CAPÍTULO 56
La biblioteca está prácticamente vacía; son más de las dos de la madrugada.
Las lámparas iluminan pequeños círculos de luz sobre las mesas en las que aún hay estudiantes.
El resto del edificio permanece sumido en un silencio extraño.
Estamos en la semana previa a los exámenes finales del semestre, la famosa dead week, y aquí el café se convierte en nuestro mejor aliado.
Beatrice se fue hace un rato porque se estaba quedando dormida sobre la mesa.
Insistió en que me marchara con ella, pero yo seguía haciendo tiempo para saber algo de Axel.
Miro mi móvil de nuevo por si tengo noticias suyas; desde que me dijo que había ganado y que me vería en un rato, no he vuelto a tener noticias suyas.
Bostezo en silencio, mientras cierro los ojos y me masajeo las sienes agotada.
—Necesitas dormir, novata.
Abro los ojos y Axel está frente a mí con dos cafés sobre la mesa, y durante un segundo olvido por completo el cansancio. Sonrío, me levanto y rodeo la mesa para abrazarlo.
—¿Cómo estás? —le pregunto y me da un beso rápido.
—¿Y tú?
—Yo pregunté primero.
—Y yo te traje café —replica.
—Eso no te da preferencia —le contradigo y no puedo evitar sonreír—. Si tú estás bien, yo también.
Mi chico me besa con suavidad y por un instante me hace olvidar que llevo horas estudiando. Cuando se separa de mí, sonríe, pero es una sonrisa que no le llega a los ojos.
—Estoy cansada de estudiar, pero creo que aprobaré Ética sin necesidad de copiar de Apolo —bromeo volviendo a mi sitio.
—Eso es genial, mi chica lista —me felicita y se sienta a mi lado.
Pone uno de los cafés frente a mí, le quito la tapadera y le doy un sorbo. Él me observa en silencio. Sus dedos buscan distraídamente mi cuello y terminan deteniéndose sobre el punto y coma tatuado bajo mi oreja. Lo acaricia, se acerca a mí y me planta un beso sobre la tinta negra.
—Nunca te he preguntado por este tatuaje —susurra y sonrío.
—Porque sabías que algún día te contaría su historia.
Entonces le cuento sobre aquella noche que mi psicóloga apodó como la noche oscura del alma… Esa noche pensé que quizá sería más fácil rendirme, morir y así acabar con mi sufrimiento. Pero estaba Charlie y él fue el motivo que encontré para seguir luchando.
—Encontré el significado del punto y coma —murmuro—. Una vida que podría haber terminado... pero no terminó.
—Mi valiente. Decidiste vivir para seguir escribiéndola —dice mirándome con cariño y asiento.
—Sí, por eso me lo tatué. No para recordar todo lo que sufrí, sino para recordar el por qué luché y sobreviví.
El silencio que se instala entre nosotros no es incómodo, sino íntimo y acogedor. Axel se inclina hacia mí y vuelve a depositar un beso sobre el tatuaje tan suave que hace que se me erice la piel.
—Menos mal que decidiste seguir escribiendo tu historia, novata —susurra contra mi piel—. Porque yo no me imagino una vida sin ti.
Lo miro y encuentro en sus ojos la mayor confesión de amor que me han hecho en mi vida.
Axel me observa, pero hay algo en su mirada que me dice que su mente está en otro lugar.
Frunzo el ceño y acuno su rostro entre mis manos.
Lo miro con atención, acaricio su barba incipiente y percibo que después de la pelea de esta noche algo ha cambiado.
—Hay algo que no me estás contando —deduzco.
Axel se queda inmóvil y guarda silencio. Agarra mis manos con suavidad y las aparta de su rostro. Suspira y se pasa una mano por el pelo. Durante unos segundos parece dudar, pero finalmente se pone de pie y me ofrece su mano.
—Ven conmigo. Necesito hablar fuera de aquí.
Recojo mis cosas y salgo de la biblioteca agarrada a él. Fuera, la noche es fría. Ha dejado de llover, pero que esté todo húmedo hace que el frío se cuele bajo la piel.
Suelta mi mano, camina unos pasos delante de mí y durante un instante parece no saber cómo empezar.
—Axel… ¿qué ocurre? —pregunto.
Él se pasa una mano por el pelo, suspira y niega para sí incapaz de encontrar las palabras adecuadas.
—He descubierto quién es el Cuervo.
La noticia cae como una bomba.
—¡¿Qué?! —exclamo sintiendo que el corazón me da un vuelco—. ¿Quién es?
Axel traga saliva y su mandíbula se tensa. Mi corazón se acelera y contengo la respiración al ver la decepción en sus ojos.
—Mi padre.
Sonríe sin humor y niega para sí, como si una parte de él esperara despertar de esta pesadilla.
Soy incapaz de reaccionar. No sé el tiempo que nos quedamos en silencio, un segundo, un minuto o tal vez una eternidad.
Mi mente viaja inmediatamente a aquella noche de la pelea amañada, a aquella voz que me resultaba familiar, y entonces comprendo que era su padre.
Un escalofrío me recorre la espalda porque jamás entenderé cómo un padre puede utilizar a su hijo para convertirlo en una pieza más de su juego.
—Dios mío... —susurro y Axel aparta la mirada.
—Mi padre es el Cuervo. El dueño de ese maldito infierno —sentencia apretando los puños—. Lleva años utilizándome, apostando contra mí y ahora sé que solo he sido un peón de su maldito ajedrez.
El dolor que hay detrás de sus palabras me golpea con más fuerza que cualquier grito.
Doy un paso hacia él, y luego otro, hasta que nuestros zapatos se rozan.
No hablo, solo entrelazo mis dedos con los suyos.
Lo miro y me pregunto cómo se supera algo así…
No lo sé, pero tengo intención de estar a su lado para ayudarlo.
—¿Qué vas a hacer? —pregunto finalmente.
Axel baja la vista hacia nuestras manos y después vuelve a mirarme. La rabia sigue ahí y la decepción también, pero ahora también hay determinación.
La misma que aparece en su rostro cada vez que se enfrenta a un combate sabiendo exactamente cómo derrotar a su rival. Una sonrisa lenta se asoma a sus labios.
—Voy a jugar con ventaja.