Más allá del odio. CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Me salto el desayuno con Beatrice, me pillo una barrita energética de una máquina expendedora de la residencia y media hora después estoy cruzando las puertas del gimnasio. Todo está en silencio, pero Axel ya está aquí.

Lleva un pantalón corto negro, el torso desnudo y las manos vendadas hasta los nudillos. Está golpeando un saco de boxeo y levanta la vista cuando me oye entrar.

—Pensaba que los periodistas llegabais tarde por norma.

—Y yo pensaba que los deportistas de élite no eran tan idiotas —ataco y una sonrisa fugaz aparece en la comisura de sus labios.

—Veo que hoy vienes con ganas de guerra —dice caminando hacia mí y levanto la libreta.

—He venido a hacerte una entrevista.

Él se acerca hasta una estantería, coge un par de guantes y me los lanza.

Los atrapo por puro reflejo, pero mi cuaderno cae al suelo.

Axel ni siquiera menciona el beso del otro día, yo tampoco lo hago, como si ambos hubiéramos firmado un pacto silencioso para seguir comportándonos como antes, aunque ninguno de los dos recuerde ya cómo era ese «antes».

—¿Qué haces?

—La entrevista puede esperar —me asegura colocándose frente a mí—. Primero quiero enseñarte algo.

—Axel, yo no sé pegar.

—Eso es mentira —afirma sonriente y lo miro confundida.

—Es la verdad.

—Venga ya, Mirror. Recuerdo perfectamente cómo casi dejas estéril al idiota de la fiesta.

—Fue un golpe con suerte —le explico y él niega despacio.

—No, novata. Eso fue un buen golpe. —Hace una pausa y su sonrisa desaparece—. Pero no siempre tendrás la suerte de acertar en el centro de la diana.

Su expresión cambia por completo y sé que no está bromeando.

Se agacha frente a mí, coge mi cuaderno y lo deja sobre una estantería.

Después, alarga la mano hacia mi bolso. No dice nada, no hace falta, porque la pregunta está en sus ojos y asiento como respuesta.

Él lo deja junto al cuaderno, me quita los guantes que segundos antes me había dado y vuelve a colocarse frente a mí.

—Si algún día alguien consigue agarrarte... —dice con calma dando un paso hacia mí—, no intentes demostrar que eres más fuerte. Demuestra que sabes defenderte.

Axel me rodea hasta situarse detrás de mí.

—¿Puedo? —susurra y su voz, está tan cerca de mi oído que consigue erizarme la piel.

—Sí —afirmo y trago saliva.

Si algo he aprendido de Axel en estas semanas, es que nunca invade mi espacio sin pedir permiso antes. Y, por algún motivo, eso me hace sentir segura.

Su mano envuelve mi muñeca con firmeza y no aprieta, pero ejerce la fuerza suficiente para inmovilizarla.

—Imagina que alguien te agarra así —me explica e intento tirar del brazo instintivamente—. Eso es lo que hace todo el mundo. Error.

Con la mano que tiene libre, roza mis dedos para guiar mi otra mano sobre su muñeca. Mi respiración se acelera no por la técnica, sino por él.

—Busca el punto débil —me pide y levanta ligeramente mi mano—. Aquí —dice y sus dedos presionan apenas un segundo sobre mi muñeca para enseñarme el ángulo exacto—. Aprieta y ahora gira.

Obedezco, y de pronto mi brazo queda libre de su agarre. Parpadeo sorprendida, sonrío, miro mi mano y luego lo miro a él.

—¿Ya está? —cuestiono y una sonrisa ladeada aparece en sus labios.

—Ya está.

—Pensaba que sería mucho más complicado.

—Las mejores técnicas suelen ser las más simples —me explica—. Vamos, otra vez.

Repetimos el movimiento y la segunda vez lo hago sola. A la cuarta me adelanto antes de que termine de agarrarme y él sonríe con orgullo.

—Aprendes rápido, novata.

No sé por qué, pero escuchar esas palabras consigue que me sienta capaz de cualquier cosa.

Doy un par de pasos hacia atrás para recuperar mi cuaderno y mi bolso.

Necesito poner distancia, no porque me incomode su cercanía…

más bien, justo por lo contrario. Cada vez que Axel se acerca demasiado, me resulta un poco más difícil recordar que esto empezó como una guerra; algo totalmente distinto a lo que diablos sea que hay ahora entre nosotros.

—Vale, Blackwood... —digo abriendo la libreta y fingiendo leer las preguntas para esconder una sonrisa que espero que no haya visto—. Ahora sí empieza la entrevista.

Él guarda silencio, tiene las manos en las caderas y arquea una ceja mientras me observa, como si supiera exactamente por qué necesito volver a refugiarme detrás de mi libreta.

Y probablemente lo sepa, porque resulta mucho más fácil escondernos detrás de las pullas y la indiferencia que atrevernos a ponerle nombre a lo que está empezando a crecer entre nosotros.

Axel coge una botella de agua de la nevera, da un sorbo pequeño y se humedece los labios mientras me mira expectante.

—Dispara.

Levanto la vista de la libreta y observo las pizarras llenas de esquemas de técnicas de entrenamiento. Hay un par de maquetas del cuerpo humano y varios pósteres sobre grupos musculares cuelgan de las paredes.

—No imaginaba que hubiera tanta teoría detrás de todo esto —confieso.

—La hay.

—Supongo que la gente piensa que venir aquí es entrar en la jaula y empezar a repartir golpes.

—Eso piensa casi todo el mundo, novata —dice mientras se acerca al saco de boxeo y apoya una mano sobre el cuero—. Pero antes de subir al octógono tienes que entender cómo funciona tu cuerpo, cómo se mueve, cómo se rompe... y cómo evitar que lo haga.

Asiento escuchando con atención y me fijo en una de las láminas que muestra el sistema muscular del cuerpo humano.

—Así que las clases de Ciencias del Deporte son bastante más complicadas de lo que parecen —murmuro pensativa.

—Bastante más. Tenemos clase de anatomía, de biomecánica, de nutrición, de prevención de lesiones y psicología deportiva.

Si no entiendes todo esto, da igual lo fuerte que seas —me explica dando un suave golpe al saco con los nudillos—.

Todo el mundo cree que pelear consiste en pegar más fuerte, pero en realidad consiste en cometer menos errores que el otro.

Escribo esa última frase en mi cuaderno casi sin pensar, porque siento que no habla solo de la MMA, me da la sensación de que habla de la vida misma.

—¿Y cómo es un día normal para ti? —pregunto mientras termino de anotar la anterior respuesta.

—Depende del día —responde encogiéndose de hombros—. Por la mañana tengo clases. Después entreno aquí. Por la tarde suelo volver a entrenar, o estudio si no tengo prácticas —me explica y levanto la vista de la libreta para mirarlo con atención.

—¿Y cuándo descansas? —cuestiono y una sonrisa casi imperceptible cruza su rostro.

—Cuando me obligan.

Sé que no bromea y tampoco me dice nada de las peleas en las que participa en el Nido del Cuervo. Tengo la sensación de que Axel lleva su cuerpo al límite sin ser consciente de lo peligroso que es eso.

—Supongo que ahora, con los combates universitarios, entrenarás todavía más —comento, esperando que me hable del Nido.

Él sonríe adivinando mis pensamientos, y asiente.

—Cada viernes peleo en la Fight Night que, como bien sabrás, es la liga universitaria —responde.

—¿Y eso cambia mucho tu rutina?

—Bastante —confirma enseñándome la botella de agua—. Ahora debo bajar de peso.

—¿Qué significa exactamente?

—Que llevo dos días soñando con una hamburguesa —confiesa y no puedo evitar reír.

—Hablo en serio, Axel… —Me es extraño sentir su nombre en mis labios.

—Yo también, Dafne —confirma y se sienta en el borde del octógono con la espalda apoyada en la verja de la jaula—. Cada categoría tiene un peso máximo. Si lo supero, no puedo pelear en esa categoría.

—¿Y cómo consigues mantenerte?

—Controlando absolutamente todo. Desde la comida, el agua y hasta las horas de sueño.

—¿No puedes beber lo que quieras? —pregunto y niega.

—Nada de alcohol, y tampoco puedo comer lo que me apetece.

Miro la botella de agua que sostiene en las manos y de repente comprendo por qué solo le ha dado un sorbo.

Siempre había creído que el sacrificio empezaba cuando sonaba la campana, pero estoy descubriendo que empieza mucho antes.

Axel me observa expectante, su mirada desciende por mi uniforme y presiono mis labios, mientras guardo silencio unos segundos.

Pienso en que tal vez no es buena idea, pero hay una pregunta que me muero de ganas de hacerle.

—¿Por qué necesitas dinero? Se supone que ya eres rico.

Axel se queda inmóvil unos segundos, luego se incorpora despacio y da un paso hacia mí.

El sonido de mi corazón golpea con tanta fuerza contra mi pecho que estoy convencida de que él también puede oírlo.

Sus ojos grises se clavan en los míos y durante unos segundos parece debatirse entre marcharse y esquivarme o quedarse.

—Por un motivo muy parecido al tuyo —susurra sosteniéndome la mirada.

No necesito que añada una sola palabra, porque hay silencios que cuentan mucho más que cualquier explicación. Puede que todavía no conozca la razón por la que lo hace, pero algo me dice que pelea en el Nido porque no tiene elección.

Vuelvo a bajar la vista hacia la libreta y anoto su última respuesta. Cierro el cuaderno despacio y tengo la sensación de que, por hoy, ha terminado la entrevista, porque cuanto más descubro de Axel Blackwood, más consciente soy de todo lo que esconde.

Lo observo en silencio.

Mis ojos recorren su brazo hasta detenerse en la serpiente tatuada que se enrosca alrededor de su piel junto con las espinas que ascienden hasta el hombro donde tiene dibujada una rosa.

—¿Duele? —le pregunto y él baja la vista un instante hacia el tatuaje.

—Menos de lo que parece.

Doy un paso hacia él de forma inconsciente y mis ojos continúan explorando cada dibujo que hay en su piel hasta detenerse en las palabras tatuadas sobre su pecho: «No gods. Only demons».

—¿Qué significa? —vuelvo a preguntar y durante unos segundos guarda silencio.

Creo que podría inventarse cualquier historia y salir con una de esas respuestas que utiliza para mantener a todo el mundo lejos, pero hay algo en la forma en la que me mira que me dice que no lo hará.

—No hay dioses. Solo demonios —repite la frase y sonríe—. Me recuerda la realidad de este mundo.

No añade nada más y, por extraño que parezca, tampoco lo necesito. Sus ojos vuelven a encontrarse con los míos. Todo en Axel es un enigma y empiezo a entender que quizá no necesite todas las respuestas a mis preguntas.

El silencio vuelve a instalarse entre nosotros, pero ya no resulta incómodo. Aunque hace apenas unas semanas habría hecho cualquier cosa por llenarlo, ahora empiezo a descubrir que también puede decir mucho.

Axel inclina un poco la cabeza hacia un lado y sé que está observando con curiosidad el punto y coma tatuado detrás de mi oreja. Sus ojos grises permanecen sobre el dibujo unos segundos y después levanta la mano despacio.

Una vez más, lo hace de esa forma por si quiero apartarme, pero no lo hago.

La yema de sus dedos acaricia mi tatuaje con una delicadeza que consigue detener mi respiración.

Sé que él también quiere conocer el significado, pero, tal vez por la manera en que lo miro, comprende que no estoy preparada para hablar todavía de ello.

Sus dedos descienden apenas unos centímetros y siguen acariciando mi piel, haciendo que un escalofrío me recorra la espina dorsal.

Cuando nuestras miradas se encuentran por enésima vez, trago saliva y caigo en la cuenta de que no sé cuánto tiempo llevamos observándonos de esta forma tan personal e íntima.

Sonrío sin darme cuenta y doy un paso atrás a la vez que aprieto la libreta contra mi pecho.

—¿A qué juegas, Axel Blackwood? —le pregunto. Él sonríe y niega despacio.

—Contigo yo no juego, novata —afirma dando un paso hacia mí recuperando la distancia que acabo de poner entre los dos.

—¿No? —cuestiono arqueando una ceja.

—Hace tiempo que dejé de hacerlo —confiesa.

Trago saliva al oír esa declaración y respiro, intentando que mi corazón se relaje porque parece decidido a llevarme la contraria.

—Entonces… ¿qué haces? —Su sonrisa no desaparece, pero se vuelve más peligrosa.

—Quiero que dejes de tenerme miedo —afirma con sinceridad.

—Nunca te he tenido miedo —aseguro sin apartar mi mirada de él, y una sonrisa apenas perceptible curva sus labios.

—Entonces deja de mirarme como si besarme fuera una mala idea.

—Lo es, y no me caes bien —resoplo.

—Menos mal —susurra.

—¿Menos mal? —repito divertida.

—Sí —responde y da otro paso hacia mí. Lo justo para volver a robarme el aire—. Las chicas a las que les caigo bien nunca me discuten.

—¿Y eso te gusta?

—No, eso es aburridísimo —dice, y no puedo evitar sonreír.

—Eres un chulo.

—Lo sé.

—Y un engreído —añado, y asiente con absoluta tranquilidad.

—También —afirma y niego con la cabeza.

—¿Sabes una cosa, Blackwood?

—Dispara.

—No sé cómo consigues caerme tan mal —sentencio.

Axel se humedece los labios intentando contener una sonrisa, pero fracasa y sus ojos grises se clavan en los míos.

—No, novata… —susurra y su voz baja un tono—. Lo peligroso no es que finjas odiarme. Lo peligroso es que cada día te cuesta un poco más intentarlo.