CAPÍTULO 27
Un millón de cicatrices — El canto del loco
Nunca había metido a una chica en mi habitación para que se quedara a dormir.
Siempre había ido a lo fácil. Un par de copas, unas cuantas miradas y acabamos en su habitación o el apartamento de cualquier fiesta.
Al día siguiente cada uno seguía con su vida y asunto terminado. Pero esto… Esto es diferente.
Mi habitación es mi santuario, el único sitio donde realmente soy yo sin la carga de mi apellido. Aquí están mis apuntes, las noches sin dormir sintiéndome magullado por tantas peleas. Las llamadas del hospital y las facturas escondidas en el último cajón del escritorio.
Había pasado tres años levantando un muro para que nadie pudiera entrar aquí. Y, sin embargo, acababa de ofrecerle mi refugio a Dafne.
Apoyo la espalda contra la puerta cerrada de mi habitación y cierro los ojos un instante.
Todavía puedo verla en el hospital frente a Emma, sonriéndole como si se conocieran de toda la vida y no le sorprendiera ver a mi hermana consumida por aquella maldita enfermedad.
Y, luego, recuerdo una vez más cuando me miró a mí queriendo entenderme como nunca antes nadie había querido hacerlo.
Resoplo despacio y pienso en que ya no tiene sentido seguir escondiéndome de ella.
—¿Puedo pasar? —pregunto llamando suavemente con los nudillos.
—Claro —Oigo que responde.
Abro la puerta y juro que durante un segundo me olvido hasta de respirar.
Dafne está sentada con las piernas en forma de flor de loto sobre mi cama.
Lleva mi camiseta, que le queda tan grande que uno de sus hombros asoma por el cuello ancho de la tela.
El pelo le cae suelto sobre los hombros en ondas desordenadas y aunque no lleva nada de maquillaje… está preciosa.
Trago saliva, porque, joder, mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza.
Porque verla con mi camiseta puesta es una imagen capaz de volver loco a cualquier chico, por lo menos a mí.
En el pasado, mi única preocupación habría sido follármela y olvidarme de ella al día siguiente, pero Dafne es mucho más que eso.
Es la primera chica cuya opinión realmente me importa. Y eso me acojona mucho más que cualquier combate. Levanta la vista hacia mí y me dedica una sonrisa cansada.
—Hola.
—Hola, novata —respondo mientras me apoyo un instante en el marco de la puerta antes de entrar en la habitación.
—Te pareces muchísimo a Emma cuando sonríe —me comenta y no puedo evitar sonreír también.
—Igual es ella quien se parece a mí.
—Ah, ¿sí? —pregunta y asiento cerrando la puerta del dormitorio detrás de mí.
—Para algo soy el hermano mayor. Juego con ventaja.
—Tienes razón.
Dafne baja la vista unos segundos y, después, vuelve a buscar mi mirada.
—¿Cuánto tiempo lleva enferma?
Trago saliva. Reconozco que la pregunta me golpea donde más duele.
—Tres años.
Ella asiente despacio y se queda callada mientras me observa parado en medio de mi habitación. Pero no insiste ni intenta llenar el silencio con frases vacías.
—¿Quieres hablar de ello? —me pregunta y suelto una risa sin humor.
—No es algo de lo que esté acostumbrado a hablar, novata.
Camino despacio hasta el borde de la cama y me siento. Apoyo los antebrazos sobre las piernas y entrelazo mis dedos. Durante unos segundos me quedo mirando el suelo. Como si allí pudiera encontrar una forma menos dolorosa de empezar. Pero no la hay.
—Mi madre trabaja en un supermercado —comienzo a decir y mi voz sale mucho más baja de lo que esperaba—. A veces también va de apoyo a una cafetería e intenta cuadrar los turnos para estar con Emma. Al día siguiente, vuelta a empezar —le cuento esbozando una sonrisa amarga.
Dafne no dice nada, pero se acerca y se sienta a mi lado. Entonces siento el roce de sus dedos en la base de mi cuello. Me giro para mirarla y veo que está acariciando distraída el tatuaje con las letras XIII que tengo grabado en mi piel.
—¿Por eso te tatuaste el trece? —me pregunta, y sus dedos siguen recorriendo la tinta—. ¿Por que piensas que tienes mala suerte?
—No… —respondo y no puedo evitar sonreír.
—Entonces, esa respuesta no contesta mi pregunta —susurra, mientras sigue acariciando mi piel.
En sus ojos veo curiosidad y paciencia. Dafne sabe que voy a abrir mi corazón para ella… Y, maldita sea, tiene razón.
—Mis padres se separaron cuando yo tenía trece años y mi vida cambió por completo —le comento y ella asiente despacio.
—Y, Emma, ¿qué edad tenía?
—Era una bebé de cuarenta días.
—Cuando tus padres se separaron, ¿te fuiste a vivir con tu madre?
—No.
—¿Con tu padre? —pregunta y asiento.
—Él hizo un trato con ella.
—¿Qué clase de trato? —continúa mientras me mira con atención.
Trago saliva, aprieto la mandíbula y respiro. Porque, joder, todavía me cuesta verbalizarlo.
—Él se quedaba conmigo y ella con Emma —le explico y su expresión cambia por completo.
—Espera... ¿cómo? —cuestiona atónita y sonrío sin humor.
—Era eso, o le quitaba la custodia de los dos…
—¡No!
—Sí —afirmo.
—¿Y tu madre aceptó?
—No tenía otra opción —respondo y respiro hondo—.
Mi padre tenía dinero, poder y los mejores abogados de todo Boston.
Mi madre no tenía elección y aceptó para no perder también a Emma.
Desde aquel día... —continúo—, mi vida cambió.
Dejé de ser un niño. Mi padre se encargó de que lo entendiera muy rápido.
—¿Tu padre te pegaba?
—Él lo llamaba entrenar.
—¿En serio?
—Decía que un Blackwood no podía permitirse ser débil. Y como resultó que era bueno peleando, se obsesionó con convertir las peleas en mi vida con el objetivo de seguir sus pasos y terminar luchando en la UFC.
Dafne niega muy despacio. La veo dudar, como si no quisiera hacerme daño, pero hay algo en ella que necesita entender cada una de mis sombras.
—Tu padre es un cabrón, pero hay una cosa que no entiendo.
—¿Cuál?
—Si Emma también es hija suya, ¿por qué no paga el tratamiento?
—Porque dice que Emma no es una Blackwood.
—¿Qué?
—Siempre ha dicho que mi madre le fue infiel, que Emma nació de una aventura con uno de sus socios.
—¿Y tú le crees?
—Yo creo a mi madre —afirmo y ella asiente.
—Entonces… ¿por eso peleas en el Nido del Cuervo? —deduce y cierro los ojos un instante, porque, joder, no tiene sentido seguir ocultándolo.
—Sí. Las facturas del hospital no esperan y la quimioterapia tampoco. Mi madre trabaja hasta quedarse sin fuerzas, pero con su sueldo no tiene suficiente para pagar la casa, los gastos y los tratamientos de Emma —confieso sin un ápice de vanidad.
No hay orgullo en esas palabras, solo cansancio y resignación.
Ella guarda silencio y su mano busca la mía despacio.
Entrelaza sus dedos con los míos y, simplemente, se queda, sin preguntas, sin juicios y sin miedo.
Porque siento su comprensión y su apoyo incondicional.
He encontrado un tesoro, lo tengo justo a mi lado, y lo mejor es que ella no lo sabe.