Más allá del odio. CAPÍTULO 47
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CAPÍTULO 47

El turno de desayunos en el Isabella's ha sido una locura.

A las doce de la mañana me duelen los pies, me huelen las manos a café y estoy convencida de que he servido suficientes tortitas para alimentar a medio estado de Massachusetts.

Por eso, en este momento agradezco estar sentada en la lavandería universitaria junto a Beatrice y Cloe.

Las tres aprovechamos para poner una lavadora mientras repasamos apuntes y hablamos de cualquier tontería que no tenga que ver con los exámenes que se van aproximando.

—¿Has hablado hoy con tu abuelo? —pregunto mientras cierro una carpeta de apuntes.

—Esta mañana —responde, y la sonrisa de Beatrice se vuelve un poco más pequeña.

—¿Cómo está? —quiere saber Cloe, y ella se encoge de hombros.

—Bien... para estar tan enfermo —contesta.

Cloe y yo intercambiamos una mirada porque sabemos lo que significa esa respuesta.

—Ojalá llegue Navidad ya —continúa Beatrice mirando la ropa girar tras el cristal de la máquina—. Quiero volver a casa.

—Para Navidad queda menos de dos meses —la animo.

—Lo sé.

—Y vas todos los fines de semana que puedes —añade Cloe.

—Sí, pero… —suspira—. Me sabe a poco el tiempo que paso con mi familia, porque cada vez que me voy siento que me estoy perdiendo algo.

El silencio que sigue es breve.

—Le va a hacer mucha ilusión verte graduada dentro de cuatro años —dice Cloe con suavidad y Beatrice sonríe.

—Ojalá esté vivo en esa fecha. Por eso pienso aprobar todas las asignaturas aunque tenga que vender mi alma.

—Eso explica muchas cosas —bromeo y mi amiga me lanza un calcetín limpio a la cabeza.

—Idiota —replica risueña.

Mi móvil vibra sobre la silla antes de que pueda contestarla. Leo el mensaje y automáticamente sonrío como una idiota.

Axel:

Novata, te veo en el Isabella's en veinte minutos.

Dafne:

¿Por qué?

Acabo de salir de allí hace menos de una hora.

Axel:

Es para darte una buena noticia.

No seas aguafiestas.

Dafne:

Vale, allí estaré.

—Es Axel —les digo.

—Eso explica la sonrisa de pánfila —afirma Beatrice.

—No sonrío como una tonta —niego y ambas me miran.

—Sí, sonríes como una idiota —responden al mismo tiempo.

—Me ha dicho que tiene una buena noticia —les explico y Cloe hace una mueca.

—Eso nunca termina bien —me asegura Cloe.

—Gracias por tu optimismo —ironizo.

—Es que las mejores historias siempre empiezan con tengo una buena noticia y terminan con alguien llorando —sentencia Bea.

—O embarazada —añade Cloe y casi me atraganto con mi propia saliva.

—¿Qué dices?

—¿Qué? Es una posibilidad estadística —me asegura convencida Cloe.

—No vuelvo a hablar con ninguna de las dos de esto… —bromeo.

—Mentira —dice Cloe.

—Volverás dentro de una hora para contarnos la noticia —añade Bea y asiento.

—¿Me recogéis la colada?

—Claro. Venga, vete —me anima Bea risueña.

Diez minutos después, atravieso las puertas del Isabella's. En cuanto entro, me queda claro que no es ninguna cita al ver a su madre y a Emma con él.

Emma está sentada al lado de Axel y mira con pasión el plato de tortitas con nata y sirope de arce que le pone en la mesa Daniela. Su madre está junto a ella y al otro lado de la mesa está Kael.

Mi hermano levanta la vista cuando me ve y por la expresión de su cara entiendo que él tampoco sabe exactamente qué ocurre. Saludo a todos con la mano y sonrío incómoda.

—¿Qué pasa? —pregunto sentándome.

—Hola a ti también —sonríe Axel.

—Hola, Dafne —dice su madre divertida.

—Hola, Ava. ¿Ocurre algo?

Emma levanta una mano y me sonríe con la boca manchada de nata.

—Yo sí lo sé, pero le he prometido a Axel guardar el secreto.

—Vale glotona, eso tampoco me ayuda —le digo mientras le doy un beso en la sien.

La madre de Axel deja un vaso de zumo de naranja sobre la mesa y nos mira a Kael y a mí. Luego se dirige a su hijo, le coge la mano sobre la mesa y él asiente, infundiéndole ánimos para que hable.

—He estado hablado con Axel sobre ti, Dafne —comienza a decir, y mi corazón se acelera cuando mi hermano nos mira y frunce el ceño—. También hemos hablado de ti, Kael.

Guardamos silencio completamente desubicados. Miro a mi novio, que se limita a encogerse de hombros y sonreír.

—Chicos, quiero ayudaros a traer a Charlie a casa —nos dice Ava.

El mundo parece detenerse, dejo de respirar. Miro a Kael, que se queda inmóvil. Axel y su madre nos observan expectantes, y Emma sigue comiendo tortitas ajena a la bomba que acaba de caer sobre la mesa.

—¿Qué? —susurro.

—Eso es imposible —murmura Kael.

—Voy a hablar con vuestro abogado, pediré ser familia de acogida —nos explica con cariño.

—No —ataja serio Kael—. No pienso aceptar vuestra caridad —se niega con firmeza y orgullo.

La madre de Axel asiente y no se enfada; es como si supiera que mi hermano iba a reaccionar así.

—No es caridad —asegura Axel.

—Es lo que debería de haber hecho alguien por vosotros cuando le quitaron la tutela a vuestro padre —nos aclara ella.

Guardo silencio e intento respirar. Axel me coge la mano por debajo de la mesa y me la aprieta porque sabe que lo necesito para aferrarme al presente.

Porque de repente mi mente vuela a los recuerdos del pasado, y ya no estoy sentada en una cafetería.

Estoy otra vez en una oficina impersonal viviendo cómo me separan de Kael con una mochila en la espalda en la que llevo las pocas cosas que me han dejado coger de casa.

Estoy abrazando a Charlie y le prometo que todo irá bien cuando ni siquiera sé adónde vamos a ir.

La madre de Axel tiene razón, porque durante años deseé que apareciera un familiar dispuesto a acogernos. Alguien que dijera «Yo me encargo. Ya no tenéis que seguir luchando solos». Sin embargo, nadie apareció.

Nadie nos eligió.

Ella está haciendo lo que yo necesité cuando era una niña y lo que, todavía hoy, necesita Charlie.

Noto que mi corazón da un brinco de felicidad al pensar que esta vez sí hay posibilidades de que la asistenta social ceda. La idea de traer a mi hermano a casa deja de parecer un sueño imposible.

—Axel me ha contado que la trabajadora social quiere estabilidad, un hogar con un adulto responsable e ingresos tangibles —nos comenta y Kael asiente—.

Yo puedo ofrecerle todo lo que pide para que me den a Charlie, pero jamás voy a ocupar vuestro lugar —afirma mirándome con sinceridad.

Sin poder evitarlo, noto cómo se llenan mis ojos de lágrimas.

»Nunca intentaré ocupar vuestro lugar. Yo solo seré el puente hasta que podáis cruzarlo vosotros —añade con franqueza.

Su mirada pasa de Kael a mí; una mirada cargada de bondad. Sonrío emocionada por la idea de que sea posible. Por primera vez en años, no veo un muro imposible de saltar frente a nosotros, veo una puerta abierta y una forma de volver a traer a nuestro hermano a casa, con nosotros.