CAPÍTULO 43
El sótano del Nido del Cuervo está más lleno que nunca. La música retumba contra las paredes de hormigón. La gente grita y yo apenas soy capaz de respirar.
Estoy junto a Cloe y Beatrice, cerca del acceso a los vestuarios, cuando la puerta se abre. Primero sale Ethan, después, Apolo y, por último, mi hermano.
Los tres caminan juntos. Ethan me ve entre la multitud, levanta ambos pulgares y me dedica una sonrisa enorme. Le devuelvo la sonrisa y sé que ha conseguido que hagan las paces.
Mi atención la capta Axel, que camina con los nudillos vendados y la mandíbula tensa mientras me busca entre la multitud.
Levanto mi mano para que me vea y cuando nuestros ojos se encuentran, sonríe y me lanza un guiño descarado, como si no estuviera a punto de subirse a una jaula para partirse la cara con otro tipo.
El Buitre le indica que suba las escaleras y él obedece
—Todo listo, señor —escucho a mis espaldas.
Me giro, y entre las sombras distingo dos siluetas. Un hombre alto vestido con traje y otro que permanece unos pasos detrás.
—Perfecto —responde el tipo del traje—. A ver si Blackwood aprende de una vez la lección.
Un escalofrío me recorre la espalda y no solo por las palabras que dice, sino porque esa voz me resulta familiar. No sé por qué, pero tengo el presentimiento de que lo conozco.
Intento acercarme para verle la cara. Sin embargo, varias personas pasan entre nosotros y cuando consigo volver a mirar, ya no está.
La campana suena para iniciar el combate y el rugido de la multitud estalla. Axel está frente a su rival. Es enorme. Es más alto y corpulento que mi chico; básicamente parece un muro con piernas.
La pelea empieza y desde el primer momento entiendo que esto no se parece a nada que haya visto antes. Los golpes son rápidos y violentos.
Beatrice agarra mi mano con fuerza y ni siquiera me doy cuenta, porque cada vez que Axel recibe un golpe siento que el corazón se me detiene.
—Dios mío... —susurra Cloe.
Axel responde con otro puñetazo, se agacha, lo esquiva y retrocede. Vuelve a contraatacar, pero el tipo sigue golpeándolo sin darle tregua.
—Dafne.
La voz de Kael me obliga a apartar los ojos de la jaula.
—¿Qué?
—¡Qué demonios haces aquí! —masculla—. Deberías irte —me ordena—. Ni siquiera tendrías que haber venido.
—Aquí hay también gente de Brakenhall —le aseguro y señalo la multitud—. No pienso irme a ningún lado.
Kael resopla, pero no insiste porque está tan preocupado por Axel como yo. Volvemos a estar atentos y, segundos después, suena la campana marcando el final del primer asalto.
Axel vuelve a su rincón de la jaula y percibo que respira con dificultad. Tiene la ceja abierta y el rostro bañado en sangre. Trago saliva y siento ganas de vomitar.
Miro a Ethan, que se muerde el labio nervioso, y observo a Apolo, que no le quita ojo al contrincante de Axel.
—¿Lo veis? —pregunta.
—¿Qué? —cuestiona Ethan.
—Los guantes —responde Apolo.
Todos clavamos la vista hacia las manos del rival y el corazón me da un vuelco.
—¿Qué pasa? —inquiero nerviosa.
—Esos guantes son demasiado gruesos para tener debajo solo un vendaje —me explica Apolo sin dejar de mirar hacia la jaula.
—¿Y qué significa eso? —dice Beatrice.
—Que ese cabrón lleva algo escondido —ataja Kael.
Y entonces recuerdo la conversación del hombre del traje con el otro tipo. «A ver si Blackwood aprende de una vez la lección». Me apresuro a contarle a los chicos lo que escuché y los tres intercambian una mirada antes de salir disparados hacia la jaula.
—¡Esos guantes están manipulados! —grita Apolo.
—Todo vale aquí, chicos —comenta el árbitro que ni siquiera se inmuta.
—No —espeta Apolo señalando la jaula—. Las reglas del Cuervo son claras. Solo cuerpo contra cuerpo.
—Le está reventando la cara —añade Kael.
—Revisad el vendaje que hay abajo —exige Ethan.
El árbitro intenta ignorarlos, pero ya es demasiado tarde, porque la gente los ha oído y los murmullos crecen. De repente, se desata el caos.
—¡Que lo revisen! —grita el público.
—¡Trampa!
—¡Revisadlo!
La pelea se detiene y el rival protesta mostrando su disconformidad con lo que está pasando. El Buitre sabe que no tiene más remedio que ceder porque la mayoría del público ya está enfadado.
El Buitre sube a la jaula, se acerca hasta el tipo que parece un bloque de hormigón armado y le exige que se quite los guantes y el vendaje.
No sé si tarda segundos o minutos; para mí se detiene el tiempo y todo el ruido desaparece.
Veo que Axel tiene la cabeza apoyada contra el poste y los ojos cerrados.
Vuelvo a vista hacia su contrincante y cuando las capas de las vendas van cayendo, se descubren cuatro tuercas sujetas con cinta americana a los nudillos.
La multitud estalla con abucheos y empujones. El Buitre palidece cuando la gente se echa encima de la jaula y saca el teléfono del bolsillo de su chaqueta. Nadie oye lo que habla, pero pide un micro y el griterío de la gente disminuye esperando un veredicto.
—Por decisión del Cuervo… —comienza a decir el Buitre, y el sótano entero se silencia—. La pelea queda cancelada y la victoria es para Blackwood.
Los abucheos se mezclan con los aplausos.
Algunos protestan y otros vitorean, pero yo apenas escucho nada porque Axel se levanta, camina hasta el centro de la jaula y no hay un ápice de alegría en su rostro, solo hay dolor y malestar.
Y yo ahora mismo lo único que puedo pensar es que necesito llegar hasta él.
—Tengo que verlo —susurro y Beatrice asiente al instante.
—Ve, nosotras nos vamos con los chicos y me aseguro de que tu hermano no vaya a buscarte —me comenta mi amiga.
—Gracias.
No espero a que diga nada más; ya estoy caminando contracorriente entre la multitud. El corazón me golpea tan fuerte contra las costillas que me duele respirar, solo puedo pensar en Axel.
Cuando llego al vestuario, abro la puerta de golpe y lo encuentro sentado en uno de los bancos.
Está solo y tiene una toalla sobre los hombros.
Su cabeza está ligeramente inclinada hacia delante y puedo ver la sangre seca que le mancha la mejilla.
El pómulo empieza a inflamarse y, aun así, cuando levanta la vista y me encuentra en la puerta, me sonríe.
Lo hace de una forma tan auténtica y sincera que algo dentro de mí se rompe.
Porque todos ahí afuera ven a un monstruo, al luchador y al chico peligroso.
Muchos ven al campeón de Brakenhall, al hombre capaz de entrar en una jaula y destrozar a otro a golpes.
Pero yo no. Yo veo a un chico que lleva demasiado tiempo luchando solo, alguien siempre dispuesto a cargar con el peso de todos aunque eso signifique romperse por dentro, y las lágrimas llegan sin que pueda impedirlo.
—Eh, novata… —susurra cuando llego hasta él—. No llores.
Niego mientras me limpio la mejilla con el dorso de la mano.
—Mírate —balbuceo, y él baja la vista para hacerlo.
—¿Qué pasa? —pregunta y sonríe con torpeza—. Seguro que estoy guapísimo.
—Eres idiota —digo mientras una carcajada rota se escapa entre mis lágrimas.
—Y tú eres jodidamente preciosa.
Me lanzo a sus brazos sin pensar porque solo necesito comprobar que está bien. Axel me atrapa al instante y sus brazos me rodean con cuidado, como si yo fuera quien acaba de salir de la pelea.
Cierro los ojos y durante unos segundos me permito simplemente respirar, escuchar el latido de su corazón y sentir el calor de su cuerpo. Doy gracias porque está aquí conmigo.
Me obligo a apartarme de él. Voy hasta el pequeño botiquín que hay junto a la entrada y regreso con Axel.
Lo dejo en el banco y noto cómo me tiemblan las manos.
Axel se da cuenta, pero no dice nada. Permanece sentado mientras empapo una gasa con antiséptico.
Me coloco frente a él y empiezo a limpiar la sangre de su ceja con cuidado.
Axel aprieta la mandíbula cuando el antiséptico entra en contacto con la herida.
—¿Te duele?
—Nah.
—No me mientas —le pido y una sonrisa cansada baila en sus labios.
—Escuece un poco —confiesa y vuelve a sonreírme.
Maldita sea. Cuanto más me sonríe… más ganas tengo de llorar.
—No quiero ese dinero —La frase me sale sola y sin pensar.
—Dafne…
—Lo digo en serio —le aseguro mientras cojo otra gasa limpia—. No quiero que vuelvas a hacer esto por mí —Trago saliva—. Ese tipo podría haberte matado.
El recuerdo de los golpes vuelve a atravesarme con un escalofrío que me produce una sensación de impotencia.
Trago saliva aterrorizada al darme cuenta de que podría haberlo perdido.
La mirada de Axel se suaviza inmediatamente, levanta su mano todavía vendada y me acaricia la mejilla. No puedo contener las lágrimas.
—Lo sé. Sé que hablas en serio —susurra, mientras que con su pulgar borra las lágrimas de mis mejillas.
—Ningún dinero merece esto.
Durante unos segundos no responde; simplemente me observa pensativo y algo en su mirada que me deja sin aire: devoción, respeto, amor, como si yo fuera la única persona en este mundo.
Axel se pone de pie, me coge de la mano y tira suavemente de mí para abrazarme. Sus brazos rodean mi cintura, me acerca a él y apoya su frente contra la mía.
—Novata, si rechazas el dinero de esta pelea, se lo daré a Kael.
—¿Qué? —pregunto y me aparto unos centímetros para mirarlo.
—Es para vosotros y para Charlie.
Mi garganta se cierra y niego. Sé que lo dice en serio, pero no puedo aceptar un dinero que ha conseguido viendo cómo hacen daño a la persona que amo. Vuelvo a abrazarlo.
—Axel…
—No pienso quedarme ni un dólar, ese dinero es para vosotros —Su voz es firme e inquebrantable.
Las lágrimas vuelven a llenar mis ojos. Maldita sea. Axel sonríe y me besa. Nuestros labios buscan, se reconocen y durante unos instantes el mundo se queda en silencio. Solo estamos él y yo.
Cuando se separa apenas unos centímetros, nuestras frentes vuelven a encontrarse.
Permanecemos así, respirando el mismo aire y compartiendo el mismo silencio.
Después, se aparta lo justo para mirarme.
Y Dios… esa forma en que me mira debería estar prohibida, porque en sus ojos grises hay tanto amor que me deja completamente indefensa.
—Escúchame bien, novata. Si algún día tuviera que elegir entre el dinero y tú… —Hace una pausa y mi corazón se acelera cuando me sonríe de esa forma tan pícara que siempre consigue desarmarme—. Ni siquiera tendría que pensarlo, porque daría mi vida por ti.
El llanto me atraviesa sin control y me rindo a él. Axel acuna mi rostro entre sus manos y con su pulgar borra las lágrimas que empapan mis mejillas.
—No es justo —balbuceo y vuelve a sonreír.
—Claro que lo es.
—No.
Su frente vuelve a apoyarse contra la mía y cuando habla, lo hace tan bajito que siento las palabras tatuarse directamente en mi corazón.
—Lo es. Porque hay personas por las que merece la pena vivir, novata, y tú eres la razón por la que yo quiero hacerlo.
Noto que algo se rompe por completo en mi interior porque nunca antes nadie me había querido de una forma tan auténtica y desinteresada; nadie me había mirado jamás como si yo fuera el lugar al que volver para encontrar la paz después de la guerra.
Leo la verdad que muestran sus ojos y comprendo que el amor no siempre llega envuelto en promesas perfectas. A veces llega con un chico lleno de cicatrices, con los nudillos destrozados y que sonríe a pesar de todo.
Un chico que lleva demasiado tiempo salvando a todo el mundo menos a sí mismo y que, aun así, sigue encontrando motivos para sonreír cuando me mira.
Resulta casi imposible creer que detrás de esa colección de tatuajes, músculos y una mirada peligrosa que intimida a medio Brakenhall se esconda un hombre honesto, desinteresado y lleno de valores.
Y con él me siento completamente a salvo.
Porque Axel Blackwood se ha convertido en el lugar exacto donde quiero estar siempre.
Me está enseñando que también merezco vivir, amar y ser feliz.