Más allá del odio. CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

No sé cuánto tiempo permanecemos sentados sobre su cama, con los dedos entrelazados y en silencio.

Bajo la mirada hacia nuestras manos y pienso en que hace apenas unas semanas habría jurado que Axel Blackwood era un chico arrogante, chulo y un especialista en romper corazones.

Ahora sé que estaba completamente equivocada.

Porque el chico que tengo sentado a mi lado pelea por su hermana y por su madre. Axel aprieta suavemente mis dedos y lo miro; me observa en silencio…

—¿Y tú? —me pregunta inclinando un poco la cabeza a un lado.

—¿Yo qué?

—Todos tenemos una historia, novata. Tú ya conoces la mía —me dice con una pequeña sonrisa—. Yo todavía no conozco la tuya.

—Algo sabes por Kael —le comento y él asiente.

—Sí, pero esa es su versión de la historia, no la tuya —me explica.

La verdad es que no sé ni por donde empezar, porque hay historias que, a pesar de que el tiempo pase, siguen doliendo como el primer día.

—La gente siempre piensa que Kael y yo somos inseparables —comento jugando con nuestros dedos—. Pero casi toda mi vida la he pasado separada de él.

—¿Separada? —cuestiona serio y asiento.

—Mi madre murió de cáncer de mama cuando yo tenía once años. Cuando la diagnosticaron ya era tarde.

—Lo siento… —susurra.

—El seguro médico no cubría el tratamiento y nunca llegó a recibir una sola sesión de quimioterapia. Solo le recetaron calmantes —comento y trago saliva para intentar diluir el nudo de tristeza que me ahoga—. Así que, cada semana estaba un poco peor y un día su cuerpo no pudo aguantar más.

Las lágrimas empañan mi vista, pero consigo contenerlas. No quiero llorar, pero pensar en lo injusta que es a veces la vida hace que todo se complique más. Axel aprieta mi mano con cariño y le sonrío con tristeza.

—¿Y vuestro padre? —pregunta con mucho cuidado.

—Trabajaba en una ferretería que cerró de un día para otro… Intentó buscar préstamos para pagar el tratamiento de mamá, pero al no tener ingresos, no lo consiguió. Cuando ella murió, se refugió en el alcohol.

—¿Os pegaba cuando estaba borracho?

—No era violento. Ojalá hubiera sido tan sencillo. Simplemente, dejamos de importarle.

—Joder…

—Unos meses después aparecieron los servicios sociales y le quitaron la custodia —comento y recuerdo ese día como si hubiera ocurrido ayer.

—¿Cuántos años tenías?

—Doce.

—¿Y Kael? —pregunta.

—Catorce. Y Charlie, cinco años.

—Vaya mierda —masculla y veo cómo aprieta la mandíbula. Yo sonrío con amargura.

—Me separaron de Kael y ni siquiera pude despedirme de él.

Cierro los ojos un instante y todavía puedo oír a Kael gritando mi nombre. Todavía puedo verme llorando mientras aquel coche desaparecía al final de la calle con mi hermano mayor.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, Axel me observa en silencio y noto sus manos apretando con cariño las mías.

—Siempre pensé que lo peor que me había pasado en la vida era perder a mi madre y a Kael, hasta que me separaron también de Charlie.

—¿Por qué te separaron de él? —me pregunta girándose ligeramente hacia mí.

—En los cinco años que estuve en el sistema de acogidas pasamos por tres casas —comento y veo la sorpresa en su mirada—. Pero los cambios no me importaban. Mientras que Charlie estuviera conmigo, sentía que todavía quedaba un pedazo de mi antigua vida. Hasta la última casa en la que estuvimos.

—¿Qué pasó?

— Pasaron cosas… y decidieron cambiarnos otra vez. Necesito dinero, porque Charlie sigue bajo la tutela de los servicios sociales y tengo que encontrar la forma de tenerlo con nosotros.

—Por eso aceptaste trabajar como camarera en el Nido del Cuervo —dice pensativo y asiento —. ¿Cuántos años tiene?

—Diez. Ahora está en una casa donde hay más niños en la misma situación que él. La asistenta nos informó de que lo mejor para Charlie era buscar una familia que lo adopte —La voz se me rompe.

—Esta parte de la historia nunca me la contó Kael… —susurra.

—Llevamos años ahorrando todo lo que podemos para demostrar que podemos hacernos cargo de él cuando terminemos la universidad. Si otra familia lo adopta antes... —No soy capaz de terminar la frase.

—Lo perdéis —sentencia y asiento.

—Y la ley de protección de datos personales protege la identidad de las familias adoptantes. Puede que nunca volviera a verlo.

Axel baja la mirada unos segundos a nuestras manos. Parece ordenar las piezas dentro de su cabeza. Después vuelve a mirarme.

—Conseguiremos adoptarlo antes que nadie.

—¿Qué? Eso no es fácil… —dudo, pero él asiente decidido.

—Lo sé, pero no es imposible.

Y lo dice de una forma que me hace sentir, por primera vez en mucho tiempo, que tal vez existe una ínfima posibilidad de volver a reunirnos con Charlie.

—Gracias —susurro y sonrío sin darme cuenta.

—No me las des todavía —comenta encogiéndose de hombros.

Me tumbo sobre la cama y cierro los ojos un instante porque estoy agotada física y emocionalmente. Siento el cuerpo tan pesado que podría quedarme dormida en cualquier momento.

Axel se tumba a mi lado y los dos guardamos silencio mientras nuestra vista se fija en el techo. Nuestras manos siguen entrelazadas.

—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —le pregunto mirándolo y él gira ligeramente su cabeza hacia mí.

—Suéltalo.

—Hace unas semanas estaba convencida de que eras el típico universitario rico, arrogante y mujeriego al que no soportaría ni cinco minutos —confieso y él resopla divertido.

—No ibas del todo desencaminada.

—Ahora creo que estaba equivocada —admito y él sonríe con chulería.

—¿Y eso por qué?

—Porque detrás de toda esa fachada de imbécil hay un chico intentando sostener su mundo lo mejor que puede —susurro y él se acerca un poco más hasta rozar su nariz con la mía.

—Eso ha sonado mucho mejor de lo que me merezco —dice dándome un beso en los labios—. Buenas noches, Dafne.

—Buenas noches, Axel.

La habitación vuelve a quedarse en silencio y esta vez ninguno de los dos necesita romperlo. Axel alarga el brazo hasta apagar la lámpara de la mesita de noche y la oscuridad nos envuelve.

Solo la luz de la luna se cuela entre las cortinas dibujando sombras suaves sobre el techo. No sé cuánto tiempo pasa hasta que cierro los ojos sintiéndome completamente a salvo a su lado y el cansancio termina venciéndonos a los dos.

Estoy corriendo por un pasillo oscuro que no parece tener fin.

Las paredes con el papel pintado desgastado hacen que parezca aún más oscuro.

Las luces del techo comienzan a parpadear.

Mis zapatillas resbalan sobre la moqueta y aunque me caigo, no puedo detenerme.

Porque si lo hago, él me encontrará… Escucho sus pasos detrás de mí, cada vez están más cerca.

Oigo esa risa que me produce escalofríos y siento que cada vez está más y más cerca…

—Dafne...

Sigo corriendo. La puerta de la casa está al final del largo pasillo, solo un poco más… Pero mis piernas se quejan de dolor y sé que está a un suspiro de alcanzarme. Sus manos intentan sujetarme y me muevo rápida para zafarme de su agarre.

—¡No!

Grito, pero mi voz no sale… Él me atrapa y entonces solo puedo luchar, patalear y arañar con toda la fuerza que me queda. Por favor… que pare…

Mi cuerpo se sacude sobre el colchón, las sábanas se enredan entre mis piernas y mi respiración se acelera de forma errática.

Siento que el aire deja de entrar en mis pulmones.

Una parte de mí siente que sigue atrapada en esa pesadilla hasta que escucho una voz a lo lejos que me devuelve a la realidad.

—Dafne… Eh, novata...

La oscuridad que me abrazaba empieza a resquebrajarse y entonces consigo salir del mal sueño. Abro los ojos, el pecho me sube y baja con violencia y durante unos segundos no sé dónde estoy, solo veo una sombra justo a mí lado.

—Soy yo, Daf, estoy aquí contigo —susurra Axel.

Sus ojos me observan en la penumbra. Está apoyado con el codo sobre el colchón, mientras me mira con esa calma infinita.

Tardo un instante en reconocerlo y cuando lo hago, las lágrimas empiezan a caer solas.

No porque siga teniendo miedo, sino porque, por primera vez desde aquella noche, no estoy sola.

Ni siquiera lo pienso. Me incorporo de golpe y me lanzo sobre él con tanta fuerza que lo tumbo sobre el colchón mientras él me abraza y siento que me acaricia la espalda.

Guarda silencio, no me pregunta nada, simplemente, está.

Poco a poco, con la mejilla apoyada en su pecho, mi respiración se vuelve a regular y el sonido tranquilo de su corazón me va relajando.

Cierro los ojos y me dejo llevar de nuevo por el sueño…