CAPÍTULO 31
Cuando entro en el club, la música lo envuelve todo; las luces de neón se escapan por la puerta entreabierta y tiñen el pasillo de un rojo apagado.
Hace apenas un mes, este lugar me desagradaba por completo, luego me acostumbré, y ahora sé que mi etapa aquí ha terminado por completo.
Ha pasado casi una semana desde que dejé el trabajo.
Por suerte, no vengo a trabajar; esta noche vengo a cerrar una etapa de mi vida.
—¡Daf! —me llaman.
Me giro y veo a Kristin, que deja la bandeja sobre la barra y viene directamente hacia mí. Cuando está muy cerca me envuelve en un abrazo tan fuerte que casi me deja sin aire.
—Voy a echarte muchísimo de menos —susurra y no puedo evitar sonreír.
—He trabajado aquí poco tiempo —le recuerdo, y ella se aparta lo justo para mirarme.
—Ya, pero has sido la única chica que de verdad ha sido mi amiga.
—No exageres.
—Es la verdad —afirma—. Las demás no son malas, pero compiten entre ellas por pescar al pez gordo de la noche —me explica mirando a nuestro alrededor un segundo—. Tú nunca viniste a eso.
—Yo solo necesitaba trabajar.
—Exacto —Sonríe—. Y aunque no te lo creas, eso te convierte en una especie rara en peligro de extinción.
Las dos nos reímos y Kristin vuelve a darme un abrazo.
—Eres una buena tía, Daf.
—Y tú también. ¿Nos vemos por el campus? —le pregunto con cariño.
—Eso espero, porque ya sabes que somos cerca de diez mil alumnos. Es complicado coincidir si no te mueves en los mismos círculos que yo —me recuerda y se lleva la mano al corazón.
—Lo sé —asiento y la vuelvo a abrazar, porque ha sido mi única amiga aquí dentro—. Gracias por todo.
—Cuídate —me pide.
—Lo haré. Tú también.
—Claro.
—Más te vale.
Nos separamos entre risas y Kristin señala la puerta del despacho.
—El Buitre te está esperando.
—Hasta luego.
—Hasta pronto, Daf.
Me alejo de Kristin y cruzo el pasillo que lleva a la oficina central del club. Golpeo dos veces la puerta antes de entrar y oigo un «adelante». Trago saliva y abro. Un reloj en la pared marca las nueve de la noche. Cuando accedo, una mezcla a tabaco y a café demasiado cargado me recibe.
El Buitre levanta la vista de unos papeles, me observa en silencio un segundo y abre un cajón, saca un sobre marrón y lo deja sobre la mesa.
—Aquí tienes tu liquidación, setecientos dólares y los papeles de la baja voluntaria —me comenta y asiento.
—Gracias.
Me acerco a la mesa, firmo la baja y cojo mi dinero.
—Has trabajado bien —susurra.
—Gracias.
La conversación termina ahí. Salgo del despacho sujetando el sobre con fuerza y sonrío al pensar que, aunque todavía queda mucho por ahorrar, ya tengo setecientos dólares para comenzar a buscar un abogado para Charlie, lo que es un comienzo.
Ahora solo necesito encontrar un nuevo trabajo para seguir ahorrando.
Distingo a Kristin en el otro extremo del salón sirviendo una copa a un cliente mientras está sentada en la falda de otro. Niego para mí y pienso en que nunca encajaría en un lugar como este por mucho dinero que me pagaran.
Salgo a la calle y camino hacia la parada de autobús.
Al cruzar, escucho un golpe seco seguido de un gemido de dolor.
Todo mi cuerpo se pone en alerta y miro de forma fugaz hacia el lado de dónde proviene el sonido.
En la oscuridad de un callejón veo a unos cuantos tipos.
Oigo otro golpe y apresuro el paso. Hay demasiadas peleas alrededor del Cuervo como para detenerme cada vez que escucho una.
Pero entonces suena una voz que me resulta familiar.
—Por favor...
Esa voz hace que todo mi cuerpo se congele. No puede ser. Pero cuando vuelven a golpearlo, mis dudas se despejan.
—Por favor, dadme un par de días más.
Es él, y entonces corro hacia el peligro sin pensar. Tres hombres vestidos de negro rodean a mi padre, el cual está de rodillas frente a ellos. Tiene el labio partido, la sangre le resbala por la barbilla y el ojo empieza a hinchársele por segundos.
—Dadme un par de días más —suplica de nuevo—. Os lo devolveré. Lo juro.
Uno de los tipos le propina una patada en el costado y él se dobla sobre sí mismo.
—Las promesas no pagan las deudas.
Sin pensarlo, me acerco. Todos se giran hacia mí y trago saliva para llenarme del valor para avanzar los últimos pasos que me separan de ellos.
—¡Esperad! —grito.
Mi padre me mira por un segundo sorprendido, pero en cuanto me reconoce, sonríe. Abro el sobre que tengo en mi mano, saco todos los billetes y se los ofrezco a uno de ellos, al que creo que es el jefe.
—Esto es una parte del pago de la deuda —afirmo con voz temblorosa.
El tipo me mira entre incrédulo, divertido y sorprendido. Luego mira los billetes que sostengo en mi mano y los coge con brusquedad. Empieza a contarlos y cuando termina, sonríe.
—Esto compra un par de días de prórroga… —sentencia guardándose los billetes en el bolsillo de su chaqueta.
—Levántate, pedazo de mierda —masculla otro.
Mi padre se incorpora con dificultad y se sacude la chaqueta, como si solo se hubiera tropezado por la calle. Ni siquiera me da las gracias, tan solo me observa unos instantes y luego se ríe fuera de sí.
—Tu madre estaría orgullosa de ti por ayudar a tu padre.
El aire desaparece de mis pulmones. El muy cabrón no tiene derecho ni a mencionarla; no después de todo. Detesto esa sonrisa. Acaba de llevarse los únicos setecientos dólares que había conseguido ahorrar para Charlie. Uno de los hombres lo observa y luego me mira a mí.
—¿Es tu hija? —pregunta el tipo con una sonrisa grasienta.
—Sí —afirma él. La piel se me pone de gallina.
—Es guapa —asegura dando un paso en mi dirección—. Podemos divertirnos con ella mientras reúnes el resto.
En ese instante siento que el tiempo se detiene. Miro a mi padre, quien no dice ni una sola palabra para detenerlos, guarda silencio mientras esos tres gorilas se acercan a mí.
—Largaos… —dice una voz que rompe la quietud del callejón.
Veo aparecer a Axel, que acaba de salir por la puerta del almacén del club. Lleva una sudadera negra, la bolsa de deporte colgada del hombro y las manos vendadas. Uno de los hombres sonríe al reconocerlo.
—Blackwood, creía que estarías calentando para darnos un buen espectáculo esta noche.
—Pienso calentar con vosotros si dais un solo paso más hacia ella —le advierte con voz tranquila.
Axel mira el sobre vacío en mi mano, luego observa las lágrimas que intento contener y entonces desvía la mirada hacia los tres hombres que hay frente a mí.
No necesita preguntar qué ha pasado. Camina despacio hacia nosotros y se detiene a mi lado tan cerca, que noto el calor que desprende su cuerpo.
No me sujeta, y no hace falta, porque solo con su presencia consigue que vuelva a respirar.
—Esto no es asunto tuyo, Blackwood —dice uno de los hombres.
—Si le ponéis un dedo encima a mi chica, sí es asunto mío —sentencia.
Uno de los hombres intercambia una mirada con los otros dos y hace un gesto de retirada.
—Está bien, Blackwood —comenta uno.
—Mirror, dos días más —le dice otro a mi padre antes de largarse.
Los vemos caminar hacia el lateral del edificio y entrar por la misma puerta por la que hace un instante ha salido Axel. Mi padre me mira y da un paso en mi dirección, levanto la mano y niego.
—No te atrevas a acercarte a mí —consigo decir.
No puedo reprimir el temblor en todo mi cuerpo. Axel lo observa en silencio, luego me mira a mí y me coge de la mano, mientras que con la otra sujeta el asa de la bolsa de deporte. Tira de mí para alejarme de la oscuridad.
—Vamos…
Es todo lo que dice; yo solo asiento. Ni siquiera sé hacia dónde me lleva, solo sé que no quiero seguir aquí. Axel abre la puerta del copiloto de su coche sin añadir una palabra. Me subo y él rodea el coche para entrar también.
Arranca y salimos de aquí a toda velocidad. Las luces de Boston pasan deprisa a nuestro lado. Durante un rato no habla, solo conduce.
Miro por la ventanilla e intento no pensar, pero en mi cabeza sigo escuchando esa maldita frase… «Podemos divertirnos con ella». Aunque lo que más me duele fue el silencio de mi padre. Aprieto los dedos contra mi pantalón y respiro, porque no quiero llorar y necesito dejar de temblar.
—¿En qué cojones estabas pensando? —masculla furioso.
Lo miro. Axel tiene la mirada clavada en la carretera, sujeta el volante con tanta fuerza que parece que lo va a arrancar y su mandíbula está tan tensa que puedo verla marcarse bajo la piel.
—Dime, Dafne, ¿en tan poca estima te tienes?
—¿Qué querías que hiciera? Estaban dándole una paliza —le explico y él niega.
—¿Qué coño hacías metiéndote en medio de tres tipos que podían haberte hecho de todo para después dejarte muerta en cualquier rincón?
—Al ver a mi padre…
—¡Me da igual quien fuera! —grita sin ni siquiera mirarme—. ¿Tienes idea de lo que habría pasado si yo no hubiera llegado? —cuestiona, y trago saliva para intentar diluir el nudo que me oprime la garganta.
—No podía dejar que…
—¡Sí podías! Joder —masculla y golpea el volante con la palma de la mano—. Dafne, esos tíos no iban a darte las gracias, iban a violarte. ¡Joder!
—Lo sé —afirmo bajando la mirada.
—No —sentencia y lo vuelvo a mirar—. No lo sabes, porque si lo supieras, no habrías te habrías acercado a ellos.
—No podía dejar que lo mataran —digo tan bajo que casi ni yo misma me oigo.
—¿Después de lo que acaba de hacer? —me pregunta Axel con una risa sin humor—. Habría dejado que esos hijos de puta abusaran de ti a cambio de seguir vivo… —me recuerda y aprieta tanto la mandíbula que creo que si sigue así va a romperse algún diente—. Y tú… Tú sigues intentando salvarlo.
—A pesar de todo, es mi padre… —justifico avergonzada.
Axel pisa el freno con brusquedad cuando un semáforo se pone en rojo. El coche se detiene y por fin gira la cabeza hacia mí. Tiene los ojos llenos de rabia, está fuera de sí. Pero no está furioso conmigo, sino con todo lo que acaba de suceder.
—No, novata. Un padre no se queda callado cuando amenazan a su hija —Hace una pausa—. Un padre se pone delante aunque lo maten. Él solo es un egoísta de mierda, y tú casi dejas que te destrocen por un cobarde.
Trago saliva y no soy capaz de responder porque sé que tiene razón. El móvil de Axel suena y la pantalla del coche se ilumina mostrando el nombre del Buitre. Axel no duda ni un segundo y pulsa para responder con el manos libres.
—¿Dónde coño estás, Blackwood? —le espeta el Buitre—. La pelea empieza en diez minutos.
—Búscate hoy a otro —responde Axel con la vista hacia la carretera.
—¿Qué?
—Has oído bien, esta noche no voy a pelear.
—¿Estás de puta coña?
Axel no responde, cuelga la llamada sin dar explicaciones y lo miro sintiéndome peor aún.
—Has cancelado la pelea… —susurro.
—Sí.
—Pero necesitas ese dinero para Emma.
El semáforo cambia de color y Axel pone de nuevo el coche en marcha.
—Ahora mismo me importa una mierda el dinero, porque tú eres lo más importante.