CAPÍTULO 58 #2
Sus piernas fallan. La seguridad desaparece de sus ojos momentáneamente. Y ahí está, es mi oportunidad. Yo lo sé, y él también. Lanzo el golpe desde mis entrañas, desde el cansancio, desde cada madrugada entrenando cuando nadie miraba y lo libero con toda la fuerza que me queda.
El impacto resuena seco. Su cabeza se ladea, su cuerpo pierde el equilibrio y, finalmente, se desploma sobre la lona. El árbitro inicia la cuenta.
—Uno —grita y el chico intenta incorporarse sin éxito—. Dos.
Entonces sé que el combate ha terminado.
—Ocho.
—Nueve.
—Diez.
—¡Axel Blackwood, campeón de la Fight Night de Brakenhall! —anuncia el comentarista por megafonía.
El pabellón estalla con un rugido ensordecedor que sacude las gradas y todo se convierte en una mezcla caótica de aplausos, gritos y luces cegadoras.
Mi entrenador salta de su silla levantando los brazos al cielo.
Dafne llora emocionada mientras abraza a Beatrice.
Kael golpea la verja de la jaula como si quisiera arrancarla de cuajo.
Ethan abraza a Apolo con tanta fuerza que casi lo tira al suelo y Cloe salta con Daniela agitando un banderín de la universidad.
Dafne aplaude sin parar. Estoy en el centro del octógono, doy un sorbo a una botella de agua que mi entrenador me lanza, mi pecho sube y baja con rapidez por mi respiración aún agitada e intento asimilar lo que acaba de ocurrir.
He ganado.
Joder.
He ganado.
Por primera vez en mi vida no he participado para cumplir las expectativas de mi padre.
Vuelvo a buscarla entre la multitud y la encuentro sonriendo.
Dafne.
Mi chica.
Mi novata.
Mi valiente preferida.
Nuestros ojos se encuentran y algo dentro de mí se calma. Ella suelta se ríe de felicidad y yo también. La veo bajar las escaleras de las gradas y correr hacia mí.
Salgo de la jaula antes incluso de que terminen de anunciar oficialmente el resultado. Aparto periodistas, esquivo fotógrafos e ignoro a cualquiera que intenta detenerme. Porque solo la quiero a ella.
Nos encontramos a mitad de camino, la abrazo y la levanto del suelo. Dafne suelta una carcajada sorprendida mientras gira entre mis brazos y, por primera vez en toda la noche, siento que puedo respirar de verdad.
—¡Axel! ¡Eres el campeón de la liga! —grita emocionada.
A pesar de las heridas de mi labio, la beso con una mezcla de necesidad, ganas y deseo. Siento que el resto del mundo ha desaparecido y solo estamos nosotros.
Ella y yo.
Cuando nos separamos, apoya su frente contra la mía y sus dedos acarician mi nuca.
—Sabía que ganarías —murmura, y una sonrisa divertida baila en mis labios.
—Yo no.
—Mentiroso.
—Solo un poco —bromeo—. Te quiero, novata.
—Te quiero, mi campeón —susurra con una sonrisa que consigue desarmarme más que cualquier golpe recibido esta noche.
El ruido del pabellón se vuelve lejano, difuso, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.
Durante años pensé que la felicidad tenía que parecerse a una victoria, a un cinturón como trofeo alzado ante cientos de personas, pero estaba equivocado.
La felicidad es tenerla entre mis brazos y sentir cómo su corazón y el mío laten como uno solo.
Mientras el pabellón entero celebra al nuevo campeón de Brakenhall, no puedo evitar pensar que más importante que la victoria y el título que he ganado hoy es la chica que me estaba esperando en las gradas que se llama Dafne Mirror. Ella siempre será el mejor regalo que me ha dado la vida.
El hechizo se rompe cuando empiezan a acercarse todos los periodistas con los micrófonos y las cámaras. Todos me lanzan preguntas sin darme tregua.
—¡Axel! ¡Axel, por aquí!
—¿Darás el salto al circuito profesional?
—¿Qué significa esta victoria para ti?
—¿Cuál es tu siguiente objetivo?
—¿Dónde está Nick Blackwood?
Esa última pregunta se repite una y otra vez.
Durante años ni siquiera habría tenido que responder a nada porque mi padre se encargaba de todo.
No me dejaba hablar; decía que lo mío era pelear y lo suyo negociar.
Pero eso ya se ha terminado. Miro a la periodista que sostiene el micrófono más cerca de mí y sonrío sin dejar de sostener a mi chica de la cintura.
—Creo que todos estáis haciendo la pregunta equivocada.
—¿Y cuál sería la correcta? —cuestiona la periodista.
—La correcta es preguntarme qué quiero hacer yo.
El silencio que sigue resulta casi cómico, porque no están acostumbrados a que Axel Blackwood tenga voz propia.
—Entonces te lo preguntaré directamente —dice uno de los periodistas—. ¿Qué quieres hacer ahora?
—Quiero seguir peleando en Brakenhall.
—¿Y la liga profesional? —pregunta otro.
—Todo a su tiempo.
—¿Qué opina tu padre de esta victoria? ¿Dónde está Nick?
Una sonrisa tranquila aparece en mis labios. Todos esperan una explicación y tal vez sea hora de dársela.
—No sé lo que opinará mi padre porque ha dejado de representarme.
Escucho varios murmullos, algunos se miran entre ellos ojipláticos y sonrío un poco más.
—¿Qué ha ocurrido?
—¿Es una ruptura profesional? ¿O también familiar?
—¿Quién gestionará tu carrera a partir de ahora?
—Lo único que voy a decir es que soy Axel Blackwood y que a partir de ahora mi futuro lo decidiré yo.
Por primera vez me siento libre y sin la presión de que me estén observando a través de los ojos de Nick Blackwood. Ya no soy una extensión de su sombra.
Me despido después de unos minutos más y consigo escapar antes de que aparezcan nuevas preguntas. En algún momento, sin que me diera cuenta, Dafne ha desaparecido del círculo de periodistas y la localizo en las gradas hablando con Beatrice y Cloe.
Cuando me duche, me cambie, recoja el premio y consiga librarme de toda esta locura, iremos todos al Isabella's a celebrarlo juntos. Entro en el vestuario y el silencio resulta extrañamente reconfortante después de tantos gritos, aplausos y cámaras.
Me dejo caer en uno de los bancos de madera y apoyo los antebrazos sobre las rodillas mientras intento asimilar todo lo que acaba de ocurrir.
Mi entrenador entra unos minutos después para felicitarme y repasamos el combate.
Señala un par de errores que podría haber pagado caro y ya está pensando en el siguiente nivel, en los contactos que han venido esta noche y en las puertas que podrían abrirse a partir de ahora. Está pensando en mi futuro.
Cuando finalmente se marcha, vuelvo a quedarme solo. Exhalo despacio, me levanto y abro mi taquilla. Saco el móvil del bolsillo de mi pantalón deportivo.
La pantalla se ilumina entre mis manos y me indica que tengo un mensaje nuevo de Nick Blackwood. Mi mandíbula se tensa, lo abro y lo leo.
«Felicidades por la victoria.
Te envío los documentos que hablamos.
Que tu madre los firme y me los envías de vuelta».
Debajo aparece un archivo en formato PDF que abro y reviso. Sonrío dichoso porque ahí está el reconocimiento legal de que Emma es una Blackwood. En el documento consta la manutención para su hija junto con la compensación económica para mi madre. Todo firmado por él y su abogado.
Exhalo lentamente. No siento alegría o euforia, sino una paz profunda y silenciosa. Es la sensación de haber llegado al final de una guerra que llevaba demasiado tiempo librando.
Bloqueo el teléfono y apoyo la cabeza contra la taquilla de metal. Al fin Emma tendrá lo que siempre le perteneció y mi madre no vivirá más en la escasez. Y yo… Yo ya lo tengo todo.
Miro mis manos. Las mismas con las que he peleado durante años, que se han lesionado, herido y curado más veces de las que puedo recordar. Y por primera vez no pienso en el siguiente combate, sino en todo lo que viene después.
La liga profesional.
Los estudios.
Mi gran familia, con mi madre.
Emma. Charlie. Mis amigos y Dafne.
Mi novata.
Sonrío. Dejo el móvil dentro de la taquilla y me meto en la ducha.
El agua caliente cae sobre mis hombros arrastrando el sudor, la sangre seca y una parte del peso que llevo cargando desde hace años.
Cierro los ojos, aunque la tranquilidad dura poco.
Escucho un estruendo. La puerta de los vestuarios se ha abierto de un golpe seco.
—¡¡Campeón!! —grita una voz conocida.
—¿Qué coño...? —mascullo y abro los ojos de golpe.
Segundos después, Ethan, Apolo y Kael irrumpen en los vestuarios sin miramiento alguno.
—¡Ahí está el muy cabrón! —vocifera Ethan.
—Estoy desnudo, joder —gruño.
—Nada que no hayamos visto antes —contesta Apolo encogiéndose de hombros.
—Y nada especialmente impresionante —añade Ethan.
—Voy a matarte.
—Lo dices ahora porque acabas de ganar, pero que sepas que puedo contigo.
Kael se apoya contra los azulejos de las duchas y niega para sí.
—¿Podéis dejar de comportaros como idiotas durante cinco minutos? —les propone a mis amigos.
—No —responden Ethan y Apolo al mismo tiempo.
Me echo a reír y niego para mí. Son únicos.
—Venga, mueve el culo —dice Ethan señalándome con un dedo—. Tienes que recoger ese cinturón de campeón.
—Y luego invitarnos a cenar —añade Kael.
—Y a beber —sentencia Apolo.
Vuelvo a reírme y mientras los escucho discutir, insultarse y comportarse como imbéciles, algo dentro de mí termina de encajar. No todo es pelear y ganar, sino también disfrutar con tu gente y compartir los éxitos del trabajo duro, la disciplina y la constancia.
—Largaos y dejad que me vista tranquilo.
—Venga, que no tenemos toda la noche para idolatrarte, capullo —masculla Apolo.
—Ya voy.
—Enhorabuena, tío —me felicita Kael y sonrío.
—Gracias.
—Mirad los cuñados cuánto se quieren —bromea Ethan.
—Cierra el pico —decimos al unísono y los cuatro estallamos en carcajadas.
Salgo de la ducha y los observo discutir. Una sonrisa divertida curva mis labios. Al final, la mejor victoria de esta noche no fue convertirme en el campeón, sino en recuperar mi libertad.