CAPÍTULO 22
Sparks Fly – Taylor Swift
Conduzco por la avenida principal del campus mientras el cielo empieza a teñirse de ese naranja intenso.
Hay estudiantes por todas partes, algunos salen de clase con mochilas al hombro.
Entonces, la veo. Está sola, de pie junto a la parada del campus con un bolso negro colgado de un hombro, vaqueros y camiseta de manga corta del mismo color del bolso.
Tiene la vista fija en la carretera, como si esperara que el autobús apareciera antes por observar el asfalto con suficiente insistencia, y los auriculares puestos para hacer tal vez más corta la espera.
Sin pensarlo demasiado, reduzco la velocidad, detengo el coche justo delante de ella y bajo la ventanilla. Ella se quita el auricular y se agacha para verme mejor.
—¿Vas al club de ricos? —le pregunto solo para provocarla.
—Que te den Blackwood —responde sacándome el dedo corazón y mi sonrisa se ensancha.
—Venga, era broma. Sube.
—¿Seguro? —duda y aunque una sonrisa amenaza con aparecer en sus labios, consigue esconderla a tiempo.
—No —respondo y nos quedamos unos segundos mirándonos—. Sube, novata.
Resopla con esa expresión que siempre pone cuando intenta convencerme de que la saco de quicio. Después, rodea el coche, abre la puerta del copiloto y entra. Mientras se coloca el cinturón, se guarda los auriculares en el bolso. Arranco y la pregunta me sale sola.
—¿Qué escuchas?
—¿Por qué?
—Curiosidad.
—Sparks Fly de Taylor Swift —dice bloqueando su móvil.
Asiento despacio y no digo nada. Simplemente pulso la pantalla del coche, busco la canción y, unos segundos después, la guitarra empieza a sonar por los altavoces. Dafne gira la cabeza hacia mí.
—¿Te gusta? —pregunta con curiosidad.
—Si te digo que sí, rompería mi fachada de tipo duro… —respondo y ella sonríe.
—Entonces, ¿por qué la has puesto?
—Porque si voy a compartir el camino contigo, prefiero escuchar lo que te gusta a ti.
La miro un instante y la veo sonreír antes de volver la vista a la carretera.
—Qué caballeroso.
—No te acostumbres —afirmo saliendo del campus.
—Tranquilo, no pensaba hacerlo.
Resoplo porque, joder, mentimos fatal. Ella finge que le saco de quicio y yo finjo que me es indiferente llevarla de copiloto. Pero ninguno de los dos se cree ya esa mentira.
Aprieto un poco más las manos sobre el volante y pienso una vez más que besarla fue un error.
Eso es lo que llevo repitiéndome desde hace días.
Porque es la hermana de Kael, porque bastante tiene ya con su sufrimiento por Charlie y porque yo tampoco puedo permitirme distraerme ahora mientras compito en la liga.
Y, sobre todo, porque cuanto más tiempo paso con Dafne Mirror, más difícil me resulta recordar todos esos motivos.
Creo que me gusta demasiado, pero no tengo intención de admitirlo.
El silencio dura unos minutos no porque nos resulte incómodo, sino porque ninguno de los dos parece tener prisa por romperlo.
Dafne gira la cabeza hacia la derecha y observa una de las viejas naves deportivas que bordean la avenida principal del campus.
En una de las paredes exteriores todavía sobrevive un cartel desgastado por la lluvia y el sol.
Los colores están apagados y una esquina se ha despegado del muro.
Aun así, las dos figuras que aparecen en él siguen siendo perfectamente reconocibles.
Dos luchadores frente a frente y debajo dos nombres: Blackwood vs. Alfa.
—¿Alfa? —pregunta Dafne entrecerrando los ojos y sonrío.
—Apolo.
—¿Ese era su nombre de luchador? —sigue indagando y asiento.
—Todo el mundo lo conoce así —le explico y vuelvo a mirar el cartel.
Todavía recuerdo aquella noche de la temporada pasada. Las gradas llenas y Apolo levantando el cinturón como si hubiera nacido para hacerlo.
—¿Era bueno?
No necesito pensar la respuesta.
—Nunca he visto a nadie dominar un combate como él —confieso y Dafne continúa observando el cartel.
—¿Volverá a competir? —pregunta mirándome con curiosidad.
—No lo sé… en junio se destrozó la rodilla en uno de los últimos combates de la liga. Así que, esta temporada se quedó fuera.
—Debe de haber sido duro para él —susurra pensativa y asiento.
—Ni te imaginas novata…
No añado nada más, no hace falta. Porque en este deporte nunca pierde solo el que cae al suelo, también perdemos quienes entrenamos cada día a su lado. El semáforo cambia de color al verde. Piso el acelerador y el viejo cartel desaparece por el retrovisor. Tras de unos segundos, vuelvo a hablar.
—Pensé que ibas a dejar el trabajo.
—Si esta noche vuelven a obligarme a bailar, lo dejo —me explica y la miro un instante antes de volver la atención a la carretera.
—¿De verdad? —pregunto y asiente.
—Te lo prometo —afirma y aprieto un poco más el volante.
—Más te vale —sentencio y ella sonríe de lado.
—¿Tan controlador eres?
—No, pero conozco demasiado bien a los gilipollas que pagan por esclavizar a las chicas que trabajan allí —justifico y su sonrisa desaparece.
Trago saliva para intentar calmar el fuego que crece en mi interior—.
Muchos son amigos de mi padre, hombres respetables ante la sociedad, hasta que se apagan las luces y solo ven a las mujeres como un trozo de carne para darles placer.
¿Sabes qué tienen todos en común? —pregunto y ella sigue mirándome seria.
—¿Qué?
—El dinero, mucho dinero y, además, ninguno miraría dos veces a una mujer de su edad —Hago una pausa y aprieto la mandíbula—. Pero sí a una chica que podría ser su hija.
El silencio que sigue pesa más que cualquiera de nuestras discusiones. Sabe que tengo razón, pero es tan terca y orgullosa que no piensa dármela, y no me importa, porque tengo intención de estar ahí para evitar que eso mismo le pase a ella.
—Eres un exagerado.
—Ojalá.
Durante el resto del trayecto no hablamos y, por primera vez desde que la conozco, empiezo a preguntarme si proteger a Dafne Mirror se ha convertido en una necesidad o en algo mucho más peligroso.
Cuando la dejo tras la barra del club, bajo al sótano y la música que retumba me recibe como aullidos desesperados de violencia. El olor a alcohol, sangre y sudor vuelve a mezclarse en el aire.
Aquí nada cambia, las apuestas, los gritos y los hombres sin moralidad que disfrutan viendo cómo dos personas intentan destrozarse.
Para mí, siempre es lo mismo, pero, esta noche, mi cabeza me recuerda que Dafne está ahí arriba y que tal vez, cuando le doblen el sueldo, acepte bailar para estos babosos.
Niego para mí, mientras aprieto las vendas bajo los guantes.
Pienso en que hoy ya no debería de haber venido, no debería de haberla traído y, tal vez, hubiese llegado tarde y el Buitre la hubiera despedido.
Joder, es que ella no debería seguir trabajando aquí, no debería estar a pocos metros de todos estos hijos de puta.
—¡Blackwood!
Levanto la cabeza y uno de los organizadores me hace una señal desde la entrada del octógono para avisarme de que ha llegado mi turno.
Subo los escalones y las luces me ciegan durante un instante. Al otro lado ya me espera mi rival. No lo conozco y, la verdad, es que me da igual… El Buitre aparece junto a un lateral de la jaula y sonríe con esa expresión de carroñero que lleva años perfeccionando.
—Que gane el más útil —anuncia por el micrófono para dar inicio al combate.
Suena la campana y mi rival golpea rápido, pero le bloqueo el primer y el segundo golpe. Respondo con una combinación de puño y patada contra su cuerpo y retrocede.
Los primeros treinta segundos transcurren como cualquier otro combate, pero mi cabeza no está aquí. Está arriba. Preguntándose si Dafne habrá tenido que bailar o si habrá cumplido su promesa.
«Si esta noche vuelven a obligarme a bailar... Lo dejo». Recuerdo sus palabras. Aprieto la mandíbula y mi mente me grita que me concentre.
El puño de mi rival impacta contra mi hombro izquierdo y un dolor agudo me recorre todo el brazo. Siento que pierdo fuerza, mierda. Doy un paso atrás, pero recibo otro golpe y después otro.
Estoy llegando tarde a todos.
Escucho a la gente gritar, pero distingo ni una palabra.
Veo una abertura para ganar posición y le lanzo un crochet, pero fallo. Joder. Mi hombro protesta con un latigazo de dolor… y entonces ocurre. Una derecha limpia impacta contra mi mandíbula y la lona me recibe antes de que tenga tiempo de reaccionar.
Cuando vuelvo a abrir los ojos, el árbitro ya está levantando el brazo de mi rival y, por primera vez en meses, he perdido.
Bajo del octógono sin mirar a nadie mientras muevo el hombro que me arde de dolor. Cuando llego al pasillo junto a los vestuarios, el Buitre me sonríe con superioridad.
—Hoy no cobras —me advierte y lo miro sin detenerme.
—Métete el dinero por el culo.
—Las emociones siempre os hacen perder. ¿Qué te ha pasado hoy, Blackwood? Hace tiempo que no te veía regalar un combate.
Me detengo, me giro muy despacio y me doy la vuelta. En dos pasos estoy delante de él y, sin pensar, lo agarro de la chaqueta y lo estrello contra la pared.
—Vuelve a decir una gilipollez igual y termino el combate contigo —mascullo con hastío.
—Ahora entiendo por qué has perdido —afirma con una sonrisa de gilipollas olímpico y aprieto todavía más la tela de su americana.
—Cállate —ladro.
—Axel —reconozco su voz al instante y mis dedos se aflojan.
Me giro para ver a Dafne a pocos metros de mí. Tiene la respiración agitada, como si hubiese atravesado todo este infierno corriendo para llegar a mí. Me mira con la suplica de que no haga ninguna tontería, y suelto al Buitre. Cuando lo hago, él se alisa la americana con absoluta tranquilidad.
—Qué curioso… —comienza a decir mirándola con esa sonrisa que tanto detesto—. Al final sí tienes un punto débil que te hace perder peleas.
No espero a que diga nada más y mi puño impacta contra su cara. El crujido de su mandíbula se escucha incluso por encima de la música. El Buitre cae de espaldas mientras se lleva la mano al rostro y la sangre del labio resbala por su barbilla.
—Esto no va a quedar así —dice señalándome.
El hombro me arde de dolor, la mandíbula me duele por tenerla tan apretada, pero ahora mismo todo me da igual.
—Claro que no. La próxima vez tendrás que comer puré durante un mes.
Dos de seguridad se acercan corriendo para levantar al Buitre. Uno de ellos me mira un instante dudando si arremeter contra mí y yo cierro mis puños preparado para pelear. Por suerte para él, el rastrero de su jefe le pide ayuda para levantarse.
Me doy la vuelta, entro en el vestuario, saco la bolsa de deporte de mi taquilla y, al salir, cojo la mano de Dafne, que está parada en la puerta del vestuario.
—Vámonos —le pido sintiendo que me asfixia estar un segundo más en este lugar.
—Axel —dice Dafne sin moverse.
—Vámonos, novata.
—He dejado el trabajo —afirma y me giro despacio para mirarla.
—¿Qué? —pregunto mientras ella da un paso hacia mí.
—He dimitido, cumplí con mi promesa —me recuerda con una sonrisa dulce que contrarresta la mierda de noche que llevo.
No soy capaz de responder. Ella baja la mirada y, por primera vez desde que la conozco, se rompe delante de mí. Sus ojos avellana se llenan de lágrimas y una tristeza absoluta empaña su mirada.
—No sé cómo voy a pagar al mejor abogado de Boston para sacar a Charlie del sistema de acogidas del Estado… —susurra y sé que le cuesta terminar la frase—. No tengo ni idea —afirma desesperada y sus ojos vuelven a buscar los míos—. Pero no pienso vender mi cuerpo para conseguirlo.
El mundo entero parece quedarse en silencio, la música, los gritos y los golpes del octógono desaparecen y solo quedan ella y su voz. Doy un paso, luego otro y me detengo frente a ella.
Levanto las manos despacio y, aunque todavía tengo los nudillos vendados, acuno con mis manos su rostro. Dafne cierra los ojos un instante, como si también estuviera exhausta de luchar.
—Escúchame bien, novata —comienzo a decir y le limpio una lágrima con el pulgar, después otra—. Mírame —le pido y sonrío—. No vuelvas a pensar que estás sola.
—Estoy cansada de fallar.
—Pues has tenido muy mala suerte, novata... —murmuro mientras apoyo mi frente contra la suya—. Porque acabo de convertir tu problema en el mío.
Durante un segundo deja de respirar y me mira intentando averiguar si hablo en serio.
La respuesta debe de encontrarla en mis ojos, porque sonríe.
Es una sonrisa pequeña. Reduce la poca distancia que queda entre nosotros, se pone de puntillas y sus labios rozan los míos.
En un beso corto y suave, un beso que alberga más verdad que cualquiera de los que nos hemos robado hasta ahora.
Cuando se separa, ninguno de los dos decimos nada. No hace falta. La observo en silencio y veo que aún tiene los ojos brillantes y entonces comprendo que ya es demasiado tarde para seguir engañándome.
Dafne Mirror hace tiempo que dejó de ser para mí la hermana pequeña de Kael. Y yo… Yo acabo de elegir la única pelea de mi vida en la que rendirme nunca va a ser una opción.