CAPÍTULO 42
El vestuario del Nido del Cuervo siempre huele igual: a sudor, a nervios y peligro. Estoy sentado en uno de los bancos de madera mientras termino de vendarme los nudillos e intento ignorar el ruido amortiguado de la multitud que está esperando la pelea.
Esta noche necesito ganar más que nunca porque Dafne se merece tener la oportunidad de contratar un buen abogado que le ayude a recuperar a Charlie.
Termino de ajustarme las vendas, flexiono los dedos y, justo entonces, escucho pasos acercándose por el pasillo. Frunzo el ceño, ya que nadie debería estar aquí. Me quedo atengo y veo a Ethan aparecer sonriendo.
—¿Pero qué cojones haces aquí? —le pregunto.
Ethan ignora mi pregunta y mira a mi alrededor.
—Bonito sitio —ironiza.
—Hablo en serio.
—Yo también —continúa y mira las taquillas oxidadas y abolladas—. Falta una máquina de café.
—Largo.
—Qué carácter te gastas, Blackwood —se queja y entonces distingo una sombra detrás de mi amigo.
—¿Cómo te ha convencido este idiota para venir? —le pregunto a Apolo.
—En el campus se rumorea que te van a dar una paliza —me comenta—. No pienso perdérmelo.
—Joder… —mascullo.
Justo después de Apolo, veo llegar a Kael, que se apoya en una taquilla, se cruza de brazos y me observa en silencio. Durante unos segundos nadie dice nada, el silencio cae sobre el vestuario como una losa y me pongo de pie.
—¿Qué hace él aquí?
Kael tampoco parece especialmente feliz de verme, pero no se marcha. Se limita a mirarme y juzgarme como suele hacer siempre.
—Ethan dice que vas a pelear esta noche por Charlie —dice por fin.
—Sí.
—No lo hagas —me exige y resoplo.
—No me des órdenes —le advierto.
Apolo da un paso al frente e interviene antes de que nos enfrasquemos en una discusión como las de siempre.
—El tipo con el que peleas esta noche no para hasta dejar inconsciente al rival —me informa mi amigo.
—Lo sé.
—¿Y aun así vas a subir? —insiste Ethan para confirmar que estoy completamente loco.
—Sí —afirmo sin apartar la vista de Kael—. ¿Estás preocupado por mí, Mirror?
Su mandíbula se tensa y durante un instante parece debatirse entre mandarme a la mierda y responder. Finalmente, se pasa una mano por el pelo y asiente.
—Sí, capullo —asiente sorprendiéndome—. Puede que siga cabreado contigo.
—Eso es evidente.
—Y puede que sigas siendo el tío más desesperante que he conocido —añade.
—También es evidente.
—Y puede que hagas siempre lo que te sale de los huevos —continúa.
—Eso es verdad —interviene Ethan.
—Nadie te ha preguntado —le advierto.
—Continúa —dice Apolo disfrutando demasiado.
Kael niega un instante y resopla.
—Pero nunca dejé de considerarte mi hermano —confiesa.
El silencio nos abraza, aprieto la mandíbula y pienso en que, joder, llevo dos malditos años esperando escuchar algo parecido a una disculpa. Bajo la mirada porque de repente el vestuario parece demasiado pequeño.
—Fuiste un imbécil —le acuso, y Kael suelta una carcajada incrédula.
—¿Yo? —pregunta.
—Sí, tú.
—El impulsivo demente que decidió resolverlo todo a puñetazos fuiste tú —me recuerda Kael.
—Y volvería a hacerlo.
—Joder, Axel... —murmura Kael, pero lo ignoro.
—Solo intenté ayudar a Dafne —le explico.
—No pensaste en las consecuencias.
—Intenté arreglarlo.
—Pero demasiado tarde —me recuerda—. La separaron de Charlie, la hicieron sentir culpable por algo que jamás fue responsabilidad suya y me pasé meses sin saber adónde se la habían llevado.
—Lo sé.
—Meses, Axel —insiste.
Esta vez no puedo sostenerle la mirada porque no tengo argumentos con los que defenderme. El muy cabezota tiene razón, pero lo volvería a hacer mil veces aun sabiendo el precio que ella pagó.
—Lo sé —repito.
—No, no lo sabes —me grita.
—No debí darle solo una paliza a ese cabrón —mascullo—. Quizá debí matarlo por lo que le hizo.
El silencio que cae sobre el vestuario es pesado, incómodo y real. Ninguno de nosotros piensa que exagero; aquí todos sabemos exactamente de qué estamos hablando y lo que ese hijo de puta le hizo a Dafne.
Kael baja la mirada un instante y cuando vuelve a levantarla, ya no hay rabia. En sus ojos avellana solo queda el agotamiento.
—Eres desesperante —susurra y no puedo evitar sonreír.
—Tú tampoco eres precisamente un regalo —aseguro y, por primera vez en mucho tiempo, Kael sonríe.
—Lo sé.
—Siento todo lo que pasó después —Hago una pausa y trago saliva—.
Siento que los separaran y que no supieras dónde estaba Dafne durante meses.
Siento haberte arrebatado la posibilidad de protegerlos como hermano mayor —admito y veo que Kael aprieta la mandíbula—.
Pero no me arrepiento de haber ido a por ese hijo de puta, y mucho menos ahora que conozco a tu hermana.
Guardo silencio y sé que no es el momento de decirle que esa chica me gusta hasta la médula. Pero si algo tengo claro, es que volvería a hacerlo mil veces, porque desde que me crucé con ella y supe quién era, maldecí no haber podido evitarle todo ese sufrimiento.
Kael me observa unos segundos que parecen eternos y entonces suelta el aire lentamente como si por fin todas las barreras que levantó frente mí hace dos años se hubieran reducido a escombros.
—Gracias…
La palabra me golpea más fuerte que cualquier puñetazo porque llevo dos años esperando escucharla.
—Madre mía... —murmura Ethan, mirando de uno a otro—. Está ocurriendo.
—Calla y no lo estropees —masculla Apolo, aunque está sonriendo igual que un idiota.
—No, no. Esto no puede quedarse así —asegura Ethan.
Antes de que podamos reaccionar, veo cómo agarra a Kael por la sudadera y, al mismo tiempo, Apolo me empuja por la espalda hacia delante.
—¿Qué cojones hacéis? —protesto.
—Lo que tendría que haber hecho alguien hace dos años —responde Ethan poniéndonos a uno frente al otro.
—No necesito…
—Cállate, Blackwood —me ordena mi amigo y obedezco—. Llevo mucho tiempo viendo cómo os echáis de menos como dos imbéciles orgullosos y esto se acaba ahora —dice Ethan que nos mira a los dos y sé que no está bromeando.
—Porque los Lions somos cuatro tíos compartiendo el escudo de la fraternidad —interrumpe Apolo—. Y, además, nos hemos convertido en cuatro hermanos y ya estamos hasta los cojones de vuestras discusiones de enamorados.
—Tengo diecinueve años. Y puedo hacer lo que me dé la gana —asegura Kael mirándome serio.
—Pues compórtate como si los tuvieras —le recuerda Ethan.
Y antes de que ninguno de los dos pueda escapar, nos empujan al uno contra el otro. Literalmente.
—Abrazaos —nos ordena Ethan.
—Ni de coña —dice Kael.
—Abrazaos —repite.
—Ethan, vete a la mierda —sugiero.
—Abrazaos, cabrones.
Apolo se está partiendo de la risa y no puedo negar que yo también, porque la situación es tan ridícula que resulta imposible no hacerlo.
—Eres un capullo —me dice Kael, negando para sí mientras sonríe.
—Y tú un cabronazo —aseguro sonriente.
Después de una eternidad enfrentados, nos abrazamos. Es un abrazo torpe, terriblemente incómodo. Somos dos idiotas que han tardado dos años en admitir que se echaban de menos, pero este instante es suficiente para dejar atrás el orgullo y empezar de nuevo.
No sé cuánto durará esta tregua, porque estoy bastante seguro de que en cuanto descubra que llevo semanas besándome con su hermana, que la llamo cariño y que, probablemente, estoy más enamorado de ella de lo que debería, va a querer arrancarme la cabeza y cortarme la polla.
Aunque no tengo muy claro en qué orden ejecutaría el plan.
Lo único que sé es que va a merecer absolutamente la pena.
Cuando nos separamos, Apolo contempla la escena con una sonrisa satisfecha, sabedor de haber presenciado un milagro estadísticamente imposible. Ethan, en cambio, está mucho más emocionado y no para de aplaudir.
—¡Por fin! —exclama antes de lanzarse sobre nosotros—. ¡Joder! ¡Juntos los cuatro otra vez!
—Crowe, suéltame —gruñe Kael.
—Ni de coña.
—Me estás asfixiando —se queja.
—Es amor, Mirror.
Kael se echa a reír y, por primera vez en mucho tiempo, los cuatro hacemos lo mismo.
La puerta del vestuario vuelve a abrirse, nos separamos y nos giramos para ver aparecer al Buitre, que nos observa con el ceño fruncido.
—¿Qué es esto? —pregunta—. ¿Un grupo de fans?
—Algo parecido —responde Ethan.
El Buitre ignora la respuesta de mi amigo y mira a Apolo.
—¿Tú también quieres pelear aquí, Raven? —le pregunta con sarcasmo y Apolo lo observa con tanto asco como si acabara de preguntarle si quiere lamer el suelo de un baño público.
—Antes prefiero amputarme un brazo, gilipollas.
Kael rompe a reír, Ethan casi se atraganta de la risa y yo sonrío, porque solo Apolo es capaz de responder así de directo.
—Qué panda de inútiles —masculla el Buitre negando para sí antes de clavar los ojos en mí—. Blackwood, te toca.
Asiento y no digo nada. Al otro lado de la puerta, la multitud ruge. Es un sonido salvaje, primitivo y familiar; el rugido de cientos de personas esperando sangre. Mi sangre y la de mi rival.
Mi corazón empieza a acelerarse y la adrenalina recorre mis venas como fuego líquido.
Camino hacia la salida junto al Buitre y antes de cruzar la puerta, siento varias palmadas en la espalda.
Me giro antes de salir y veo a mis tres amigos, juntos como antes, como deberíamos haber estado siempre. Y de repente entiendo algo.
Quizá esta noche siga habiendo dinero, apuestas y tipos deseando verme caer, pero ya no entro en esa jaula solo. Porque, por primera vez en dos años, los Lions vuelven a estar completos.
El Buitre abre la puerta del pasillo que conduce a la jaula y una sonrisa carroñera se dibuja en sus labios.
—La pelea empieza en tres minutos —Hace una pausa—. Que gane el más útil.