CAPÍTULO 58
Believer — Imagine Dragons
Durante años pensé que para sobrevivir solo tenía que luchar y estar preparado para aguantar el siguiente golpe.
Aunque cada fibra de mi cuerpo me suplicara que me detuviera porque estaba agotado.
Seguía, continuaba y lo hacía con odio, porque eso era lo que había aprendido desde los trece años para sobrevivir y resistir, soportar el dolor y levantarme después de cada caída.
Últimamente estoy descubriendo que la vida no es tan exigente, que también va de dejar de luchar contra la corriente y de sonreír por las cosas sencillas de la vida.
Esta tarde estaba repasando antes de entrar al examen de Anatomía y descubrí que Dafne había escrito «Te quiero, mi campeón».
Lo había anotado por todo el margen del esquema.
He sonreído como un idiota, y es que me encantan estos pequeños detalles que me demuestran que la vida va más allá de una jaula.
Reconozco que nunca antes había disfrutado tanto saliendo tarde de estudiar de la biblioteca.
Porque es la excusa perfecta para llevar a mi chica en mi coche hasta su residencia y, al final, siempre termino convenciéndola para que se venga a dormir conmigo.
Porque verla despertar a mi lado cada mañana se ha convertido en mi nuevo deporte favorito.
Estos últimos días hemos compartido más cafés que besos, aunque no me importa.
Nunca había estudiado tan motivado. Me encanta cómo se muerde el labio inferior cuando se concentra y cada gesto cuando el cansancio empieza a vencerla.
La verdad es que esta semana, la famosa dead week previa a los finales, se ha hecho mucho más llevadera gracias a ella.
Los pasillos están llenos de estudiantes agotados, la cafetería del Isabella’s funciona prácticamente las veinticuatro horas y los profesores parecen disfrutar viendo cómo nos acercamos lentamente al colapso mental. Y, aun así, creo que nunca había disfrutado tanto de esta época del semestre.
Los entrenamientos continúan. Las tutorías también. Los exámenes ya han comenzado y mi entrenador me exige exactamente igual que el primer día. Mientras tanto, Dafne insiste en convencerme de que aprobar Biomecánica es mucho más importante que ganar el título de la Fight Night de Brakenhall.
No he vuelto a pelear en el Nido, ya se acabó esa etapa de mi vida.
Gracias a Dios, Emma solo tiene que acudir al hospital para revisiones rutinarias y Charlie, por fin, está empezando a disfrutar de la vida que merece.
Y, de alguna forma, yo también. Porque cuando has pasado media vida sobreviviendo, empiezas a hacerlo al descubrir que existe la posibilidad de ser feliz.
Esta mañana, mientras me colocaba las vendas antes de entrenar, me he dado cuenta de que durante años utilicé este deporte para demostrarle a mi padre, a los demás y a mí mismo que era para lo único que servía.
Ahora sé que no.
Porque Nick Blackwood ya no controla mi vida y he vuelto a disfrutar de las artes marciales mixtas sin presión.
Entreno con ganas, subo al octógono con ilusión y peleo por una única razón, porque me gusta.
Porque las artes marciales mixtas forman parte de mí y, por primera vez, hacerlo es una decisión que solo me pertenece a mí.
Esta noche el pabellón central de Brakenhall está abarrotado.
Las gradas rugen, las banderas ondean sobre nuestras cabezas y el nombre de la universidad resuena por cada rincón del recinto.
Los focos iluminan la jaula y el estruendo de la música es tan ensordecedor que siento las vibraciones atravesar el suelo y subir por mis piernas.
Es la última pelea de la Fight Night universitaria de invierno.
La final.
El último combate.
Respiro hondo y camino hacia la jaula mientras el presentador pronuncia mi nombre por megafonía.
Hace unas semanas habría sentido el peso de todas las expectativas sobre mis hombros, la necesidad de demostrar algo mezclada con el miedo a decepcionar y la presión de estar a la altura. Pero esta noche todo es diferente.
Esta noche no peleo para nadie, solo para mí.
Antes de subir a la jaula, levanto la vista hacia las gradas y una sonrisa se abre paso en mis labios al ver que están todos.
Veo primero a Dafne, que ocupa la primera fila junto a todos los demás. Sus ojos avellana encuentran los míos al instante. Incluso desde la distancia, consigo reconocer esa sonrisa que siempre logra hacer que todos mis demonios se desvanezcan.
Mi madre se ha quedado en casa con Charlie y Emma. Pero sé que estará pendiente de mi llamada para saber el resultado.
Kael está junto a Ethan. El rubio loco de mi amigo me grita algo que no alcanzo a entender, aunque por su expresión estoy bastante seguro de que incluye algún insulto dirigido a mi rival.
Apolo hace gestos obscenos hacia mi contrincante sin el menor atisbo de vergüenza.
Cloe niega para sí como si estuviera rodeada de completos idiotas, Bea se ríe y Daniela aplaude con entusiasmo.
Mis amigos.
Mi familia.
La que elegí y a la que pertenezco.
Los observo durante unos segundos y siento algo cálido expandirse dentro de mi pecho, porque durante años subí a un octógono pensando que estaba solo, y resulta que nunca lo estuve.
Entonces pienso en él.
Mis ojos recorren las gradas una segunda vez, pero no lo encuentro.
No hay ni rastro de Nick Blackwood.
Durante unos segundos siento alivio, y a la vez me extraña llevar casi una semana sin saber nada de él. Ni una llamada, ni una visita, ni un mensaje; nada. Y prefiero que siga siendo así. Tal vez solo está cumpliendo con su palabra.
Oigo cómo se cierra la puerta de la jaula a mi espalda.
El árbitro me llama desde el centro de la lona y vuelvo a concentrarme.
Porque esta noche solo me importa ganar.
Sin la presión de demostrar nada a nadie, sin importarme los patrocinadores o los futuros contratos.
Joder. Compito porque me encanta este deporte.
Me sitúo en mi lado de la lona; al otro lado me espera mi adversario, un chico de mi edad, algo más bajo, que se mueve para calentar muy rápido.
Es estudiante de la estatal de Boston, campeón invicto de su universidad durante tres temporadas consecutivas, que el último año quedó tercero cuando participó en la Fight Night de Brakenhall.
Se mueve con soltura mientras calienta los hombros. Me mira sin miedo y con la seguridad de quien lleva mucho tiempo sin conocer una derrota.
No va a ser una pelea fácil. Somos dos tipos dispuestos a dejarse el alma sobre este octógono.
La adrenalina empieza a recorrerme las venas.
El árbitro se coloca entre nosotros y, durante un instante, el tiempo parece contraerse.
El rugido de las gradas se convierte en un murmullo lejano ahogado bajo el estruendo de mi propia respiración.
Me ajusto los guantes, muevo los hombros y clavo la mirada en mi rival.
No hay miedo.
Tampoco dudas.
Suena la campana y el combate comienza.
Nos movemos en círculos. Midiéndonos. Buscando el primer error. Él lanza un directo que bloqueo por centímetros. Respondo con una combinación de golpes al cuerpo de mi adversario que lo obliga a retroceder, pero vuelve a la carga de inmediato.
Intercambiamos golpes con una violencia casi salvaje, sin concedernos un solo segundo de tregua.
Cada impacto resuena en mis huesos y cada movimiento exige una precisión milimétrica.
El público grita con fuerza cada vez que uno de los dos recibe un golpe limpio, pero dentro del octógono solo existimos él y yo.
Cuando termina el primer asalto, regresamos a nuestras esquinas respirando con dificultad, empapados en sudor y demasiado orgullosos para admitir que ninguno ha conseguido imponerse.
El segundo asalto empieza peor.
Mi rival decide acelerar el ritmo y comprendo enseguida por qué ha llegado invicto hasta aquí.
El muy cabrón es endemoniadamente rápido.
Sus puños aparecen donde no deberían estar y consigue alcanzarme dos veces seguidas antes de que pueda reaccionar.
El último golpe me sacude la mandíbula y el sabor metálico de la sangre invade mi boca.
Escupo al suelo y sonrío. Porque si algo he aprendido en la MMA, es que una pelea no se gana cuando todo va bien, sino cuando las cosas se ponen feas y luchas dando todo de ti.
Escucho al entrenador Walker gritarme instrucciones desde la esquina. También oigo a Ethan insultando a mi rival con una creatividad admirable y a Kael protestar por cada decisión del árbitro.
Entre tantos gritos y vítores, percibo la voz de mi chica.
No distingo las palabras, pero la reconozco entre la multitud, y eso es más que suficiente.
Porque, de alguna forma, escucharla consigue que todo vuelva a colocarse en su sitio.
El segundo asalto termina y ninguno de los dos ha cedido terreno.
Somos dos guerreros exhaustos negándose a caer.
Entonces llega el tercer asalto y el último, el que decide quién se alza campeón con el título de la Fight Night de Brakenhall.
Respiro hondo mientras el árbitro nos llama al centro. Mis pulmones arden, mis músculos protestan, pero mi cabeza está despejada.
Me dejo llevar por las sensaciones y dejo de analizar y de pensar. Me fundo con mi instinto más primario y cuando la campana suena, permito que mi rival avance primero. Me lanza un jab y lo esquivo, prueba con un segundo y también lo evito.
Intenta encerrarme contra las cuerdas, pero mis piernas responden antes que mi mente y me desplazo justo a tiempo.
Intercambiamos golpes una vez más. Todo el público está en pie atento a cada movimiento.
Y, entonces, ocurre. Mi rival da un paso adelante demasiado agresivo y deja al descubierto su costado durante una fracción de segundo.
Un error fugaz que aprovecho porque mi cuerpo reacciona antes que mi cerebro. Gancho directo al costado y otro directo al rostro. Gancho de izquierda y se tambalea al recibir el tercer golpe.