Más allá del odio. CAPÍTULO 26
47%

CAPÍTULO 26

Cuando Ethan detiene el coche frente a su casa, el silencio resulta casi inquietante.

Me fijo en la bandera del león, de la fraternidad a la que pertenecen, y ahora mismo agradezco que vivan apartados de todo el jaleo de la zona donde suelen estar las fiestas del campus.

Ethan apaga el motor y se gira hacia Kael, que está sentado en el asiento trasero del coche junto a mí.

—¿Puedes bajarte tú solito o prefieres que te llevemos en brazos como a una princesa? —le pregunta con guasa y mi hermano le dedica una mirada asesina.

—Puedo solo, idiota.

Kael abre la puerta y, nada más apoyar los pies en el suelo, se tambalea ligeramente.

—Sí, claro... —murmura Apolo bajándose del lado del copiloto—. Se te ve estupendo.

Antes de que Kael pueda protestar, Axel ya ha salido de la casa a su encuentro y está a su lado. Le pasa un brazo por la espalda con absoluta naturalidad, sujetándolo por la cintura para que no pierda el equilibrio y obligando a mi hermano a que se sujete sobre su hombro.

—Despacio, capullo.

—No necesito ayuda.

—Claro —masculla Axel, que ni siquiera lo mira.

Kael resopla, pero, a pesar de todo, no intenta apartarlo. Lo deja ayudarle y eso me tranquiliza, porque tal vez cuando le digamos lo nuestro, no se lo tome tan mal.

Entramos en la casa y los sigo por el pasillo. Van caminando despacio, porque Kael parece algo mareado. Detrás de ellos vamos Ethan, Apolo y yo.

Llegamos a su habitación.

—La próxima vez intenta no querer tocar el cielo con tu moto —dice Ethan rompiendo el silencio.

—No prometo nada —replica Kael mientras que Axel lo suelta con cuidado y él se sienta en el filo de su cama.

—Pues avisa antes para llevar palomitas —bromea para mi sorpresa Apolo y no puedo evitar reír.

Porque por fin está en casa y está fuera de peligro. Afortunadamente solo ha sido un susto y está bien. Porque todos sabemos que hoy las cosas podrían haber acabado de una forma muy distinta.

Dejo a Kael duchándose con Ethan supervisando que no se vaya a resbalar, mientras mi hermano lo insulta por no dejarle intimidad, y salgo un momento al porche para tomar aire.

La noche ha caído sobre el campus; suspiro cansada, apoyo los antebrazos sobre la barandilla de madera y saco mi móvil de bolso. Lo desbloqueo y abro WhatsApp para escribir a Bea.

Dafne:

¿Estás ocupada?

Bea:

Para ti nunca. ¿Dónde estás?

Su respuesta no tarda en llegar y sonrío agradecida de tenerla como amiga. Me muerdo el interior de mi mejilla antes de responder.

Dafne:

Kael ha tenido un accidente entrenando.

Acabamos de llegar del hospital.

Bea:

¿Qué dices? ¿Está bien?

Dafne:

Sí, solo ha sido un susto.

Estoy aquí, en su casa. Ha tenido una caída brutal.

Bea:

Envíame ubicación, voy para allá.

Se la envío y me quedo en el porche esperando a que llegue.

No pasan ni cinco minutos cuando la veo aparecer en un patín eléctrico de alquiler.

Se detiene frente a la casa. Mi amiga deja el patín en el suelo y se apresura en mi dirección.

Enseguida sube los escalones del porche y me abraza con tanta fuerza que me deja sin oxígeno.

—¿Y tú estás bien? Vaya susto te habrás llevado —susurra, mientras me sonríe con cariño.

—Sí, estoy mucho más tranquila. Gracias por venir —afirmo y no puedo evitar volver a abrazarla.

Entramos juntas en la casa. Apolo y Ethan están en el salón, pero, sin embargo, no veo rastro de Axel. Vamos hacia la habitación de Kael. Tiene el pelo húmedo de la ducha y está tumbado en la cama cuando entro con Beatrice.

—Vaya pinta llevas... —dice cruzándose de brazos, mientras se fija en los moretones que tiene por el torso desnudo.

—Gracias. Tú también estás guapísima —replica con una media sonrisa.

—Vaya, el golpe no te ha curado la idiotez… —suelta mi amiga acercándose hasta él—. No vuelvas a darnos un susto así.

—Lo intentaré —susurra Kael risueño.

—Podrías practicar otro deporte, pero motocross lifestyle… Hay que estar muy loco para hacer eso —recalca Bea y razón no le falta.

—A mí eso me da la vida, rubia —aclara.

Las risas llenan la habitación durante unos segundos y Ethan, que oye las voces, aprovecha el momento para unirse. Apolo se apoya en el marco de la puerta mientras nos observa.

Enseguida Axel aparece con cuatro pizzas familiares y refrescos para todos.

Nos sentamos en el suelo de la habitación de Kael e improvisamos un picnic de lo más extraño mientras hablamos de las clases, los entrenamientos de los chicos y de cómo va Kael a aburrirse durante quince días sin entrenar.

Y, por primera vez desde la llamada de Axel, siento que todo vuelve a la normalidad.

Bea mira la hora en su móvil y se levanta del suelo cogiendo su bolso.

—Tengo que irme. Si no duermo mis ocho horas, mañana no seré persona. ¿Te vienes? —me pregunta mientras guarda su móvil en el bolso.

—Creo que me voy a quedar hasta que este cabezota se quede dormido —le explico mirando a mi hermano.

—Estoy bieeeen… —resopla con gesto aburrido.

—Pues te llevo —dice Ethan levantándose también.

—No hace falta —responde Apolo, y Ethan arquea una ceja.

—Claro que hace falta, es de noche —insiste el rubio.

—Puede ir sola —asegura Apolo.

—Claro, no os preocupéis. He alquilado un patín de los que hay por el campus —nos explica.

—Eso no es para nada seguro. Aquí la gente conduce como el culo —sentencia Apolo serio y Ethan sonríe.

—Pues, en ese caso, acompáñame a llevarla —insiste Ethan.

—Solo porque eres un pesado —dice Apolo incorporándose y haciendo una pequeña mueca de molestia cuando se levanta del suelo.

—No discutáis por mi culpa —se excusa Bea sonrojada.

—Eso va a ser imposible —añade Ethan abriendo la puerta—. Nos gusta discutir por todo.

Cuando Ethan y Apolo salen de la casa para llevar a Bea, Axel lo hace con las cajas vacías de pizzas. Aprovecho el momento para estar un rato a solas con mi hermano. Me acerco al filo de su cama y me detengo un instante.

—¿Puedo sentarme? —le pregunto y mi hermano suspira resignado.

—Depende.

—¿De qué?

—De si vas a darme otro sermón —comenta y aunque ganas no me faltan, creo que ya le hemos soltado suficientes rapapolvos por hoy.

—Todavía me quedan unos cuantos, pero los dejaré para otro momento —bromeo y una sonrisa cansada aparece en sus labios.

—Entonces puedes sentarte, Daf.

—¿Cómo te encuentras? Pero sé sincero —le pido y él se encoge ligeramente de hombros.

—Como si me hubiera atropellado un camión.

—Pues dale las gracias al camión por no rematarte —replico y él se ríe, pero se agarra las costillas.

—Kael… ¿qué ha pasado realmente? —pregunto queriendo oír su versión.

—Nada.

—Axel me contó que justo antes del accidente estabas hablando con un hombre —comento, recordando lo que me dijo cuando me llamó por teléfono.

—Era mi entrenador —me miente.

Sé que podría insistir, pero conozco bien a mi hermano y cuando Kael decide callarse algo, nada ni nadie lo hace cambiar de idea.

Antes de que pueda decir nada más, su móvil empieza a vibrar sobre la mesita de noche, aunque él ni siquiera gira la cabeza para ver quién llama.

Yo sí lo hago y descubro que es Logan. La llamada se corta y en la pantalla del móvil se muestran seis llamadas perdidas del mismo número.

Cinco segundos después, el móvil vuelve a sonar.

—Joder... —murmura Kael y coge el móvil para ponerlo en silencio.

—Tal vez se ha enterado de tu accidente y quiere saber cómo estás —comento.

—Mañana hablaré con él.

El móvil vuelve a iluminarse, miro con atención la pantalla y mis ojos leen sin querer un mensaje de Logan.

«El encargo está listo. Solo falta que lo entregues».

Frunzo ligeramente el ceño y me pregunto de qué encargo habla. Mi hermano que está mirando al techo, fingiendo que no ha visto el mensaje y que yo no lo he leído.

—El médico ha dicho dos semanas de reposo —le recuerdo—. Nada de moto, ni de entrenamientos.

—En una semana estaré bien —dice Kael con seguridad.

—Ni se te ocurra desobedecer al médico. Una lesión mal curada es peor si tienes una recaída —le advierto y él bufa aburrido.

—Sí, mamá —acepta sonriente y cojo el cojín que hay a su lado para lanzárselo a la cabeza.

—Imbécil —mascullo y él lo esquiva sin dejar de reírse.

Y esa risa consigue aliviar, aunque solo sea un poco, el nudo que llevo apretándome el pecho desde esta tarde. Me levanto y camino hasta la puerta, pero, antes de salir, vuelvo a mirarlo.

—Intenta dormir un poco.

—Sí, pesada. Hasta mañana.

—Que descanses, cabezón —me despido y aunque Kael tiene los ojos cerrados, sonríe.

Apago la luz y cierro la puerta con cuidado. Cuando me giro, me encuentro a Axel apoyado en la pared del pasillo con las manos metidas en los bolsillos de la sudadera.

Me estaba esperando. Nuestras miradas se encuentran y él me sonríe de esa forma que hace que mi corazón se salte un latido.

—¿Está dormido? —me pregunta y niego despacio.

—Intenta fingir que va a dormir para que deje de hacerle preguntas —le explico.

—Eso es típico de él —añade mientras me observa con atención—. Tienes muy mala cara.

—Gracias —respondo soltando una carcajada—. Eso es justo lo que una chica quiere escuchar.

—Me refiero a que estás agotada. Quédate aquí esta noche —me propone.

—¿Qué? —pregunto confundida.

—Que puedes dormir aquí. Así estarás más tranquila al estar cerca de Kael por si te necesita.

—Es una excusa muy mala para decirme que quieres que me quede —comento risueña, y él se encoge de hombros.

—Puede —susurra y una sonrisa torcida aparece en su boca.

Axel da un paso hacia mí para acortar un poco la distancia que nos separa.

—Después del día de mierda que has tenido, me quedo más tranquilo si esta noche duermes aquí —confiesa con sinceridad.

—¿Y dónde dormiría?

—En mi cama —responde Axel como si fuera lo más lógico—. Pero yo puedo dormir en el sofá si hace falta. No te estoy proponiendo, ya sabes, tener sexo. No hay segundas intenciones —dice incómodo y doy un paso hacia él.

—Lo sé, Blackwood —afirmo—. Y si las hubiera, ya sabes que golpeo bastante bien entre las piernas —bromeo y él suelta una carcajada.

—Ven, novata —me pide cogiéndome de la mano y tirando de mí.

Entrelazo mis dedos con los suyos y dejo que me guíe por el pasillo. Cuando llegamos al otro extremo, Axel se detiene frente a una puerta blanca. La abre y da un paso al lado para dejarme pasar primero.

Enciende la luz y veo que la habitación es muy diferente a la de Kael.

Es más grande, está ordenada, todo está limpio y junto al escritorio hay una estantería llena de libros de biomecánica, anatomía deportiva y entrenamiento.

Los apuntes descansan perfectamente apilados sobre el escritorio, con subrayados de distintos colores y anotaciones escritas con una letra sorprendentemente cuidada.

Sobre una balda hay varias medallas y trofeos, pero están ahí medio escondidas entre libros y apuntes, como si nunca hubieran sido lo suficientemente importantes para él.

Junto a la ventana hay un sofá, y en él descansa el mando de la televisión que está anclada en la pared, como un cuadro.

Mi mirada termina deteniéndose sobre una fotografía que hay en la mesita de noche. Emma está subida sobre los hombros de Axel y los dos ríen mirando a la cámara.

Axel abre uno de los cajones del armario, saca una camiseta blanca bastante grande y me la da.

—Te servirá para dormir.

La cojo entre las manos y me llega ese perfume tan característico de él. Ese olor a limpio mezclado con jabón y un leve aroma amaderado que ya empiezo a asociar inevitablemente con él.

—Gracias.

Axel asiente y camina de nuevo hacia la puerta. No busca ninguna excusa para quedarse, simplemente me da espacio para que me cambie y me ponga cómoda.

—Buenas noches, novata.

—Buenas noches, Blackwood.

La puerta se cierra tras él y me quedo sola en su habitación, con su camiseta entre las manos y la sensación de que estoy empezado a conocer al verdadero Axel Blackwood. Y cada vez me gusta más.