CAPÍTULO 25
Solo una frase se repite dentro de mi cabeza desde que Axel me llamó. Que esté vivo. Por favor, que esté vivo. Empujo la puerta de urgencias con tanta fuerza que casi golpeo a una enfermera que pasa por delante.
—Perdón… —digo deprisa, pero mis ojos recorren el pasillo desesperados por encontrarlo.
Miro en los asientos, en la sala de espera y camino por el pasillo de las habitaciones de críticos asomándome a cada una de ellas. Entonces reconozco a Ethan. Entro y entonces lo veo.
Kael.
En ese instante, el aire vuelve a entrar en mis pulmones de golpe. Mi hermano está sentado en una cama con un collarín alrededor del cuello. Lleva un apósito sobre la ceja izquierda y varios raspones le cubren los brazos. Pero está despierto.
Está vivo.
A su lado están Ethan y Apolo.
—¡Dafne! —me saluda Ethan, que es el primero en hablarme.
No llego a responder, porque lo único que soy capaz es de correr hasta Kael y abrazarlo con tanta fuerza que casi lo tiro de la camilla. Las lágrimas empiezan a caer antes incluso de que pueda impedirlo.
—Eres un imbécil... —murmuro contra su hombro—. Un auténtico imbécil, casi me matas del susto.
—¿Ya has terminado de intentar ahogarme? —se queja exageradamente y me separo lo justo para sonreír entre lágrimas.
—¡Idiota! —mascullo dándole un pequeño puñetazo en el pecho.
—¡Ay! —protesta llevándose una mano al pecho—. Creo que el accidente me ha dolido menos que eso.
—Si te llega a pasar algo peor… no te lo perdonaría.
—No creo que seas tan dura, Daf, si has venido llorando —bromea con una sonrisa que adoro y vuelvo a abrazarlo.
Puede que él quiera aligerar el ambiente y quitarle importancia al accidente, pero ha estado inconsciente… y si llega a pasarle algo. No me imagino la vida sin él, y pensar que he estado a punto de perderlo hace que mi cuerpo vuelva a temblar de pánico.
—Solo ha sido un buen susto —comenta Apolo que me aprieta el hombro para darme consuelo con una sonrisa tranquila.
—Eso dicen los médicos —añade Ethan—. Le harán alguna prueba más por el golpe, pero parece que este cabezota ha vuelto a gastar una de sus siete vidas.
—¿Me estás comparando con un gato? —pregunta Kael.
—Así es, hermano, según dice Axel, podríamos estar ahora de camino a tu velatorio. Has tenido mucha suerte, colega —le informa Ethan.
No puedo evitar reír entre lágrimas y, por primera vez desde que sonó mi teléfono, respiro. Mi corazón empieza a bajar las revoluciones.
—¿Y Axel? —Necesito darle las gracias.
—Estaba ahí afuera hace un momento —responde Kael.
Salgo de la habitación para buscarlo y lo veo en el otro extremo del pasillo hablando con una enfermera que le sonríe con amabilidad. Lo veo despedirse de ella y echar a andar.
—Ahora vuelvo —les digo a los chicos y camino deprisa para alcanzarlo—. ¡Axel!
Lo vuelvo a llamar, pero no se gira y aunque acelero el paso, desaparece al doblar una esquina.
—¡Axel!
Pero cuando doblo la esquina, las puertas del ascensor ya están cerradas y se detiene en la segunda planta. Cojo otro ascensor y marco el mismo piso. Apenas he salido, una vocecita rompe el silencio del pasillo.
—¡¡¡Axeeeeeel!!! —grita feliz su nombre una niña de unos siete u ocho años sale disparada desde una de las habitaciones.
Lleva un pijama azul del hospital que le queda un poco grande, porque está muy delgada, y unos calcetines de colores flúor que apenas hacen ruido sobre el suelo brillante.
Tiene la piel demasiado pálida, está completamente calva y, aun así, tiene la sonrisa más bonita y luminosa que he visto en mi vida.
La niña corre directa hacia él con los brazos abiertos y él se agacha para recibirla.
—¡Hola, princesa! —ríe Axel mientras la pequeña se lanza sobre él sin pensárselo dos veces y se funden en un abrazo.
Él la atrapa y la levanta con facilidad haciéndola girar con muchísimo cuidado. No es un giro despreocupado, es el de alguien que sabe exactamente hasta dónde puede llegar sin hacerle daño.
La niña rompe a reír y no puedo evitar sonreír al ver la escena.
—¡Otra! ¡Otra!
—¿Otra? —pregunta él sonriendo—. Luego tu enfermera me echa la bronca.
—¡No se lo decimos! —le propone la niña.
—Vaya plan... ¿Ya estas aprendiendo a mentir? —le pregunta Axel y ella asiente orgullosa.
—Un poquito.
—Eres más peligrosa que yo —bromea Axel, que la deja de nuevo en el suelo y le da un beso en la cabeza.
Ese gesto tan pequeño me desarma, porque es obvio que tiene la cabecita sin cabellos a causa de un tratamiento superagresivo para combatir una enfermedad demasiado cruel.
Y lo que más me sorprende es que, a pesar de todo, la niña sigue sonriendo como si el mundo no hubiera decidido ponerle las cosas cuesta arriba demasiado pronto.
Me quedo inmóvil y completamente descolocada al ver esta versión secreta de Axel Blackwood.
Aquí no está el luchador o el chico arrogante que disfruta sacándome de quicio.
Es un chico mirando a una niña que es el centro de su universo.
La pequeña es la primera en fijarse en mí y tira suavemente de la manga de la sudadera de Axel.
—¿Quién es ella? —le pregunta señalándome y él sigue la dirección de su dedo hasta encontrarme.
—Dafne… —susurra y puedo ver que la sorpresa cruza su rostro.
Me acerco despacio hasta ellos y presiono los labios nerviosa, porque no pretendía interrumpir este momento; es más, no me imaginaba ni por asomo a dónde se dirigía cuando dejó atrás la zona de urgencias del hospital.
—Hola...
La niña me observa de arriba abajo con una curiosidad tan descarada que me hace gracia.
—Hola, soy Emma —me dice y me tiende la mano.
—Yo soy Dafne —me presento y se la estrecho sonriendo.
Emma vuelve a mirar a Axel y yo hago lo mismo.
Nuestras miradas se encuentran y durante un instante se queda completamente quieto, callado y serio.
Ya no hay rastro de esa sonrisa chulesca que siempre lleva puesta cuando quiere enfadarme.
Solo unos ojos grises clavados en los míos que intentan averiguar qué estoy pensando.
Por primera vez desde que lo conozco, Axel Blackwood parece incapaz de esconderse detrás de una de sus sonrisas.
—¿Eres la novia de Axel? —me pregunta Emma rompiendo el silencio.
—Emma… —dice Axel sin apartar la mirada de mí, como si mi reacción le importara mucho más de lo que está dispuesto a admitir.
—¿Qué? —pregunta y se encoge de hombros con total naturalidad—. Es que tu forma de mirarla…
—Emma, cariño, creo que estás agobiando a tu hermano —interviene una voz suave a nuestro lado.
Me giro y veo sonriendo con amabilidad a una mujer que debe rondar los cuarenta y pocos años.
Tiene el pelo castaño recogido en una coleta sencilla y unas ojeras que hablan de demasiadas noches durmiendo poco.
Viste con unos vaqueros, un jersey de punto color crema y luce una sonrisa tan cálida que consigue suavizar incluso el ambiente frío de este pasillo.
Es muy guapa y cuando la mujer termina de hablar, Axel parece salir de un pequeño trance.
—Mamá, ella es Dafne —habla por fin Axel y la mujer me mira con una dulzura que me desarma.
—Encantada de conocerla, señora —digo con una sonrisa amable.
—Nada de señora, que me haces sentir mucho mayor de lo que soy. Llámame Ava.
—Encantada, Ava.
—Mamá, es la hermana de Kael —explica Axel—. Él ha tenido un accidente entrenando en el circuito, y por eso está aquí.
—¡Vaya! Menudo susto os habréis tenido que llevar. ¿Cómo está tu hermano, cariño? —pregunta preocupada.
—Magullado, con un buen golpe en la cabeza y el orgullo bastante peor que el resto del cuerpo. Menos mal que Axel estaba allí y actuó rápido.
—Gracias por ayudarlo, cariño —le dice su madre y él se encoge ligeramente de hombros.
—Habría hecho lo mismo cualquiera —responde restándole importancia.
—No lo creo —sentencio.
—Así es, no todo el mundo reacciona rápido ante un accidente —añade la mujer y Axel aparta la mirada de nosotras con evidente incomodidad.
—Mamá…
—¿Qué? —sonríe—. Solo estoy diciendo la verdad.
—¡Porque Axel siempre salva a todo el mundo! —interviene Emma y él resopla.
—Eso es un poco exagerado, peque.
—¡No, no lo es! —insiste la niña—. Además, es como un superhéroe, porque siempre gana todas las peleas.
—No siempre gano todas —se excusa Axel mirándome.
—Ojalá algún día deje de pelear… —añade Ava con una sonrisa triste.
—Mamá, no vayas por ahí —le pide Axel serio y ella le acaricia el brazo con un gesto lleno de ternura.
—No digo que no esté orgullosa de ti. Lo estoy cada día, pero me gustaría que pelearas por deporte, no por obligación.
—Pero gracias a los combates de Axel, sigo viniendo a curarme —rebate la pequeña, que no conoce el peso de las palabras.
—Tu hermano siempre cuida de nosotras —dice la mujer y Emma mira a Axel con una sonrisa inmensa.
El pasillo queda en silencio y yo dejo de respirar durante un segundo.
¿Las peleas? Miro a Axel, que tiene la mandíbula tensa y la mirada clavada en la pared, como si deseara estar en cualquier otro sitio en vez de tener esta conversación.
Él no dice nada, y entonces una pregunta empieza a dar vueltas en mi cabeza.
«Si los Blackwood tienen dinero… ¿por qué Axel pelea para pagar el hospital de su hermana? ».
Axel me mira intentando adivinar mis pensamientos y tengo la sensación de que detrás del chico que todos creen conocer en Brakenhall existe una historia secreta de la que nadie habla.
Emma bosteza y vuelve a abrazarse a la cintura de Axel.
—¿Vendrás mañana? —le pregunta captando su atención y él se agacha hasta quedar a su altura.
—¿Cuándo te he fallado? —replica y la pequeña sonríe, satisfecha.
—Nunca.
—Pues entonces deja de hacer preguntas de las que ya sabes la respuesta —comenta dándole un beso en la frente.
—Cielo, ve a descansar un poco. Tu hermano tiene que volver con su amigo —dice Ava a Emma y la niña asiente.
—Hasta luego, Dafne.
—Vendré a verte —afirmo.
Ella levanta la mano para despedirse y desaparece tras la puerta de la habitación 218. Mi mirada se queda unos segundos clavada en ese número, 218, y, sin querer, recuerdo la taquilla de Brakenhall, donde Axel escondía aquella mochila llena de dinero.
Cuando vuelvo la vista hacia él, me está observando y me dedica esa media sonrisa torcida que siempre utiliza para esconder lo que siente.
—Bueno chicos, me voy adentro con Emma —anuncia la mujer—. Axel, vuelve con Dafne y con tus amigos. Luego hablamos por teléfono y me cuentas cómo sigue Kael.
—Claro… Descansa tú también, mamá —comenta dándole un beso en la mejilla.
Ella le acaricia la mejilla con ternura y después desaparece con Emma, al otro lado de la puerta. El pasillo vuelve a quedarse en silencio y empezamos a caminar juntos.
Durante unos metros ninguno de los dos decimos nada, solo se escuchan nuestros pasos y el ruido lejano de un carro de enfermería. Axel suspira despacio y se pasa una mano por el pelo; parece agotado.
—Siento que hayas visto todo esto.
Lo miro sin saber muy bien qué responder porque hasta hace apenas unas horas estaba convencida de que Axel Blackwood solo sabía provocar, desafiar, pelear y ganar. Pero el chico que camina a mi lado no se parece en nada al que todos creen conocer en Brakenhall.
Este Axel tiene las manos llenas de cicatrices, está cansado y soporta demasiadas cosas para ser tan joven.
—No tienes que disculparte por quererlas tanto —afirmo con una sonrisa sincera—. Además, nadie tiene una vida perfecta.
Él asiente y baja la vista, como si esas palabras le incomodaran más que cualquier puñetazo recibido dentro del octógono. De repente, veo que en sus labios aparece una sonrisa pequeña y fugaz.
—Será mejor que vuelvas con Kael —me sugiere haciendo un gesto con la cabeza hacia el ascensor que lleva a urgencias.
—¿Y tú?
—Yo me voy a casa. No creo que mi presencia ayude demasiado en la recuperación de tu hermano.
—Probablemente no —confirmo sin poder evitar sonreír.
Él deja escapar una risa baja, muy baja y durante un segundo vuelve a ser el Axel de siempre.
Ese que consigue hacerme sonreír incluso cuando el mundo parece venirse abajo.
Se guarda las manos en los bolsillos de la sudadera, da un paso hacia mí y, sin decir nada, acorta la distancia que nos separa.
Sus labios rozan los míos en un beso breve, suave y tan fugaz que me recuerda que lo nuestro sigue siendo un secreto.
Cuando se aparta, nuestros rostros quedan a escasos centímetros.
—Nos vemos, novata —susurra y ese apodo ya no me incomoda.
—Gracias por todo, Blackwood.
Una media sonrisa curva sus labios antes de darse la vuelta y no me muevo hasta que lo veo alejarse por el pasillo en dirección a las escaleras. Mientras lo miro, pienso en el gran peso invisible que carga sobre sus hombros.
No comprendo por qué Nick Blackwood, un reconocido exdeportista de élite, que tiene suficiente dinero para tener a su hijo en la mejor universidad privada de todo el Estado, deja que este arriesgue su vida cada semana para pagar el tratamiento de su hermana.
Qué bien ocultaba Axel su vida real al mundo. Sin embargo, la pregunta se queda dando vueltas en mi cabeza mientras él desaparece al final del pasillo.
Siempre había pensado que Axel Blackwood iba al sótano del Nido porque le gustaba pelear, pero hoy descubrí que lo hace para ayudar a las personas que más quiere.
Entonces entiendo que las cicatrices más profundas de Axel Blackwood nunca han estado sobre su piel.
Están escondidas donde nadie puede verlas.
Y, quizá, en ese preciso instante, es cuando comprendo que me estoy enamorando de él de forma irremediable.