Más allá del odio. CAPÍTULO 36
62%

CAPÍTULO 36

—Hola —dice sobre mis labios.

—Hola, guapo.

Axel levanta una mano despacio y me aparta un mechón de la cara para después dejar un beso suave en mi frente. Con ese pequeño gesto consigue deshacer el nudo que llevaba oprimiendo mi pecho toda la mañana.

—Creo que voy a tener que empezar a esconderme en mi propia casa para poder besarte —susurra risueño y no puedo evitar reír bajito.

—Pues no me beses —bromeo y una sonrisa aparece en la comisura de su boca.

—Joder, no puedo resistirme.

—Ah, ¿sí? —pregunto dándole un beso fugaz en los labios.

—Sí.

—Pues no pienso dejar de besarte —afirmo.

—Eso también me preocupa —replica y tiro de la tela de su sudadera para acercarlo un poco más.

—Mentiroso.

—Puede.

Axel sujeta con delicadeza mi barbilla y vuelve a besarme despacio sin importarle que mi hermano esté a unos metros de nosotros y pueda pillarnos.

Sus labios encuentran los míos con esa facilidad que ya me empieza a resultar peligrosa, porque con él me siento segura y capaz de todo.

Axel me rodea la cintura con más fuerza y siento cómo sus dedos se clavan en mis caderas.

Nuestras lenguas se encuentran, se deleitan y me hacen suspirar y perder la poca cordura que me queda.

Cuando nos separamos, nuestras frentes están apoyadas y los dos sonreímos como dos idiotas, mientras seguimos besándonos y acariciándonos.

—Como aparezca tu hermano... —susurra.

—Nos mata a los dos.

—Primero a mí —asegura.

—Y luego a mí —afirmo y me río tan bajito que apenas hago ruido.

Y, justo entonces, la puerta principal se abre de golpe.

Axel y yo nos separamos tan deprisa que casi me caigo de espaldas cuando lo hago.

Axel me sujeta con rapidez y, joder, casi me da un infarto.

¿Cuánto tiempo ha pasado? No puede ser que ya estén de vuelta.

Está claro que pierdo la noción del tiempo cuando estoy con él.

—¡Ya estamos aquí! Mirad quién ha venido con nosotros… —grita Ethan al entrar.

Me encamino hacia la entrada y veo a mi hermano con una mochila en la espalda. Por un segundo, mi cerebro deja de funcionar. Charlie está aquí. En cuanto me ve, su cara se ilumina con una sonrisa gigante.

—¡¡Daf!! —grita.

No recuerdo haber empezado a correr, solo recuerdo arrodillarme justo cuando él se lanza sobre mí. Lo abrazo tan fuerte que casi me duele.

—Hola, renacuajo... —susurro emocionada con la voz completamente rota.

—Te he echado muchísimo de menos —susurra Charlie que se aferra a mi cuello como si creyera que yo fuera a desaparecer.

—Yo también —confieso y siento que vuelve a abrazarme todavía más fuerte.

—Pensaba que hoy no os iba a ver —dice emocionado.

—Yo también lo pensaba.

—¿Qué coño...?

Kael aparece con el collarín puesto y cuando ve a Charlie, una sonrisa radiante se ilumina en su rostro.

—¡¡Kael!! —grita Charlie en cuanto lo ve y sale corriendo hacia él.

Mi hermano apenas tiene tiempo de reaccionar antes de que Charlie se le eche encima. Lo abraza con tanta fuerza que casi consigue tirarlo al suelo.

Kael cierra los ojos, supongo porque le duelen bastante las costillas, pero aun así lo abraza con fuerza.

Levanto la vista y veo la cara de orgullo de Ethan, mientras Apolo está apoyado en el marco de la puerta con las manos en los bolsillos y Axel permanece a mi lado observándolo todo.

—¿Cómo has conseguido que os lo dejen? —le pregunto a Ethan y él sonríe.

—Ya te lo dije pequeña Daf, esto solo es un secuestro con fines terapéuticos —me asegura sin importarle las consecuencias.

—Crowe... —se queja Kael, aunque suena muy poco convincente.

—Escúchame primero —lo interrumpe—. Hemos firmado un permiso para sacarlo unas horas.

—Después de decir unas cuantas mentiras —nos aclara Apolo.

—Pero mentiras útiles —se defiende Ethan.

—No quiero saber cómo lo habéis conseguido —añade Axel risueño.

—Créeme, Blackwood —presume Ethan guiñándole un ojo—. Cuanto menos sepas, mejor.

—Él me dijo que os iba a dar una sorpresa —comenta con inocencia Charlie.

—Pues nos la ha dado —confieso.

—Pequeño, hoy esta casa es toda tuya —afirma Ethan, revolviéndole el pelo—. Pero a las nueve nos vamos.

—Está bien.

—Eso está genial —remarca Kael.

—Charlie —dice Ethan mientras se remanga el jersey—. Hoy vas a descubrir por qué soy el mejor cocinero de esta casa.

—Eso es objetivamente falso —masculla Apolo.

—Ah, ¿sí? Pues mira y aprende.

—¡Yo quiero ayudar! —exclama Charlie.

—Perfecto, tú serás mi ayudante —le dice Ethan, que le coloca un delantal que encuentra en un cajón que le queda enorme.

—¿Qué tal estoy, Daf?

—Estás guapísimo, campeón —afirmo.

—Como un chef de metro veinte —especifica Ethan.

—Mido uno cuarenta y cuatro —se defiende Charlie, inflando su pecho y estirándose.

—Perdón, pequeño chef de uno cuarenta y cuatro.

Me apoyo en la encimera junto a Axel mientras observamos el espectáculo que nos está regalando Ethan. Son las doce y media de la mañana, pero él cree que es la hora perfecta para preparar la comida, y no me importa. Porque Charlie está feliz.

Cinco minutos después, la cocina parece una zona de guerra. Ethan se ha empeñado en hacer el pan de las hamburguesas y hay harina por la encimera y hasta en el pelo de Charlie.

—¿Cómo has conseguido lo de la harina en el techo? —pregunta Kael sin salir de su asombro.

—Eso me gustaría saber a mí —comenta Ethan mirando al techo y Charlie rompe a reír.

—¡Ha sido él! ¡Está loco! —exclama divertido mi hermano pequeño.

—¡Traidor! —exclama Ethan, que le hace cosquillas de las que intenta escapar entre carcajadas.

Cuando por fin consiguen hacer las hamburguesas, las tres primeras salen quemadas.

—Bueno, están crujientes —comenta Ethan cuando las pincha con la espátula.

Apolo se acerca y las mira con desaprobación, negando para sí.

—Esto no es carne, es carbón.

—Yo me como una —se anima Charlie con un tenedor.

—Ni hablar —le dice Ethan quitándole el tenedor—. No pienso intoxicar a mi rehén.

Menos mal, porque yo tampoco iba a permitir que se la comiera. Al final, acaban haciendo otra tanda y esta vez sí salen bien. Mientras Ethan termina de hacer las hamburguesas, pongo los cubiertos y los vasos alrededor de la mesa y pienso en que no recuerdo la última vez que tuve una comida así.

El almuerzo transcurre muy ameno porque Charlie habla sin parar. Le cuenta a Ethan que quiere aprender a montar en moto como Kael y le confiesa cuánto adora los dinosaurios. También que detesta el brócoli y que solo se lo come si le dejan ponerle kétchup.

Después de comer, todos recogemos la mesa y Charlie ve la PlayStation que hay junto a la televisión del salón.

—¿Podemos jugar? —propone mi hermano pequeño.

—No vas a perder una tarde con tus hermanos frente a una pantalla. Otro día jugamos. ¿Te parece?

—Vale… —acepta Charlie agachando la mirada al suelo.

—¡Eh! Enano, —lo llama Apolo—. ¿Te van los puzles? Necesito que alguien me ayude.

—Dafne, vamos a ayudarle —me pide Charlie animado y asiento.

—Claro. Vamos a sacar a Apolo de este apuro —respondo mirando al chico solitario que esconde un corazón más cálido de lo que aparentan sus tatuajes.

Apolo deja el libro que estaba leyendo sobre la mesa del salón y saca del mueble de debajo de la tele una caja con un puzle de cien piezas sin hacer. Nos sentamos en el suelo y durante un buen rato, guardamos silencio y solo buscamos las piezas.

Cuando creemos tener una de los bordes, se la doy a Charlie o a Apolo y ellos las colocan; y así una tras otra. Al cabo de un rato, Charlie mira con atención a Apolo, lo estudia e inclina su cabeza hacia un lado con absoluta curiosidad.

—Tú eres muy callado —afirma mi hermano, y Apolo ni siquiera levanta la cabeza.

—Alguien tiene que dejar que Ethan hable más —le responde.

Charlie tarda dos segundos en entenderlo y enseguida estalla en una carcajada que hace sonreír a Apolo.

No sé el tiempo que tardamos en acabar el puzle y justo cuando encaja la última pieza, Charlie se acerca a Axel, que está mirando vídeos de combates en su móvil.

—¿Tú peleas? —le pregunta con curiosidad y Axel asiente.

—Solo cuando hace falta —contesta relajado y Charlie parece pensar la siguiente pregunta.

—¿Duele cuando te pegan?

—A veces —responde y noto cómo Axel me mira, pero aparto la vista inmediatamente.

—¿Me enseñarías a defenderme? —insiste y todos los que estamos presentes miramos al pequeño.

El silencio que sigue se hace mucho más largo de lo esperado. Axel tarda en responder, se guarda el móvil en el bolsillo y me mira, como si estuviera pidiéndome permiso, entonces asiento.

—Claro colega. Ven, vamos al salón de juegos de Apolo —le pide poniéndose de pie.

Charlie no duda un segundo en seguirlo por el pasillo y llegan a una habitación que parece un gimnasio adaptado a la casa. Me quedo mirando a Axel, que empieza a darle nociones básicas de autodefensa, y pienso que algo horrible le debe estar pasando en esa casa para tener que pedir ayuda.

Axel le pregunta sobre la pelea que ha tenido y él le cuenta que hay un niño que duerme en la misma habitación que él y que anoche se empeñó en que Charlie durmiera en el suelo.

Era la segunda noche que lo obligaba y él decidió que no iba a pasar ni una noche más dejando que lo mandara.

Por eso se reveló, el niño le pegó y Charlie se defendió, pero cuando Mona entró al oír los gritos de los otros niños, al que castigaron fue a mi hermano.

Kael permanece sentado gran parte de la tarde en el sofá. Su cuerpo sigue magullado y esa es una de las razones por las que no participa demasiado, solo se limita a observar y a disfrutar de ver a Charlie revolotear por la casa.

Después de un buen rato en el gimnasio con Axel, Charlie vuelve al salón dispuesto a demostrarle a Ethan todo lo que ha aprendido y él acepta encantado.

—¡Cuidado con ese gancho! —protesta Ethan exagerando un golpe que apenas le roza el hombro—. Creo que me has desplazado un pulmón.

Charlie rompe a reír feliz y todos lo hacemos con él.