CAPÍTULO 29
Abro los ojos antes de que suene el despertador. Todavía es de noche. Un ligero pinchazo en el hombro me ha despertado y noto el peso ligero de Dafne sobre mi brazo, mientras la sigo abrazando.
Está dormida; la luz tenue que entra por la ventana apenas dibuja el perfil de su cara. Tiene el pelo completamente revuelto sobre la almohada, una mano debajo de la mejilla y la otra descansando sobre mi pecho.
Anoche terminó abrazada a mí después de tener aquella pesadilla. Lloró y no recuerdo exactamente en qué momento volvió a quedarse dormida; solo sé que cuando me abrazó entre sollozos no tuve el valor de soltarla.
La observo y pienso, al verla dormida, que parece más vulnerable y completamente en paz.
No puedo evitar preguntarme qué demonios estaba soñando para agarrarse a mí con tanta desesperación. Reconozco que anoche me contó muchas cosas de su pasado, demasiadas, aunque sé que dejó otras más dolorosas sin confesar porque todavía no está preparada para hablar de ello.
Aprieto la mandíbula y siento que mi ánimo cambia en un segundo. Estoy cabreado con este jodido mundo, con el puñado de hijos de puta que disfruta rompiendo a la gente buena.
Respiro hondo, me paso una mano por la cara y sé que necesito despejarme. Me muevo despacio para separarme de ella y me incorporo con cuidado para no despertarla.
El hombro protesta en cuanto me levanto y siento una punzada seca que me cruza el deltoides.
Suelto el aire despacio, cojo un analgésico del blíster que tengo en la mesita de noche y doy un sorbo a la botella de agua que siempre tengo en el suelo junto a la cama.
En un rato hará efecto, aunque reconozco que me duele menos que hace unos días.
Cojo del armario el primer pantalón corto de deporte que pillo, una sudadera, las zapatillas, y me visto en silencio y a oscuras. Antes de salir por la puerta de mi habitación, vuelvo a mirarla y me aseguro de que sigue completamente dormida. No sé por qué, pero sonrío.
Me gusta demasiado tenerla aquí.
Cuando salgo a la calle, el aire fresco de primera hora de la mañana me golpea la cara. Todavía no ha amanecido y las calles de Brakenhall están casi vacías, salvo algunos barrenderos y jardineros que ya están comenzando su jornada.
Empiezo a trotar despacio, el hombro protesta durante los primeros minutos, pero el cuerpo acaba encontrando su ritmo. Los músculos entran en calor y aumento la velocidad.
Siempre corro cuando necesito pensar, y hoy es uno de esos días. Porque sigo pendiente de hablar con Kael.
Pienso en Dafne y en el sufrimiento que ambos hermanos soportan por Charlie… Debe de haber alguna salida.
Mientras corro, los recuerdos del pasado empiezan a mezclarse. Recuerdo que cuando todavía éramos amigos, Kael hablaba mucho de ella. La llamaba la pequeña Dafne y cómo siempre, de forma inconsciente, se las apañaba para nombrarla en cualquier conversación.
Que si le había escrito y le había contado que había suspendido un examen y que estaba convencida de que el profesor la odiaba…
Que si se enfadaba con Kael porque llevaba tres días sin llamarla…
Durante años solo conocí historias, y nunca me imaginé que detrás de aquella chica hubiera alguien obligado a crecer tan deprisa y, mucho menos, que estaría deseando comérmela a besos…
Mi cabeza no para de buscar soluciones para sus problemas. ¿Cómo ayudarla con Charlie? ¿Encontraremos un buen abogado para una posible adopción? ¿Por qué demonios estoy pensando en abogados a las seis de la mañana?
Frunzo el ceño y niego para mí. Joder. No sé en qué momento he empezado a sentir que sus problemas también son míos. Y eso me asusta más que cualquier combate.
Cuando regreso a casa, me fijo en la bandera de los Lions que ondea suavemente por la brisa matutina.
El sudor me empapa la camiseta y los últimos metros hasta el porche los hago andando mientras recupero el aliento.
Entonces lo veo. Hay un hombre de pie en el porche, con las manos metidas en los bolsillos y barba de varios días.
El pelo descuidado se asoma bajo una gorra roja desgastada.
Lo reconozco al instante; es el mismo tipo que ayer discutía con Kael en el circuito y el mismo que desapareció en cuanto Kael se estrelló.
Se gira al escuchar mis pasos subiendo los escalones de madera que dan al porche y me observa en silencio mientras me acerco despacio.
Hay algo en este hombre que no me gusta.
—¿Buscas a alguien? —pregunto.
El hombre abre la boca para responder, pero antes se abre la puerta de la casa y aparece Dafne. Todavía lleva puesta mi camiseta y el pelo completamente despeinado. Me mira a mí y luego al hombre que está a mi lado. Su expresión cambia y toda la sangre desaparece de su rostro.
—¿Papá? ¿Qué... haces aquí?