CAPÍTULO 44
Había formas mucho más agradables de empezar un lunes por la mañana que despertarme con una bolsa de guisantes congelados pegada a la cara.
Cuando me levanté, la ceja seguía tirando por los puntos de aproximación, tenía la mandíbula dolorida y al mirarme en el espejo confirmé que todavía parecía haber perdido una guerra.
Y el día no hizo más que empeorar.
A primera hora intenté darle a Kael el dinero de la pelea y el muy cabezota lo rechazó, porque es igual de terco que su hermana.
Después llegó la bronca del entrenador Walker.
Una reprimenda de las que te hacen desear que te vuelvan a pegar antes que aceptar que tiene razón.
Él sabía perfectamente de dónde habían salido los golpes de mi cara y tampoco estaba demasiado contento con la suspensión que me había ganado para el próximo combate universitario.
Y, para rematar la mañana, mi padre me escribió.
Tres líneas frías, secas y tan desagradables como él.
«Eres un insensato».
«Piensas con la polla».
«Ya hablaremos».
Obviamente, no le respondí. Por suerte, después de un lunes de mierda, dieron las seis de la tarde y, por fin, la única parte del día que realmente estaba deseando que llegara.
Ver a Dafne.
Aparqué frente al Isabella's y me quedé esperándola en el coche.
Porque por muy malo que hubiera sido el día, había descubierto que bastaba con verla sonreír para que todo pareciera un poco menos doloroso.
Cinco minutos después de estar esperándola, ella aparece con el uniforme del Isabella's y el pelo recogido en una coleta alta. En cuanto la veo sonreírme, me olvido del dolor de la mandíbula, de la bronca del entrenador y del mensaje de mi padre.
Abre la puerta del coche y entra y, antes de que pueda decir una sola palabra, la atraigo hacia mí y la beso como si llevara semanas sin hacerlo. Siento que sonríe contra mi boca y todo mi mal humor desaparece.
—Hola a ti también —susurra.
—Hola, novata —sonrío apartándome de ella.
La veo ponerse el cinturón de seguridad y tenerla tan cerca me hace sospechar que me he vuelto adicto a ella.
—¿Tienes que estudiar esta noche?
—He entregado un trabajo al mediodía y voy bien. ¿Por qué? —me pregunta mientras arranco el coche.
—Porque voy a cenar con mi madre y con mi hermana y me gustaría que vinieras conmigo —le propongo y sonríe al instante.
—Me encantaría —acepta.
—Guay.
¿He dicho guay? ¡Joder! Me doy una colleja mental porque parezco patético. No tengo por qué estar nervioso. Solo es la primera chica que llevo a casa porque me importa de verdad.
Durante el trayecto hasta la zona norte de Boston, Dafne habla menos de lo habitual. Al principio no le doy importancia, pienso que está preocupada por Charlie, pero conforme avanzamos por las calles de Boston, empiezo a notar pequeños detalles que me hacen deducir que algo le ocurre.
Juega con sus dedos. Mira demasiado tiempo por la ventanilla y me responde con monosílabos. No es ella y sé que algo le pasa.
—¿Estás bien? —pregunto finalmente.
—Sí —miente.
Pero si algo sé de ella es que es mejor no presionarla. Necesita tiempo y confío en que antes o después me lo cuente.
Llegamos frente al edificio del piso en el que vive mi madre con Emma. Aunque es un bloque antiguo, es una buena zona de gente trabajadora y eso tiene más valor que cualquier mansión de Beacon Hill.
Subimos las escaleras y llamo. Y antes de que la puerta se abra, se escucha mi nombre desde dentro.
—¡¡AXEEEEEL!! —grita Emma.
La puerta se abre de golpe y mi hermana aparece con un pañuelo rosa en la cabeza, un calcetín de cada color y la misma energía de siempre.
—¡No, no, no, espera...! —le pido, pero es demasiado tarde.
Emma se lanza contra mí como un misil, me abraza con fuerza y me golpea las costillas y su cabeza me da en el hombro. ¡Auch! Creo que por un instante veo las estrellas, el universo y probablemente a mis antepasados.
—¡Joder! —mascullo.
—¡Ay! —Emma abre mucho los ojos—. ¿Te he hecho daño?
—No, tranquila —miento —Es que estás muy fuerte, ¿sabes?
—Claro, por algo soy tu hermana —afirma sonriente—. Soy tan fuerte como tú.
Me suelta y da un paso hacia atrás. Es entonces cuando se da cuenta de que Dafne está detrás de mí y sus ojos que se iluminan todavía más.
—¡Has traído a tu novia! —exclama.
Mierda. Me giro y veo que Dafne se sonroja hasta las orejas. Yo me rasco la nuca avergonzado.
—Hola, Emma —saluda Dafne riéndose, y mi hermana la abraza inmediatamente.
—Hola, Dafne. Ven, entra, que tengo que enseñarte una cosa —dice cogiéndole de la mano y tirando de ella.
—¿Ahora?
—Sí. Te voy a enseñar mi habitación. Axel me la pintó hace unos meses y es la habitación más bonita que vas a ver en tu vida —le asegura.
—No lo dudo —afirma risueña mi chica, que me mira buscando ayuda y yo me encojo de hombros feliz.
—Estás sola ante el peligro —bromeo.
—Qué novio más poco solidario —se queja ella.
—Te quiero, novata—susurro.
—Y yo a ti.
Emma tira de ella hacia adentro y yo las sigo. Cierro la puerta y justo cuando estamos cruzando el salón, mi madre sale de la cocina secándose las manos en un paño.
Dafne se detiene, y yo me coloco a su lado, con Emma aún agarrada de su mano. Mi madre deja de sonreír en el momento en el que se fija en mi cara y traga saliva.
—Axel, ¿qué demonios…?
—Estoy bien —la interrumpo.
—Claro que sí —masculla enfadada.
—Mamá, de verdad. No es nada —insisto.
—Parece que te han remodelado la cara —ataja seria y sonrío.
—Gracias, mamá.
Mi madre no dice nada más y niega para sí como si tuviera la batalla perdida conmigo. Se acerca a Dafne y la abraza con cariño con total normalidad, y es algo que me gusta.
—Qué alegría volver a verte, cariño.
—Es un placer venir a veros —le dice mi chica.
—Me alegro de que Axel empiece a pensar en otras cosas que no sean pegarse como un mono —vuelve a atacarme y no puedo evitar bufar.
—Mamá…
—¿Qué? Es la verdad.
—No me pego como un mono —me defiendo.
—Claro que sí. Es algo primitivo.
—Los monos no tienen la cara como la de Axel —añade Emma divertida y Dafne rompe a reír.
Me uno a las risas cuando las tres se ríen cómplices, y juro que podría pasarme horas escuchando ese sonido y viviendo estos momentos.
La cena empieza con filetes empanados, puré de patatas y conversaciones cruzadas. Emma está especialmente alegre y nerviosa con la visita de Dafne, y lo prefiero así.
—Hoy he tenido terapia antes del alta —nos comenta la pequeña.
—¿Y qué tal? —le pregunta Dafne.
—Bien, ahora descansamos unos días. ¿Cuánto tiempo, mami?
—Para el siguiente ciclo de quimio, de una a tres semanas; depende de los resultados de los últimos análisis —comenta mi madre y aunque sonríe, puedo ver la tristeza en su rostro.
—Eso es genial —comento.
—También le he hablado a mi terapeuta de ti —me dice y alzo las cejas sorprendido.
—¿De mí? —le pregunto.
—Sí, le he contado que eres un supercampeón del equipo de MMA de la universidad y que hay muchos ojeadores de la UFC queriendo que des el salto a la liga profesional.
—¿Y qué te ha dicho?
—Qué cuando yo sea mayor y tenga novio, pobrecito del chico que me rompa el corazón —dice divertida y Dafne suelta una carcajada sonora que se mezcla junto con la de mi madre.
—Tampoco soy ningún matón —me defiendo.
—Claro que no —contradice mi madre con una sonrisa—. Solo tienes intimidada a media universidad.
—Y a la otra media la golpeas —añade Dafne.
—Gracias por el apoyo —ironizo, y Emma se gira hacia Dafne muy seria.
—Yo creo que cuando tenga novio, Axel va a esconderlo en el maletero —susurra y la carcajada que suelta Dafne casi hace que se le salten las lágrimas.
—¡Emma! —finjo ofenderme y ella se ríe.
—¿Qué? —pregunta encogiéndose de hombros—. Es que da miedo cuando pones esta cara —comenta frunciendo el ceño y mirándome seria.
—No doy miedo —añado poniéndome serio yo también.
—Das miedo —sentencian al unísono.
Y, por primera vez en todo el lunes, me echo a reír de verdad. Cuando terminamos de cenar, Emma desaparece un momento y vuelve cargando con tres álbumes de fotos enormes.
—No.
—Sí.
—Emma, que no —le digo.
—Que sí, pesado —insiste dejándolos sobre la mesa con una sonrisa radiante.
—Mamá tiene fotos de Axel de pequeño —le cuenta a Dafne y mi chica se interesa inmediatamente.
—¿En serio?
—Oh, sí —responde mi hermana encantada—. Y algunas son increíbles. Hay una en la que sale disfrazado y llorando.
—Era casi un bebe.
—Tenías cinco años —añade mi madre—. Y lloraste porque no eras un tiranosaurio tex, sino un tricerátops.
—Necesito verlo —pide Dafne feliz.
—No lo necesitas.
—Sí lo necesito, Blackwood —afirma ella dándome un beso en la mejilla.
Guardo silencio y disfruto con la cara que va poniendo cuando ve las fotografías. Sé que mi dignidad desaparece página tras página, pero que disfrute de algo tan sencillo hace que no pueda quejarme, aunque en algunas salga con el capullo de mi padre.
—Es una suerte tener estos recuerdos de pequeño —murmura bajito Dafne con una sonrisa llena de nostalgia—. Yo solo conservo una foto de mi madre conmigo y mis hermanos. La llevo siempre en mi cartera.
—Entonces es un tesoro —afirma mi madre con una sonrisa cálida.
—Lo es —asiente y baja la vista hacia el álbum que sostiene en sus manos—. Cuando nos quitaron la casa se perdió casi todo. La ropa, los juguetes, los muebles... muchas cosas se quedaron atrás. Pero esa foto sobrevivió.
—Entonces vuestra madre os sigue acompañando —dice mi madre y Dafne sonríe.
—Me gusta pensar que sí.
Más tarde, mientras recogemos la mesa y ayudamos a lavar los platos, la conversación termina derivando hacia Charlie.
—Nuestro objetivo ahora es traerlo con nosotros —le explica Dafne a mi madre—. Han sido años complicados.
—Erais unos críos —comenta mi madre—. Y os quedasteis a merced del Estado.
—Lo peor no fue entrar en el sistema de acogida —le cuenta—.
Lo peor fue que nos separaran a los tres.
Había veces que pasábamos meses sin vernos.
Kael siempre estuvo solo. Yo al menos pase gran parte del tiempo con Charlie —continúa mientras termina de enjuagar un vaso y Emma la observa en silencio cuando lo seca con un paño.
—Eso explica muchas cosas de tu hermano —murmuro y Dafne sonríe.
—Explica casi todas —afirma ella.
Mi madre espera a que termine de secarse las manos y se las coge con cariño.
—Y, a pesar de todo, seguís unidos.
—Por suerte... sí.
—No es suerte, cariño —la corrige mi madre—. Es fuerza de voluntad y valentía.
—Cuando Kael consiguió la beca deportiva en Brakenhall, me habló de todas las posibilidades que íbamos a tener, y por eso estudié mucho en el instituto para obtener mi beca y así poder estar juntos para empezar de nuevo.
—Ya solo os queda Charlie para estar todos al completo —comenta mi madre y Dafne asiente.
—Ojalá podamos traerlo con nosotros pronto —desea y aunque intenta sonreír, sé que la tristeza empaña su mirada.
De repente vuelvo a ver ese destello de preocupación, esa sombra silenciosa que lleva acompañándola toda la tarde. Aunque finge estar bien, tengo la sensación de que hay algo que todavía no me ha contado.