Más allá del odio. CAPÍTULO 34 #2
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CAPÍTULO 34 #2

Dafne baja sus brazos hasta mis hombros y me atrae con exigencia hacia ella.

Ese gesto me saca una sonrisa y siento que ella también lo hace.

En ese instante, mi corazón cae hacia el vacío de una espiral de emociones que no puedo controlar.

Mi mano se aventura por debajo de su jersey y acaricio despacio su cintura con la yema de los dedos, disfrutando de cómo un leve escalofrío recorre su cuerpo.

Se me escapa una sonrisa contra sus labios, porque esto es una jodida adicción.

Tengo que hacer acopio de todo mi autocontrol para separarme de ella.

Dafne se humedece los labios y su mirada atrapa la mía, la desliza hasta mis labios y suspira.

—¿De qué te ríes...? —susurra sin llegar a separarse de mí.

—De mí mismo.

—¿De ti?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque consigues volverme completamente idiota —confieso y apoyo mi frente sobre la suya.

Ella deja escapar esa risa baja que ya empieza a convertirse en mi sonido favorito.

Después, vuelve a besarme. Esta vez es ella quien toma la iniciativa, y lo hace lento, como si estuviera aprendiendo la forma exacta en la que me vuelve loco.

Y, joder, creo que podría acostumbrarme demasiado rápido a esto.

—Axel…

—¿Mmm? —pregunto apartándome un poco para recuperar el aire.

—Todavía no hemos hablado con Kael.

No respondo y vuelvo a besarla lo justo para interrumpir la conversación, sintiendo cómo se ríe contra mis labios.

—Lo sé.

—Pero mi hermano…

—Tranquila, no nos va a ver —aseguro.

—Ah, ¿no? —pregunta divertida y niego rozando adrede mi nariz con la suya.

—No.

—¿Seguro?

—Segurísimo —sentencio.

Vuelvo a besarla con ganas, mis dedos se clavan en su cadera y un gruñido gutural escapa de mi garganta. Sus dedos se enredan en mi pelo y mi erección se clava en su pelvis. Joder, voy a arder en el infierno.

Un carraspeo grave rompe la atmósfera y hace que la realidad me abofetee de golpe.

—Axel...

Mi cuerpo se queda completamente inmóvil porque reconozco esa voz antes incluso de girarme.

La interrupción nos obliga a separarnos.

Mi mano tarda un segundo más en abandonar la cintura de Dafne, pero cuando me giro, ahí está.

Nick Blackwood. Impasible, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo.

Impecable como siempre y observándonos con esa expresión fría que nunca he sabido gestionar.

No parece enfadado, parece decepcionado, y eso es mucho peor…

Dafne tarda un instante en reconocerlo y cuando me mira, inclina la mirada al suelo.

—Te veo dentro —me dice en voz baja y asiento.

Da un paso hacia un lado, alejándose de mí y tocándose la melena nerviosa.

—Hasta luego, señor Blackwood.

Mi padre le dedica una sonrisa educada, de esas que son ensayadas y que siempre utiliza en las galas benéficas y delante de la prensa.

—Adiós, señorita.

Ella responde con una sonrisa mucho más discreta y continúa caminando hacia el pabellón. No aparto la vista de Dafne hasta que desaparece al doblar la esquina del edificio; es entonces cuando mi padre habla.

—Ese tipo de distracciones cuestan carreras —sentencia y sigo sin mirarlo.

—Dafne no es una distracción. Es la mejor decisión que he tomado en mucho tiempo. Así que no me digas lo que tengo que hacer —mascullo apretando la mandíbula.

—Mientras lleves mi apellido, no me dejarás en evidencia.

Suelto una risa sin humor y niego para mí, porque solo él puede ser así de arrogante e insufrible.

—Voy primero en la liga —le informo—. No he perdido un solo combate desde que comenzó el curso. Los patrocinadores siguen contentos y Brakenhall continúa ganando gracias a mí —afirmo y por fin lo miro—. Eso es lo único que debería importarte.

Él me observa en silencio de abajo a arriba y noto cómo su mandíbula se tensa.

—¿Cómo está ese hombro?

—¿Cómo sabes lo del hombro? —le pregunto sorprendido, y la sonrisa que aparece en su boca me revuelve el estómago.

—Tu entrenador me llamó —me comenta para que sepa lo controlado que estoy—. Lo sé todo de ti, Axel —afirma y se acerca un paso—. Siempre lo he sabido.

—No —susurro y niego despacio—. No tienes ni puta idea de quién soy —le aseguro, pero él ignora mis palabras.

—Primero juegas a ser el héroe de esa niña enferma... —empieza a decirme y la furia crece en mi interior. Porque el muy cabronazo ni siquiera pronuncia su nombre, como si Emma no mereciera existir —. Y ahora te enamoras de una becada —suelta con una sonrisa cínica.

Todo mi cuerpo se tensa con tanta fuerza que noto cómo el hombro vuelve a protestar.

—No vuelvas a hablar de ninguna de ellas, porque no tienes ningún derecho —le advierto, pero él me ignora una vez más.

—Cada día te pareces menos al hombre que esperaba que fueras —sentencia con desaprobación, y lo miro fijamente.

—¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y yo? —le pregunto dando un paso hacia él—. Que yo sí habría reconocido a mi hija a pesar de que estuviese enferma. Hubiera desmentido todo y la estaría curando.

El silencio que sigue es ensordecedor; por un instante hasta los sonidos del campus parecen desaparecer.

Detecto cómo se rompe su falsa máscara llena de orgullo, y entonces ocurre.

Me da una bofetada, fuerte, seca y tan rápida que apenas me da tiempo de verla venir.

El golpe me gira ligeramente la cara y siento el sabor metálico de la sangre en la boca, pero no le devuelvo el golpe.

No pienso darle esa satisfacción.

Lo miro exactamente igual que antes.

Sin miedo, sin avergonzarme de quién soy. Solo cambia algo… que cada día lo desprecio más.

—¿Ya has terminado? —cuestiono con una calma que no siento.

Mi padre me observa serio y por un segundo dudo si volverá a golpearme, aunque estoy preparado para que vuelva a mostrarme el monstruo que es.

—Señor Blackwood.

La voz de Apolo rompe la tensión y hace que nos giremos para ver a mi amigo caminar hacia nosotros con la tranquilidad de quien no necesita demostrar nada.

Se detiene a mi lado para dejar claro de qué parte está.

—¿Sí?

—Creo que olvida de algo —le advierte.

—¿De qué exactamente? —le pregunta con una sonrisa impecable.

—Axel ya no tiene trece años —le recuerda y él sonríe con desdén.

—Esto es un asunto entre mi hijo y yo.

—Lo era —comenta con una sonrisa peligrosa—. Hasta que decidió levantarle la mano delante de mí.

—No creo que eso sea asunto tuyo —repite con brusquedad mi padre.

Mi amigo se muestra impasible ante las palabras y el tono tajante de mi padre y da un paso al frente.

—Puede que Axel haya aprendido a no responder a sus golpes, pero yo no —le advierte con esa calma fría propia en él mientras le sostiene la mirada—. Así que, si vuelve a ponerle una mano encima, asegúrese primero de que yo no estoy delante.

Mi padre no responde a su provocación, pero desvía la mirada de mi amigo y la fija en mí sin pronunciar palabra.

—La próxima vez que quieras hablar conmigo… hazlo como un padre y no como el maldito patrocinador que lleva veinte años intentando fabricar a un campeón.

No espero a que diga nada, simplemente, me doy media vuelta junto a Apolo y nos alejamos de él. No es hasta que sé que estoy lejos de su vista cuando dejo escapar el aire que llevaba un rato conteniendo. Apolo mira mi mejilla y chasquea la lengua en señal de desaprobación.

—Has tenido peores entrenamientos… —comenta rompiendo el silencio.

—Lo sé —respondo mientras camino su lado hacia el pabellón de deportes.

—¿Estás bien? —me pregunta con preocupación y lo miro de reojo.

—¿Tú qué crees?

—Que no estás mejor que yo —afirma sonriente.

—Pues ya está, seguimos bien jodidos, colega.

Él asiente y sonríe y, por alguna razón, con esas palabras basta. Agradezco la seguridad que siempre me ha transmitido mi amigo desde que éramos niños. Nunca habla más de lo necesario y siempre ha estado ahí, después de cada paliza que he sufrido de ese hijo de puta…

Todo mi buen humor y mi concentración se han ido a la mierda desde el encontronazo con mi padre.

Cierro los ojos un segundo e intento centrarme en lo que tengo que hacer ahora…

Ganar. Eso es todo. Y ya luego podré buscar a mi chica y olvidarme de toda la mierda que me rodea.

Respiro hondo antes de empujar la puerta del vestuario, la abro y el olor a magnesio me golpea de lleno.

Ya cambiado, y con la mente lo más centrada posible para el combate, salgo en dirección al octógono.

Al otro lado del túnel, el público ruge. Las luces se apagan y solo me alumbran a mí. Entonces, el público estalla en gritos.

—¡Con todos vosotros... el luchador invicto de la Fight Night Universitaria de Brakenhall! —anuncia la megafonía y el rugido aumenta—. ¡¡AXEL... BLACKWOOD!!

Miles de estudiantes corean mi apellido. Camino hacia la jaula sin mirar a las gradas. Sé que ella está ahí, en algún lado, y Apolo me prometió que cuidaría de ella. En el lugar en el que siempre están mis amigos, la busco y la encuentro.

Dafne está de pie entre la multitud y cuando nuestras miradas se cruzan, me sonríe ajena al ruido mental que tengo en este instante. Grita mi nombre y ríe de esa manera tan pura que hace que toda la rabia y toda la mierda que llevo dentro desaparezcan.

Esta noche paso de los patrocinadores, de sus acuerdos con mi padre y paso de él, porque solo quiero ganar por ella.