Más allá del odio. CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

—No olvidéis que el parcial de la semana que viene elimina materia del examen final —dice el profesor mientras guarda los libros en su maletín—. El que venga sin estudiar lo va a pasar mal.

Las sillas empiezan a arrastrarse por el suelo del aula.

Guardo mis apuntes en la mochila y salgo de la clase de Biomecánica.

La verdad es que es una asignatura que nunca me ha parecido difícil, pero para aprobar hay que dedicarle tiempo.

Como suspenda el parcial, me tocará estudiar el doble para el final.

El móvil vibra dentro del bolsillo de mi pantalón. Ni siquiera necesito sacarlo para saber quién es. Vibra una y otra vez. Al final lo saco, resoplo y veo en la pantalla que es el capullo de mi padre. Es la cuarta llamada en el día. Dejo que suene hasta que la llamada se corta.

¿Qué cojones querrá ahora?

El viernes apareció por sorpresa en la Fight Night y me felicitó por el combate. Me dio una palmada en el hombro delante de mis amigos y luego se largó como si acabáramos de coincidir por casualidad en la cola de un supermercado.

El teléfono vuelve a vibrar con una nueva llamada entrante y lo guardo en el bolsillo sin devolvérsela. Si lleva veinte años sin interesarse realmente por mi vida fuera de las peleas, puede esperar un día más.

Salgo de la facultad y cruzo el campus en dirección a las afueras de la zona deportiva. El hombro izquierdo protesta con cada paso que doy; es un dolor agónico y constante, pero nada que no haya padecido antes.

Saco de nuevo el móvil para mirar la hora y veo que son las cinco menos diez de la tarde.

En menos de diez minutos debería estar en la consulta del fisioterapeuta, pero llevo un par de días dándole vueltas a un asunto y posponiéndolo diciéndome que será mejor dejarlo para otro momento.

Me excuso con que primero tengo que aclararme las ideas porque todavía no sé qué coño está pasando con Dafne.

Pero, en el fondo, es una mentira de mierda, lo sé.

Lo que ocurre es que no sé cómo cojones decírselo a su hermano.

Abro el chat del fisioterapeuta y le escribo que no puedo ir, que me cambie la sesión para otro día.

Le doy a enviar, guardo el móvil y pienso que el hombro puede esperar una tarde más, pero hablar con Kael no.

Subo al coche y cierro de un portazo. Durante unos segundos me quedo inmóvil, con las manos apoyadas sobre el volante y aunque el motor sigue apagado, mi cabeza va como un rayo.

Pienso que he estado con muchas chicas, tal vez demasiadas como para acordarme de todas.

Algunas sabían mi nombre y otras solo mi apellido, pero eso nunca me importó.

Siempre he sido claro con ellas; nunca he vendido cuentos con finales felices.

Ellas sabían lo que había y yo también, sexo y diversión sin compromiso.

Era práctico, sencillo, sin mensajes al móvil de buenos días, ni preguntas incómodas. Hasta que apareció Dafne y todo cambió.

Se me escapa una risa llena de incredulidad y arranco el coche. Joder, con ella todo es un puto desastre, porque no pienso en cómo sería acostarme con ella, sino en que necesito verla. Me encanta que discuta conmigo por cualquier tontería y no quiero que cargue sola con todo.

Aprieto un poco más el volante; no recuerdo haberme preocupado así por ninguna chica nunca. Y eso… Eso sí que me acojona.

Conduzco por la carretera que sale de Brakenhall en dirección al circuito de motocross que está a menos de tres minutos en coche.

Cuando hable con Kael y le diga que me gusta su hermana pequeña, va a partirme la cara.

Sobre todo, después de lo que pasó entre nosotros hace dos años; tiene motivos de sobra.

Pensaba hablar con él antes de dar el paso, porque, a pesar de que casi no hablamos, el muy imbécil sigue siendo mi mejor amigo. Y por eso sé que merece la pena que se entere por mí antes de que nos pille besándonos por el campus.

—Vas a matarme, cabrón… —murmuro para mí con una sonrisa amarga bailando en mis labios.

Apago el motor del coche y me quedo unos segundos mirando el volante.

No sé si soy el hombre que Dafne merece, seguramente no.

Ella se merece a alguien que nunca le haga dudar y que no tenga el cuerpo lleno de cicatrices.

Un tipo capaz de darle una vida tranquila, sin peleas clandestinas ni problemas esperando a la vuelta de la esquina, y yo no soy ese.

Pero no me importa.

Porque si hay algo que tengo claro es que soy un egoísta de cojones y si alguien espera que renuncie a ella para dejarle el sitio a otro, puede seguir esperando.

No pienso apartarme.

Pienso convertirme en el hombre que esté a la altura de lo que ella merece, aunque tenga que cambiar más de lo que creía posible. Así que, si para quedarme a su lado tengo que dejar que Kael me rompa la nariz, que vaya calentando los puños.

Nada más bajar del coche, el olor a gasolina y aceite quemado me golpea de lleno las fosas nasales. Los motores rugen a lo lejos y el polvo se queda suspendido en el aire formando una nube marrón que el viento apenas consigue mover.

Alrededor del circuito hay varias furgonetas abiertas con herramientas repartidas por todas partes, caballetes sujetando motos desmontadas y chavales ajustándose las botas, las rodilleras y los petos antes de salir a pista.

La verdad es que nunca he entendido cómo alguien puede encontrar paz en un sitio donde todo hace tanto ruido. Veo a Kael volando literalmente sobre una KTM naranja que salta cuando acaba la rampa desafiando, el muy cabrón, la ley de la gravedad.

El tío controla la moto con una facilidad casi insultante. Inclina el cuerpo justo lo necesario y corrige el aterrizaje, antes incluso de tocar el suelo, para volver a acelerar.

No conozco a nadie que domine una moto de cross como él.

Cuando está subido sobre la KTM, parece invencible.

Espero junto a la valla hasta que termine la tanda de entrenamientos y, en una de estas, Kael me ve de forma fugaz y nuestras miradas se cruzan.

Debe de estar preguntándose qué coño hago aquí, y no lo culpo, yo también me lo preguntaría si estuviera en su lugar.

Después de tanto tiempo sin dirigirnos apenas la palabra, supongo que si se congelase el infierno sería más lógico que verme aparecer en mitad de uno de sus entrenamientos.

Estoy a punto de levantar una mano para hacerle una señal, cuando un hombre que desentona con todo lo demás entra en el circuito por el acceso de los boxes.

El tipo rondará los cincuenta años. Tiene una barba de varios días que apenas consigue disimular un rostro castigado por demasiadas noches sin dormir.

Lleva unos vaqueros gastados, unas botas viejas cubiertas de polvo y una cazadora que estoy seguro de que conoció tiempos mejores.

Camina con paso irregular, como si el cuerpo todavía estuviera intentando decidir si ha bebido demasiado o si simplemente ya se ha acostumbrado a caminar así.

Incluso desde donde estoy puedo distinguir su aspecto descuidado. No encaja allí, no por su vestimenta, sino porque transmite esa sensación de problemas antes incluso de abrir la boca.

Kael también lo ve y basta un segundo para que toda la expresión de su cara cambie. La KTM entra en boxes levantando una nube de polvo y veo cómo se baja de la moto de un salto, se quita el casco y camina directamente hacia él.

No alcanzo a escuchar lo que dicen, pero tampoco hace falta. Kael no mira a ese hombre como a un desconocido. El hombre le habla y Kael niega con la cabeza. El hombre insiste y Kael contesta algo, da media vuelta, se pone el casco y ni siquiera espera a que el mecánico termine de revisar la moto.

Arranca demasiado rápido y la KTM sale disparada de nuevo al circuito.

Hace un primer salto que le sale perfecto; el segundo lo hace más alto que la vez anterior; el tercero está después de una curva cerrada, pero el muy loco no frena, acelera, y yo aprieto la valla con mis manos, porque debe de estar cabreado y está conduciendo con la cabeza en otra parte…

Tras el tercer salto, la rueda delantera aterriza ligeramente cruzada, lo que hace que la suspensión rebote y la moto pierda estabilidad. Todo ocurre demasiado deprisa, el manillar se gira, la rueda muerde el barro, la KTM sale despedida por los aires y Kael detrás.

Cuando veo cómo el casco impacta contra el suelo, juro que siento que el mundo se queda en silencio durante un instante. Salto la valla antes de darme cuenta de que ya estoy corriendo y llego el primero. Aparto la moto como puedo de encima de él y me dejo caer de rodillas junto a mi amigo.

—¡Kael! —grito.

Pongo dos dedos sobre su cuello para comprobar el pulso y ahí está. ¡Joder! Pero está inconsciente, no responde.

—¡Llamad a una ambulancia! —grito sin apartar la vista de él.

—¡Ya está de camino! —responde uno de los mecánicos mientras varios miembros del equipo corren hacia nosotros.

Intento mantener su cabeza inmóvil. La sangre me late con tanta fuerza en las sienes que apenas escucho el resto de voces. Entonces me acuerdo de Dafne.

Mierda.

Saco el móvil del bolsillo con las manos cubiertas de tierra y busco su contacto.

Novata. Durante un segundo, mi dedo se queda suspendido sobre la pantalla porque pienso en que hace apenas quince minutos venía hasta aquí decidido a decirle a Kael que me había enamorado de su hermana.

Y ahora tengo que llamarla para decirle que su hermano está inconsciente delante de mí.

Pulso el botón para hacer la llamada y empieza a sonar el primer tono. Trago saliva y niego para mí, porque nunca imaginé que la conversación más difícil de mi vida no sería la que iba a tener con Kael, sino la que estaba a punto de tener con Dafne.