Más allá del odio. CAPÍTULO 45
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CAPÍTULO 45

Habían pasado cinco días desde la pelea en la que casi matan a golpes a Axel.

Cinco días desde que escuché aquella voz en el pasillo y no conseguía quitármela de la cabeza.

Intenté convencerme de que estaba exagerando y de que tal vez estaba viendo fantasmas donde no los había.

Pero cada vez que cierro los ojos, volvía a escuchar aquellas palabras, «A ver si Blackwood aprende de una vez la lección», y una voz en mi interior me grita que no fue casualidad. Y solo hay una forma de descubrirlo.

La música retumba bajo mis pies mientras atravieso el sótano. El local todavía está medio vacío. Algunas camareras reponen las bebidas y varios trabajadores terminan de organizar las mesas para esta noche.

Kristin me ve y antes de que pueda acercarme, su expresión pasa de la sorpresa a la preocupación en menos de un segundo.

—¿Qué haces aquí? —pregunta mientras me abraza.

—Hola a ti también.

—No, en serio. ¿Qué haces aquí? —inquiere preocupada y se aparta un poco para observarme de arriba a abajo—. No habrás venido a trabajar para estos cerdos, ¿verdad? —Entrecierra los ojos—. No quiero ver tu culo de niña buena subido a una tarima.

—Tranquila, no vengo por eso. Aunque tú deberías de aplicarte el cuento —le comento y ella niega.

—A mí me gusta que los hombres me deseen y, sobre todo, sus carteras —me asegura y niego para mí.

—Pues no es mi caso.

—¿Entonces qué haces aquí? —insiste.

Antes de responder, miro alrededor para asegurarme de que nadie nos presta atención y me acerco un poco más a ella.

—Necesito que me hagas un favor.

—No me gusta nada cómo ha sonado eso.

—¿El Buitre está?

—Ha salido.

—¿Y volverá pronto?

—Supongo. Esta noche hay pelea.

—¿Tienes la llave de su despacho? —le pregunto y su sonrisa desaparece de inmediato.

—Ni de coña.

—Kristin, es importante —le aseguro.

—No sabes lo que estás pidiendo.

—Lo sé.

—Si el Buitre descubre que te he dejado entrar ahí, estoy muerta —me asegura.

—No lo sabrá.

—Eso es exactamente lo que diría alguien a la que van a pillar.

—Kristin, sabes que la última pelea de Axel estuvo amañada y solo necesito comprobar algo…

—No eres una superheroína como para andar indagando.

—No.

—Entonces deja de comportarte como una.

—Soy la novia de un chico al que le reventaron la cara porque alguien decidió que tenía que perder, y necesito saber por qué.

—Joder —maldice en un susurro.

—Kristin... es importante.

—Lo sé… Me cago en mi puta vida.

—¿Eso es un sí?

—Eso es un como te pillen, estoy jodida.

Se mete la mano dentro del sujetador y saca una llave plateada.

—Por favor, dime que no guardas todas tus llaves ahí —bromeo y ella sonríe.

—Es el lugar más seguro del local —susurra dándome la llave—. Escucha bien, porque solo voy a decírtelo una vez. Voy a distraer al de seguridad de las cámaras durante diez minutos. Entras, miras lo que tengas que mirar y sales.

—Vale, ¿pueden ser quince?

—No.

—¿Doce?

—Diez minutos. No pienso chuparle la polla, ni follarme al friki para conseguirte más tiempo. Así que solo tienes diez minutos.

—Vale, vale. Diez minutos —acepto risueña.

—Y cuando termines, dejas la llave enterrada en la maceta del pasillo.

—Sin problema.

—No quiero que nos vean juntas ni un segundo más del necesario, así que lárgate.

—Gracias, de verdad —concluyo decidida a marcharme.

—Daf… —me detiene—. Ten cuidado.

—Y tú también.

Kristin asiente y se aleja sobre sus tacones hacia la entrada.

La observo caminar entre las mesas vacías hasta llegar al puesto de seguridad.

Se coloca un mechón de pelo detrás de la oreja, sonríe y apoya un codo sobre el mostrador.

Menos de treinta segundos después, el vigilante parece haber olvidado cómo funciona su propio cerebro.

Sonrío y niego para mí. Kristin es la única persona auténtica que he conocido dentro de este infierno.

La única que todavía conserva el corazón en un lugar que parece empeñado en arrancárselo a todo el mundo.

Y mientras la veo distraer al guardia, deseo con todas mis fuerzas que algún día encuentre la manera de escapar de aquí.

Aprieto la llave dentro de mi puño y me recuerdo que solo tengo diez minutos. Así que camino en dirección contraria hacia la oficina del Buitre.

En cuanto entro en el despacho, cierro la puerta detrás de mí y empiezo a buscar. Tengo poco tiempo y no puedo perderlo.

Me obligo a respirar y empiezo a buscar algo que me dé una pista sobre el tipo del pasillo del pasado viernes.

Abro cajones, reviso por encima los nombres de los archivadores, examino entre estanterías y no encuentro nada.

Solo veo facturas, papeles de los contratos del personal y albaranes de los proveedores de bebidas.

Bufo y me paso una mano por el pelo. Me planteo que quizás he arrastrado a Kristin a un lío para nada. Abro los cajones del escritorio y veo una pistola junto a una caja de puros. Y debajo de la misma, una carpeta negra llama mi atención.

La saco con cuidado de no tocar la pistola y la dejo sobre el escritorio. Al abrirla no entiendo qué estoy viendo. Hay fechas escritas junto a cantidades de dinero, miles, y al lado el alias de los apostantes. Entonces comprendo que son las apuestas de las peleas.

Siento que un escalofrío me recorre la espalda porque el dinero que aparece aquí anotado es una auténtica barbaridad. Sigo pasando hojas hasta encontrar la fecha de la última pelea de Axel y mi respiración se detiene, al ver anotaciones con un importe ordenado de mayor a menor.

CROW — $500.000

KING — $120.000

HAWK — $50.000

Quinientos mil dólares en una sola pelea.

CROW — $500.000

Leo la página una y otra vez convencida de que estoy interpretándola mal. Mi corazón empieza a golpearme el pecho y se salta un latido cuando leo la anotación escrita al margen. Ese tipo apostó contra Axel.

Saco mi móvil hago fotos a todo. Esa apuesta deja claro que si alguien ha apostado tanta cantidad de dinero contra Axel, es porque estaba bastante seguro de que iba a perder.

Trago saliva porque hay todavía algo peor… el alias. Está anotado como Crow y eso significa cuervo. El mismo término que da nombre a todo este lugar lleno de corrupción y oscuridad.

La puerta se abre de golpe, cierro la carpeta ipso facto y mi corazón se paraliza. Siento que el suelo desaparece bajo mis pies justo cuando alguien entra.

—¡¿Qué coño haces aquí?! —me pregunta Axel con la mano todavía en el pomo de la puerta.

—¡Axel!

—No. Joder. ¿Tienes idea de lo peligroso que es que estés aquí?

—Escúchame, necesitaba comprobar algo —le explico y le enseño la carpeta.

—¿Qué es?

—Míralo, rápido, tenemos poco tiempo.

Frunce el ceño, acorta la distancia que nos separa. Abro la carpeta y le enseño las apuestas. Axel guarda silencio, aprieta la mandíbula y el color desaparece de su rostro.

—¿Qué coño es esto?

—Eso mismo me gustaría saber —susurro y él me mira confundido.

—El Cuervo nunca apuesta.

—¿Cómo?

—El Buitre organiza las peleas y él aprueba las apuestas. Ni siquiera se hace ver por aquí. Él únicamente se lleva un porcentaje de todo. Creo que casi nadie sabe quién es.

—Pues alguien que sí apuesta se llama igual que él.

Axel vuelve a mirar la hoja y pone el dedo índice sobre las apuestas.

—Quinientos mil dólares… Sabía que iba a perder. Ese tipo compró a mi oponente.

Puedo ver cómo piensa e intenta encajar las piezas. Vuelve a mirar los números, hace fotos con su móvil y esta vez permanece mucho más tiempo en silencio.

—Llevo tres años peleando aquí. He sangrado mucho en este infierno y le he hecho ganar mucho dinero a ese cabrón. Y si es él, el muy hijo de puta que apostó medio millón de dólares para verme caer…