Más allá del odio. CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

Las agujas del reloj de la redacción marcan las ocho y cuarto de la tarde cuando Alan da por terminada la reunión. Ha sido una tarde larga de un día que se me ha hecho interminable. Entre las clases y trabajar en las correcciones sobre el artículo de Axel, apenas he tenido tiempo para pensar.

Recojo mi mochila, me despido de mis compañeros y bajo las escaleras del edificio del periódico. Antes de salir saco el móvil del bolsillo y leo un nuevo mensaje de Axel.

Axel:

¿Me concedes una cita, novata?

Una sonrisa estúpida se dibuja en mi cara antes incluso de responderle, porque en cuanto levanto la vista lo veo apoyado en una farola, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y el nudo de la corbata ligeramente aflojado.

—¿No podías esperar a que Beatrice me maquille? —pregunto risueña y él niega con absoluta naturalidad.

—No, porque me moría de ganas de…

Acorta la distancia que nos separa y, aunque miro alrededor por puro instinto, cuando llega a mí, me rodea por la cintura con un brazo y me acerca suavemente hasta que no hay espacio entre nosotros.

Después me besa despacio y noto cómo se deleita acariciando su lengua con la mía.

Cuando nuestros labios se separan no puedo evitar reír y niego para mí.

—Kael puede vernos —le recuerdo y él sonríe relajado.

—Mejor.

—¿Mejor? —pregunto y él asiente feliz sin soltarme.

—Así nos ahorramos tener que explicárselo —afirma y le doy un pequeño golpe en el pecho.

—Estás loco.

—Probablemente —acepta—, porque estoy loco por ti, novata.

Me emociona la seguridad con que lo dice y siento cómo mi pecho se infla de felicidad justo cuando mi corazón se salta un latido al oír su declaración.

Axel entrelaza sus dedos con los míos con naturalidad, tira de mí y caminamos por el campus.

—¿Qué tal la reunión con el decano? —le pregunto impaciente, porque llevo toda la tarde dándole vueltas a lo mismo.

Noto cómo su mano se tensa alrededor de la mía; es algo sutil y efímero, pero lo percibo. Y también me doy cuenta de que tarda en responder.

—Al final no era una reunión, era una encerrona —me aclara esbozando una sonrisa amarga.

—¿Qué quieres decir?

—Estaban mi padre, el de Apolo y el decano, que ya sabes que es el padre de Ethan —responde.

—¡¿Qué dices?! —exclamo sorprendida y él asiente—. ¿Y qué pasó?

—Pues… —comienza a decir pensativo—. El padre de Ethan acordó que se olvidaría todo lo sucedido, pero que tenemos un aviso.

—¿Solo eso? —cuestiono.

—Sí —afirma—. Son perros viejos y ladran mucho, pero esta vez no nos han mordido —bromea. Se detiene para mirarme pensativo y me acaricia la mejilla con el pulgar—. Todo está bien.

Lo observo unos segundos y sé que no me está contando todo. Continuamos caminando en silencio, pero sé que si no quiere hablar de ello, es porque necesita tiempo. No quiero presionarlo, así que cambio de tema.

—Yo también he hablado con la asistenta social —comienzo a decir.

—¿Qué te ha dicho?

—Que Charlie necesita estabilidad —respondo, bajando la mirada al suelo, porque esas palabras siguen doliendo igual que esta mañana—. También un hogar y una familia con un mínimo de recursos y no dos estudiantes intentando sobrevivir al día —respiro hondo—, y me temo que quizá tenga razón.

Axel se detiene, me mira y aunque esquivo su mirada, porque me duele pensar que esté en lo cierto, él sujeta con suavidad mi barbilla para elevar mi rostro y sostenerme con sus ojos grises.

—No —me asegura y sonrío con amargura.

—Axel…

—No, Dafne, encontraremos la manera de demostrarle que se equivoca.

Lo dice con tanta seguridad que resulta imposible no creerlo.

Y ha dicho encontraremos. Habla de nosotros, y eso me hace sentir que cada día estoy menos sola en esta vida.

Y quiero creerle porque en su mirada hay tanta determinación que me hace soñar con que es posible encontrar la manera de que Charlie viva con nosotros.

—No pienses tanto —susurra.

—No puedo evitarlo—confieso.

Axel suspira, me observa serio y finalmente apoya su frente contra la mía.

—Vamos, cariño. No puedo verte así.

En este instante siento que el tiempo se detiene, parpadeo confundida y él también parece darse cuenta de lo que acaba de decir.

—¿Qué?

—¿Qué de qué? —pregunta y no puedo evitar sonreír.

—Acabas de llamarme cariño.

—Puede… y me gusta cómo suena —confiesa haciendo que aparezca ese hoyuelo en su mejilla que solo se muestra cuando sonríe de verdad.

Mi sonrisa se hace un poco más grande y me pongo de puntillas para volver a besarlo.

Cuando entramos en el Isabella's, el local está lleno como siempre de estudiantes que quedan para cenar.

Suena música de fondo y los camareros cruzan el comedor cargando bandejas mientras el olor a pan recién tostado, carne a la plancha y patatas fritas invade todo el local.

Nos sentamos a una mesa junto al ventanal. Daniela aparece casi al instante.

—¿Sabes que ahora mismo eres la chica más envidiada de este restaurante? —me dice Daniela señalando a Axel con el bolígrafo, y yo abro los ojos como platos.

—¿Perdona? —susurro sorprendida y miro a Axel, quien se recuesta tranquilamente sobre el respaldo de la silla con una sonrisa de engreído.

—Cuando habéis entrado, la mitad de las chicas de este restaurante os ha mirado con una mezcla de sorpresa y envidia —me asegura Daniela.

—¿Y la otra mitad?

—Posiblemente ya conocen a Axel o son lesbianas —bromea mirando con complicidad a Axel.

—Pues que se vayan acostumbrando a verme con mi chica —sentencia Axel, y siento cómo me arden las mejillas.

—Axel…

—¿Qué tiene de malo? —me pregunta encogiéndose de hombros mientras me mira como si acabara de decir la cosa más normal del mundo.

—¡Kael! —le recuerdo con obviedad.

—¿Kael no lo sabe? —pregunta Daniela y al ver que los dos guardamos silencio, sonríe—. Tranquilos. Voy a un par de clases con él, pero sé guardar un secreto. Seré una tumba —me promete con un guiño.

—Gracias. Es que no encontramos el momento de hablar con él —confieso.

—Bueno, pues ya sabes, Blackwood, procura tener las manos y la boca lejos de la hermana de Mirror mientras estás aquí.

—Lo intentaré, aunque no prometo nada —replica y no puedo evitar reír.

—Ahora sí. ¿Qué os pongo? —nos pregunta Daniela con la tablet en la mano.

—Acordamos que dos menús completos —respondo sin dudar—. ¿Qué vas a beber Axel? —me dirijo a él y me mira divertido.

—Tienes mucha hambre, ¿eh, novata?

—Mucha —digo con obviedad y él sonríe, negando para sí—. ¿Qué pasa?

—Nada. Me encanta que seas así —confiesa.

—¿Así cómo?

—Auténtica. La mayoría de las chicas, durante una cita, se pasan media cena diciendo que no tienen hambre. O, al menos, eso cuentan siempre mis colegas.

—Doy fe de ello —añade Daniela sonriente.

—Pues pienso aprovechar la oportunidad de comerme una hamburguesa del Isabella's, y tal vez pida hasta postre —aseguro inclinándome hacia él, que sonríe un poco más.

—Esta es exactamente una de las razones por las que eres mi chica.

Y antes de que pueda responderle, se inclina hacia mí y me da un beso rápido.

—Blackwood, tienes en poca estima tus pelotas si todavía no has hablado con tu cuñado, con el que todo el mundo sabe que casi no te hablas —le recuerda Daniela mientras anota en la tablet el pedido.

—Tienes razón Dani, pero la culpa es suya por provocarme —bromea—. Apunta dos refrescos, ¿te parece? —me pregunta y asiento feliz.

—Perfecto, dos menús completos y refrescos.

—Gracias —decimos al unísono.

La veo alejarse hacia la barra y miro a Axel, que me observa con tanta atención que parece que no existe nadie más a nuestro alrededor.

—¿Has tenido muchas novias? —pregunto con curiosidad.

—Ninguna.

—¿Ninguna?

—Nunca conocí a nadie que me interesara lo suficiente —confiesa, y su respuesta consigue ponerme nerviosa.

—Así que... ¿te parezco interesante? —dudo, y él sonríe despacio a la vez que se inclina hasta quedar a pocos centímetros de mi cara.

—No, novata —susurra mientras acaricia distraídamente mi mano sobre la mesa—. Interesante me parece un libro —Hace una pausa y sus ojos grises se clavan en los míos—. Tú me pareces un puñetero universo.

Dejo de respirar, juro que lo intento, pero soy incapaz de recordar cómo se respiraba antes de conocer a Axel Blackwood.

Él sonríe un poco más satisfecho de provocar ese efecto en mí. No me besa, aunque ganas no le faltan. Mientras esperamos a que nos traigan la cena, seguimos hablando y ante su pregunta sobre si he tenido antes novio, niego. Aunque soy incapaz de contarle mi nefasta experiencia con los chicos.

Cenamos sin prisa y me quedo tan llena, que le propongo un postre a medias. Nadie puede resistirse a un brownie de chocolate con helado de vainilla. Perdemos la noción del tiempo o, al menos, eso me pasa a mí cada vez que estoy con él.

Cuando Beatrice me escribe para preguntarme dónde estoy, me doy cuenta de que son más de las once de la noche.

Después de todo lo que ha pasado en los últimos días, necesitábamos este tiempo para nosotros.

Sin preocupación por mis hermanos, ni peleas clandestinas, ni miedo por mi padre…

solo nosotros. Pido la cuenta a Daniela y ella se ríe y niega con la cabeza.

—Olvídalo. Ya está pagada.

—¿Qué? —le pregunto y ella señala a Axel, que acaba de volver del baño.

—Mientras tú elegías postre, él ha pasado por la barra y ha pagado.

—¿Por qué has pagado todo? —le interrogo y él se encoge de hombros despreocupado.

—Es una cita —responde.

—Eso no significa que tengas que pagar tú —le aclaro.

—Para mí, sí, novata. Por cierto, Dani, he leído que seguís buscando personal.

—Sí, esta tarde hemos puesto el cartel.

Mi corazón da un pequeño vuelco y miro a mi chico, que sonríe y asiente despacio, como si adivinase mis pensamientos y me dijese ve.

—¿Tengo que traerte el currículum? —le pregunto a Daniela.

—No hace falta. Habla con Isabella, está en la cocina —me comenta, y Axel sonríe.

—Ahora vuelvo.

—Aquí estaré.

Daniela me guía hasta la cocina y cuando entramos, veo que aquí todo es movimiento de platos saliendo, comandas entrando, el chisporroteo de la plancha y el olor a carne recién hecha mezclándose con el de los últimos cafés de la noche.

Al fondo hay una mujer revisando unas facturas sobre una mesa de acero inoxidable.

Rondará los cincuenta años; tiene la piel morena, y el pelo negro recogido en un moño improvisado.

Lleva unas gafas apoyadas sobre la punta de la nariz y un delantal beige impoluto.

Cuando nos acercamos, levanta la vista y nos mira confundida.

—¿Qué ocurre, Dani?

—Ella es Dafne, y está buscando trabajo.

—Quería saber si... si el puesto sigue libre —digo.

Isabella me observa durante unos segundos. No son muchos, pero con su mirada parece que está considerando la posibilidad de si soy apta para el puesto.

—¿Quieres trabajar aquí, Dafne?

—Sí.

—¿Tienes ganas?

—Muchas —respondo sin dudar, y una pequeña sonrisa aparece en la comisura de sus labios.

—¿Tienes experiencia o tendremos que enseñarte desde cero?

—He trabajado como camarera durante casi un mes —comento mientras que ella cierra la carpeta que estaba revisando.

—¿Puedes trabajar después de clase y algún finde?

—Sí —asiento.

Ella guarda silencio un instante, mira a Daniela y luego a mí. Se quita las gafas y las deja sobre la mesa.

—Perfecto, apunta tu número y se lo das a Dani, y ya te llamo mañana para pedirte tus datos y preparar tu contrato.

—¿Eso significa que...? —comienzo a preguntar sorprendida, y ella sonríe con amabilidad.

—Que estás contratada, Dafne —confirma Isabella.

—Gracias... de verdad.

—No me des las gracias todavía —comenta mientras se cruza de brazos—. Dámelas cuando lleves un mes aquí y sigas sonriendo igual que ahora.

—Haré todo lo posible —afirmo sin poder evitar devolverle la sonrisa.

—Eso espero.

Daniela me pasa un bolígrafo y una libreta donde apunto mi nombre completo y mi número de teléfono. Daniela sonríe, me pasa un brazo por los hombros y tira de mí hacia afuera.

—Me alegra que vayas a trabajar conmigo, pero ahora vete con tu chico y disfruta, que luego no tendrás tantos días libres —bromea dándome un pequeño empujón hacia Axel.

—Gracias por todo.

—Nos vemos pronto.