Capítulo 1
KAEL
Hay días en los que todo el mundo parece haberse puesto de acuerdo para tocarme los cojones.
Mi padre no para de llamar. La universidad quiere que apruebe sus asignaturas.
Mi entrenador quiere que entrene más duro y no me queje.
También mi patrocinador acaba de recordarme que, si no consigo llegar a las finales del SuperMotocross, dónde se enfrentan los mejores pilotos de motocross, y supercross, buscará a otro al que financiar.
Como si llevar meses partiéndome la espalda, sobre una moto no fuera suficiente.
«El campeonato de Pro Motocross se gana en el barro, no quejándose».
Las palabras de mi entrenador siguen resonando en mi cabeza cuando miro la pantalla del móvil al ver un nuevo mensaje de mi padre.
«Necesito dinero».
Suelto una carcajada sin humor. Porque joder, es justo lo que me faltaba. Lleva días llamándome, y todavía no ha pillado que no pienso contestarle. Guardo el teléfono en el bolsillo de la chaqueta, y suelto un bufido.
Atravieso el salón de actos, dónde la música retumba sin descanso. Me sorprende que, a pesar de ser más de las tres de la madrugada, todavía hay bastantes estudiantes en la pista de baile.
La Winter Gala, parece no querer terminar.
Es la fiesta de apertura del segundo semestre en Brakenhall University.
Todo el mundo lleva semanas hablando de esta noche, porque para muchos es la oportunidad perfecta para empezar el año con positividad, fingiendo que las vacaciones han bastado para convertirnos en mejores personas.
Irónico, ¿verdad?
Yo solo quiero cinco minutos de silencio, sin tener que felicitar por el nuevo año a nadie.
Por eso me alejo del salón de actos y me dirijo a las escaleras que conducen a la azotea del edificio de Humanidades.
No debería estar abierta a estas horas, pero el pestillo lleva meses roto y, por lo visto, nadie en esta universidad considera que arreglarlo sea una prioridad.
Subo el último tramo de escaleras y empujo la puerta, cuando el viento frío me golpea de lleno.
—Joder —mascullo.
Hace un frío de cojones. La nieve cubre el campus y se acumula en los bordes de la azotea. Desde aquí arriba, el edificio principal de Brakenhall parece sacado de una postal navideña. Abajo, la música de la Winter Gala llega amortiguada y lejana.
Cierro la puerta a mi espalda, y tal como me giro la veo.
Al principio solo distingo la silueta de una chica al otro lado de la barandilla. Me quedo inmóvil, trago saliva y aprieto la mandíbula al ver el vacío crecer bajo sus pies. ¿Qué cojones…? Tardo un segundo en comprender lo que estoy viendo.
—¿Qué diablos haces?
La chica gira la cabeza, y me mira molesta como si no fuera grave que esté a punto de precipitarse desde la azotea de un edificio de cuatro plantas.
—Vete —me ordena y parpadeo patidifuso.
—Ni de coña —le aseguro.
—No te metas donde no te llaman —me grita.
—Pues bájate y me voy —le pido y niega.
—No —sentencia.
Nervioso me paso una mano por el pelo y suelto el aire lentamente.
—Mira, esto es lo último que necesito esta noche —le aseguro.
—Créeme, no eres el único que tiene problemas.
Aprieto la mandíbula, y maldigo que esto me esté ocurriendo a mí. No sé quién coño es esta chica, pero parece empeñada en hacer mi noche todavía más complicada.
—No estoy de humor para esto —digo, pasándome otra vez una mano por el pelo.
—Yo tampoco —responde ella, apretando con tanta fuerza la barandilla que los nudillos se le ponen blancos.
Sin pensar doy un paso hacia ella, solo uno, y veo como la chica se mueve inmediatamente un centímetro más hacia adelante. En ese instante, se me corta la respiración y se me hiela la sangre.
Trago saliva y me quedo inmóvil, porque ahora sé que no está esperando que salga corriendo a agarrarla, sino que está dispuesta a saltar. Va en serio. Y en el momento que lo comprendo, mi mala noche deja de importarme una mierda.
Joder. Piensa saltar de verdad.
Trago saliva y me obligo a no dar otro paso.
—Vale —digo, levantando las manos despacio—. No voy a acercarme.
—Vete —repite.
—¿Puedes dejar de echarme? Ninguno de los dos deberíamos de estar aquí —mascullo, y ella aprieta con fuerza la barandilla.
—¿Y tú puedes dejar de decirme lo que tengo que hacer durante cinco segundos?
No respondo, porque sé que no tengo derecho a decidir por ella, pero tampoco pienso quedarme quieto mirando cómo se tira.
El viento le aparta varios mechones de la cara, y consigo ver cómo se ondean algunos mechones rojizos que se escapan de las trenzas. Unos ojos verdes están clavados en mí, en ese momento la reconozco.
¡Joder, es Siena Stone!
La hermanastra de Logan.
La he visto por el campus muchas veces. Siempre va inmersa en su mundo, con algún libro en la mano. Es demasiado tímida como para saludarte, aunque te conozca.
—Siena Stone —susurro y sus ojos se abren como platos.
—¿Sabes quién soy?
—Claro que te conozco, bájate —le ordeno una vez más.
—No —ataja.
—¿Por qué? —pregunto cabreado.
—¿De verdad quieres que te lo explique? —pregunta con una sonrisa vacía.
Asiento, sin ser capaz de decirle nada, porque no me atrevo a hablar y cagarla. Además, tengo la sensación de que, si esta chica está en esta situación, es porque ha llegado a un punto en el que los problemas ya no le dejan ver ninguna otra salida.
—No va a cambiar nada —murmura pensativa, mirando hacia el vacío que crece bajo sus pies.
—¿Qué?
—Mañana seguirá saliendo el sol. Las clases comenzarán y todo el mundo seguirá con su vida —hace una pausa—. Nada cambiará.
No aparta la mirada de mí, pero está perdida en sus propios pensamientos. Como si llevara tanto tiempo repitiéndose esas palabras a sí misma, y se hubiera convencido de que son ciertas.
Se me revuelve el estómago, porque joder…
¿qué se supone que tengo que decirle a alguien que está a punto de saltar al vacío y parece tenerlo todo decidido?
Me paso nervioso la lengua por los labios e intento encontrar una solución convincente, sin que parezca que estoy desesperado por sacarla de aquí.
—Eso es mentira —sentencio y mis palabras le sorprenden.
—¿Eso crees?
Abro la boca, pero vuelvo a cerrarla. ¿Qué coño voy a decirle? ¿Qué hay gente que se preocupa por ella? ¿Que las cosas mejorarán? No la conozco de nada. No sé qué la ha llevado hasta aquí ni qué clase de mierda tiene que soportar cada día.
No puedo prometerle que mañana su vida será mejor que ahora. Pero tampoco voy a quedarme callado mientras se convence de que no le importa a nadie, si desaparece.
—Sí, creo que te equivocas —respondo, sosteniéndole la mirada—. Porque, si saltas, mi vida no volverá a ser la misma.
Sus ojos se abren sorprendidos y yo sigo quieto. Trago saliva al sentir el corazón golpeándome las costillas, y rezo porque por una vez en mi puta vida, las palabras adecuadas hayan llegado a tiempo.
—¿Qué? —masculla—. No me conoces.
—No hace falta —respondo, soltando el aire que llevo conteniendo desde que la he visto—.
Mira, llevo una hora ignorando las llamadas de mi padre.
Mi entrenador cree que soy una puta máquina que puede entrenar hasta reventar, y mi patrocinador acaba de recordarme que, si no doy la talla en las finales, puede buscarse a otro piloto.
—Le informo y me meto las manos en los bolsillos, intentando ignorar el frío que me cala hasta los huesos—.
He subido aquí para que me dejen en paz y ahora estoy congelándome el culo, mientras intento convencer a una chica para que no se tire de una azotea.
Así que, créeme, esta noche tampoco está siendo la mejor de mi vida.
Siena se humedece los labios. Por primera vez desde que he aparecido, parece quedarse sin respuesta. Bien. Al menos está pensando en algo que no sea saltar. Aunque no tengo ni puta idea de qué hacer ahora.
Pienso en que podría llamar a Dafne. Mi hermana siempre tiene más paciencia que yo.
O podría llamar a alguno de los chicos. Axel querría saber quién coño la ha llevado hasta aquí para partirle la cara.
Ethan intentaría lanzarse sobre ella, y tumbarla en el suelo lejos del borde, y Apolo…
Bueno, con Apolo nunca se sabe, pero estoy seguro de que ninguno de ellos me diría que me largara y la dejara sola. Así que no pienso hacerlo.
—Vete —insiste al ver que sigo sin moverme.
—No.
—¿Es que no entiendes lo que significa esa palabra?
—Perfectamente, pero parece que tú tampoco entiendes la mía —le explico serio.
—¿Cuál? —me pregunta frunciendo el ceño, sin apartar la mirada de mí.
—NO.
—Eres imbécil.
—Lo sé.
Tengo que conseguir que se ponga a salvo, al otro lado de la barandilla, y se aleje del borde. No puedo hacer ningún movimiento brusco, porque podría asustarse. Así que trago saliva y pienso en que cojones hacer, para convencerla de que puede confiar en mí y venir hasta donde estoy.
—Siena… —comienzo a decir.
—No me llames así.
—¿Cómo quieres que te llame? —le pregunto, empezando a perder la paciencia.
—No quiero que me llames de ninguna manera.
—Eso va a complicar bastante la conversación.
—No hay ninguna conversación.
—Ya, pues se me está dando fatal mantener una charla conmigo mismo esta noche.
Ella deja de mirarme. Mierda. Sus ojos vuelven a perderse en el vacío y sus dedos se aferran a la barandilla.
Los nudillos se le han puesto blancos de tanto apretar el metal.
Tiene los labios pálidos por el frío, y los hombros encogidos, dentro de una chaqueta que no parece suficiente para una noche como esta.
No sé cuánto tiempo lleva aquí arriba. No tengo ni la más remota idea de lo que le ha pasado o lo que necesita, pero no pienso abandonarla.
—Escucha —digo, bajando la voz e intentando sonar más tranquilo de lo que estoy—. No voy a acercarme, ¿vale? Solo quiero que me escuches un momento.
—No necesito que me digas nada —afirma sin mirarme.
Aprieto la mandíbula, y respiro hondo. Tengo que controlar que no me saque de quicio, porque lo último que necesito es meter la pata.
—Puede, pero yo necesito que dejes de mirar hacia abajo y me mires a mí —le pido en un susurro—. Solo eso, Siena. Mírame a mí.
Pasan varios segundos, hasta que sus ojos esmeraldas vuelven a encontrarse con los míos. En ellos encuentro una tristeza tan grande que se me hace un nudo en el estómago. No sé qué diablos le ha pasado para acabar aquí, pero tiene que ser jodidamente malo para que crea que no hay otra salida.
—No sé qué te ha ocurrido esta noche —empiezo, procurando que no se me note lo nervioso que estoy—. Tampoco sé qué te ha traído hasta aquí, y no voy a decirte que mañana todo será maravilloso porque no tengo ni puta idea, pero…
—Entonces, ¿qué quieres decirme? —me interrumpe, tragando saliva.
Joder, la respuesta es fácil. Quiero que deje de estar al otro lado de esa maldita barandilla, quiero que dé un paso hacia mí, y que pueda largarme de aquí con la certeza de que mañana seguirá viva, teniendo la oportunidad de cambiar las cosas. Aunque ahora mismo sea incapaz de verlo.
—Quiero que esta noche no tomes una decisión que no puedas luego deshacer—sentencio.
—No lo entiendes —susurra, con los ojos cada vez más vidriosos.
—Probablemente no, pero no hace falta que lo entienda todo para quedarme contigo.
—No.
—Mira, Siena, no voy a acercarme ni a obligarte a hacer nada. Pero tampoco voy a marcharme. Podemos quedarnos aquí hablando hasta que encuentres fuerzas para volver al otro lado de la barandilla. No tenemos que resolverlo todo ahora mismo.
Me observa durante varios segundos, y algo cambia en su expresión, aunque no sé bien qué es… ¿Duda? ¿Desconfianza? ¿Agotamiento? No lo sé, porque vuelve a mirar hacia la calle que está bajo sus pies.
La música de la fiesta sigue sonando a lo lejos. Abajo, todo Brakenhall continúa celebrando el comienzo de un nuevo semestre, ajeno a lo que está ocurriendo aquí arriba, porque el mundo no se detiene ni un segundo por nadie.
—Nada va a cambiar —susurra pensativa y esta vez no intento llevarle la contraria.
—Puede que ahora mismo no veas otra salida —respondo con cuidado—, pero eso no significa que no exista.
—Después de esta noche, ya no hay nada que hacer… No me queda nada.
La frase me deja sin respuesta, porque la dice cómo si llevara mucho tiempo luchando y ya no le quitan fuerzas para seguir luchando.
Mantengo la distancia, sin apartar los ojos de su mirada vidriosa. Tengo las manos heladas, los músculos me duelen de la tensión, y el corazón me golpea las costillas como si acabara de terminar una maratón.
Mi móvil vibra en el bolsillo, y ni siquiera lo miro, porque ahora mismo quien sea puede esperar. Ya que lo más importante ahora, es la chica que tengo delante.
—¿Por qué sigues aquí? —pregunta y solo puedo decirle la verdad.
—Porque tú sigues ahí.