CAPÍTULO 57
Boston está cubierto por un cielo gris cuando aparco frente a la cafetería.
El frío de diciembre me cala los huesos, pero no es suficiente para apagar la rabia que anida dentro de mí desde que descubrí quién es el Cuervo y comprendí que el monstruo al que llevaba tanto tiempo intentando poner cara jamás estuvo escondido tras una máscara, porque había estado siempre delante de mis narices.
Permanezco unos segundos inmóvil dentro del coche.
El limpiaparabrisas arrastra la lluvia de un lado a otro mientras observo a la gente caminar por las aceras con prisa, refugiándose bajo los paraguas y los abrigos gruesos.
Nadie imagina que a escasos metros de aquí hay un hijo de puta que me ha jodido la vida durante años…
Todo empezó cuando yo era un crío de trece años y, desde entonces, todo no hizo más que empeorar porque él siempre ha infringido dolor y sufrimiento a las personas que amo.
Pienso en Emma y en mi madre, en lo injusto que ha sido con ellas, en la crueldad de no pagar ni una jodida factura para los tratamientos de su propia hija.
Una hija de la que reniega. Un ser de luz inocente.
Mi padre, el Cuervo, es un ser despiadado, egoísta y para el que las personas son simples piezas de su propio juego.
Mañana es la final de la Fight Night y todos esperan que me convierta en el campeón de la liga universitaria. Todo el Estado estará pendiente del combate, y precisamente por eso estoy aquí. Porque tengo algo que Nick Blackwood necesita y pienso utilizarlo en mi favor.
Apago el motor y salgo del coche. El aire helado me golpea la cara cuando cruzo la calle y al entrar en la cafetería, el olor a café recién hecho me recibe de inmediato.
Es un lugar discreto, público y tranquilo. Justo lo que necesito. Cuando miro a la zona de las mesas, él ya está sentado junto al ventanal. Puntual como un reloj suizo.
Nick Blackwood nunca llega tarde.
Está sentado con la espalda recta, el abrigo perfectamente colocado sobre el respaldo de la silla y una taza de café frente a él. Lleva un traje oscuro hecho a medida, una corbata gris y un reloj en su muñeca.
Levanta la mirada cuando me acerco y me sonríe con frialdad. La misma expresión de siempre, como si nada hubiera pasado y él no fuera el dueño de un club corrupto. Como si no hubiera apostado dinero contra su propio hijo para que lo mataran a golpes.
Me siento frente a él y la camarera se acerca enseguida para preguntarme qué deseo tomar, pero no pido nada. No vengo a tomar café con él. Estoy aquí para terminar una conversación que empezó hace muchos años.
—Pensaba que tardarías más en llamarme —me dice tranquilo dando un sorbo a su café.
—Pensaba que tardarías más en admitir que eres el Cuervo —replico.
Ni siquiera se inmuta cuando oye mis palabras, simplemente me observa unos segundos y sonríe de forma calculada.
—Para qué iba a negarlo… Ya lo sabes —me confirma.
—Eres el dueño del mayor club de corrupción de élite de todo el estado de Massachusetts —mascullo apretando los puños sobre la mesa.
—Sí. ¿Y qué piensas hacer ahora que lo sabes? —me cuestiona con una naturalidad que me enfurece más.
—¿Cuánto dinero has ganado conmigo? —le pregunto serio.
—Mucho —responde con una sonrisa llena de satisfacción y orgullo.
—Podrían haberme matado en esas peleas amañadas.
—Pero no lo hicieron.
—¿Cuántas ha habido así?
—Alguna que otra —acepta porque solo me ve como una cuenta bancaria con piernas.
—La última se destapó y perdiste mucho dinero —le recuerdo, sabiendo que apostó medio millón de dólares contra mí.
—Y tú ganaste más pasta de la que esperabas.
—¿Te escuchas cuando hablas? —cuestiono cabreado.
—Perfectamente.
Lo miro incrédulo, porque para él parece que nada de lo que le estoy diciendo es grave.
—Todo fue por tu bien —me asegura, y una carcajada amarga se escapa de mi garganta.
—¿Por mi bien? —pregunto lleno de incredulidad.
—Creías que eras libre. Querías rebelarte contra mí, escapar de mi control y necesitabas creer que luchabas contra mí —me explica y hace una pausa—.
Y mientras lo hacías, te convertías en un luchador más rápido, más fuerte, más inteligente y peligroso para tus adversarios —afirma y se inclina hacia delante—.
La liga universitaria no crea leyendas, Axel, y el Nido del Cuervo, sí.
¡Mírate! Eres una versión mejorada de lo que yo fui.
Guardo silencio, trago saliva y solo sé que es un puto enfermo.
No habla como un padre, sino como un monstruo obsesionado con fabricar a otro.
Como si yo fuera un robot, sin importarle el daño físico y psíquico que supone para mí.
Porque para él lo único importante es su apellido, la fama y el dinero.
Nunca me ha querido como a un hijo. Solo he sido un proyecto para que su apellido no cayese en el olvido. Pero yo también sé jugar mis cartas y esta vez cuento con ventaja.
—Emma es tu hija —comento, y por primera vez percibo que lo descoloco y siento la incomodidad en su mirada.
—No hemos venido a hablar de esa niña enferma.
—Precisamente he venido para hablar de tu hija —le aseguro, y su mirada se endurece.
—Tu madre, esa fulana, siempre tuvo un talento especial para complicarlo todo.
La rabia me golpea tan rápido que tengo que contenerme para no levantarme de la silla y estampar mi puño en su cara de hijo de puta.
—No hables así de ella —mascullo.
—¿Por qué? Ella tomó sus decisiones, te abandonó —miente.
—Ella huyó de ti, y tú no le diste opción para que me fuera con ella.
—Desperdició una vida perfecta —sentencia con desprecio.
Lo miro y comprendo que nunca ha castigado a Emma, sino a mi madre, porque tuvo el valor de dejarlo y comenzar de cero antes que seguir viviendo junto a él.
—Tu madre creyó que podía marcharse y llevarse lo que era mío —afirma con rabia, y veo cómo sus nudillos se ponen blancos cuando cierra con fuerza sus puños.
—Tú destrozaste nuestra familia —le acuso, y su mandíbula se tensa.
—Tu madre nunca entendió cómo funciona este mundo. Aquí todo tiene un precio, hijo.
Niego incrédulo y sonrío con ironía porque está loco.
—No soportaba que yo mandara en casa.
—No soportaba a tus putas —le aclaro—. La tratabas como un machista de mierda y solo la tenías para aparentar una vida falsa ante la sociedad.
—Le ofrecí una vida perfecta.
—Le ofreciste una jaula de oro, que es muy diferente.
—Se pensaba escapar, dejarme y llevaros con ella, pero por suerte solo pudo llevarse a Emma.
—Intentaba protegernos.
—Quería castigarme y se lo hice pagar con creces.
Joder. Ahora comprendo cuando mi madre se fue con Emma, que solo era un bebé de cuarenta días. Él, con su ego herido, hizo lo que estuvo en su mano para dejarla sin nada y en la miseria con una niña de tan solo unos días de vida.
—Por eso te inventaste que te fue infiel y nunca la reconociste —afirmo—. Porque no eres capaz de admitir que en la vida no siempre se gana.
—No sabes nada.
—Sé lo suficiente.
—Me humilló —ladra—. Me abandonó.
Ahí está, el orgullo herido de un ego enfermo incapaz de aceptar que las personas son libres de elegir con quien estar. Sobre todo, cuando es un putero, un maltratador y un corrupto de mierda.
—Tu madre me convirtió en el hazmerreír de media ciudad. La prensa empezó a hacer preguntas. Los periodistas metieron las narices donde no debían. Mi matrimonio estaba en boca de todo el mundo. Y yo tenía un apellido y una imagen que proteger.
—Así que decidiste destruirla.
—Decidí proteger lo que era mío —se reafirma sin más.
—Publicaste que Emma era hija de otro hombre —le recuerdo y sonríe.
—No tuve que esforzarme demasiado. Un amigo estuvo dispuesto a confirmar que había tenido una aventura con ella y la gente creyó exactamente lo que quería creer.
—Mentiste —sentencio y siento el asco subirme por la garganta.
—Manipulé la situación.
—Le arruinaste la vida.
—No quiso regresar. Podía haber vuelto, y la hubiese perdonado.
La carcajada que se me escapa es tan amarga que incluso yo mismo apenas la reconozco.
—Claro. Volver arrastrándose para que siguieras controlándola —deduzco, y la mirada de Nick se endurece.
—Era mi mujer.
—No era tu esclava, aunque no tuviera dinero para defenderse cuando llenaste los periódicos de mentiras… —digo sin apartar la mirada de él—. Pero tenía algo que jamás pudiste quitarle, su dignidad y su amor propio.
La mandíbula se le tensa porque sabe que tengo razón. Porque mi madre eligió pasar dificultades antes que pasar un solo segundo más a su lado.
—Emma ha estado enferma durante años —continúo—. He pagado miles de dólares en tratamientos mientras tú fingías que no existía. He visto a mamá trabajar hasta quedarse sin fuerzas para sacarla adelante cuando todo podría haber sido más fácil para ellas.
Nick resopla molesto, porque para él, hablar de ellas es una pérdida de tiempo.
—Ya es hora de que la reconozcas legalmente y que tenga los mismos derechos que yo porque es una Blackwood.
—No pienso hacerlo.
—Lo harás —le aseguro.
Nick se recuesta en la silla mientras me observa como si le acabara de contar el peor chiste del mundo.
—Escúchame bien, Axel. —Su voz es fría y calculada—. Te crees un héroe porque has decidido jugar a ser el hermano mayor y perfecto de esa niña enferma.
—No la llames así —mascullo con rabia, y él sonríe.
—La realidad no cambia porque te moleste escucharla. Emma no me aporta absolutamente nada.
—Es tu hija.
—Lo es, pero también es una carga. Ante la sociedad, solo te tengo a ti porque necesito un heredero que conserve mi apellido —continúa—, pero esa cría no significa nada para mí.
Sus palabras quedan flotando en el aire y sonrío, porque él no lo sabe, pero hoy estamos jugando en mi tablero, con mis normas, y tengo un jaque mate para el rey.
—En unos días es la final —le recuerdo.
—¿Y?
—Puedo pelear, ganar y después hablar cuando la prensa me entreviste —le comento, y su sonrisa desaparece.
—¿Qué pretendes? —me pregunta y me inclino hacia delante.
—Significa que puedo convertirme en el campeón universitario de la Fight Night y después contarles a todos los periodistas del país quién es realmente Nick Blackwood.
—No sabes de qué hablas.
—¿Seguro? —sonrío.
—Mi nombre está limpio y ese club también.
—Puede que tengas gente comprada para que tu tapadera siga siendo perfecta, pero… ¿y si abrimos las puertas y vemos que está todo podrido hasta los cimientos? —cuestiono mirando detrás de él.
—No tienes nada.
—No necesito tenerlo todo, solo necesito prender la mecha y hablar de las peleas clandestinas, de las apuestas y los amaños que tú mismo haces. Porque tengo pruebas de ello. Demostraré cómo el respetado Nick Blackwood lleva años enriqueciéndose a costa de chavales que utiliza como carne de cañón.
—Nadie te creería —me vacila, y mi sonrisa crece, porque él no sabe que ya ha perdido.
Me recuesto en la silla, sonrío y entonces saco mi móvil. Lo dejo sobre la mesa, con la pantalla iluminada y la grabadora funcionando desde hace veinte minutos. La mirada de mi padre cae sobre la pantalla, y por primera vez veo la duda cruzar su rostro.
—¿Tú crees que nadie me creerá, Nick? —pregunto.
Da un golpe en la mesa que hace que su café se derrame. Varios clientes se giran hacia nosotros, pero yo no me inmuto ante su agresividad.
Mi padre se acerca a mí y me mira como un león a punto de saltar sobre su presa.
—No sabes con quién estás jugando, niñato —afirma con repulsión.
—Precisamente sí lo sé, y por esto lo tengo todo grabado —le aseguro.
—Puedo hacer que desaparezcan tus pruebas con solo una llamada —me amenaza inclinándose hacia delante dispuesto a levantarse.
Una mano cae entonces sobre su hombro, con firmeza, y hace que se quede quieto.
—Escúchalo, gilipollas, y cede de una puta vez.
Nick gira la cabeza y se encuentra con Kael. Su expresión no tiene precio, porque detrás de él aparecen Ethan y Apolo. Los tres están a su espalda como un claro recordatorio de que no estoy solo.
Kael arrastra una silla y se sienta, Ethan hace exactamente lo mismo y Apolo se queda de pie, mientras sonríe disfrutando del mejor espectáculo de su vida.
—¿Qué coño significa esto? —masculla Nick.
—Apoyo emocional a nuestro amigo —responde Ethan.
—Y entretenimiento gratuito —añade Apolo.
—Además, nos gusta ver caer a los tiranos —dice Kael sin apartar la mirada de él.
—Puedo destruirte, Mirror —afirma, y Kael sonríe un poco más.
—Si Axel habla, estás acabado, pedazo de cabrón —replica Kael.
—Jaque mate —sentencia Apolo señalando el móvil con una sonrisa.
Mi padre me mira y, por primera vez en mi vida, veo la derrota en sus ojos. No tiene escapatoria. Puede que seamos cuatro chavales contra un mafioso corrupto, pero tenemos las pruebas suficientes para buscar a las personas adecuadas que puedan hacer justicia.
—¿Qué quieres? —me pregunta con desprecio.
—Reconoce legalmente a Emma y págale todo lo que le debes a mi madre —Hago una pausa—. Compénsale todos estos años de miseria y sufrimiento.
—Solo te está pidiendo que le des el apellido a Emma y la manutención que se merece —explica Apolo.
—Y desaparece de nuestras vidas —le aclaro.
—¿Y si me niego? —cuestiona todavía pensando que tiene opción.
—Entonces hablaré después del combate de la final y contaré la verdad, enseñaré las pruebas y será tu fin —le aseguro, y la mandíbula de mi padre se tensa.
—No lo harás.
—Ponme a prueba. La final es el momento perfecto, con tantos periodistas y patrocinadores —le recuerdo.
—Estás fanfarroneando.
—¿De verdad quieres averiguarlo?
Nick se ajusta la chaqueta. Mira a Kael, a Ethan, a Apolo y vuelve a mirarme a mí.
Esta vez ya no parece tan peligroso e intocable porque no controla la partida.
Por primera vez en toda mi vida, no veo al monstruo que ha controlado cada parte de mi existencia, solo veo a un desgraciado que se ha quedado sin movimientos en el tablero.
—Recibirás los documentos esta misma semana a cambio de máxima discreción.
Asiento despacio sin decir nada más. Nick se pone de pie y durante un segundo parece que va a decir algo, pero no lo hace. Simplemente se gira y se marcha.
Suelto el aire lentamente cuando por fin desaparece tras la puerta de la cafetería. Entonces detengo la grabación y miro la pantalla del móvil durante unos segundos.
Todo ha terminado, o al menos esto es lo más parecido a cerrar un capítulo de mi vida con Nick Blackwood.
No lo denunciaré si nos deja en paz y le da a Emma y a mi madre lo que les pertenece. Porque mi hermana se merece crecer con los mismos privilegios con los que yo he vivido y con el amor que yo no he tenido.
Guardo el teléfono en el bolsillo y una idea cruza mi cabeza mientras observo de nuevo la puerta por la que ese cabrón acaba de desaparecer.
A veces, no todos los monstruos caen, pero dejan de tener poder sobre ti. Y, joder, eso también cuenta como una victoria.