CAPÍTULO 53
Vida de rico — Camilo
Desde la llegada de Charlie, hace apenas unas semanas, mi vida se ha convertido en algo que jamás me habría atrevido a imaginar cuando era niña: rutina, una palabra sencilla y a la vez muy valiosa para mí.
Mis mañanas comienzan entre clases, trabajos que entregar, reuniones en el periódico y profesores convencidos de que no existe vida fuera de Brakenhall.
Por las tardes, mis turnos en el Isabella's, las bromas de Daniela cuando algún cliente intenta ligar con ella y los mensajes entre descansos con Axel.
Y, al final del día, lo mejor, ir a ver a Charlie.
Me parecía un sueño hecho realidad poder visitarlo cuando quisiera, hablar con él cuando lo necesitaba y abrazarlo sin mirar el reloj. Todos los días.
Él se ha adaptado genial al nuevo colegio y se lleva increíblemente bien con Emma. Discuten a veces por el mismo cuenco de cereales o por querer ver una peli diferente, pero a los cinco minutos ya lo solucionan.
Me siento feliz y extraña porque, después de pasar media vida sobreviviendo, todavía me cuesta acostumbrarme a la idea de simplemente vivir.
Axel también sigue atrapado en su propia rutina de clases, entrenamientos y combates de la Fight Night. Había ido a verlo pelear dos veces desde Halloween y en ambas ocasiones había ganado; el pabellón gritaba su nombre y yo me sentía ridículamente orgullosa.
Lo que no comprendo es por qué seguía asistiendo a las peleas del Nido del Cuervo. Después de todo lo que descubrimos, que hay alguien apostando cantidades exageradas de dinero contra él, amañando los combates y utilizándolo… él encontraba motivos para continuar peleando allí.
Siempre que yo le mostraba mi disconformidad, él me explicaba que necesitaba seguir ganando dinero para la próxima vez que hubiera que pagar facturas médicas de Emma.
Y ahí yo me tenía que callar. Porque Axel Blackwood llevaba toda la vida peleando por las personas que quería y no sabía hacerlo de otra manera.
La nieve comienza a caer cuando salgo de mi turno del Isabella´s. Axel insistió en venir a recogerme y me negué, porque quería que estuviera en casa cuando su madre llegase con Charlie y con Emma.
No es una gran nevada, pero los pequeños copos cubren con un fino manto los jardines de Brakenhall.
El campus está casi vacío y los aparcamientos también.
Resulta tan diferente a lo habitual que me cuesta reconocerlo.
La mayoría de los estudiantes ya han regresado a sus casas para celebrar Acción de Gracias con sus familias.
Cuando llego al porche de la casa, me fijo en la alfombra llena de nieve y sonrío. Llamo al timbre, escucho pasos al otro lado de la puerta y es Axel quien me abre la puerta.
Lleva unos vaqueros oscuros y un jersey negro de cuello alto que marca sus anchos hombros. Tiene el pelo ligeramente revuelto, como cuando se pasa la mano por él demasiadas veces, y esa sonrisa torcida que siempre consigue que me olvide lo que estaba pensando.
—Hola, novata —sonríe.
—Hola, Blackwood.
No me da tiempo a decir nada más porque Axel sale al porche y cierra la puerta detrás de él, me coge de la cintura y me besa como si llevara una eternidad esperando para hacerlo.
Sus labios colisionan con los míos y, en ese instante, mi mente colapsa y mi corazón comienza a golpear mis costillas intentando escapar de mi pecho.
El frío desaparece. Mis manos encuentran su cuello por pura inercia y las suyas se hunden debajo de mi chaqueta, acarician mi piel y me acercan todavía más a él.
Su lengua roza mis labios pidiendo permiso para llenarme de sensaciones que me dan vértigo.
Su perfume es una mezcla de olores cítricos y a limpio.
Es imposible de describir lo adicta que soy a él; mi cuerpo lo reconoce antes que mi cabeza.
El beso se hace cada vez más intenso y sensual y noto que poco a poco voy entrando en una vorágine de emociones que no puedo controlar.
Su lengua acaricia la mía con exquisita delicadeza y siento su sonrisa dichosa contra mi boca.
Entonces sucede. Ese nudo que he llevado durante años escondido entre las costillas se afloja un poco más.
Axel tiene el poder con su sola presencia de curar todas mis heridas y llenarme de paz.
Se me escapa un suspiro y Axel gruñe en respuesta buscando un ápice de voluntad para dejar de besarme. Cuando nuestros labios se separan, apoya su frente en la mía, con los ojos cerrados y una respiración tan errática como la mía.
—Joder... —murmura—. Llevo toda la tarde esperando que llegases.
—Solo he tardado diez minutos.
—Han sido los diez minutos más largos de mi vida —comenta mirándome risueño.
—Qué exagerado —replico y suelto una carcajada.
Axel aprovecha para besarme otra vez sin poder evitarlo.
—Tengo una pregunta —susurra contra mis labios.
—Pues tú dirás.
—¿Podemos saltarnos la cena o, al menos, desparecer un rato?
—Axel, es nuestra primera Acción de Gracias todos juntos…
—Por eso está siendo un desastre.
—No exageres —bromeo y me pongo de puntillas para darle un beso.
—Tengo ganas de ti.
—Y yo de ti, pero tendremos que esperar.
—¿Al postre?
—Por lo menos —respondo risueña—. Venga, vamos dentro.
—Está bien… —claudica con voz pícara y muy sexy.
Axel me observa como si quisiera guardar cada expresión, cada gesto y cada sonrisa de mi cara en algún lugar secreto. Se pasa una mano por el pelo y la otra busca la mía para entrar juntos en casa.
—Te quiero, Daf —susurra al cruzar el umbral de la puerta de entrada.
—Y yo a ti, Axel Blackwood —aseguro.
Me quito la bufanda mientras él sonríe feliz y me rodea los hombros con un brazo para guiarme hacia el interior de la casa.
El calor nos envuelve al instante y las voces también, mezcladas con las risas y el caos.
Emma corre por el salón con un delantal tres tallas más grande mientras Charlie la persigue.
En la cocina, Ava intenta cocinar y Ethan asegura que tiene controlado el pavo.
—¡Se está quemando! —grita Cloe.
—¡Está dorándose! —se defiende Ethan.
—¡Está negro! —asegura Apolo.
—Está carbonizado —afirma risueño Kael, que está cortando el queso.
—Eso es culpa del horno —se excusa Ethan.
—Bueno, no pasa nada… Hay también solomillo Wellington —anuncia la madre de Axel.
—Menos mal —murmura mi chico a mi lado.
—Un poco más y cenamos humo —bromea Beatrice.
—El humo tiene proteínas —aporta Ethan.
—Y tú tienes un problema muy serio —sentencia Kael.
Las carcajadas estallan por toda la cocina. Cuando Charlie me ve, corre hacia mí.
—¡Daf!
Lo abrazo con fuerza y le beso la mejilla. Después me acerco a Kael y lo abrazo también.
—Llegas tarde —me recrimina.
—Llevo tres minutos aquí.
—¿Quieres un trozo? —me ofrece una porción de queso y niego.
Sonrío y disfruto de estar aquí junto a todos.
Parecemos una verdadera familia, sentados alrededor de una mesa repleta de platos, cubiertos que no combinan y vasos distintos.
Probablemente sea la cena de Acción de Gracias más imperfecta que he visto en mi vida, pero para mí lo tiene todo.
Es perfecta. Solo faltan Daniela, que está pasando este día con su familia, y Siena, pero me dijo que tampoco podía venir.
Ava se pone de pie con una copa en la mano y espera a que el ruido disminuya poco a poco.
—Bueno chicos, quiero decir que... —empieza sonriendo— hace unos años, en esta mesa solo estábamos Axel, Ethan, Apolo, Emma y yo —afirma mirando a los chicos con cariño—. Y aunque siempre hemos intentado que la casa estuviera llena de gente, jamás imaginé que algún día llegaríamos a ser tantos.
Sus ojos recorren la mesa y se detienen en Charlie, en Kael, en Beatrice, en Cloe y en mí.
—Así que quería daros las gracias. Porque podríais estar en cualquier otro lugar, con vuestras familias, y aun así habéis elegido pasar este día con nosotros —Su voz se quiebra ligeramente por la emoción—. Gracias otra vez, porque teneros aquí es un regalo.
Justo cuando parece que la cena va a continuar, Emma se pone de pie sobre la silla y todos la miramos.
—Emma, es tu turno... —le dice emocionada y la niña sonríe.
Ella inspira profundamente, se humedece los labios, coge su vaso de agua y lo alza al aire lista para brindar.
—Hoy hemos recibido los resultados de mis últimos análisis —Hace una pausa y todos nos quedamos expectantes—. ¡Estoy curada!
—¡¿Qué?! —suelta Axel poniéndose de pie tan rápido que la silla casi cae hacia atrás y Emma no deja de sonreír.
—¡Estoy curada! —grita a pleno pulmón y siento las lágrimas agolparse de emoción en mis ojos.
—¡Dios…! —masculla Axel y se pasa una mano por el pelo, completamente descolocado—. ¿Por qué no me lo habías dicho?
—Porque era una sorpresa —responde la pequeña mientras que Axel la abraza y la hace girar con él.
—¿Una sorpresa? —le pregunta atónito mi chico.
—Le dije a mamá que quería contárselo a todos juntos.
Ava llora emocionada y Ethan la abraza. Todos estamos emocionados por la fantástica noticia. Charlie da saltitos entusiasmado en su silla y aplaude feliz.
—¡Yo también lo sabía! Ayudé a Emma a tocar la campana del pasillo del hospital —nos cuenta feliz mi hermano pequeño.
—Esto sí que es un regalo —afirmo abrazando a la pequeña y besándole la sien—. Eres una campeona.
—Gracias, Daf.
Al final, todos cogemos en brazos a Emma, la abrazamos y nos olvidaos por completo de la comida.
Ethan golpea con una cuchara su copa para captar de nuevo la atención de todos y sonríe cuando logra ser el centro de atención.
—Vale, creo que es hora de brindar por la salud de nuestra guerrera.
—¡Por Emma! —grita Charlie y todos levantamos nuestros vasos.
—¡Por Emma! —coreamos todos al unísono.
El sonido del cristal chocando llena el salón y se mezcla con las risas y las lágrimas de emoción.
Emma sigue hablando sin parar, Charlie la bombardea a preguntas y yo miro a Axel, que no para de reír, mientras sus ojos permanecen fijos en su hermana pequeña.
Una lágrima silenciosa se desliza por su mejilla y antes de que caiga, él la seca con la manga del jersey.
Mi corazón se encoge. Ha pasado años aterrorizado ante la posibilidad de perder a su hermana y ahora Axel vuelve a sonreír lleno de felicidad y alivio al saber que la batalla por fin ha terminado.
Ella ha ganado.
Axel busca debajo de la mesa mi mano, entrelaza sus dedos con los míos, nos miramos con cariño y se acerca a mí.
—¿Sabes una cosa? —susurra con voz ronca en mi oído.
—¿Qué? —pregunto divertida y su sonrisa se vuelve peligrosa.
—Que Kael está sentado a menos de tres metros de nosotros, está viendo cómo te devoro con la mirada y todavía no me ha amenazado con cortarme las pelotas.
—No te la juegues —le prevengo divertida.
—No voy a golpearte delante de tu madre —sentencia mi hermano que se ha enterado perfectamente y Axel sonríe divertido al haber conseguido justo lo que quería—. Pero no confundas mi educación temporal con aprobación absoluta.
—Qué detalle por tu parte.
—No te emociones, Blackwood.
—¿Os dais cuenta de que le está dando su bendición? —pregunta Ethan recostándose en la silla.
—Cállate —gruñe Kael.
—No, en serio. Hace un mes querías matarlo…
—¿Algún día vas a aprender a quedarte callado? —cuestiona Apolo negando para sí.
—¿Y perder mi esencia? Jamás.
Las risas vuelven a llenar el salón, incluso Kael termina negando, pero con una sonrisa en los labios. Miro a Axel, quien sigue sujetando mi mano debajo de la mesa, y comprendo que la felicidad viene disfrazada de momentos sencillos con la gente que quieres.