Más allá del odio. CAPÍTULO 51
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CAPÍTULO 51

Halloween queda atrás y Brakenhall vuelve a parecer una universidad normal. Mi día empieza igual que siempre: a primera hora tengo clase de Anatomía, después de Biomecánica y, antes de almorzar, me toca ir al laboratorio. Por la tarde, entrenar. Lo bueno es que al final del día, veo a mi chica.

Durante años mi rutina ha sido sencilla.

Madrugar.

Entrenar.

Estudiar.

Ir a clases.

Pelear.

Dormir.

Y vuelta a empezar.

Ahora, entre una clase y otra, miro el móvil esperando encontrar un mensaje de Dafne.

Mientras el profesor explica una lesión del ligamento cruzado anterior, yo estoy pensando en si habrá sabido algo de Kael porque ya han pasado tres días desde Halloween.

Tres malditos días y nadie sabe dónde diablos se ha metido.

Dafne recibió un mensaje suyo el sábado, a primera hora de la mañana, en el que le decía que estaba bien.

Solo dos palabras. Ni llamadas, ni explicaciones, y eso no es lo peor.

Lo más grave es que a media mañana del sábado tampoco apareció para ir con Dafne a ver a Charlie, y eso sí que no es propio de él.

Dafne intentó disimular delante de su hermano pequeño, aunque no me pasó inadvertido cómo Dafne miraba constantemente por el parque esperando que Kael apareciera, pero no lo hizo.

Eso sí que me preocupó. Porque Kael podrá ser muy orgulloso, terco e idiota, pero jamás dejaría tirados a sus hermanos. Por eso no paro de darle vueltas a la cabeza; sé que algo no va bien.

Mi mente está tan distraída que durante el entrenamiento recibo más golpes de los habituales.

—Concéntrate, Blackwood —gruñe mi entrenador.

—Lo intento, señor Walker.

Él arquea una ceja y guarda silencio, pero ambos sabemos que miento. Mi cuerpo está aquí, pero mi cabeza no. Por suerte, con los años he aprendido a pelear incluso cuando estoy hecho una mierda por dentro.

Una hora después estoy empapado en sudor. Tengo los nudillos doloridos, la camiseta pegada al cuerpo y los músculos protestando por el esfuerzo.

—Bien, Blackwood. Fin del entrenamiento.

Asiento. El entrenador recoge sus cosas. Otros chicos que también entrenan salen también hacia los vestuarios entre risas y bromas.

Yo me quedo. Necesito agotarme un poco más.

Salgo de la jaula de entrenamiento. Me seco la cara con una toalla, pongo música en el móvil y camino hasta el saco de boxeo que cuelga en la esquina del gimnasio.

La música comienza a sonar, subo los puños y golpeo. El cuero se hunde por mis impactos una y otra vez. Práctico combinaciones rápidas, como un gancho directo, seguido de una patada, mientras el saco se balancea bruscamente delante de mí.

Mis músculos se quejan de agotamiento, pero no pienso parar. Porque es más fácil golpear el saco que pensar en Dafne, en sus hermanos, en Emma o en los hijos de puta del Nido del Cuervo.

—Sigues bajando la guardia cuando te cabreas.

Mi puño se queda suspendido a medio camino y me giro para ver a Kael apoyado junto a la puerta de entrada. Me observa con los brazos cruzados y con cara de haber dormido una mierda durante tres días seguidos.

—Mira quién ha decidido volver de entre los muertos. ¿Dónde cojones estabas?

—No finjas que te importo —masculla con orgullo y suelto una carcajada seca.

—No sigas siendo tan gilipollas, Mirror.

—¿Perdona?

—Me importas, ¿vale?

La frase sale antes de que pueda detenerla, pero es la verdad. Porque, aunque quiera partirme la cara, sigue siendo Kael.

—Y deberías dejar ese odio a un lado antes de que un día te atragantes con él y te mate.

—No pienso darte ese gusto, Blackwood —me contesta y resoplo.

Ahí está, el mismo imbécil orgulloso de siempre. Kael camina hasta el borde del octógono, lo observa y localiza en el borde de la lona unos guantes. Los coge y me los lanza.

—Sube —me reta y sonrío cogiéndolos.

—¿De verdad quieres esto? —pregunto—. Tienes pinta de no haber dormido en tres días.

—Estoy deseándolo, Blackwood —asegura quitándose el jersey y la camisa del uniforme.

—Como quieras… —acepto.

Me pongo los guantes. Él hace lo mismo con otros que ha cogido y subimos al octógono.

La puerta de la jaula se cierra tras mi espalda y nos situamos en el centro de la lona.

Al principio, ninguno de los dos habla, solo nos miramos con desconfianza y resentimiento.

Permanezco quieto, sin atacar, porque no pienso empezar yo.

Kael se da cuenta y lanza el primer golpe directo a mi cara y lo esquivo, pero le respondo con uno que va directo a sus costillas.

—Pensé que eras más listo.

—Yo pensaba que tú también —afirma con rabia dándome una patada en la pierna.

Ninguno busca hacer daño al otro, pero tampoco estamos jugando.

—¿Tres días desaparecido? —pregunto y vuelvo a golpear— ¿Dónde estabas?

—Necesitaba pensar —Mi puño se estampa en su hombro.

—Tu hermana estaba preocupada.

—No la metas en esto —masculla y me golpea con más fuerza.

—Esto va sobre ella, ¿no?

—También sobre nosotros, gilipollas —afirma lanzándome un nuevo golpe que esquivo.

—Si llego a saber que todo sería más fácil hablando aquí arriba, te lo hubiera propuesto hace dos años —aseguro con una sonrisa que lo provoca y lo hace perder el poco autocontrol que le queda.

—¡Llevo años intentando protegerla! —explota y esta vez el golpe impacta en mi hombro y me hace retroceder un paso.

—Lo sé.

—¡No, joder! ¡No lo sabes!

Otro golpe.

Otro más.

Toda la rabia que lleva acumulando durante años sale por fin a la superficie.

—Tú no estabas cuando dejó de hablar durante semanas, cuando me llamaba de madrugada después de tener una pesadilla o cuando creía que todo lo que le había pasado era culpa suya.

Esta vez no respondo, porque tiene razón. No estaba, no la conocía y no podía ayudarla. Me limpio la sangre del labio con el antebrazo y lo miro fijamente.

—Es cierto. Pero ahora sí estoy aquí y no pienso irme a ninguna parte —afirmo dándole un golpe en la mejilla que lo hace retroceder y observo que respira con fuerza.

—Eso también lo dicen todos al principio —replica Kael y niego.

—Yo no soy todos, Mirror. Porque esto no va de acostarme con ella, de desafiarte, ni de demostrar nada —le aseguro—. Va de Dafne, joder, y la quiero más de lo que jamás he querido a nadie.

Kael baja las manos, la duda baila en su mirada, y el gimnasio se queda en silencio.

Yo le sostengo la mirada y espero a que diga algo, o que vuelva a golpearme.

No me importa el tiempo que tardemos en arreglar esto, pero soy más terco que él y un jodido egoísta, porque me da igual lo que me diga o cuanto me golpee, no pienso renunciar a mi chica.

—Si le haces daño… —comienza a decir, pero lo interrumpo.

—Si le hago daño mereceré cada puñetazo que quieras darme, pero si alguien vuelve a intentar hacerle daño… —Hago una pausa, y aprieto mis manos—. Si tu padre vuelve a acercarse a ella…

—Lo mataré yo mismo —gruñe Kael.

—Tendrás que hacer cola —sentencio y una sonrisa fugaz aparece en sus labios.

—No olvides que sigue siendo mi hermana y estoy dispuesto a romperle las piernas a cualquiera que la haga llorar.

—Lo sé y me gusta que la cuides —afirmo.

Kael niega para sí, suspira cansado como si hubiera estado peleando por algo más que conmigo durante estos últimos días.

—No entiendo qué coño ha visto en ti —masculla y sonrío.

—Yo tampoco.

Eso le arranca una carcajada involuntaria y, joder, hacía años que no se reía por ningún comentario que yo hiciera. Me quito los guantes y los dejo caer sobre la lona.

—Voy completamente en serio con ella —confieso—. No pienso dejarla ni convertirme en otro problema que tenga que superar.

—Más te vale, Blackwood —me advierte.

Le tiendo la mano. La observa en silencio, porque ambos sabemos que es una tregua, que no arregla el pasado, pero que es un comienzo. Kael se quita los guantes y finalmente me la estrecha con fuerza.

—Cuídala.

—Lo haré.

—Cuídala también cuando las cosas se compliquen, porque será cuando más te necesite —comenta y me aprieta la mano más.

—Lo haré, todos los días de mi vida.

Kael asiente y, por primera vez desde que entró en el gimnasio, parece creerme. Suelta mi mano, sale del octógono, recoge la camisa y el jersey y camina hacia la salida. Cuando llega a la puerta se detiene y se gira.

—Sigues siendo un imbécil, Blackwood.

—Tú también, Mirror.

Kael resopla y niega reticente, aunque sabe que no le queda otra que aceptarme.

—Si Dafne te ha elegido, supongo que tendré que acostumbrarme a verte con ella.

—Otra no te queda.

Cuando Kael se marcha y la puerta se cierra detrás de él, tengo la sensación de que, años después, volvemos a estar en el mismo bando.