Más allá del odio. CAPÍTULO 54
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CAPÍTULO 54

—¿Qué estás haciendo? —susurra Dafne, mordiéndose el labio inferior.

Ojalá lo supiera, porque desde que entró en el vestuario mi capacidad para pensar con claridad se ha reducido a cero.

No sé lo que estoy haciendo.

Estoy perdiendo la cabeza aquí mismo, en mitad del vestuario de la universidad. La deseo, quiero besarla, devorarla y cuanto más la miro, más hambre tengo de ella.

Dafne está sentada sobre uno de los bancos de madera y yo estoy de rodillas frente a ella. Acaricio con mis manos sus piernas, recorriendo un camino invisible que me lleva hasta la raja de la falda de su vestido y le planto un beso en el muslo.

—Axel, por favor… —suplica.

Me incorporo para acercarme a su boca y la beso.

—Joder —gruñó cuando siento mi erección crecer—. Novata, tú no entiendes el problema.

—¿Qué problema?

—Que cuanto más tiempo paso contigo, más difícil se vuelve alejarme de ti.

—Hemos pasado toda la noche juntos —me recuerda en voz baja.

—Lo sé, pero no es suficiente —afirmo contra sus labios.

La beso de nuevo y mis dedos juegan con la liguilla de sus braguitas.

—Axel —gime jadeante mientras pega suavemente su frente a la mía—. No podemos...

Acallo lo que está a punto de decir y vuelvo a besarla. Nuestros labios se buscan con hambre desmedida de forma inevitable y provocan una feroz explosión de calor que me recorre todo el cuerpo.

Mi polla salta de felicidad al percibir cuánto me desea ella también e impidiendo que sea incapaz de pensar con claridad.

Seguimos besándonos mientras acaricio con delicadeza y extrema lentitud sus pliegues húmedos. Dafne jadea contra mi boca. No tengo ningún preservativo a mano, así que mi polla se queda dentro de los calzoncillos, aunque no pienso parar hasta que se corra para mí.

Sigo trazando pequeños círculos en su clítoris sin dejar de besarla con necesidad.

Introduzco un dedo en su coño apretado y lo muevo lentamente.

La siento tan mojada que introduzco otro dedo para que la fricción sea mayor.

Cuando clava sus uñas en mi espalda mientras susurra mi nombre, pierdo el control y todos mis sentidos me abandonan al compás de sus caderas frotándose contra mis dedos en busca de alivio.

Me trago sus gemidos con mi boca, mi lengua acaricia la suya en movimientos lentos, sensuales y provocadores que me vuelven loco. Un gruñido grave escapa de mi garganta cuando la noto temblar una última vez y la sujeto con firmeza para que se deje llevar.

No hemos follado, pero me siento igual de exhausto.

¿Cómo he llegado a esto?

No lo sé.

Cuando se relaja, saco despacio mis dedos de su interior y le coloco la falda del vestido.

Le doy un beso corto mientras me levanto y me siento en el banco a su lado.

Paso un brazo por debajo de sus piernas y con el otro la sujeto por la cintura.

La levanto y la coloco sobre mí. Mi erección sigue en todo su apogeo.

Tengo que respirar profundo porque esto no va de mí, sino de ella.

—¿Estás bien? —pregunto mirándola con devoción.

Ella asiente sonriéndome y vuelve a besarme.

—No pares de besarme —me pide mientras se le escapa un suspiro—. Tenía tantas ganas de ti, de estar contigo…

—Ah, ¿sí?

—Claro que sí —gime contra mis labios y se mueve para colocarse a horcajadas sobre mí.

—Novata, no sigas provocándome que aquí no tenemos ningún preservativo.

—No importa, ya buscaremos otra forma de…

—No, Daf, no necesito que me devuelvas el favor —le aseguro acunando su cara entre mis manos.

—Pero, entonces, no es justo para ti y no sería perfecto.

—Claro que lo es. Para mí tenerte aquí conmigo lo es, porque eres perfecta, joder —afirmo volviendo a besarla y hundiendo mi lengua en su boca.

Ella responde al beso y segundos después estamos ardiendo de deseo.

Mis manos buscan de forma involuntaria sus caderas que encajan a la perfección con las mías.

Dafne se mueve sobre mí mientras me besa y juro que si sigue así voy a perder la cabeza por completo.

Gruño contra su boca y ella sonríe satisfecha, porque claramente está disfrutando de llevarme al límite.

—Novata, no juegues con fuego.

—Para nada, Blackwood —susurra coqueta—. Solo quiero que vayas bien relajado al combate —me provoca risueña contra mi boca.

La observo embobado y me doy cuenta de algo que me asusta más que cualquier pelea. La quiero y la necesito. No de forma desesperada o tóxica. La necesito porque cuando está cerca de mí, todo parece más sencillo y yo soy mejor persona.

Sonrío porque, joder, Dafne es mi perdición y mi salvación.

No sé cómo he sido capaz antes de vivir sin ella.

Estoy tan absorto en mis pensamientos y en devorarla que no me percato de que la puerta del vestuario se ha abierto hasta que alguien se aclara la garganta. Todo mi cuerpo se tensa. No estamos solos.

—Veo que estás celebrando la victoria antes de tiempo —La voz de mi padre me trae a la realidad de golpe.

—Mierda —mascullo.

Dafne se sobresalta sobre mi regazo e intenta incorporarse inmediatamente, pero rodeo su cintura por instinto, para intentar protegerla y evitarle pasar por esto.

Ella insiste y consigue sentarse a mi lado mientras se recoloca la falda con movimientos rápidos.

Sus mejillas están completamente sonrojadas y tiene la mirada clavada en el suelo, mientras mi padre observa la escena con una expresión cargada de desprecio, como si acabara de encontrar una mierda pegada a la suela de su zapato.

—Un comportamiento inapropiado antes de un combate decisiva de la liga universitaria —dice con frialdad—. ¿Qué demonios te pasa, Axel?

—Lo tengo todo controlado —respondo y su sonrisa se vuelve afilada.

—Ah, ¿sí? Porque a mí me parece que has decidido tirar meses de trabajo por la borda por un calentón pasajero.

La forma en que mira a Dafne hace que algo oscuro se revuelva dentro de mí. Ella mantiene la vista bajada avergonzada e incómoda. Que la haga sentir así me enfurece todavía más.

—¡No la mires así! —gruño y mi padre arquea una ceja.

—Así ¿cómo?

—Como si fuera un problema.

—Es que lo es —sentencia.

—No es mi intención distraerlo, señor Blackwood —interviene ella con educación.

—No te he preguntado nada —dice tajante, y siento cómo Dafne se encoge ligeramente.

Y juro que durante un segundo estoy a punto de partirle la cara allí mismo.

—Ni se te ocurra hablarle así —le advierto.

—¿O qué? —pregunta mi padre y me levanto acercándome a él.

—Olvidaré que eres mi padre.

Sus ojos brillan de placer, porque esto es lo que a él le gusta. Le gusta hacer sentir a los demás pequeños, le gusta provocar, hacer daño, disfruta infringiendo dolor en los demás.

—Mírate —pretende ofenderme mientras niega—. Todo por una chica.

—Todo por las personas que quiero.

—¡Precisamente ese es tú problema! —me grita—. Tienes un futuro brillante y este curso estás con la cabeza en otro lado por un capricho. Te estás jugando tu sueño.

—No te equivoques, Nick. Son tus sueños —aclaro—. Yo no sé si es lo que quiero, porque no me has dejado otra opción nunca.

—¡Porque no tienes elección! —ataja gritando fuera de sí—. ¡¡Eres un Blackwood!!

—Creo que será mejor que os deje hablar a solas —susurra Dafne poniéndose de pie.

La sujeto por la muñeca para que no se marche. Mis ojos buscan los suyos y le suplican que no me deje solo.

—Quédate —le pido.

Por un instante veo que duda porque no quiere dejarme a solas con él, pero termina negando suavemente y soltándose de mi agarre.

—Axel, esto es entre vosotros. Te veo luego —se despide con una tímida sonrisa.

Se coloca un mechón detrás de la oreja, respira hondo, traga saliva y camina hasta pasar junto a mi padre.

—Adiós, señor Blackwood.

Él ni siquiera responde, tan solo se limita a mirarla de arriba a abajo con esa superioridad enfermiza y ese desprecio calculado. Y cuando la puerta se cierra detrás de ella, el aire del vestuario cambia, se vuelve más frío y hostil.

Mi padre sonríe y por fin entiendo por qué tanta gente le tiene miedo. Porque cuando desaparece su máscara, solo queda un monstruo.

—Todo lo que tienes es gracias a mí —sentencia y suelto una carcajada amarga.

—¿Gracias a ti?

—Te entrené desde que eras un crío para que fueras imparable. Para que fueras más rápido. Más fuerte. Más disciplinado. Puedes convertirte en una leyenda.

—No quiero parecerme a ti —confieso tajante.

Su mandíbula se tensa porque sabe que no me refiero a su carrera en el deporte, estoy hablando del pedazo de mierda que es.

—No puedes desperdiciar toda una vida por una chica.

—No lo estoy haciendo —afirmo y doy un paso hacia él—. Simplemente, he descubierto que la vida me exige bastante menos para ser feliz.

—Te estás volviendo un blando.

—Y tú sigues siendo un cabrón.

Mi padre levanta la mano, como si yo todavía tuviera quince años y pudiera golpearme. En un acto reflejo, le sujeto la muñeca antes de que llegue a tocarme.

El aire se congela y sus ojos se abren sorprendidos porque ninguno de los dos recuerda la última vez que alguien se atrevió a detenerlo. Aprieto con fuerza su muñeca y lo miro con todo el desprecio que siento.

—Cuidado con lo que haces, Nick —le advierto y su mirada se oscurece.

—Podría acabar contigo si quisiera —me amenaza y sonrío con ironía.

—Hazlo. Hazlo de una vez y déjame en paz —mascullo mientras le sostengo la mirada—. ¿Quieres convertirme en ti? No soy como tú.

—Solo intento que…

—¿Intentar qué? —lo interrumpo cabreado—. ¿Intentar elegir por mí? ¿Porque eso es quererme? —ironizo y mis palabras lo golpean.

—Eres un malnacido y un desagradecido. Te lo he dado todo.

—No —atajo—. Me has dado todo lo que tú has querido, pero me quitaste a mi madre y me criaste como a un puto proyecto en vez de un niño de trece años. Estoy harto de tu control, de tus amenazas, de tus golpes y de tus exigencias… —me desahogo y doy otro paso hacia él—. Desaparece de mi vida.

Mi padre me observa con frialdad y la mandíbula apretada. Suelto su mano, pero sigo firme frente a él. No voy a permitir que vuelva a pegarme o a elegir por mí. Espero que diga algo, pero la puerta del vestuario se abre y aparece el entrenador.

—Axel, calienta que en quince minutos sales —dice al entrar y se queda callado un momento cuando ve a mi padre frente a mí—. Hola, Nick.

—Hola, Walker —responde sin apartar la mirada llena de odio de mí.

El entrenador me observa y se acerca a mí.

—¿Todo bien, hijo?

—Sí —miento.

Mi padre da un paso atrás bajo la atenta mirada del entrenador. Se ajusta los gemelos de la camisa y después las solapas de la chaqueta. Se gira, camina hasta la puerta y se detiene justo antes de salir. Me mira pensativo y sonríe.

—Suerte en el combate. Es una semifinal de la liga —me recuerda—. Que gane el más útil —sentencia con un guiño.

Siento un escalofrío recorrer mi espina dorsal. Esas últimas palabras hacen que todo mi mundo se detenga y mi respiración se corte.

No.

Es imposible.

No puede ser.

Conozco muy bien esa frase.

Joder… La he oído decenas de veces, tal vez cientos. Esa puta frase la he oído en la oscuridad del Nido del Cuervo. La misma que siempre usa el Buitre antes de cada pelea.

«Que gane el más útil».

No el mejor o el más fuerte.

El más útil.

Mi padre desaparece por la puerta con una sonrisa de victoria en los labios y yo me quedo inmóvil con el corazón golpeándome con ferocidad entre las costillas.

Es el mantra del Buitre, la frase que utiliza como si fuera un puto eslogan. Pero él solo es un peón del hombre que siempre está en las sombras.

El Cuervo.

El que da las órdenes, decide y controla todo lo que ocurre en ese lugar. Poca gente conoce su identidad, pero es imposible que hubiese dicho esa frase por casualidad.

«Que gane el más útil».

He visto cómo la ha dicho a propósito para desestabilizarme, para enseñarme una vez más quién es el que manda. Trago saliva al ser consciente de que las piezas comienzan a encajar solas.

No.

No puede ser él.

¿Verdad?

Porque si es él, si Nick Blackwood es el Cuervo, lleva mucho tiempo observándome desde las sombras, apostando en mi contra y amañando peleas para divertirse a costa de mi dolor.

La última vez estuve a punto de caer inconsciente cuando aquel tipo me golpeaba con puños de acero…

Aquella anotación en el cuaderno en mi contra.

El Cuervo había apostado contra mí en esa maldita pelea. Medio millón de dólares.

Mi padre.

Joder.

Eso significa que si mi padre es el Cuervo, siempre ha sabido con exactitud cada vez que he entrado en ese infierno; y así era, porque en más de una ocasión habló y sermoneó sobre las peleas que había tenido.

Yo pensaba que alguien de su entorno me hubiera visto allí, pero tal vez era él mismo el que me observaba desde las sombras del Nido.

El aire abandona mis pulmones porque sé que estoy a punto de descubrir la verdad y puede ser que el monstruo al que llevo años buscando en la oscuridad de ese infierno no se esconde detrás de un sobrenombre, el Cuervo, sino que se apellide igual que yo.

Blackwood.