Más allá del odio. CAPÍTULO 52
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CAPÍTULO 52

El tiempo pasa lento en casa de Ava y Emma esperando a mi hermano pequeño y a la trabajadora social. Nunca había estado tan nerviosa por algo que deseara con todas mis fuerzas. Si algo sale mal, no sé qué más podríamos hacer para tenerlo en nuestra vida.

Levanto la vista hacia el reloj de pared, por cuarta vez en menos de un minuto, y descubro que Ava acaba de hacer exactamente lo mismo.

Por alguna razón, ese pequeño gesto consigue tranquilizarme un poco.

Si hasta ella está nerviosa, significa que no soy la única que siente este nudo insoportable en el estómago, esta sensación absurda de que algo podría salir mal en el último momento.

Emma está sentada en el sofá, balanceando las piernas y vuelve a resoplar impaciente.

—¿Cuánto falta? —pregunta.

—Cinco minutos —responde Axel sin apartar la vista del móvil.

—Eso dijiste hace un rato —se queja.

—Ya quedan cinco minutos menos —le aseguro y Emma sonríe.

Le devuelvo la sonrisa y, por primera vez desde que el abogado nos llamó para avisarnos de que finalmente habían aprobado nuestra petición, estamos todos nerviosos porque somos conscientes de todo lo que sucederá hoy.

Mis ojos buscan a Kael por puro instinto.

Mi hermano está apoyado junto a la ventana, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada fija en algún punto indeterminado del salón.

Permanezco en silencio y reconozco que tengo miedo.

Cuando llevas tanto tiempo esperando, parece que no sabes cómo reaccionar cuando por fin la espera va a terminar.

Durante años imaginé este momento de mil formas distintas y, aun así, una parte de mí sigue convencida de que alguien va a llamar para cancelarlo todo.

Que aparecerá un nuevo informe, una nueva norma o cualquier excusa burocrática capaz de arrebatarnos otra vez a Charlie.

Por eso, cuando el timbre suena, contengo la respiración y siento cómo el corazón me golpea las costillas con tanta fuerza que resulta casi doloroso.

Ava inspira profundamente antes de acercarse a la puerta. La abre y aparece la trabajadora social sujetando de la mano de Charlie. Qué alto lo veo, parece que ha crecido mucho desde la última vez que lo vi.

Mi hermano trae una mochila azul colgada en la espalda, calza las zapatillas que Kael le regaló y sujeta un balón de rugby en la otra mano. Cuando nos ve, sonríe y en cuanto sus ojos se clavan en mí, suelta la mano de la mujer y se me acerca corriendo.

—¡Daf!

Corro hasta su encuentro, me agacho y lo abrazo con tanta fuerza que casi me quedo sin aire.

—No puedo respirar —protesta entre risas.

—Te voy a comer a besos, enano —le aseguro besándolo por toda la cara.

Su risa resuena en la casa como un cascabel que tintinea.

Y para mí, es el sonido más bonito que he oído en mi vida.

Tras la trabajadora social, entra el abogado.

Se sientan en el sofá junto a la madre de Axel y tardan media hora en resolver dudas y repasar horarios.

Nos explica cómo serán las visitas de seguimiento y nos recuerda que la acogida temporal no significa que el proceso haya terminado, aunque que Ava haya conseguido un nuevo trabajo con una nómina tres veces superior al anterior ha ayudado mucho a nuestro favor.

Yo apenas escucho lo que hablan, porque Charlie está aquí. Sentado a mi lado, mirándolo todo con curiosidad y nervioso, esperando que ellos se marchen y que él se quede. Y me duele reconocer perfectamente esa sensación, la de no confiar en las cosas buenas cuando por fin llegan.

Por eso, cuando la trabajadora social guarda finalmente la carpeta y se pone de pie, junto con el abogado que contratamos, todos contenemos la respiración. La mujer le sonríe a Kael, luego me mira a mí y por último a Charlie.

—Enhorabuena, pequeño, creo que vas a disfrutar mucho de esta familia —Hace una breve pausa y me mira con cariño—. Sé que el camino no ha sido fácil para ninguno de vosotros. Lo siento mucho.

Aprieto los labios y asiento, porque decir eso es quedarse muy corta.

Ha sido agónico, doloroso y agotador… Ha sido un infierno que comenzó aquel día de invierno en el que nos sacaron de nuestra casa y nos separaron de Kael.

Trago saliva para intentar no romper a llorar.

La mujer y el abogado se despiden de nosotros y no es hasta que se cierra la puerta de la casa que vuelvo a respirar.

No han pasado ni dos minutos cuando vuelve a sonar el timbre y mi cuerpo se pone en alerta. Todos nos sobresaltamos, nos miramos extrañados y Charlie, instintivamente, me coge de la mano.

—¿Esperamos a alguien? —pregunta Axel con una sonrisa relajada.

—No —responde su madre.

Axel se encamina hacia la entrada y no ha terminado de abrir la puerta cuando escuchamos una voz que reconocería en cualquier otra vida.

—Bueno… ¿Alguien quiere pizza?

—¡¡Síííí!! —grita Emma corriendo hasta Ethan.

—¡¡Síííí!! —la imita Charlie.

Ethan aparece en el salón sonriendo como si acabara de salvar el mundo. Detrás de él aparece Apolo cargado con una torre de cajas de pizza que apenas le permite ver por dónde camina.

—¿Cuántas has comprado? —pregunta Axel.

—Dijiste que había que celebrarlo, ¿no? Pues lo haremos por todo lo alto —contesta Ethan y mi chico se lo agradece con una sonrisa cómplice.

—Una cosa es celebrar y otra muy distinta es aborrecer la pizza por tu culpa —se queja Kael.

—Puede que sean doce —añade Apolo.

—¿Doce? —cuestiono sorprendida sin poder evitar sonreír.

—Asúmelo, pequeña Daf, soy un visionario —afirma Ethan—. Porque las chicas se han sumado; ya verás que luego no sobra.

—¿Las chicas? —pregunto feliz mirando a Axel.

—Están ahí detrás. Apolo, tío, no te quedes en la puerta, que eres un armario empotrado y Daf todavía no las ha visto —le reprende Ethan.

Apolo se aparta y aparece Beatrice sonriéndome con los brazos abiertos; acorto la distancia que nos separa y la abrazo emocionada. Al abrazo se suman Cloe y Daniela. Todos estaban aquí para dar la bienvenida de Charlie y no puedo estar más feliz.

La casa, que hace apenas unos minutos parecía contener la respiración, se llena de golpe de una energía cálida y caótica que resulta imposible de explicar.

Todos saludan a Charlie, como si lo conocieran de toda la vida, y él, tan extrovertido como siempre, enseguida se integra.

Emma viene a buscarlo, le coge de la mano y tira de él para sacarle del salón.

—Ven.

—¿A dónde?

—Te voy a enseñar tu nueva habitación. Está enfrente de la mía —le explica Emma.

—¿Ahora? —pregunta él que está sentado junto a Kael.

—Claro, mueve el culo.

Charlie mira a Kael pidiendo permiso. Mi hermano tarda apenas un segundo en sonreír y asentir feliz.

—Ve.

Emma y Charlie desaparecen del salón en cuestión de segundos y escuchamos sus risas perderse por el pasillo.

Ava los observa desaparecer y noto que sus ojos brillan no de tristeza, sino de emoción.

Axel también lo ve y se acerca a ella. Le rodea los hombros con su brazo y deposita un beso en la sien de su madre.

—Lo vas a hacer fenomenal, mamá —asegura y ella se ríe nerviosa.

—Eso espero, lleva aquí solo diez minutos y ya no me imagino nuestra vida sin él.

—Y veo que se siente cómodo —añade Axel relajado.

—Eso no lo sabes —comenta ella.

—Claro que lo sé —afirma Axel sonriendo.

Sonrío feliz al observarlos y comprendo que, durante demasiado tiempo, confundí la felicidad con la ausencia de problemas.

Creí que para estar en paz necesitaba que el pasado desapareciera, que las heridas dejaran de doler o que la vida me devolviera todo lo que me había quitado. Pero estaba equivocada.

La felicidad no era eso.

La felicidad es este instante: con Charlie riéndose junto a Emma, con Kael respirando y hablando relajado con sus amigos, con Ava sonriendo con los ojos brillantes porque tiene miedo de no estar a la altura.

Y Axel… él se inclina para besar la sien de su madre con una ternura que muy pocas personas tienen el privilegio de ver. Porque el chico que el mundo conoce no es el mismo que actúa cuando nadie está mirando. Y yo he tenido el privilegio de conocer ambas versiones.

Entonces lo entiendo. Quizá la vida nunca intentó devolverme todo lo que me quitó. Quizá simplemente estaba ocupada enseñándome que algunas personas que un día se cruzan en tu vida y deciden quedarse son las que llegan para convertirse en familia.

Miro alrededor. Sentada en este salón que es demasiado pequeño para tanta gente, rodeada de risas, cajas de pizza y personas que me quieren, incluso con todas mis cicatrices, siento algo que jamás había sentido de niña…

paz. Dejo de sentir ese pellizco que tanto tiempo me ha acompañado en el alma y disfruto de lo más sencillo, de estar aquí y ahora.

Axel se acerca a mí y me abraza. Cuando levanto la mirada, él me observa como si el resto del mundo hubiera desaparecido.

Apoyo la cabeza sobre su pecho y toda la tensión de las últimas semanas se derrumba dentro de mí.

Siento todas las miradas en nosotros, sobre todo la de Kael, pero no me importa, porque necesitaba este abrazo.