Más allá del odio. Epílogo 1
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Epílogo 1

Somewhere in my memory — John Williams

La casa huele a canela, vainilla, café y galletas recién horneadas. Huele a Navidad. Sonrío mientras observo el caos que se ha apoderado del salón de la nueva casa de la madre de Axel.

El árbol está situado cerca de la ventana y está tan cargado de luces, bolas de colores y adornos navideños que parece inclinarse ligeramente hacia un lado. Emma insiste en que quedó perfecto y nadie piensa llevarle la contraria. Ni siquiera Charlie.

—Charlie, deja de comerte la masa —le pide Ava.

—Solo estoy comprobando que no esté envenenada.

—Ya lo has comprobado ocho veces —le acusa risueña Emma.

—Tu seguridad es lo más importante para mí —bromea mi hermano pequeño.

Emma le lanza una cucharada de harina. Charlie responde lanzándole más harina y, en segundos, ambos están cubiertos de blanco de pies a cabeza. Ava suspira cansada.

—Os juro que el año que viene compro las galletas hechas.

—Eso dijiste el año pasado —replica Axel.

—Y el anterior —se chiva Emma.

Ava los fulmina con la mirada, pero finalmente se ríe.

Hoy nada parece tan grave como para preocuparse.

Tal vez porque esta noche no hay hospitales, ni tratamientos, ni malas noticias.

Solo hay una familia un tanto peculiar intentando decorar unas galletas que tienen aspecto de haber sobrevivido a una guerra. Y me parece perfecto.

Mi móvil vibra sobre la mesa de la cocina y veo que es una videollamada de Beatrice. La acepto y la pantalla se divide en cuatro cuando Cloe y Daniela se unen segundos después.

—¡Feliz Navidad! —gritan las tres al mismo tiempo.

—¡Feliz Navidad! —respondo.

—¿Dónde estás? —pregunta Bea y giro la cámara para que vean el desastre.

—¿Eso es una cocina o un caos que se le parece? —bromea Daniela.

—Las dos cosas.

—¿Charlie está cubierto de harina? —pregunta Cloe.

—Sí, y Emma está igual.

Las risas llenan la pantalla y se mezclan con las de la casa.

Durante unos segundos me limito a observarlo todo con la intención de memorizarlo para siempre.

Hablo un rato más con mis amigas, que están cada una en sus casas con sus familias, y cuando termina la llamada, dejo el móvil sobre la mesa y me acerco a la ventana.

Afuera está nevando, observo cómo los copos de nieve caen despacio sobre el jardín, y todo me parece increíble. Entonces, un pensamiento cruza mi mente. Hace un año, mi Navidad fue completamente diferente.

Hace un año estaba en un centro de menores y no había árbol, ni luces, ni olor a galletas, ni una familia. Solo un grupo de chicos rotos con la incertidumbre constante sobre su futuro.

Recuerdo perfectamente aquella Navidad. Cada uno teníamos un regalo donado de la beneficencia y aunque las educadoras que estaban ese día de guardia intentaron hacer que pareciera especial, solo consiguieron que doliera más.

Me acosté aquella noche preguntándome dónde estaría las próximas navidades, si Charlie estaría bien, si Kael no estaría pasando solo la Navidad y si algún día dejaría de sentir que el suelo pudiese desaparecer bajo mis pies en cualquier momento.

Y ahora estoy aquí, en una casa llena de risas y de personas que me quieren. Tengo amigos, estoy por fin con mis hermanos, puedo soñar con mi futuro, tengo una segunda beca que me ayudará con la matrícula del próximo curso y tengo metas, muchas metas, que espero cumplir algún día.

Todavía me cuesta creer que mi vida haya dado un giro de ciento ochenta grados.

Ahora sé que nunca hay que rendirse cuando las cosas van mal.

Aunque tenga que caminar bajo la lluvia, siempre sale el sol y, con ello, el arcoíris.

Parpadeo varias veces para borrar las lágrimas de emoción que se me escapan cuando unos brazos cálidos rodean mi cintura por la espalda y sonrío feliz.

Axel.

Apoyo la cabeza contra su pecho mientras él entrelaza sus dedos con los míos.

—¿En qué piensas, novata? —susurra con voz grave y sonrío sin apartar la vista de la nieve.

—En que esta es la primera Navidad que no quiero que termine nunca.

Siento cómo sus brazos me rodean con un poco más de fuerza. Me giro despacio hasta quedar frente a él, mis brazos descansan en sus hombros y sus atrayentes ojos grises me observan.

—Entonces tendremos que disfrutarla.

—Sí.

—¿Y cómo piensas hacerlo? —me pregunta con esa sonrisa que siempre consigue desarmarme.

—Dame alguna idea —respondo divertida.

—Por ejemplo...

Se inclina despacio y me besa.

—¡Puag! ¡Qué asco! —grita Charlie.

—Mamá, Axel está besando en la boca a Dafne —se queja Emma.

—Chicos, comportaros —nos regaña risueña Ava.

—¡Vais a traumatizar a los críos! —insiste Kael.

Las carcajadas llenan la casa y Axel niega sin dejar de reír.

Me suelta y se va junto a Kael, mientras nuestros hermanos pequeños permanecen al lado del árbol de Navidad.

Pienso que esta noche, cuando brindemos, pediré salud, pero también un deseo lleno de ilusión y esperanza, porque ahora sé que con él a mi lado todo es posible.

Durante mucho tiempo creí que la felicidad era algo reservado para otras personas.

Algo que no me pertenecía, pero estaba equivocada.

Porque a veces la felicidad llega disfrazada de una familia llena de bondad y de nuevos comienzos.

Y disfruto por estar al fin con mis hermanos.

Observo a los míos alrededor del árbol de Navidad.

Sé que ya tengo mi hogar, que lo encontré y que siempre tuvo los ojos grises.