CAPÍTULO 39
La semana se me ha escapado sin darme cuenta.
Entre clases, trabajos del periódico y los primeros turnos en el Isabella's, apenas he tenido tiempo para pensar.
Trabajo tres horas por las tardes ayudando a Daniela mientras aprendo cómo funciona el local y vuelvo a casa tan cansada que muchas noches me quedo dormida con los apuntes abiertos sobre la cama.
Y, pese a todo, nunca había sido tan feliz aun estando agotada.
Con Axel sigue todo igual. Nos robamos besos entre clase y clase, compartimos apuntes en la biblioteca y fingimos que solo nos soportamos cuando Kael aparece por sorpresa.
Hoy es domingo. Axel me manda un mensaje diciéndome que Kael no estará en la casa porque se ha marchado con Apolo para revisar su moto. Me comenta que tendrán para largo, así que viene a recogerme.
Cuando entramos en su casa, Ethan sale de su habitación con una bolsa enorme de patatas fritas. Nos mira sonriendo y levanta una ceja, a la vez que hace el gesto de cerrarse la boca con una cremallera imaginaria.
—Yo no he visto absolutamente nada, ni a nadie —afirma.
Sigue caminando como si tal cosa hacia la cocina, pero a medio camino se gira.
—Pero, por si acaso, procurad no traumatizarme.
—Lárgate, Crowe —replica Axel riéndose.
—Con muchísimo gusto.
Desaparece silbando y entro en su habitación negando para mí.
—No dirá nada —afirma Axel.
—Lo sé.
Axel cierra la puerta tras él y aunque solo he estado aquí la noche que Kael tuvo el accidente, me sigue resultando todo muy familiar. Axel coge los apuntes del escritorio y se sienta en la silla, mientras que yo me quito las deportivas y me siento en la cama.
—Venga, novata. Vamos a intentar que sea un día productivo —comenta y asiento.
—Tengo que releer lo que tengo escrito sobre ti para el artículo —le digo sacando mi portátil de la mochila.
—Vale, y yo tengo examen de Anatomía el martes.
Durante casi media hora intentamos comportarnos como dos estudiantes responsables. Él memoriza músculos y yo reviso el borrador del artículo. Hasta que me echo a reír al leer que Axel Blackwood es un estudiante serio y responsable.
—¿Qué? —pregunta.
—¿En qué momento escribí que eras un tipo serio y responsable?
—Lo soy —afirma y levanto una ceja.
—No lo eres.
—En ese caso…
Axel deja sus apuntes sobre el escritorio, se levanta de la silla y se quita la camiseta. No puedo evitar reírme. Él me mira fijamente mientras camina despacio hacia mí. Reconozco esa mirada.
—No —murmuro entre risas y él sonríe.
—No ¿qué?
—Ni se te ocurra —le advierto—. Tenemos que estudiar.
—Me vendría bien practicar… para mejorar en anatomía —bromea mientras se sigue acercando despacio.
Intento ignorarlo y finjo que leo el borrador. Lo intento, pero me resulta imposible concentrarme cuando Axel Blackwood está de rodillas en la cama y me mira como si fuéramos las dos únicas personas del mundo.
—¿Qué? —pregunto.
—Nada.
—Eres una mala influencia —digo sonando muy poco convincente y él sonríe un poco más.
—Y tú estás muy guapa cuando finges que puedes concentrarte.
—De verdad que intento terminar este tercer borrador; tengo que presentárselo a Alan —le explico.
—Lo sé —susurra relajado.
—Entonces, no me distraigas.
—Pues deja de morderte el labio, porque luego pasa lo que pasa.
No me da tiempo a darle replica, porque se inclina hacia mí, coge mi portátil con cuidado y lo deja al lado. Me besa. Sus labios acarician los míos despacio mientras su mano acaricia mi cintura y la mía sube por su espalda desnuda hasta su nuca.
—Admite que no eres capaz de estudiar con mi presencia —le comento y él sonríe.
—No.
—Yo tampoco —coincido y sonrío—. Menudo par.
—El peor.
Me da un nuevo beso, luego otro y luego otro más. Mis dedos recorren su pecho hasta detenerse sobre las palabras tatuadas en las que pone «No gods. Only demons». Las acaricio muy despacio y las miro un segundo pensativa.
—¿Qué significa? —le pregunto con curiosidad.
—De pequeño creía que los héroes existían —comienza a decir y suspira—. Hasta que conocí la verdadera cara de mi padre. Empezaron las palizas y comprendí que no había ningún héroe para salvarme. También descubrí que los monstruos eran reales.
Se me encoge algo dentro del pecho al oír esa declaración y él baja la vista hacia el tatuaje un momento, pero luego vuelve a mirarme a mí y sonríe.
—No hay dioses. Solo demonios… —susurro leyendo el tatuaje.
—Durante mucho tiempo pensé que no existía la bondad, hasta que te conocí a ti.
No sé qué responder, solo sonrío y deslizo la yema de mis dedos un poco más abajo, hasta las coordenadas tatuadas sobre sus costillas.
—¿Y estas? —pregunto y Axel baja la vista a los números.
—Es el lugar dónde entendí por quién iba a pelear el resto de mi vida.
—Emma y tu madre —especulo y él asiente.
—Voy un momento al baño —dice incorporándose.
Asiento y lo veo salir. Cierro la pantalla del portátil, lo cojo, lo dejo en el escritorio y paseo la vista por la habitación. No estoy cotilleando, solo observando.
El aire que entra por la ventana mueve ligeramente el corcho que hay colgado frente al escritorio y una fotografía cae al suelo. Me agacho para recogerla y cuando la miro, me quedo completamente inmóvil.
Son cuatro chicos cubiertos de barro hasta las cejas.
Ethan hace una mueca ridícula a la cámara.
Apolo pone los ojos en blanco, como si ya entonces estuviera cansado de aguantarlo.
Kael se ríe con la cabeza echada hacia atrás y Axel…
Axel rodea a mi hermano por los hombros con una sonrisa tan despreocupada que casi cuesta reconocerlo.
Detrás de ellos hay un circuito de motocross y, sobre la fotografía, hay escrito con un rotulador negro «Feliz cumpleaños, capullo. The Lions Kings». La fecha es de agosto de hace dos años.
Escucho a mi espalda la puerta cerrarse. Me giro y ahí está Axel, que me observa y se percata de la fotografía que tengo en la mano. Su sonrisa se desvanece.
—Erais felices... —murmuro, mientras que sus ojos permanecen clavados en la fotografía.
—No sabíamos la suerte que teníamos.
Vuelvo a mirar la imagen. Eran buenos amigos, y ahora apenas son capaces de soportar uno la presencia del otro.
—¿Qué pasó? —pregunto tragando saliva, y el silencio vuelve a llenar la habitación.
Por un instante, pienso que no va a responder. Axel se sienta en el borde de la cama y se frota las manos una contra otra.
—Éramos inseparables. Tu hermano era la primera persona a la que llamaba cuando me pasaba algo y yo era la suya —afirma y baja la mirada—. Hasta que dejamos de serlo.
—Eso ya lo sé… Pero no has contestado a mi pregunta —comento.
Axel levanta la vista hacia mí y sonríe sin humor.
—Porque los dos somos idiotas. En septiembre de aquel verano, Kael volvió de visitaros un fin de semana y lo hizo roto. Solo repetía una frase una y otra vez.
La angustia y el dolor me oprime el corazón. Trago saliva, porque sé qué pasó en septiembre de hace dos años, y cierro los ojos
—Me confesó que algo iba mal y que algo horrible te estaba pasando.
Siento que un nudo empieza a cerrar mi garganta. Mi pulso se acelera y mi respiración empieza a volverse errática. Axel no deja de mirarme ni un solo segundo y, entonces, soy consciente de que él lo sabe.
—Charlie le había contado a Kael que el hijo de los dueños de la casa de acogida tenía unos años más que tú y que entraba por las noches en tu habitación —afirma y siento que el aire desaparece de mis pulmones—. Y que después te oía llorar hasta quedarte dormida.
Aprieto los dedos alrededor de la fotografía y noto cómo las lágrimas empiezan a empañar mis ojos.
—Tú lo negaste por miedo a ese cabrón, y Kael no te creyó —me cuenta—. Le dije de ir a la policía. Teníamos que hacer algo, pero tu hermano quería sacaros de esa casa y me decía que solo necesitaba un poco más de tiempo.
—No quería que me separaran de Charlie —susurro. Él asiente mientras aprieta la mandíbula.
—Así que, como nunca he sido muy paciente, no le hice caso a tu hermano y al día siguiente fui a buscarlo.
—¿Fuiste tú? —pregunto comprendiendo el resto de la historia y él lo confirma.
—Sí. Esperé a ese tal Jeremiah y, cuando salió de la casa, hablamos.
—¿Hablasteis? —pregunto incrédula.
—Bueno, tal vez tenemos conceptos diferentes sobre cómo mantener una conversación.
Durante un segundo casi consigo sonreír. Axel coge mi mano, tira de mí y me sube a su regazo. Por un instante ambos guardamos silencio, mientras él borra con sus pulgares las lágrimas que humedecen mis mejillas.
—El muy cerdo me confesó que se divertía contigo… —susurra serio.
—Entraba todas las noches.
—Lo sé —afirma serio, y ya no puedo contener las lágrimas.
—Tenía miedo… Me aseguró que si hablaba nadie me creería, porque él diría que todo era culpa mía, y me separarían de Charlie —confieso—. Y fue exactamente lo que pasó. Me separaron de Charlie y estuve sin verlo durante dos meses.
Axel cierra los ojos con fuerza, como si acabara de recibir un golpe, y niega para sí.
—Fue culpa mía —se lamenta.
—No.
—Si yo no le hubiera dado aquella paliza a ese malnacido, todo hubiera sucedido de forma diferente. Te hice daño, Daf. Sin saberlo te perjudiqué.
Ahora soy yo quien sujeta su rostro entre mis manos para obligarlo a que me mire.
—No. Tú no hiciste nada malo —niego, aunque las lágrimas siguen cayendo por mi rostro—. El hijo de puta que entraba cada noche en mi habitación sí lo hizo.
Durante unos segundos nos miramos y comprendo por qué Kael no se habla apenas con él… Lo culpa de lo que pasó hace dos años.
Jeremiah recibió una brutal paliza que lo mantuvo ingresado tres semanas en el hospital con tres costillas fracturadas y la nariz rota. A partir de ahí, mi vida se sacudió hasta los cimientos.
Al principio, nadie me creyó.
Los padres de Jeremiah decían que yo fui la que se le insinuó a su hijo y que mi hermano envió a alguien para que le diera una paliza.
Sé que no tuvimos pruebas suficientes y no pudimos hacer justicia, pero los servicios sociales me sacaron de esa casa y a Charlie también. Nos separaron y fue cuando, de verdad, me sentí completamente hundida, sola y desamparada.
Axel contiene la respiración y, de forma inconsciente, acaricio con la yema de mis dedos la cicatriz de su ceja. Pienso en lo que hizo por mí cuando ni siquiera me conocía.
—Por eso aquella noche en el Nido del Cuervo perdiste el control cuando aquel cliente quiso tocarme —susurro y él asiente lentamente.
—Sí —Hace una pausa y mantiene sus ojos sobre los míos—. Me volví loco hace dos años cuando el cabrón me confesó todo lo que te hacía. No podía permitir que la historia se repitiera.
—Gracias… Llevas dos años intentando protegerme sin que yo supiera siquiera que existías —digo en un susurro y noto cómo mi voz tiembla.
Axel niega y me sonríe cansado.
—No, novata… Llevo dos años deseando haber llegado antes.