentirse ridículo.

Lo que entre ellos había empezado como algo estrictamente profesional, cuando ella lo trató como psiquiatra al inicio de su enfermedad, había derivado en algo completamente distinto: físico, intermitente y difícil de justificar.

Aunque ella ya no era su psiquiatra, seguía ligada a todo su proceso emocional. Él confiaba en ella más que en ningún otro profesional, y esa confianza se mezclaba, de forma cada vez más confusa, con los encuentros sexuales esporádicos que mantenían cada vez que coincidían en Zúrich.

Pero una relación, al fin y al cabo, donde nunca existía un después, nunca una mañana, un desayuno ni un despertar juntos. Porque ella no quería, porque no podía permitirse que nadie los relacionara y porque, según ella, si daban un paso más, romperían la magia.

—Mierda —murmuró David, lanzando la cazadora contra el sillón, como si con ese gesto pudiera acallar el enfado que le quemaba por dentro.

Él no quería magia, no quería que volviera a mirarlo como si siguiera siendo su paciente, no quería que lo tratara como a alguien incapaz de saber lo que sentía. Quería que lo eligiera, y aquel día ya no había aguantado más.

—Estoy harto de no ser suficiente para ti, Eli.

Ella suspiró.

—Venga, David… No lo estropees. Sabes que no se trata de eso.

—Entonces, ¿de qué se trata? Porque llevamos meses jugando a un juego del que creo que ni siquiera sé las reglas.

—No hay ningún juego, y lo sabes. Somos amigos, David, y ni siquiera eso fue fácil para nosotros al principio. Pero ahora lo pasamos bien juntos, así, y eso es suficiente. ¿Por qué quieres estropearlo?

—Porque no quiero ser tu amigo, Elisabeth.

—Para —dijo ella, con firmeza, terminando de vestirse—. De verdad, no sigas. Mi respuesta la sabes y no va a cambiar.

Se lo había dicho en la suite del hotel Baur au Lac, apenas unos minutos después de que ella se levantara de la cama con esa calma impecable que siempre parecía llevar pegada a la piel.

Acababan de celebrar los buenos resultados de los análisis con una de esas tardes de sexo que, durante unas horas, conseguían hacerle olvidar quién era, qué había perdido y qué seguía teniendo miedo de perder.

Luego Elisabeth había comenzado a vestirse sin prisa. Se había acercado a él, le había dado un beso suave en los labios y le había dicho:

—Tengo que irme, guapo.

David la había cogido de la mano antes de que pudiera apartarse.

—¿Nunca vas a quedarte?

Ella lo había mirado como siempre, con aquella sonrisa suave, casi perfecta, que parecía decirle que no lo estropeara.

—Sabes que no, David.

Y algo se había roto en él.

Después, David se había vestido a toda prisa, había bajado al aparcamiento y había subido a su Porsche Panamera 4 E-Hybrid sin mirar atrás.

Había conducido los kilómetros que separaban Zúrich del valle de Safien, en los Grisones, hasta la cabaña de madera y piedra que, desde hacía meses, se había convertido en su refugio.

Un lugar suspendido entre montañas, silencio y nieve, donde nadie le pedía explicaciones y donde el mundo parecía quedar al otro lado de los abetos.

Ahora, de vuelta allí, se dejó caer en el sillón y se pasó una mano por la cara. Dejó escapar el aire con lentitud, apoyó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.

Podría haber intentado hacer algo, cualquier cosa: encender la televisión, abrir el portátil, escribir, componer o fingir que todo seguía igual, pero no lo hizo, porque la realidad es que nada seguía igual.

En algún punto, la enfermedad no solo le había robado la salud durante un tiempo, sino también una parte de sí mismo, y David ya no recordaba con exactitud cuándo había dejado de encajar en su propia vida.

Un golpe en la puerta lo arrancó de aquel pensamiento.

Frunció el ceño, porque no esperaba a nadie.

Había elegido aquella cabaña por el silencio, por la distancia y por la promesa absurda, pero necesaria, de que nadie llamaría nunca a su puerta sin previo aviso.

Después de años viviendo rodeado de asistentes, técnicos, médicos, productores, periodistas y desconocidos que creían tener derecho a un pedazo de él, aquel rincón perdido de los Alpes suizos se había convertido en lo único parecido a un territorio propio y exclusivamente suyo.

Un lugar donde no tenía que sonreír, donde no tenía que contestar y donde no tenía que ser David Vogel para nadie.

Hasta que ella había llegado: Ruth. O, como todo el mundo la conocía, Luz Ragar, directora de cine española e íntima amiga del insoportable de su excuñado, el gran actor Lars Müller, cuya sola existencia, tan impecable, tan admirada, tan irritantemente perfecta, bastaba para revolverle el estómago.

Había aparecido unos días antes, en el peor momento posible, aunque últimamente para David todos los momentos parecían serlo.

Él acababa de volver de una caminata inútil por el valle, congelado, cansado y furioso consigo mismo, después de haberse pasado horas intentando escribir una canción sin conseguir arrancar más que tres acordes mediocres y una frase que sonaba a mentira.

Tenía las manos heladas, la paciencia al límite y esa clase de rabia silenciosa que no tiene culpable, pero acaba buscando uno.

Y entonces la había visto, de pie junto al sendero que separaba las dos propiedades, aquellas dos cabañas que un día habían pertenecido a su hermana Mara y a Lars y que, tras el divorcio, habían decidido repartirse como si también el paisaje pudiera dividirse en dos.

Ahora ella estaba allí, invitada por Lars, imaginaba David, refugiándose de la prensa española después del acoso feroz al que la estaban sometiendo por su relación fracasada con otro director de cine español. Una historia convertida en carnaza televisiva durante meses.

Por supuesto, el bueno de Lars le habría ofrecido la cabaña y habría acudido en su rescate con esa elegancia moral tan suya, tan intachable, tan insoportable, y, una vez más, habría conseguido joderlo a él, que solo quería estar solo.

Pero allí estaba ella, con un gorro de lana, las mejillas coloradas por el frío y una sonrisa tan amplia que le había resultado casi ofensiva.

—Hola —había dicho ella, acercándose con cautela—. Perdona que te moleste. Soy Ruth. Me he instalado en la cabaña de al lado hace un par de días y quería presentarme.

David la había mirado con extrañeza al oír aquel nombre. ¿Ruth? Durante unos segundos no dijo nada, tratando de encajar ese rostro con el de la mujer que había visto en entrevistas, estrenos y fotografías junto a Lars Müller.

—¿Tú no eres Luz Ragar? —preguntó al fin.

Ella sonrió con dulzura, como si estuviera acostumbrada a aquella confusión.

—Sí, bueno… Es mi nombre artístico. Ya sabes, demasiadas erres juntas —bromeó, encogiéndose de hombros—. Pero aquí solo soy Ruth.

David no respondió. La observó en silencio, sin molestarse en disimular su incomodidad.

—Solo quería decirte que, si necesitas algo… —continuó ella—, estoy al lado.

Para David, verla allí, frente a él, fue como si acabaran de anunciarle una catástrofe.

Porque, de algún modo, eso le pareció. Una directora de cine.

Íntima amiga de Lars. Alguien a quien seguramente su hermana Mara también conocía.

Allí, en su refugio. En el único lugar donde había creído poder estar a salvo de las cámaras, de la fama y de cualquiera que pudiera reconocerlo o juzgarlo.

El único lugar donde podía permitirse estar solo.

—No me interesa nada de ti y no necesito nada —respondió él.

La sonrisa de Ruth vaciló en su rostro, aunque no llegó a apagarse del todo.

—Solo quería presentarme.

—Pues ya lo has hecho.

Ella asintió despacio, quizá demasiado educada para el desprecio que acababa de recibir.

—De acuerdo. Bueno, entonces… adiós. Ya nos veremos.

David no había respondido. Se había limitado a pasar junto a ella, abrir la puerta de su casa y cerrarla sin mirar atrás, como si con eso pudiera borrarla de allí.

Pero no pudo.

Porque Ruth —o Luz, o quien demonios fuera— ya había entrado en su territorio. Y, peor aún, había traído consigo el nombre de Lars sin necesidad siquiera de pronunciarlo.

Desde entonces, cada aparición suya, por mínima que fuera, le había resultado una molestia desproporcionada.

Ver luz en la cabaña vecina, oír sus pasos en la nieve, descubrir humo saliendo de su chimenea o incluso encontrar huellas ajenas en el sendero que hasta entonces solo había marcado él.

Todo parecía invadir un espacio que necesitaba creer únicamente suyo.

Ella no había hecho nada malo, y ese era precisamente el problema, que no tenía ninguna razón decente para odiarla y, aun así, su presencia le irritaba.

Le irritaba su dulzura, su manera de saludarlo cada vez que se cruzaban con una prudencia que no exigía respuesta y la calma con la que parecía aceptar su antipatía, como si hubiera entendido demasiado rápido que David Vogel era una persona complicada y hubiera decidido no tomárselo como algo personal. Y eso, eso también le molestaba.

El segundo golpe en la puerta fue más firme.

David abrió los ojos, convencido de que no podía ser otra persona.

Consideró no abrir, fingir que no estaba y dejar que se cansara y volviera a su maldita cabaña de al lado, pero el silencio posterior se alargó apenas unos segundos antes de que ella llamara otra vez, con una insistencia que terminó de sacarlo de quicio.

—Joder —masculló.

Se levantó del sillón con más brusquedad de la necesaria, cruzó el salón y abrió la puerta sin molestarse en ocultar su expresión de enfado.

Ruth estaba allí, y el contraste le resultó casi ofensivo, porque ella parecía feliz. El frío le había encendido las mejillas, llevaba el pelo recogido en una coleta y varios mechones rizados escapaban por debajo de un gorro ridículo de color verde manzana.

Sus ojos color ámbar, atentos, se posaron en él antes de que una sombra de incomodidad cruzara su rostro, como si también ella hubiera recordado, demasiado tarde, que no era buena idea llamar a aquella puerta.

—Buenas tardes —dijo, con cautela—. Siento muchísimo molestarte, pero mi gato está en tu patio.

David la miró sin entender.

—¿Tu qué?

—Mi gato —repitió ella, señalando vagamente hacia un lateral de la casa—. Es largo de explicar, pero…

—Aquí no hay ningún gato —la cortó él, molesto, sin darle tiempo a terminar.

Ni siquiera había salido, ni siquiera había mirado. No le importaba el gato, no le importaba el patio y no le importaba nada que tuviera que ver con Luz Ragar y con su forma educada de pedir permiso para estar en un lugar donde él no la había invitado.

Y, como si la conversación ya hubiera terminado, empezó a cerrar la puerta.

No llegó a hacerlo. La mano de Ruth se apoyó en la madera con firmeza, deteniendo el movimiento sin brusquedad, pero sin dudar.

David alzó la vista, sorprendido, mientras ella sostenía su mirada en él. No había desafío en sus ojos, pero tampoco intención alguna de retroceder.

—Mira —dijo, y su voz era tranquila, aunque había algo decidido en ella—, te prometo que puedo pasar mi vida sin hablar contigo y sin molestarte. No tengo ningún interés en cambiar eso. Pero no puedo pasar sin rescatar a mi gato.

El silencio entre ellos se tensó.

—Me lo regalaron ayer —añadió ella, ahora con un matiz más suave—. Es muy pequeño. No puedo dejarlo ahí.

David la observó sin pronunciar palabra. En su tono no había súplica ni tampoco exigencia, sino simplemente honestidad, y eso, de alguna manera, lo irritó también, incluso más que si le hubiera gritado.

—En cuanto lo coja, me voy —continuó Ruth—. Y te aseguro que no volverá a pasar. Hoy mismo pondré una valla en el tejado, una red o lo que haga falta, pero, por favor, déjame cogerlo.

David notó el frío colándose por la puerta entreabierta y rozándole la piel, apretó la mandíbula y, después de un instante, se apartó sin decir nada, dejando espacio para que pasara.