Más allá del odio. Capítulo 2
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Capítulo 2

SIENA

—Al parecer, esta noche ninguno de los dos parece estar en condiciones de tomar buenas decisiones —masculla Kael.

Frunzo el ceño cuando veo que camina hacía la barandilla y, antes de que pueda preguntarle qué demonios está haciendo, pasa una pierna al otro lado y luego hace lo mismo con la otra.

Me quedo mirándolo sin dar crédito. Porque estoy totalmente convencida de que acabo de presenciar la demostración más estúpida de inteligencia que existe. Ahora está exactamente al otro lado de la barandilla al igual que yo.

—¿Estás loco? —pregunto, con la voz más aguda de lo que me gustaría.

—Posiblemente —responde mirando la distancia que hay desde aquí hasta el asfalto.

—Bájate —le ordeno.

—No.

—¿Cómo qué no? —pregunto molesta.

—Como que no —afirma.

El viento invernal sopla con tanta fuerza que la nieve se arremolina a nuestro alrededor. El vacío se extiende bajo mis pies y, a mi lado, Kael Mirror parece haber decidido que la mejor forma de solucionar esta situación es imitándome.

Lo miro sin dar crédito. ¿De verdad este tío acaba de ponerse en la misma situación que yo? ¿Es que no entiende que podría caerse? ¿Que un mal movimiento basta para que todo se vaya a la mierda?

—¡Bájate ahora mismo!

—Qué mandona eres.

—¡Kael, lo digo en serio!

—Mira, te sabes mi nombre, vamos avanzando señorita Stone.

—¡No tiene ninguna gracia!

—No he dicho que la tenga —afirma situado al filo de la cornisa.

—¿Se puede saber qué estás haciendo? —insisto y él se encoge de hombros.

—Porque ahora mismo está teniendo una noche peor que la mía.

—Bájate y vuelve a la azotea —le ordeno.

—Tú primero.

—No.

—Pues aquí nos quedamos —me explica con tranquilidad y aprieto los labios cabreada.

No sé qué plan tiene en su cabeza, pero desde luego no es consciente que si pierde el equilibrio puede caerse.

—¿Qué pretendes conseguir? —pregunto.

—Lo mismo que tú —responde mirando hacia el vacío.

—Podrías caerte —le advierto y veo como una sonrisa baila en sus labios.

—Curioso que me lo digas, porque desde que llegué, estás intentando convencerme de que nada importa y ahora resulta que sí.

—Es diferente —susurro.

—No, no lo es. Porque tu vida vale igual que la mía —afirma mirándome serio.

Quiero gritarle y decirle que deje de mirarme como si pudiera salvarme.

Observo sus manos aferradas al metal de la barandilla, mientras que los copos de nieve caen sobre su pelo castaño.

Me fijo en que lleva un aro plateado en una oreja, que brilla cada vez que gira la cabeza.

Ahora que está más cerca de mí, me doy cuenta de que es mucho más alto de lo que me parecía.

Niego para mí, porque jolín, reconozco que es muy atractivo.

Es guapo, no en el sentido clásico de la palabra, pero su figura atlética con anchos hombros y su mandíbula cincelada, lo hace parecer un maldito Dios griego.

«Deja de mirarlo de esa forma. No te puedes fiar de él, porque es amigo de Logan». Me advierte mi mente.

Aparto la mirada, y observo de nuevo hacia la calle, trago saliva mientras noto como galopa mi corazón de forma desbocada, reconozco que hace un rato lo tenía clarísimo, pero ahora… no puedo.

—Deja de mirar así —dice y aparto la vista para mirarlo a él.

—¿Así cómo? —pregunto confundida y veo la duda cruzar su rostro.

—Como si estuvieras calculando cuánto tardarías en caer.

—No lo estaba pensando—le aseguro en un susurro.

—Por si acaso.

Lo observo con incredulidad y su sonrisa se ensancha ligeramente, pero no llega a convertirse en una carcajada. Está siendo paciente conmigo, intentando ayudarme, se está poniendo en peligro por mí y ese gesto me resulta más soportable que cualquier muestra de compasión.

Él no tiene ni idea, pero hace unas horas estaba convencida de que este año todo iba a ser diferente.

Luego apareció Logan y me arrebató lo más valioso que tenía en mi vida.

Para colmo llegó mi padrastro, y él solo me confirmó que no tenía salida.

Mi vida ahora no tiene ningún sentido, vivir es una mierda.

No tenía escapatoria, salvo saltar y desaparecer de este mundo terrenal.

Hasta hace un momento, era la única salida, y Kael ha llegado en el momento más inoportuno de mi vida.

Lo tengo a mi lado, lo conozco de verlo por casa, pero nunca había hablado con él, hasta esta noche y, sin embargo, está a mi lado al filo del precipicio, como si él también estuviera dispuesto a saltar.

Aprieto los dedos alrededor de la baranda y trato de ignorar el frío que se me ha metido hasta los huesos. Sé que me había prometido que este año sería diferente.

Enero.

Un año nuevo.

Un semestre nuevo.

Una nueva oportunidad para empezar a vivir más allá del miedo.

Había hecho una lista de propósitos, pero no una de esas listas ridículas que la gente publica en redes sociales con fotografías de gimnasios, cafés bonitos y frases sobre convertirse en la mejor versión de una misma.

Yo había hecho una lista de cosas pequeñas e importantes para mí, como hacer amigos, plantarle cara a Logan de una vez por todas, y decir “NO” cuando el Buitre me obliga a ir esas fiestas que tanto detesto.

En resumen, quería empezar a sentir que mi vida me pertenecía…

¡Qué tonta he sido! Porque ni siquiera hemos llegado al diez de enero, y después de lo que me ha pasado esta noche, sé que ya he fracasado en todo.

—¿Vas a seguir ahí callada toda la noche? —pregunta Kael.

—Esa era la idea antes de que aparecieras.

—Pues vaya plan de mierda —replica.

—No recuerdo haberte pedido tu opinión.

—No recuerdo haberte pedido que me complicaras la noche, y aquí estamos —comenta y veo como se mueve ligeramente hacia el lado.

Mis ojos se abren y se me seca la boca, solo de pensar en que pueda resbalar.

—¡Ten cuidado! Cada vez hay más nieve acumulada en el suelo, y podrías caerte —murmuro. Kael ladea la cabeza con una tenue sonrisa.

—Tú también puedes caerte.

—Es diferente —le aseguro.

—¿Por qué?

—Porque para eso estoy aquí.

—No Siena, eso no va a pasar esta noche —afirma convencido.

El viento vuelve a golpearme la cara. Tengo los dedos entumecidos, y las piernas empiezan a temblarme, aunque no sé cuánto se debe al frío y cuánto al miedo.

Kael parece darse cuenta, y entonces empieza a moverse hacia mí.

Se desplaza lateralmente, con pequeños pasos, manteniendo los brazos ligeramente separados del cuerpo para no perder el equilibrio.

Lo observo, mientras que él me sostiene la mirada, y tardo unos segundos en comprender lo que pretende hacer.

—¿Te estás acercando a mí, como un cangrejo? —pregunto y Kael se detiene.

—Estoy intentando no matarme, te agradecería que no criticaras mi técnica —me aclara y no puedo evitar mirarlo con una mezcla de sorpresa y diversión.

—¿En serio? Haces motocross y lifestyle —comento, y él sonríe.

—Es diferente saltar con una moto debajo del culo, que caerte sin protección desde una azotea de cuatro plantas —me explica y me quedo callada. Kael levanta las cejas y sonríe de nuevo—. ¿Qué? ¿Esperabas que te dijera que soy inmortal?

Kael da otro paso y luego otro más.

—¿Siempre eres así? —pregunto.

—¿Así cómo?

—Idiota.

—Bueno, también soy un capullo en reconstrucción —confiesa y su respuesta me pilla por sorpresa.

Él parece darse cuenta de lo que acaba de admitir, porque carraspea y sonríe de una forma auténtica.

Una sonrisa ladeada, un poco insolente baila en sus labios…

Sus ojos se deslizan por mi cuerpo, y algo me dice que está sopesando una idea pésima, y está considerando ponerla en práctica.

Su sonrisa se hace más amplia, se le marcan ligeramente los hoyuelos, la barba incipiente le oscurece las facciones, y sus ojos adquieren un brillo travieso, que no combina en absoluto con la expresión de chico problemático que suele tener cuando me he cruzado otras veces con él, en el campus.

De repente, entiendo por qué algunas chicas pierden el hilo de una conversación cuando él las mira.

Como buena idiota sonrío con timidez, es una sonrisa pequeña, casi involuntaria, pero antes de que pueda arrepentirme de haberle regalado ese gesto, su mano encuentra la mía.

Sus dedos rozan los míos. Su piel es cálida a pesar del frío que nos abraza y, cuando entrelaza nuestras manos, lo hace con firmeza.

Mi corazón se pone a mil. Bajo la mirada a nuestras manos unidas, tal vez parezca un gesto insignificante.

Sin embargo, no recuerdo la última vez que alguien me tocó sin esperar algo a cambio.

—¿Qué? —pregunta al notar que me he quedado mirando nuestras manos.

—Nada —susurro.

Kael, sigue mirándome con descaro. Noto cómo mis mejillas se ruborizan al sentirme estudiada por él. Estoy a punto de preguntarle por qué está haciendo esto, cuando su mano abandona la mía, y su brazo se cierra alrededor de mi cintura.

—¿Qué haces…?

Él tira de mí con una fuerza que no me esperaba y, de pronto, mi cuerpo choca contra el suyo. Su brazo me sujeta por la cintura con más fuerza, mientras mi pecho queda pegado al suyo y tengo que apoyar las manos en sus hombros para no perder el equilibrio.

El corazón me da un vuelco, voy a preguntarle de nuevo qué diablos está haciendo, cuando levanto la barbilla, y me encuentro con unos ojos chocolate con pequeñas motas doradas que me observan, cómo nunca antes había hecho nadie.

Se limita a observarme, como si estuviera intentando descifrar algo que ni siquiera yo entiendo.

—No voy a permitir que saltes, porque pienso salvarte la vida —confiesa como si hubiera oído mis pensamientos.

—¿Qué…?

No termino la pregunta, porque Kael, al parecer considera que avisar antes de actuar es prescindible. Su otra mano que estaba agarrada a la barandilla, ahora también se cierne sobre mi cintura y en segundos siento como me levanta del suelo y me carga al hombro.

—Pero, ¡¿qué haces?!

—No pienso dejar que te mates, Siena.

—¡Bájame!

—No.

—Kael Mirror, ¡bájame ahora mismo!

—Vaya, sabes también mi apellido, esto mejora más rápido de lo que esperaba.

No puedo creerlo. Estoy colgada de su hombro como un saco de patatas y él tiene la desfachatez de bromear.

—¡Eres un idiota!

—Eso ya me lo habías dejado bastante claro, señorita Stone.

Me remuevo, intentando encontrar la forma de bajar, sin caerme de cabeza contra el suelo. Kael me sujeta las piernas con un brazo, y con el otro, veo cómo sujeta la barandilla. Intento resistirme por puro reflejo, agarrándome a sus hombros, mientras mis pies buscan desesperadamente dónde apoyarse.

—¡Suéltame!

—Si sigues moviéndote, nos caemos los dos —me advierte.

Me quedo paralizada, porque recuerdo dónde estamos. Noto como él se mueve. Kael me sujeta con fuerza y da un paso firme hacia atrás y después otro. Pasamos al otro lado, y lo hace con una facilidad sorprendente.

Cuando por fin alcanzamos una zona segura de la azotea, suelto el aire que llevaba reteniendo más tiempo del que era consciente, pero para mí mala suerte, Kael no parece decidido a dejarme en el suelo con tanta facilidad.

Noto cómo me recoloca mejor sobre su hombro como si fuera un maldito saco de patatas y empieza a caminar.

—¿Pero tú estás mal de la cabeza? ¡Bájame ahora mismo! —Le exijo y le golpeo la espalda con ambas manos, pero él ni se inmuta porque está fuerte y duro como una roca.

—Deja de patalear, y de pegarme en la espalda pequeña, porque no voy a bajarte.

—¡Gilipollas!

Kael suelta una carcajada, tan auténtica que me sorprende. Porque esta actitud suyano tiene nada que ver con el chico serio, y malhumorado, con el que me he cruzado muchas veces por el campus, y no sé por qué eso me afecta más de lo que debería.

—¿Has terminado con la pataleta? —pregunta al ver que he dejado de resistirme.

—No pienso parar hasta que me bajes.

—Perfecto, me gustan las chicas con iniciativa —afirma.

—Te odio —mascullo.

—Todavía no me conoces lo suficiente, para odiarme con fundamento.

—Créeme, tengo motivos de sobra —sentencio.

—Entonces hagamos un trato —oigo su voz más seria.

Me quedo quieta, porque sé que ha dejado de bromear.

—¿Qué trato? —pregunto con desconfianza.

Kael gira ligeramente la cabeza, lo suficiente para que pueda ver su sonrisa de reojo.

—Pues depende, señorita Stone… ¿Cuánto estás dispuesta a negociar para que te baje de aquí?