CAPÍTULO 50
—Hostia... —murmura Ethan.
Me giro hacia dónde está mirando y todo parece congelarse a mi alrededor. El mundo sigue girando, pero yo me quedo pasmado observándola vestida como una jodida diosa con ese vestido que se ciñe a su figura y el pelo cayendo en suaves ondas por sus hombros.
¡Joder! Trago saliva y no sé cuánto tiempo llevo mirándola, pero cuando nuestros ojos se encuentran, me sonríe y soy consciente de que estoy completamente perdido.
—Cierra la boca, Blackwood, que te van a entrar moscas —mi pincha Ethan.
—Cállate.
—Tío, es que parece una diosa —asegura y no puedo negarlo.
Lo ignoro y sigo atento a mi chica, que se acerca con sus amigas hasta nosotros. Cuando quedan pocos metros, camino a su encuentro sin importarme absolutamente nadie. Al llegar frente a Dafne, la rodeo por la cintura y tiro de ella hacia mí.
—Hola, novata —susurro contra sus labios.
—Hola, Blackwood —sonríe poniendo sus manos en mi pecho. Juro que esa sonrisa va a acabar conmigo algún día.
—Estás preciosa —aseguro.
—Tú tampoco estás mal. ¿Hades? —me pregunta apartándose un poco para mirar mi atuendo y sonrío.
—¿Y tú?
—Perséfone.
—¿Me estáis diciendo que habéis coordinado y acordado los disfraces? —oigo que se queja Ethan.
—No —respondemos al unísono mientras sonreímos como dos idiotas sin dejar de mirarnos.
—Qué asco dais —sentencia Ethan.
Pero apenas lo escucho, porque solo me importa mi chica.
Después de todo lo que sé que ha sufrido, verla sonreír tan feliz hace que mi corazón se acelere aún más.
Todo a nuestro alrededor deja de importar.
Mi lengua acaricia sus labios necesitando más de ella, su boca se entreabre para invitarme a pasar y nuestras lenguas se rozan con deseo, con extrema lentitud y delicadeza, reconociéndose y devorándose.
Su perfume tan dulce despierta sensaciones desconocidas en mi interior, sentimientos que me dan vértigo.
Dafne pasa sus manos por mi cuello y me atrae de forma inconsciente hacia ella.
Sonrío contra su boca y la abrazo necesitado de más de ella.
Cuando nuestros labios se separan, Dafne tiene los ojos cerrados, las mejillas sonrojadas y su respiración es irregular.
Todavía siento el hormigueo en los labios y saboreo de forma inconsciente este instante.
Dafne abre los ojos y trago saliva porque, joder, hay momentos que un hombre recuerda toda la vida y estoy bastante seguro de que este acaba de convertirse en uno de ellos.
—¿Qué? —pregunta divertida y niego para mí.
Sé que estoy jodido, porque ya no sé cómo imaginar mi vida sin ella.
—Kael va a matarte —me recuerda Ethan, que se acerca a nosotros.
—Tenemos que decírselo —le digo a Dafne.
—¿Está noche? —pregunta y asiento. —Nunca va a ser el momento perfecto —continúa y sé que está en lo cierto.
—Lo sé…
Ella niega entre risas y vuelvo a besarla.
—Bueno —murmura Ethan—. Ha sido un placer conocerte, Blackwood.
—Cállate —le ordeno y él se encoge de hombros.
—No, hablo en serio. Cuando Mirror te arranque la cabeza quiero que recuerdes que yo siempre apoyé vuestra relación.
—Gracias, Ethan —dice mi chica divertida.
—De nada. Y, si sobrevives, cuando tengáis hijos, quiero que uno de ellos se llame como yo.
—Tú no te has sacrificado por nadie en años —resopla Daniela.
—Acabo de presenciar una declaración de amor y una futura paliza. Emocionalmente estoy agotado —asegura y Daniela bufa sin ocultar su animadversión por mi amigo.
—Eres insoportable.
—Insoportablemente guapo… Termina la frase, cariño —la provoca.
—Tus ganas —masculla Daniela mirándolo mal.
—Algún día reconocerás que estás enamorada de mí y no del idiota de mi hermano.
—El día que las ranas críen pelos y los escarabajos, plumas —sentencia.
—Entonces todavía hay posibilidades.
—Ninguna.
—¿Estás segura? Sabes que soy capaz de traerte una rana con pelos y un escarabajo con plumas —la reta con esa sonrisa de imbécil que utiliza cuando sabe exactamente cómo sacar a alguien de quicio.
—Vete a la mierda, Crowe.
—Te noto nerviosa.
—Mejor me voy a por algo de beber… ¿Alguien me acompaña?
—Yo voy contigo —responde Cloe.
Daniela se marcha dedicándole una peineta sin ni siquiera girarse. Ethan observa cómo se aleja y sigue sonriendo. Incluso Dafne termina riéndose, porque este chico es imposible. Por un momento todo parece normal, como si el mundo hubiera decidido concedernos una tregua por unas horas.
Dos horas después, la fiesta está completamente descontrolada.
La música retumba en cada rincón de la mansión, los salones están abarrotados y hay gente bailando sobre los sofás, otros juegan a beber en uno de los cuartos de baño y alguien ha tenido la brillante idea de colgar un esqueleto gigante de la lámpara principal.
Creo que media universidad se ha metido dentro de esta casa y la otra media sigue haciendo cola para entrar.
Apenas puedo moverme sin chocar con alguien.
Dafne está pegada a mi cuerpo mientras bailamos y cada vez que se mueve, creo que el maldito vestido ha sido diseñado específicamente para ponerme a prueba.
La tela se ciñe a su cuerpo y si se ríe o me mira, tengo que luchar por mantener el autocontrol y no cargarla sobre mi hombro para largarnos de aquí.
—Voy a buscar algo de beber —me dice al oído para que pueda escucharla mientras que desliza la mano por mi camiseta antes de apartarse.
—Voy contigo.
Caminamos hacia la cocina, que parece un bar improvisado.
La enorme isla central está cubierta de botellas, vasos de plástico y cubiteras llenas de hielo.
Hay estudiantes apoyados contra la encimera bebiendo relajados, otros preparando un barril de cerveza para sacarlo al jardín trasero y alguno buscando entre las botellas, pero todos tan ebrios que claramente no distinguen entre el zumo de naranja y el vodka.
El olor a alcohol se mezcla con el de las pizzas frías y las palomitas. La música llega amortiguada desde el salón, pero el suelo sigue vibrando bajo nuestros pies. Dafne observa las botellas y arquea una ceja.
—Por favor, dime que hay algo que no sepa a gasolina y que no tenga alcohol…
—Siempre te queda el agua.
—No me apetece agua —comenta risueña.
—Te sorprendería la cantidad de veces que he acabado haciendo exactamente lo mismo.
—Porque en el fondo eres un buen chico —afirma risueña y me mira de una forma que me desarma.
Joder.
No sé cómo lo hace.
No sé cuándo comenzó, pero hay algo en sus ojos avellana que siempre consiguen atraparme. Porque me mira como si encontrara en mí algo bueno que salvar y quizá, desde que ella se cruzó en mi vida, una parte de mí esté empezando a sanar.
Dafne se pone de puntillas para decirme algo al oído y aprovecha para darme un beso en la mejilla. En ese instante, Kael entra en la cocina, nos ve y todo se va a la mierda.
—No me jodas —masculla cabreado y Dafne se gira.
—Kael…
—Tenemos que explicarte… —comienza a decir mi chica.
—¿Explicarme qué? —pregunta y su mirada pasa de ella a mí—. ¿Te estás acostando con este capullo?
—Kael… —susurra ella y su hermano se ríe con amargura.
—Llevo toda la vida intentando que no te hagan más daño del que ya te hicieron… y resulta que al final te fijas precisamente en este imbécil.
—Axel no es así —me defiende.
—Ah, ¿no? —cuestiona Kael.
—No es un juego —le aseguro—. Y no pienso hacerle daño.
—¿Y a cuántas chicas de esta fiesta le dijiste lo mismo? —pregunta con ironía.
—Ella es diferente, joder —le aseguro.
—¿Diferente? ¿Eso también se lo decías a las demás para follártelas?
—Nunca he necesitado jugar sucio para acostarme con ninguna chica.
—Qué noble por tu parte…
—Kael, basta —interviene Dafne—. No sabes de qué hablas.
—¿Y tú sí?
—¿Por qué estás tan empeñado en odiarlo? —le pregunta Dafne, y Kael niega para sí, se pasa una mano por el pelo y me mira con desprecio.
—Porque yo sí lo conozco con las chicas y no tienes ni idea de quién es Blackwood.
—Claro que la tengo.
—¡No! —insiste Kael y me señala con desprecio—. Es guapo, popular, el chico de oro de Brakenhall. Tiene un futuro asegurado en la UFC incluso antes de graduarse y todo el mundo lo conoce. Yo sí lo conozco y es alguien que huye del compromiso.
—Kael…
—No, escúchame, Daf… —Sus ojos vuelven a clavarse en su hermana—. Llevo tres años aquí ¿y sabes cuántas chicas han pasado por su cama?
—Eso no es justo… —protesta ella.
—Tu hermana no es una más —le juro.
—¿Y tengo que creerte? —Niega para sí y vuelve a mirar a Dafne—.
Te dejé claro a principio de curso que te alejaras de Axel Blackwood.
¿Y sabes por qué? —le pregunta, pero ella no responde—.
Porque sabía que tú eras exactamente todo un reto para él.
Ahora que lo ha conseguido, es cuestión de tiempo que se canse de ti y te rompa en mil pedazos.
Precisamente por eso te pido que te alejes de él, porque no pienso dejar que nadie apague la luz que tanto te ha costado recuperar.
Dafne baja la mirada y por un segundo parece volver a ser aquella chica que llegó a Brakenhall cargando más heridas que equipaje.
Las palabras de Kael hacen mella donde más le duele, y no porque tenga razón, sino porque la hacen dudar. Porque Dafne nunca ha tenido a nadie que la elija, que decida quedarse y ha crecido pensando que tarde o temprano todo lo bueno desaparece.
Veo cómo aprieta los labios, respira e intenta mantenerse firme. No pienso dejar que la duda gane, así que doy un paso adelante lleno de seguridad.
—Estoy enamorado de ella —aseguro, acercándome a él—. Y me importa una mierda si te gusta o no porque no voy a pedirte permiso para estar con ella, pero tampoco pienso alejarme de Daf.
Kael niega y aprieta los puños. Sé que ganas no le faltan de soltarme un golpe, pero doy un paso más hacia él decidido a solucionar esto.
—Te respeto, Mirror, y te admiro. Sé que eres un cabronazo que vive resentido con la vida, pero no pienso dejar que tu odio gane.
—Alto ahí, chicos… —oigo a Ethan que aparece detrás de Kael y se pone en medio—. Nada de peleas clandestinas en la fiesta de Halloween.
—¿Qué cojones os pasa? —interviene Apolo llegando a nosotros, pero Ethan no se calla.
—Este idiota está pillado por tu hermana desde que la vio, Mirror —asegura el rubio.
—Cállate, Ethan —gruñen cinco personas a la vez.
—Tío, si le hace algo a tu hermana, yo mismo le daré una paliza —asegura Apolo, empujando a Kael, para que dé un paso hacia atrás.
—No te metas tú también —le advierte Kael.
—Acepta que la familia crece, Mirror —bromea Ethan tan inoportuno como siempre—. Tu hermana lo ha elegido y ya es mayorcita para cuidarse sola.
—Esto no va a quedar así —me asegura Kael.
—¡Kael! —lo llama alguien.
Todos nos giramos y vemos a Logan, que sonríe divertido apoyado en el marco de la puerta de la cocina. Tiene los brazos cruzados y viste con una camisa negra a juego con el pantalón.
—Ven, tenemos que hablar —le dice.
—Ahora no es el momento —contesta Kael.
—Es importante, Mirror —sentencia.
Kael aprieta la mandíbula y vuelve a mirarme. Por un segundo parece que realmente está valorando la posibilidad de partirme la cara aquí mismo; no sería la primera vez que nos peleamos por Dafne.
Antes, todo era diferente. Cuando nos conocimos el primer año en Brakenhall, era mi amigo, mi hermano y recuerdo tardes enteras entrenando con él. Recuerdo las bromas y las peleas absurdas…
Recuerdo una época en la que habría confiado mi vida a este cabrón sin pensarlo dos veces.
Hasta que hace dos años me contó lo que le pasó a Dafne y yo me tomé la justicia por mi mano.
Todo fue un desastre. La cagué porque durante meses le prohibieron acercarse a sus hermanos y sé que una parte de él jamás me lo perdonará.
Kael aparta sus ojos de mí, como si ya no soportara seguir mirándome. Luego vuelve a la vista a Dafne y de nuevo a mí.
—Ni se te ocurra hacerla llorar —me amenaza, señalándome con el dedo índice.
—Pienso hacerla feliz —le aseguro.
Nuestros ojos se encuentran y, aunque es fugaz, por un instante veo al chico que una vez fue mi mejor amigo.
—Más te vale.
Se gira sin decir nada más y se marcha junto con Logan. Todo el mundo observa lo que está pasando y soy consciente de que esto no ha sido solo una pelea, sino una declaración de guerra.
Ethan empieza a dar palmas para captar todas las miradas y cuando lo logra, se sube en una silla de la cocina.
—Bueno, señoras y señores. Se acabó el espectáculo. Todo el mundo a lo suyo, no hay nada más que ver aquí.
—Gracias, Ethan, por ser tan discreto —gruño.
—De nada, es un don natural —afirma despreocupado.
—Eres imbécil —masculla Daniela, que llega hasta Dafne y la abraza.
—Soy un líder. He mediado entre los dos y no se han pegado —asegura orgulloso.
—Mi hermano no iba a pegarle —añade Dafne.
—Claro que no —dice Ethan muy serio—. Lo atropellará más tarde con la moto, cuando no se lo espere.
Las carcajadas terminan de destensar el ambiente. Apolo me lanza una cerveza y otra a Ethan. Luego coge una para él, la abre y la alza al aire para brindar.
—Por estar vivos.
Brindamos, y poco a poco todo vuelve a la normalidad.
La música sigue sonando al otro lado de la casa, alguien empieza a gritar porque ha ganado una partida absurda de beer pong y la fiesta continúa.
Pero para mí ya no es igual porque me jode que Kael haya sido tan cruel y porque el muy capullo se ha largado de la fiesta sin mirar atrás.
Sé que Dafne lo ha visto irse y que, aunque no ha dicho nada, está preocupada por él.
La encuentro un rato después apoyada en la barandilla de la terraza trasera del jardín. Las luces de la fraternidad iluminan su disfraz de Perséfone mientras observa la fiesta en silencio.
Me acerco despacio, la abrazo desde atrás por la cintura y apoyo mi barbilla sobre su hombro.
—Está enfadado —susurra.
—Sí.
—Y le he hecho daño.
—Solo necesita tiempo —le aseguro.
—Eso espero —susurra bajando la mirada a mis manos.
La giro despacio hasta que queda frente a mí y con delicadeza le acaricio la barbilla.
—Eh, vamos, novata… Mírame —le suplico y lo hace desarmándome de nuevo—. Va a volver a hablarte.
—O tal vez no.
—Lo hará.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? —me pregunta preocupada y sonrío.
—Porque te quiere demasiado como para dejar de hacerlo.
No dice nada. Veo la duda atravesar su mirada, mezclada con el miedo, la culpa y la esperanza.
Dafne suspira, como si se rindiera en una batalla que lleva demasiado tiempo librando sola.
Se acerca un poco más y apoya su frente en mi pecho.
Inhalo despacio su perfume y la abrazo en un intento por protegerla de todo.
Guardamos silencio y permanecemos abrazados mientras la música sigue sonando dentro de la casa. Acaricio distraído su espalda y no puedo evitar pensar en Kael.
Era mi mejor amigo o, mejor dicho, lo que queda de él. Porque antes de que todo se fuera al infierno, éramos como hermanos de los que se cubren las espaldas sin hacer preguntas.
Aprieto la mandíbula.
Tengo la esperanza de que con el tiempo todo se arregle. Porque de no ser así… sería más doloroso que cualquier puñetazo.