Más allá del odio. CAPÍTULO 55
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CAPÍTULO 55

La victoria del viernes debería saberme a gloria. Era una semifinal de la liga; había ganado el combate y estaba a un paso de la final. Y, sin embargo, no lo disfruté porque llevo tres días escuchando una frase repetirse dentro de mi cabeza como un maldito reproductor roto.

«Que gane el más útil».

Las palabras que el cabrón de mi padre pronunció al marcharse del vestuario como si fuera una despedida cualquiera. Pero no lo era, y él lo sabía.

No he conseguido sacarme sus palabras de la cabeza. Las escucho cuando entreno, cuando estudio y hasta cuando estoy con Dafne. Se las he oído demasiadas veces al hombre que perdería hasta su alma si eso le garantizara ganar dinero.

El Buitre.

Aparco frente al sofisticado club.

La lluvia golpea el parabrisas con fuerza y convierte el exterior en una sucesión de sombras distorsionadas.

Permanezco sentado frente al volante unos segundos observando la fachada impecable y a los imbéciles que entran y salen.

Durante años, este lugar me ha producido una mezcla de sensaciones extrañas…

adrenalina, expectación, rabia. Hoy solo siento asco.

Salgo del coche y la lluvia fría me moja la cara, pero ni siquiera me molesto en ponerme la capucha.

—Blackwood —me llama Liam, que está apoyado contra el muro fumando bajo un toldo y me sonríe como una serpiente hambrienta.

Tiene los ojos enrojecidos y, a pesar del elegante traje que lleva puesto, su aspecto es el de alguien que lleva demasiado tiempo intentando escapar de sí mismo. Saca del bolsillo interior de su americana una bolsita transparente con polvo blanco y la agita frente a mí.

—¿Quieres un poco? Te vendrá bien para la pelea.

—No necesito esa mierda —le aseguro, y él suelta una carcajada.

—Todos termináis necesitándola.

—Yo no.

No espero a que diga nada más, porque ahora mismo hay algo mucho más peligroso que cualquier droga rondándome la cabeza… Una sospecha que puede destruir más vidas que cualquier estupefaciente.

Cruzo la entrada y localizo a Kristin bailando en un reservado. Paso de largo y bajo al sótano. Camino por el pasillo de la zona opuesta a los vestuarios y voy directamente al despacho.

Me detengo frente a la puerta negra. La misma tras la que se esconde el hombre que controla este infierno.

Sujeto el pomo, lo intento girar, pero está cerrado.

—Maldita sea —mascullo.

Aprieto la mandíbula y lo intento otra vez. Nada. Observo el pasillo y me fijo en la cámara que está sobre mi cabeza apuntando hacia la puerta con una luz roja que parpadea.

¿Y si me está viendo ahora mismo?

—¿Qué cojones haces aquí?

Me giro y en el otro extremo del pasillo está el Buitre, que me mira con esa expresión de pocos amigos que parece llevar tatuada en la cara.

—Busco al cabrón de tu jefe.

—Mueve tu culo a la jaula, Blackwood.

—Quiero verle la cara a ese hijo de puta —le exijo, y el Buitre suelta una carcajada seca.

—¿Y quién coño eres tú para exigir nada? —me pregunta y aprieto la mandíbula.

—Llevo años peleando en este agujero.

—Y te pagamos por ello.

Mi mirada vuelve a la puerta y después a la pequeña cámara situada encima con la maldita luz roja que parpadea. Por algún motivo, la sensación de estar siendo observado me eriza la piel.

—¿Está ahí dentro?

—Lárgate, tu combate empieza en diez minutos.

—Esta va a ser la última pelea —le aseguro y él sonríe.

—Vete para el octógono —me ordena dando un paso hacia mí—. Pelea, gana, cobra y lárgate. Haz lo de siempre, porque aquí nadie te debe explicaciones, niñato.

—Hijo de puta… —mascullo al sentir la rabia que me quema por dentro.

El puñetazo sale antes de que pueda pensarlo. Mis nudillos impactan directos contra su mandíbula y el Buitre cae al suelo de espaldas.

El golpe resuena en el pasillo. Él escupe sangre y yo me mantengo en guardia, porque son muchos años de rabia acumulada. El Buitre se incorpora despacio, limpiándose el labio roto con la mano y sonríe como un desquiciado.

—Dile a tu jefe que voy a encontrarlo —le advierto girándome decidido a marcharme.

—Eres más gilipollas de lo que pensaba —dice a mi espalda.

No me detengo porque no es más que un maldito perro guardián dispuesto a morder por su amo. Continúo hasta el vestuario y allí me quito la sudadera y dejo la cartera, el móvil y las llaves del coche en una taquilla.

Salgo decidido a ganar este combate, porque va a ser el último que haga aquí.

Entro en la jaula y los focos me golpean de lleno. El rugido de cientos de personas que gritan mi apellido, pero esta noche no me hace sentir nada, porque mi cabeza está en otra parte.

No pienso en el rival que está frente a mí, solo en desenmascarar a ese hijo de puta. El Buitre comienza a hablar por los altavoces, la gente vitorea y, finalmente, suelta la mítica frase.

—¡Que gane el más útil!

Mi mandíbula se tensa y mis puños también. Algo explota dentro de mí y siento la rabia atravesarme como una descarga eléctrica.

El árbitro da la señal y mi rival apenas tiene tiempo de reaccionar.

Avanzo y lo golpeo, un golpe y otro y otro más.

No veo nada, solo descargo toda la furia que tengo acumulada.

El tipo intenta cubrirse, retrocede y me lanza un golpe que esquivo dejando un hueco libre que mi puño aprovecha para impactar directamente en su mandíbula.

Su cabeza gira, se desequilibra y cae. La lona tiembla cuando su cuerpo golpea el suelo.

Un segundo.

Dos.

Tres.

El árbitro lo observa y empieza la cuenta atrás.

El tipo no se levanta y me da la victoria en el primer asalto.

Levanta mi mano y yo miro hacia la cristalera ahumada del palco donde hay una silueta inmóvil. Ahí está el muy cabrón, observándolo todo.

Mi respiración se acelera y, en cuanto puedo, salgo de la jaula. Empujo a quien se cruza en mi camino y cruzo el pasillo que me lleva a los vestuarios en un tiempo récord. Recojo mis cosas, y vuelvo a salir. Mi respiración es errática y mi corazón late desenfrenado.

Me muevo hasta un rincón oscuro del pasillo que está lo suficientemente cerca de la zona de combate y me permite observar entre las sombras que su silueta continúa ahí, de pie, vigilando su imperio.

Cojo mi móvil. Mis dedos tiemblan mientras marco un número que conozco de memoria; uno que llevo toda la vida viendo aparecer en mi pantalla.

Suena el tono de llamada y, al tercero, veo que la silueta del Cuervo se mueve y se lleva el teléfono a la oreja. No puede ser una puta casualidad. Siento que el mundo deja de girar y mi corazón deja de latir.

—¿Axel?

La voz de mi padre retumba en mi oído y, al mismo tiempo, la silueta detrás del cristal gira la cabeza hacia el pasillo. Doy un paso adelante y salgo de las sombras. Quiero que me vea, quiero que sepa que lo sé.

La figura permanece inmóvil, tranquila y segura, como un rey observando su reino. Y de pronto, todo cobra sentido.

En este club se hacen contratos turbios, acude gente de mucho poder, se mueve mucho dinero, droga, sexo, violencia y sangre…

Y él es quien se sienta en el trono de este maldito infierno de corrupción.

No era un cliente como yo pensaba, era el monstruo que lleva años sentado en la cima.

Cuelgo la llamada con la certeza de que durante años he peleado para él.

He sangrado y he ganado dinero para él mientras creía que algún día conseguiría destruirlo. La ironía es brutal. Porque lo peor no es descubrir quién es el Cuervo. Lo más jodido es saber que siempre estuvo ahí observándome, controlándome y moviendo los hilos desde las sombras.

Me ha visto subir a la jaula una y otra vez.

Ha visto cómo recibía golpes hasta sangrar.

Ha habido peleas que he perdido, algunas amañadas sin que yo lo supiera, y he arriesgado en ellas mi vida.

Todo este tiempo pensé que estaba escapando de mi padre, que era dueño de una parte de mi vida, que luchaba contra él y que peleando aquí conseguía estar libre de sus normas.

Pero ahora sé que nunca salí de su juego.