CAPÍTULO 30
Cuando me despierto, la habitación está bañada por una luz tenue que se cuela entre las cortinas.
Tardo unos segundos en recordar que estoy en la habitación de Axel.
Me incorporo despacio al ver que él no está, y entonces vuelven los recuerdos de la conversación tan personal que tuvimos contándonos lo vulnerables que nos sentimos…
Respiro hondo, me paso una mano por mi melena, atrapo un mechón y entonces oigo unos golpes en la puerta de la casa. Dos toques.
Toc, toc.
Frunzo el ceño porque es demasiado temprano para visitas. Guardo silencio y espero a que alguno de los chicos abra, pero vuelven a llamar.
Toc, toc.
Resoplo y me levanto. Camino descalza hacia la entrada mientras pienso que en esta casa parecen alérgicos a abrir la puerta. Me coloco bien la camiseta de Axel, que me queda tan grande que me cubre hasta la mitad de los muslos. Todo está en completo silencio.
Abro la puerta y lo primero que veo es a Axel con una sudadera verde con el logo de Brakenhall empapada en sudor; su pecho sube y baja rápido, por lo que deduzco que acaba de llegar de correr. ¿Acaso no duerme? Pero, entonces, miro a su lado y lo veo. Mi cuerpo se queda inmóvil y no doy crédito.
No puede ser.
Durante un segundo creo que sigo soñando y que la pesadilla todavía no ha terminado, pero no. Aquí está, frente a mí, más delgado, más descuidado y con mismos ojos que hace años que no veía.
—¿Papá? ¿Qué... haces aquí? —logro preguntarle, y él sonríe con una amabilidad que me revuelve el estómago.
—Un padre siempre encuentra a sus hijos —afirma y las náuseas me golpean con tanta fuerza que tengo que contener el impulso de cerrar la puerta en su cara.
Antes de que pueda responder, escucho unos pasos torpes detrás de mí.
—¿Daf...?
Kael aparece en el recibidor con el collarín y me mira confundido al verme aquí tan temprano y con solo una camiseta. Pero cuando levanta la vista y reconoce al hombre que hay frente a la puerta, su expresión cambia por completo.
—¡¿Qué cojones haces aquí?! —le grita.
—Venía a verte, pero mira por dónde he encontrado también a mi hija.
—Hace cinco años que dejaste de ser nuestro padre —le recuerda Kael, y mi padre sonríe indiferente.
Da un pequeño paso hacia nosotros y, de forma inconsciente, retrocedo. No sé si Axel percibe el movimiento o simplemente lo intuye, pero de repente da un paso al frente y queda entre mi padre y yo.
—¿Por qué estáis gritando tan temprano? —pregunta Apolo bostezando, pero cierra la boca cuando ve al hombre que un día fue mi padre en el porche de su casa.
—¿Qué diablos pasa aquí...? —pregunta Ethan, aunque su voz se corta en cuanto ve la escena.
Los chicos se colocan a nuestro lado, preparados para defendernos con uñas y dientes en el momento que lo necesitemos.
Mi padre mira un segundo a Axel, después a Ethan, luego a Apolo y, por último, vuelve a mirarnos a nosotros. La sonrisa se borra de su rostro, se quita la gorra y suspira derrotado.
—Chicos, necesito mil quinientos dólares.
—Lárgate —le dice Kael sin dudar.
—Escúchame primero —le ruega.
—¿Acaso nos escuchaste cuando te pedimos que lucharas por nosotros? —le recrimino.
Mi padre baja la mirada un instante, se frota la nuca y casi parece avergonzado… pero lo conozco bien y solo es parte de su plan para darle la vuelta a la historia. Llevo toda la vida siendo testigo de la misma actitud.
—No os lo pediría si no fuera importante. Si no entrego ese dinero antes del viernes, me matan —confiesa.
Sus palabras producen un escalofrío que me recorre la espalda.
Kael deja escapar una risa sin humor y llena de incredulidad mientras niega lleno de frustración.
—No tenemos ese dinero —afirma mi hermano, y mi padre lo mira y le sonríe con frialdad.
—Los socios del Cuervo no perdonan las deudas, hijo, y tú deberías de saberlo —le advierte.
—¿Por qué te lo dice? —le pregunto a mi hermano.
—No le hagas caso, Daf, está desesperado —asegura Kael y mi padre sonríe un poco más.
—Tan desesperado como tú, hijo mío… —replica entre dientes y noto cómo mi hermano aprieta la mandíbula y guarda silencio.
Me preocupa que no conteste, porque Kael nunca se queda callado cuando tiene la razón. A no ser que en esa frase haya una parte de verdad. Mi padre nos observa y asiente despacio, como si este silencio le hubiera confirmado algo que él sospechaba.
—Digamos que tú mejor que nadie me puede entender, Kael. Necesito ese dinero —insiste.
—He dicho que te largues —ladra mi hermano.
Mi padre le sostiene la mirada unos segundos y cuando comprende que no va a cambiar de opinión, se gira hacia mí y me sonríe con tanta falsedad que lo odio.
—Dafne, pequeña, siempre fuiste la más sensata.
Siento un nudo de asco en el estómago que me impide responder, pero niego para dejarle claro que no vamos a ayudarle. Entonces, nos mira una última vez y se da la vuelta. Solo ha bajado los escalones del porche cuando se gira hacia nosotros.
—Si cambiáis de idea, solo tenéis que llamarme.
Mi padre sonríe sabiendo que ha hecho el daño que pretendía y se marcha. Espero quieta hasta que lo veo desaparecer al final de la calle. Solo entonces consigo volver a respirar.