Más allá del odio. CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

Durante unos segundos, ninguno de los dos habla. Ella sigue sentada en mi regazo, y yo solo puedo admirar su valentía por confiarme la parte más oscura de su vida.

No quiero que crea que siento lástima por ella, porque no es así. Lo que siento es una rabia que me quema el pecho, porque a pesar de que le di una paliza a ese cabrón, no me quedé satisfecho ya que se libró de la cárcel.

Recuerdo que el hijo de puta dio mi nombre a las autoridades y cuando mi padre se enteró, tuvo que pedir favores a altos cargos del FBI para que se hiciera la vista gorda y excusaran la paliza como una cosa de críos.

Sé que me compliqué la vida por ella hace dos años, y lo que no sabe es que volvería a hacerlo sin dudar.

—Después de salir de aquella casa... sí hablé —susurra Dafne, rompiendo el silencio—. Denuncié y declaré todo lo que había pasado.

—Lo sé —comento orgulloso de mi chica.

—Empecé a ir a terapia y estuve un año yendo a una psicóloga —respira hondo—. Aprendí a dejar de sentirme culpable, porque nunca fue culpa mía, solo fui una víctima.

—Tú eras una cría de quince años y él tenía cinco años más que tú —añado y ella asiente.

Noto un nudo mudo que me cierra la garganta. Trago saliva. Mi chica es una guerrera.

—Hablar con mi psicóloga me ayudó a sanar…

La habitación vuelve a quedarse en silencio. Aprieto la mandíbula y respiro intentando mantener el control. Porque si ese hijo de puta estuviera delante de mí ahora mismo, no sería capaz de responder de mis actos.

—No se lo he contado a nadie porque hay una cosa que no soporto —vuelve a susurrar.

—¿El qué, cariño? —pregunto paciente, colocando un mechón de pelo detrás de su oreja.

—No quiero que descubran mi historia y me miren con lástima —responde y niego antes incluso de darme cuenta.

—Yo nunca te he mirado con lástima. No te veo así… —le aseguro y veo cómo frunce ligeramente el ceño.

—Entonces ¿qué ves? —cuestiona humedeciendo sus labios.

La observo en silencio maravillado, porque es preciosa, lista, divertida y luchadora. Y sé que merece escucharlo todos los días de su vida.

—Veo a la chica más valiente que he conocido en mi vida. La chica que sonríe, aunque su mundo se haga pedazos, la que es divertida, ingeniosa, comprensiva y maravillosa. Eres bondadosa con todos, empática y, aunque eres un poco cabezota…, eres perfecta Dafne.

Sus ojos se llenan de lágrimas otra vez al oír mi declaración, niega para sí intentando evitar que caigan y sonríe de la forma más auténtica que conozco.

—Te quiero, Axel Blackwood.

—Te adoro, Dafne Mirror —confieso atrapando sus labios.

Mis manos agarran su trasero y la acerco con suavidad. Me recuesto en la cama y ella cae encima de mí. No sé el tiempo que pasamos entre besos y caricias, pero de repente se aparta un poco y me mira con curiosidad.

—Si ya sabías mi historia, ¿por qué nunca intentaste que te la contara?

—Porque sabía que lo harías cuando estuvieras preparada —confieso—. Quería que fueras tú quien eligiera dónde y cuándo.

La veo relajarse, como si acabara de soltar una mochila cargada de piedras que llevaba demasiado tiempo sobre sus hombros y sonríe.

—Siento que me he quitado un peso de encima.

—Lo sé —susurro mientras acaricio su mejilla con mi pulgar—. Ya no tienes que cargar con todo tú sola.

—Gracias por defenderme hace dos años.

—Gracias a ti, porque ese día entendí que no todos los monstruos ganan.

Dafne sonríe mientras se aparta de mí y se tumba a mi lado. Observo su mirada cargada de anhelo y deseo mientras que con sus dedos acaricia mi vientre y mi pecho.

—Sois dos orgullosos —comienza a decir y no necesito preguntarle a quién se refiere.

—Sí. Lo reconozco. Para qué negarlo.

—Todavía podéis arreglarlo —me sugiere y sonrío sin humor.

—Hay amistades que se rompen sin remedio —le aseguro mientras sus dedos se deslizan hasta mi corazón, con tanta ternura que me desarma más que cualquier beso.

—También hay huesos que se rompen y luego se vuelven a soldar —me replica divertida.

—Cuando Kael descubra que estamos juntos… Me va a odiar un poco más.

—Puede que sí… o puede que no. Solo tienes que comprobarlo —me sugiere.

—¿Quieres que compruebe si tu hermano decide torturarme o matarme? —pregunto divertido y ella suelta una carcajada.

—Es un riesgo que tendremos que correr —bromea.

Durante un segundo, intento mantenerme serio, pero no puedo. Se me escapa una carcajada y empiezo a reírme. Me ha dado un ataque de risa. Ella abre mucho los ojos y empieza a reírse conmigo. La abrazo y me mira sorprendida.

—¿Qué? —pregunto.

—Nunca te había oído reír así.

—Será porque nunca había tenido tantos motivos para hacerlo —confieso.

Rozo mi nariz con la suya y ella responde con un beso pequeño, lento, como si quisiera memorizar el momento. Cada vez que sus labios encuentran los míos tengo la sensación de que el mundo deja de hacer ruido.

Solo existimos nosotros.

Se acomoda entre mis piernas y apoya sus manos sobre mi pecho.

Puedo sentir el ligero temblor de sus dedos acariciando mi torso desnudo.

Me besa con pasión y cuando el beso cesa, me da un pequeño mordisco en el labio inferior.

Ella se aparta un poco y la observo serio mientras le acaricio la espalda.

Me ha puesto a cien, y no es consciente de ello.

—Cariño, no tienes que demostrarme nada.

—Quiero estar contigo —me asegura.

—Ya estás conmigo —le respondo con obviedad.

Ella resopla y pone los ojos en blanco.

—Sabes perfectamente a qué me refiero —dice de forma atropellada.

—No, novata, tendrás que explicarte mejor —insisto porque me gusta incordiarla.

—Quiero que, bueno…, quiero dar este paso contigo. Nunca he estado con nadie por mi propia voluntad y necesito una primera vez que sea decisión mía.

—Lo sé —digo apretando la mandíbula.

—Hay días en los que todavía recuerdo cosas que desearía olvidar, pero ya no siento vergüenza. Solo... solo necesitaba encontrarte. Confío en ti —me confiesa avergonzada. Levanto mi mano y aparto un mechón de pelo de su cara.

—Mírame —le pido—. Vamos a crear juntos nuevos recuerdos. Sin miedos, donde siempre seas tú quien decida. Conmigo olvidarás lo que te pasó hace dos años.

Dafne me observa en silencio y sé que no se merece recordar ni un segundo más lo que le sucedió en aquella casa. Así que aparto la oscuridad y me centro en mi chica.

—Mi madre suele decir que el amor de verdad nunca huye.

Espera pacientemente. Escucha y te cuida —susurro con cariño y acaricio su mejilla con la yema de mis dedos—.

Y eso es exactamente lo que haré contigo.

Hoy, mañana, dentro de un mes o dentro de un año.

No me importa esperar el tiempo que haga falta.

—Me siento completamente segura.

Durante un instante, me quedo sin respiración y siento que el corazón se me va a salir del pecho. Porque confía en mí. Y puede que ella no lo sepa, pero pienso borrar cada amargo recuerdo de su pasado aunque me lleve toda la vida.

—En ese caso, soy todo tuyo, cariño —declaro con una felicidad que es imposible ocultar.

Dafne se humedece los labios y acorta la distancia que nos separa, vuelve a besarme y, en este instante, siento que nuestros corazones laten al unísono.

Estoy tumbado boca arriba en la cama sin apartar la vista de su mirada esperando a que ella marque el ritmo. Dafne lo sabe y sonríe.

Se acomoda a horcajadas sobre mí sin dejar de mirarme. Nuestras frentes casi se rozan y noto cómo sus manos se aferran a mis hombros. No decimos nada. El silencio está lleno de confianza y rompe todos los muros que había.

Dafne se acerca más y me besa mientras mis manos sujetan su cintura.

La distancia entre ambos queda reducida a cero y nuestros labios se funden con determinación y necesidad como si fuera la primera vez que lo hacen en mil años.

Mi lengua acaricia la suya y su dulce perfume me excita y me hace caer en una vorágine de emociones que me hace sentir el hombre más afortunado sobre la faz de la tierra.

Nos besamos sin prisa, con hambre y deseo, hasta que llega un momento en el que ya no sé dónde termina mi respiración y empieza la suya. Ojalá pudiera detener el tiempo y guardar estos instantes para siempre. Dafne se aparta un poco, pone su mano sobre mi corazón y sonríe volviéndome loco.

—Ven aquí —ordeno, besándola de nuevo mientras que ella enreda sus dedos en mi pelo.

Mis labios abandonan su boca para seguir dándole besos en el cuello, mientras deslizo una mano por debajo de su falda hasta llegar al filo de sus braguitas. Acaricio con mis dedos sus pliegues húmedos llego a su centro; está muy mojada.

Dafne cierra los ojos al sentir mis caricias y suelta un gemido de placer. Se mueve para bajarse y se tumba a mi lado. Me giro hacia ella y, joder, es preciosa.

Mi erección crece y se endurece al sentirla tan mojada. Sin dejar de acariciarla, con cuidado, le introduzco un dedo mientras que con los otros sigo estimulando su clítoris. Trago saliva e introduzco otro dedo dentro de ella.

Dafne me responde con un jadeo que me excita aún más y me hace sonreír satisfecho.

Mantengo un ritmo lento, profundo y adictivo, mientras bebo de sus labios.

Me deleito en el jadeo entrecortado de nuestras respiraciones y sonrío dichoso al ver cómo arquea la espalda en busca de placer.

Mi polla se queja por querer salir de los pantalones.

—Axel, coge el preservativo —me ordena.

—Shh… no hay prisa, cariño. Tenemos tiempo suficiente —le aseguro besando su cuello e inhalando su dulce perfume.

—Está bien —susurra con una sonrisa pícara.

Agarra el filo de mi pantalón y tira de él para bajarlo junto con mis bóxeres. Noto cómo me agarra la polla y aprieto la mandíbula al sentir su mano moverse de arriba a abajo haciendo que me vuelva loco. Ella debe de notarlo, porque sonríe traviesa.

En este momento, una parte de mí quiere arrancarle la ropa, sentarla sobre mi escritorio y follarla de todas las maneras posibles que se me ocurran.

Pero no pienso hacerlo, porque este instante ya es perfecto.

Sigo acariciándola y noto cómo tiembla y gime a la vez.

Mis dedos entran y salen de ella. No le doy tregua, sus gemidos de placer son continuos y me excitan cada vez más.

Joder. Mi polla reacciona a sus caricias y me concentro en no correrme. Porque ahora mismo mi prioridad es que ella disfrute. Aprieto la mandíbula y le sostengo la mirada.

—Disfruta, cariño —le recuerdo y ella sonríe un poco más.

Me besa con tanto deseo y pasión que me consume. Mi lengua se enreda con la suya y sigo acariciándola con devoción. Dafne gime sin pudor y noto su cuerpo temblar y rozarse contra mí buscando alivio.

Aunque por fin su cuerpo parece empezar a relajarse, no puedo parar de besarla. Saco mis dedos despacio y ella abre los ojos. Yo la miro dichoso porque voy a recordar este momento toda mi vida. Dafne se quita el jersey y la falda, y yo sonrío y trago saliva al ver sus espectaculares curvas.

—Todo fuera —le ordeno incorporándome lo justo para poder desabrocharle el sujetador.

Sus pezones están duros y atrapo uno de ellos con mi boca. Mientras lo chupo, le quito las bragas y noto cómo ella intenta quitarme el pantalón que estaba enrollado en mis rodillas. Me río cuando pierde el equilibrio, la sujeto con cuidado y la tumbo de nuevo en la cama.

—¿Estás bien? —pregunto y ella asiente feliz.

—Estoy mejor que nunca —me asegura y suspira relajada.

Sus manos trazan caminos invisibles sobre mi piel y desprenden tanto deseo que me consume con cada caricia. Dafne coge de la mesita de noche el envoltorio plateado, lo rasga con los dientes y, por un segundo, tengo la sensación de que todo desaparece y solo quedamos nosotros dos.

Dafne vuelve a agarrar mi polla, la acaricia con la mano de arriba abajo, haciendo que todo mi cuerpo se estremezca, coloca el preservativo sobre la punta y lo desliza lentamente hasta la base.

—Dafne, quiero que te pongas encima de mí —susurro con la voz ronca por el deseo—. Quiero que seas tú quien tenga todo el control.

—No, no voy a saber hacerlo bien —murmura insegura y sonrío.

—Tú eres una jodida diosa y recuerda que no estás sola, que pienso agarrarte de las caderas y ayudarte a marcar el ritmo —le aseguro y asiente—. Confía en mí.

De nuevo, se sube a horcajadas sobre mí y agarro mi miembro, se coloca sobre mi glande y, un segundo después, noto cómo me hundo dentro de ella. Sus ojos se cierran, su cuerpo se tensa y su espalda se arquea.

Nuestras respiraciones son un desastre. Me muerdo el labio inferior para reprimir un gruñido de placer al sentir cómo empieza a moverse. Mis manos ascienden lentamente por sus muslos hasta sujetar su cadera y mis dedos se aferran a su piel.

Inclina su cuerpo hacia mí y pega sus pechos a mi torso.

Sus dedos se entierran en mi pelo y mi boca busca la suya.

Mis manos siguen aferradas a sus caderas y la guían en una danza rítmica que nos lleva al límite.

El placer se acumula en mi vientre con cada vaivén, con cada fricción deliciosa de nuestros cuerpos.

Sus manos descienden hasta mis hombros y clava sus uñas en mi piel cuando una nueva oleada de placer la sacude.

—Axel… —jadea contra mi boca y siento cómo su cuerpo se tensa con cada nueva embestida.

—Déjate llevar —mascullo.

Ella tiembla sobre mí, una de mis manos busca su nuca para acercarla más.

Uno nuestros labios para atrapar su boca en un beso hambriento y primitivo.

Su lengua devora la mía con una desesperación que me enciende aún más, mientras mi cadera se alza para entrar todo lo posible en ella.

Un gemido se escapa de sus labios cuando las embestidas se hacen más profundas y rítmicas.

—Dafne —susurro su nombre en su boca.

Sigo moviéndome para ayudarla a marcar el ritmo que nos arrastra hasta la locura y, finalmente, el éxtasis nos golpea con una fuerza brutal. Dafne se arquea sobre mí y noto cómo me sacude el placer. Aprieto la mandíbula mientras me aferro a ella y nuestros cuerpos se rinden por completo.

Dafne se deja caer sobre mi pecho y sé que puede oír mi corazón desbocado y seguro que siente cómo me arde la piel. Mis brazos la envuelven con devoción y le acaricio la espalda con pequeños círculos lentos. Inhalo su aroma, dulce y a vainilla, sonrío contra su pelo y beso su frente.

—Novata… —susurro contra su pelo—. Ojalá pudieras verte durante un segundo con mis ojos, porque nunca volverías a dudar de lo increíble que eres.