CAPÍTULO 49
Thriller — Michael Jackson
Los tres días siguientes pasan más rápido de lo que esperaba.
La pelea de Axel en el Cuervo terminó bien y ganó.
No me contó demasiados detalles, y yo tampoco insistí.
Me bastó con verlo aparecer al día siguiente en el campus con una sonrisa arrogante, un pequeño corte en el pómulo y todos los huesos aparentemente en su sitio.
La noche del combate estuve más nerviosa de lo que me gustaría admitir.
De hecho, cuando las chicas y yo fuimos al centro comercial para buscar los disfraces para Halloween, nos cruzamos con Ethan, Apolo y Kael que iban camino del Nido.
Saber que ellos estarían allí, vigilando las espaldas de Axel, consiguió que respirara un poco mejor.
No eliminó la preocupación, pero sí esa sensación constante de que algo terrible podía ocurrir.
—Si te mueves una vez más, te clavo el pincel en el ojo —me advierte Cloe sacándome de mis pensamientos.
—Eso suena poco profesional para una maquilladora —me quejo.
—Y tú llevas diez minutos sin dejar de moverte —replica Cloe.
—Está bien… pero ¿queda mucho?
—Casi he terminado, así que no te muevas.
Obedezco más que nada porque la conozco y sé que es perfectamente capaz de desmaquillarme como no le guste el resultado y volver a empezar. Así que mejor me callo y espero como una niña buena.
Estamos las cuatro en la habitación de la residencia. Tenemos maquillajes abiertos sobre la cama, el vestido de Bea colgado en la puerta del armario y música sonando de fondo mientras terminamos de prepararnos para la fiesta de Halloween.
Daniela va disfrazada de pirata, Beatrice, de hada oscura y Cloe, de bruja. Una bruja tremendamente sexy para ser exactos.
—Vale —anuncia finalmente—. Ya está.
Abro los ojos y mis tres amigas me observan. Sonríen y me pongo nerviosa por la expresión de sus caras.
—¿Os gusta?
—Nos flipa —asegura Daniela.
—Axel va a alucinar cuando te vea —confirma Beatrice.
—Esa es la idea —añade orgullosa Cloe.
Sonrío pensando que son unas exageradas.
Me levanto y me giro hacia el espejo. Durante unos segundos me quedo congelada mirándome.
El vestido granate de tela de gasa cae hasta mis tobillos.
Las mangas transparentes dejan entrever la piel de mis brazos.
Las pequeñas flores burdeos y doradas, entrelazadas en mi cabello, parecen sacadas de otra época.
Perséfone.
La reina del inframundo.
La mujer que sobrevivió a la oscuridad y que aprendió a gobernarla.
No sé quién tuvo la idea, pero vi el vestido y me enamoré de él. Tuve que comprármelo.
Esta noche miro mi reflejo en el espejo y no veo a la chica rota que llegó a Brakenhall, veo una Dafne Mirror completamente diferente. Más fuerte, más segura y más feliz.
—Vale, hora de irse —dice Daniela levantándose de mi cama mientras que Bea termina de ponerse el vestido—. Si seguimos aquí encerradas vamos a perdernos la mitad de la fiesta.
—Y yo no me he pasado toda la tarde maquillándoos para quedarnos aquí —asegura Cloe.
Cuando salimos del edificio de la residencia, el campus parece un lugar completamente distinto al que estoy acostumbrada.
Las luces naranjas iluminan los senderos, las hojas secas cubren el suelo formando una alfombra rojiza y dorada que cruje bajo nuestros pasos.
Por todas partes hay estudiantes disfrazados, grupos riendo, música variada que suena en las fraternidades; ese ambiente extraño que solo existe durante unas pocas noches del año cuando todo el mundo parece que juega a olvidar quién es para convertirse en otra persona.
Vampiros.
Demonios.
Superhéroes.
El aire fresco de finales de octubre hace que todo parezca todavía más mágico.
Sonrío porque no recuerdo la última vez que celebré Halloween.
Hoy todo me resulta bonito, casi irreal.
Y quizá por eso me sorprendo observando todo con la sensación de estar viviendo algo que durante mucho tiempo pensé que solo pertenecía a otras personas.
Porque nunca he celebrado con mi familia las fechas importantes.
Halloween.
Navidad.
Cumpleaños.
Para la mayoría son recuerdos, tradiciones y momentos que se repiten cada año y se convierten en parte de una familia. Pero para nosotros nunca fue así.
En las casas de acogida nadie decoraba nada para esos niños que llegaban de paso, así que la mayoría de aquellas fechas transcurrían sin dejar huella. Por eso crecí acostumbrándome a no esperar demasiado, porque si no esperas nada, duele menos cuando todo se rompe.
Sin embargo, ahora camino junto a mis amigas rumbo a una fiesta de Halloween.
Tengo un disfraz increíble de Perséfone y un novio que me quiere.
También veo a mi hermano Kael todos los días y tengo una posibilidad real de recuperar a Charlie.
Por primera vez en mucho tiempo, el futuro no parece una amenaza, más bien parece una promesa llena de esperanza.
—Gracias por invitarme a venir con vosotras —dice Daniela de pronto sacándome de mis pensamientos y sonrío.
—No des las gracias, estamos encantadas —afirmo.
—Lo digo en serio. No tenía pensado venir. De hecho, ahora mismo estaría en mi casa viendo una serie y comiendo galletas.
—Para un día que el Isabella's cierra, tienes que celebrarlo con nosotras —añade Beatrice.
—No puedes estudiar en Brakenhall y perderte sus fiestas —comenta Cloe.
—Me siento afortunada de teneros —agradece Daniela.
—Yo también —confieso.
Daniela sonríe mientras se coloca el abrigo sobre sus hombros. Y una sensación cálida se instala en mi pecho. Durante mucho tiempo pensé que la familia era únicamente la gente con la que compartía sangre. Ahora sé que estaba equivocada, son las personas que tú eliges.
Mientras seguimos caminando hacia la colina donde se alza la mansión de la gran fiesta de Halloween, nos cruzamos con varios grupos de estudiantes disfrazados que avanzan en la misma dirección.
Entre ellos reconozco a Kristin. Va vestida de vampira, con un vestido negro ajustado y una capa oscura que arrastra por detrás. Avanza junto a otras chicas mientras sostiene un vaso de plástico entre las manos. Cuando me ve, levanta la mano.
—¡Dafne!
—¡Hola, Kristin!
—Feliz Halloween —grita sonriente.
—Igualmente —respondo.
Ella me dedica una sonrisa rápida antes de desaparecer entre la multitud y pienso en que a pesar de no tener nada en común con ella, sé que es una buena chica.
—¿La conoces? —me pregunta Cloe.
—Sí. Es una buena amiga —respondo.
No añado nada más. Pero no puedo evitar pensar que hace apenas unas semanas llegué a Brakenhall sin conocer absolutamente a nadie y ahora tengo amigas, compañeros y personas que se alegran al verme por el campus.
Quizá es exactamente eso lo que he encontrado en Brakenhall, un lugar al que pertenecer y personas a las que llamar familia.
La música puede escucharse incluso antes de llegar a la zona de las casas más grandes de estudiantes de Brakenhall. Cada una pertenece a una fraternidad diferente y todas parecen competir por cuál tiene la decoración más exagerada.
Telarañas.
Calabazas.
Máquinas de humo.
Pero ninguna se acerca a la de la ostentosa mansión de Logan, el rey de las fiestas de Brakenhall…
—Es un creído insufrible, ni siquiera sé por qué la gente viene a sus fiestas —murmura Daniela.
—Porque nadie le supera en extravagancia y derroche de dinero —asegura Cloe.
—Dicen que su padre es dueño de media universidad —comenta Bea.
—¿Media? —Daniela suelta una carcajada—. Según Siena, su padre pertenece a las familias fundadoras de Brakenhall.
—¿En serio? —pregunto sorprendida.
—Sí, su bisabuelo fue uno de los inversores originales y su abuelo sigue sentado en la junta directiva —añade Cloe.
Alzo la vista hacia la enorme mansión de tres plantas cuyo jardín delantero es el doble de grande que el resto.
Se alza sobre una pequeña colina dominando toda la zona de fraternidades, como si hubiera estado allí mucho antes que el resto de edificios.
Dos columnas blancas de mármol flanquean la puerta de entrada.
Reconozco que no solo transmite la sensación de riqueza, sino también de poder heredado.
—Vale —murmura Daniela—. Definitivamente no entiendo cómo Siena ha salido tan normal viviendo aquí.
—Quizá porque ha tenido que compartir techo con su hermanastro —comento.
—Eso explica muchas cosas —entiende Cloe.
—Yo también sería humilde si tuviera que soportar a semejante imbécil todos los días —dice Beatrice.
—Y todo porque no comparte la misma sangre que ellos —añade Daniela negando con la cabeza.
Durante unos segundos observo la casa y pienso en Siena. Recuerdo aquella fiesta privada en el Nido del Cuervo y cómo el capullo de Logan le tiró una copa encima adrede.
Es imposible no darse cuenta de la fragilidad con que ella sonríe, como si tuviera que pedir permiso para hacerlo, y me percato de que quizás Siena esté en una casa rodeada de lujos que no siente como su hogar.
—Avancemos hacia la entrada antes de que la cola sea más grande y pasemos media fiesta fuera esperando que nos dejen pasar —indica Beatrice empujándonos hacia la puerta.
Cruzamos el jardín y entramos en la mansión. La música me golpea de inmediato. Todo parece vibrar mezclado con cientos de conversaciones, risas y gritos que llenan cada rincón de la casa.
Los altos techos están cubiertos por telarañas negras que cuelgan entre las vigas de madera, decenas de velas led flotan suspendidas sobre nuestras cabezas y proyectan sombras siniestras sobre las paredes y hay calabazas iluminadas decorando las escaleras principales.
Todo es excesivo, pero yo solo busco a una persona entre toda la multitud que baila, bebe y grita. Beatrice me dice algo, pero no le presto atención, porque cuando lo veo al otro lado del salón, todo lo demás desaparece.