CAPÍTULO 35
Cuando llego a la casa de Kael, veo la bandera de los Lions colgada de la ventana del salón y percibo el olor a café recién hecho que invade toda la casa.
La televisión está encendida, aunque el volumen es tan bajo que apenas escucho las voces de los presentadores.
Kael está sentado frente a la isla de la cocina, terminándose un bol de cereales con el collarín todavía puesto.
Hace apenas unos días estaba inconsciente en el circuito de motocross y ahora protesta porque la leche ha reblandecido demasiado los cereales; es algo tan típico de él que me hace sonreír.
—Están asquerosos —gruñe dejando la cuchara dentro del bol.
—Hace treinta segundos decías que tenías hambre.
—Y la tenía —protesta.
—Pues cómetelos y no actúes como un niño malcriado.
Resopla con dramatismo y termina el desayuno dejando más de la mitad en el bol.
Lo veo tirar el resto a la basura y meter el recipiente de cerámica en el lavavajillas.
Mientras, dejo sobre la encimera una bolsa de papel con las galletas favoritas de Charlie.
Las compré cuando venía de camino, porque sé que le gustan y estoy deseando ver su reacción.
Kael también ha preparado una caja con unas zapatillas deportivas que le ha comprado.
Él se lava las manos, lo observo de reojo y dudo si sacar el tema, pero necesito hacerlo.
—¿Has sabido algo de papá? —pregunto y su expresión cambia al instante.
—Sí, ha conseguido el dinero —responde mientras se seca las manos con el paño de cocina.
—¿Cómo? —inquiero y él suelta una risa amarga.
—A saber, esa rata vendería un riñón por un sorbo de alcohol.
—¿Te dijo algo más? —insisto y trago saliva.
—Que nos volveremos a ver… Y colgó. Sé que nos joderá la vida justo cuando más felices estemos.
—Tal vez no vuelva.
—Ojalá, peque.
El silencio vuelve a instalarse entre nosotros; no hace falta decir nada más. El móvil de Kael empieza a sonar sobre la encimera, los dos miramos la pantalla al mismo tiempo y vemos que es la trabajadora social del centro. Mi corazón se acelera y Kael responde enseguida.
—Hola —dice y asiente varias veces, pero después su mandíbula se endurece.
—¿Qué ha pasado? —pregunto, pero mi hermano sigue atento a lo que le están diciendo.
—Entiendo… —Hace una pausa—. De acuerdo, adiós.
Cuelga y por su cara sé que algo no va bien.
—¿Qué ocurre? —le digo preocupada.
—Charlie está castigado —me comenta y siento que el alma se me cae al suelo.
—¿Qué?
—Dice que hoy no podremos verlo —me indica.
—No puede ser Kael… ¿Por qué?
—Dice que se ha pegado con un niño…
Lo miro sin entender absolutamente nada porque Charlie jamás pega. Ni cuando se ríen de él o cuando se enfada.
—Eso no tiene sentido… —comento en un susurro—. ¿Está bien?
—No ha querido decirme nada más.
Giro sobre mis talones y me paso una mano por el pelo frustrada. No puede estar pasando esto, nuestro hermano necesita vernos, saber que estamos para él. En ese momento, la puerta principal se abre de golpe.
—¡Buenos días, hermanitos!
La voz de Ethan llena toda la casa antes incluso de verlo aparecer. Entra con un café en una mano y las llaves del coche girando sobre el dedo índice.
Apolo viene detrás de él, con la paciencia de quien lleva soportándolo toda la mañana. Y Axel llega tras ellos; lleva una sudadera verde botella con el logo dorado de la universidad, la bolsa de deporte colgada de un hombro y el pelo todavía húmedo, como si acabara de salir de la ducha.
Nuestros ojos se encuentran apenas un segundo y noto que me dedica una sonrisa casi imperceptible.
Me tengo que contener las ganas de acercarme a él porque Kael está justo delante.
Y mi hermano ni se imagina que hace menos de doce horas me estaba besando con Axel dentro de su coche hasta que los cristales se empañaron por completo.
—Vale... —dice Ethan al ver nuestras caras—. He llegado en mal momento.
—Eso ya lo habíamos deducido todos —añade Apolo quitándole el vaso de café de la mano.
—Oye, que yo también soy observador —se queja el rubio que vuelve a mirar a Kael.
—Bueno, tío, aquí tienes las llaves de mi coche —comenta lanzándoselas y Kael las atrapa al vuelo—. Llévatelo como la otra vez, pero si le haces un solo rasguño me tendrás que lavar los calzoncillos hasta que te gradúes.
—No voy a conducir tu coche, Crowe —afirma mi hermano dejando las llaves sobre la isla de la cocina.
—¿Por el collarín? —pregunta y me mira—. Tú todavía no tienes carnet, pequeña Dafne, así que conduzco yo.
—No hace falta Ethan… —susurro y la sonrisa de Ethan desaparece.
Axel deja la mochila en el suelo sin apartar los ojos de mí y sé que es el primero en darse cuenta de que algo no va bien.
—¿Qué ha pasado?
Miro a Kael, que baja la vista y sé que no va a responderle. No sé si por orgullo o porque está más decepcionado que yo.
—Charlie está castigado —les informo.
Todos se quedan en silencio. Axel me sostiene la mirada y veo cómo su mandíbula se tensa y sus puños se cierran.
—¿Cómo qué castigado? —pregunta Apolo.
—Dicen que se ha pegado con un niño y lo han castigado sin visita —explica Kael.
—Eso no me cuadra —murmura Ethan, que frunce el ceño inmediatamente.
—¿Cómo dices? —me extraño y él se encoge de hombros.
—Charlie es muy pacífico.
—¿Y tú cómo lo sabes? No lo conoces —le contradigo, y Ethan apoya la cadera contra la encimera y me mira con total naturalidad.
—Lo conozco por lo que cuenta tu hermano. Siempre que habla de él dice que es un niño muy sensible, que es incapaz de hacer daño ni a una mosca.
—Yo tampoco me lo creo —interviene Axel—. Charlie no es un niño conflictivo. Si ha pegado a alguien, ha tenido que pasar algo grave.
Kael levanta la vista hacia él y durante unos segundos se sostienen la mirada, pero mi hermano termina asintiendo despacio.
—Sí.
—Si Charlie ha levantado la mano, es porque antes alguien le ha hecho daño y, tal vez, solo se ha defendido —añade Apolo.
Todos guardamos silencio, probablemente porque pensamos igual. Ethan sonríe y sé que nada bueno puede salir de esa expresión.
—Se me acaba de ocurrir una idea, podríamos robarlo —propone.
—¿Qué? —replico atónita porque creo que no lo he oído bien.
—No para siempre —me explica—. Entramos, cogemos a Charlie, os lo traemos para que pase el día con vosotros y lo devolvemos antes de cenar. Técnicamente no sería un secuestro —nos propone Ethan, con una sonrisa pícara—. Sería... una excursión sorpresa.
—Sería un delito —afirmo.
—Las buenas acciones no tienen por qué ser un delito —insiste buscando el apoyo de Apolo.
—Es una locura… —susurra Axel.
—¿En qué casa de acogida está Charlie? —pregunta Apolo, y Ethan sonríe orgulloso.
—Sabía que eras mi persona favorita —dice Ethan, y Apolo lo ignora.
—Dime donde está —le insiste a Kael.
—Charlie no os conoce —le recuerdo.
Ethan da un paso y se pone entre Kael y yo, saca su móvil y toma un selfie.
—Ahora sí. Le enseñaré la foto. Te prometo que soy muy convincente… sería un buen secuestrador —afirma pensativo.
—Ethan, ¿quieres centrarte? —gruñe Apolo.
—Está bien. Bueno, Kael, pásame la dirección de la casa —le pide el rubio.
Mi hermano le da la dirección y Apolo asiente una sola vez, como un soldado que acaba de recibir una orden y se dispone a acatarla. Ethan ya ha vuelto a coger sus llaves y las hace girar sobre su dedo índice.
—Perfecto. Vosotros tres os quedáis aquí —afirma Ethan—.
Porque tú, con ese collarín, no estas para correr cuando nos fuguemos con tu hermano —Después me señala a mí—.
Tú no sabes nada, te quedas al margen de todo —Y por último mira a Axel—.
Alguien tendrá que vigilar que estos dos nos esperen y no nos jodan el plan.
—Qué casualidad que siempre me toque hacer de niñera —resopla Axel.
—Confío en ti tío —responde Ethan sin perder un segundo.
Apolo ya está abriendo la puerta.
—Ethan, ¿vienes o piensas seguir haciendo el idiota?
—Voy, voy… —responde y, antes de irse, se gira un instante—. Si acabamos en la cárcel, espero que al menos vengáis a vernos.
—No pienso pagarte la fianza —responde Axel desde la cocina.
—No me lo creo Blackwood, no puedes vivir sin mí —bromea Ethan—. Además, echarías de menos robarme el acondicionador.
—Yo no te robo nada imbécil.
—¡¡Ethan!! —lo llama Apolo.
—Voyyyyyyy….
Segundos después, la puerta se cierra y el silencio vuelve a llenar la casa. Kael resopla de nuevo, como si no supiera hacer otra cosa.
—No sé cuál de los dos está más loco —comenta pensativo Kael.
—Los dos —responde Axel con una sonrisa.
Mi hermano niega con la cabeza y camina por el pasillo hacia su habitación.
—Voy a tumbarme un rato. Me ha entrado dolor de cabeza. Avisadme si esos dos terminan detenidos.
—Cuenta con ello —dice Axel.
Axel me mira sin moverse. Yo intento reprimir una sonrisa, pero fracaso en el intento.
Ambos esperamos a que Kael cierre la puerta de su habitación. En cuanto oímos que se cierra, Axel sonríe y, por fin, podemos dejar de fingir.
Ninguno habla. Él tan solo abre los brazos, porque sabe exactamente dónde quiero estar.
No me lo pienso y echo a correr para recortar los escasos metros que nos separan.
Me estrello contra su pecho y noto cómo me rodea con los brazos antes incluso de recuperar el equilibrio.
Esconde la cara en mi pelo y respira hondo.
—Joder... —murmura contra mi oreja.
—¿Qué? —susurro contra su cuello.
—Te he echado de menos.
—Solo han sido unas horas sin vernos.
—Se me han hecho eternas, novata…
Cierro los ojos y respiro su aroma, ese que me hace sentir como en casa. Axel Blackwood se ha convertido en mi lugar seguro, en mi refugio y en mi hogar.